lunes, 26 de junio de 2017

Clark

Se deshace de la capa, se saca las botas pisando primero con la puntera los talones y se baja la cremallera del traje de licra después de quitarse los calzoncillos rojos. ¿Qué coño licra?, me suelta en un tono hasta hace nada inhabitual en él. Me disculpo tímidamente y le ruego que continúe. Como si yo no estuviera. Se pone una camisa sucia y unos pantalones viejos que ata a su cintura con un cordel. Se pimpla un cartón de vino malísimo de un supertrago, se limpia con la bocamanga el hilo de vinacho que le cae por la barbilla sin afeitar y sale de la caja de cartón donde ahora acostumbra a cambiarse después de cada aventura. Da un traspié y eructa.

¿Te crees que si fuera licra habría sobrevivido al incendio del petrolero del que vengo, subnormal?, retoma su indignación, de pronto, y vuelve a arremeter contra mí con boca pastosa. Le pido mil excusas recordándole mi calidad de reportero primerizo aunque sospecho que lo que no puede perdonarme, en realidad, es que los propietarios del Daily Planet pensaran en mí para sustituirlo cuando, hace ya cuatro meses, tomaron la decisión de ponerlo de patitas en la calle.

domingo, 18 de junio de 2017

Eolia

No encontrarás en los atlas noticia alguna de la república volandera de Eolia, sencillamente porque ésta no tiene una localización fija y sus coordenadas dependen del capricho del viento. La frontera de Eolia se desplaza de aquí para allá, de norte a sur y de este a oeste, varias veces al día, arrastrada por ventiscas y temporales, por huracanes y ventoleras, y a ella van a parar las hojas caídas de los árboles, los envoltorios de los caramelos, las bolsas de plástico y las colillas, el correo comercial dejado en los buzones y las palabras pronunciadas sin convicción y que ha de llevarse el viento. Y aquéllas que el eco jamás devolvió. Y, asimismo, los sombreros y los paraguas rotos en las tormentas. Eolia es como un cementerio de cosas inútiles y de frases y promesas susurradas a la luz de la luna que han acabado olvidándose.

En Eolia los topógrafos se desesperan ya que no hay accidentes geográficos. Y los paisajistas porque no encuentran estampa campestre que pintar donde no se distingan, como mínimo, dos o tres molinos quijotescos. Las brújulas no sirven de nada y, en su lugar, los marinos y los excursionistas, que saben de esto un rato largo, tiran de veleta, preferiblemente de las de gallo silueteado. Porque nadie precisa ir más al norte o más al sur, porque a lo que únicamente todos aspiran, en realidad, es a seguir con docilidad la dirección del viento imperante. A dejarse llevar. Los habitantes del país, de Eolia, gente por lo común liviana y de temperamento voluble, han llegado hasta allí contra su voluntad, empujada por la fuerza implacable del aire en movimiento. Se distinguen con facilidad de los turistas, además de por su peso mínimo, por tener los ojos verdes, que dicen los poetas que es el color del viento. Y por andar siempre mirando hacia arriba, hacia los tejados. Esto último obedece a su obsesiva fijación, ya señalada, a seguir la dirección marcada por las veletas que se recortan en el cielo gris.

Al visitar Eolia conviene, como precaución, llenarse los bolsillos de piedras, concluye R. la lectura y me tiende el folleto. Le brillan los ojos ante la perspectiva de unas vacaciones compartidas en el país del viento. Los tiene verdes, los ojos, como las algas, como las esmeraldas, como los de aquella gente volandera de la que acabamos de saber. Ven volando a Eolia, repito para mí el ridículo eslogan y pienso en que podían haberse esmerado un poquito más los de la agencia. Y también, qué caramba, en que podríamos permitirnos un viaje así.

Doble aventura literario-pucelana


El pasado 19 de mayo tuve la oportunidad de hacer una nueva lectura de los relatos que integran Producto interior muy bruto delante de un público numeroso y heterogéneo en la biblioteca de Villanubla. El acto estuvo organizado por las Aulas de Cultura de la Diputación de Valladolid y fue conducido por Marta Sánchez, a quien he de agradecer, públicamente y una vez más, su confianza en mis letras.

Yo lo pasé genial, como no podía ser de otro modo.

Posteriormente, se me propuso formar parte del jurado del XIII Concurso Literario Villa del Duero, dirigido al alumnado de Educación de Adultos de la Diputación de Valladolid. Una experiencia nueva para mí que acepté con gusto y curiosidad. Fue un placer formar parte de la terna, junto a Kike Parra y Carmen del Río Bravo, que evaluó las poesías, los cuentos y los microrrelatos presentados a concurso.

Lamentablemente, no pude asistir al acto de entrega de premios que tuvo lugar anteayer en San Román de Hornija. Aprovecho estas líneas para felicitar a todos los premiados en las distintas categorías y al resto de participantes por la calidad de sus trabajos.

lunes, 15 de mayo de 2017

Un par de colaboraciones


Los meses de marzo y abril quedaron atrás y no los pude consignar como merecían. Tuve ocasión de colaborar, por partida doble y con dos textos muy diferentes, en la revista Capakhine y en Radio Klara: 
  • En el mes de marzo se leyó en Tenemos mucho cuento, el programa de la valenciana Ràdio Klara dedicado a la literatura, mi relato Eolia, un viejo conocido de todos y de la radiodifusión nacional. El cuento se puede escuchar a partir del minuto 36.55 del siguiente enlace. Gracias, Elena, por facilitar mi participación en el programa.
  • En el número 9 de la revista Capakhine, correspondiente a los meses de abril y mayo, apareció publicado un nuevo relato de temática ajedrecística (o no), hasta entonces inédito, titulado Un antiguo poema persa. Había colaborado anteriormente en Capakhine, concretamente el verano pasado, con el cuento Juegue como un Gran Maestro
Seguiremos informando.

miércoles, 10 de mayo de 2017

Los rieles (3/3)

(Tercera y última parte del relato ganador del III Concurs de relats breus de la Facultat de Dret de la UB)

Cuando yo llegaba antes que ellos, o una vez se habían marchado ya, imitaba el afectado saludo del señor Juan Riells y bromeaba con Fabiola tendiéndole la mano ceremonialmente después del protocolario "bona tarda, señorina fantástica". Me iba a mi mesa donde, por la fuerza de la costumbre, me servía el cortado sin necesidad de pedírselo. Y leía la prensa antes de regresar a la facultad para seguir con las clases o preparar los exámenes de enero, según. Luego aparecían por la puerta el señor Juan Riells y la chica que empujaba la silla. La dureza de oído del viejo me exasperaba cuando no podía hacerme con El Mundo Deportivo o La Vanguardia y decidía repasar el Reglamento. Trataba yo de memorizar sus artículos para no volver a caer en las trampas del Quisquilla pero las voces del señor Juan Riells me impedían alcanzar la concentración necesaria. "¿Cómo te llamas?, ¿Fabiola? Caray, tú, qué nombre", le decía a Fabiola cada día del mundo después de mucho hacérselo repetir. "Si ya lo sabe, si se lo he dicho muchas veces. Fabiola. Como la reina". "Perdona, señorina, pero es que tengo la cabeza cero cero", se disculpaba. "Y tú, ¿cómo te llamas", le preguntaba al hermano desnatado de Fabiola, que la sustituyó desde el final de su embarazo. "William". "¿Cómo?, ¿cómo has dicho?, ¿Guillam?, ¿Milliam?, ¿Millam?, perdona, no te entiendo. Estoy cero cero". Todo a gritos y durante mucho rato. También la reemplazó Blanqui, la tercera de los cinco hermanos de la familia, que era más terremoto aún que Fabiola y se llevaba muy bien con el señor Juan Riells porque alzaba la voz lo suficiente como para hacerse comprender a la primera. Cosa que el abuelo agradecía infinitamente. A mí, en un principio, las gracias del señor Juan Riells me hicieron sonreír y, más tarde, se me volvieron pesadas por lo que tenían de repetitivas. Terminé por aceptarlas, habida cuenta de su avanzada edad y consciente de que todos tenemos bromas y coletillas que repetimos sin mesura. Si se las disculpamos al Quisquilla y al resto de profesores y de becarios metidos a docente, incluido el elemento del Cubanito, ¿cómo no hacerlo con el entrañable señor Juan Riells, quien era, además y para más inri, muchísimo más ingenioso que todos ellos juntos? Porque, no nos engañemos, de boca de ninguno de mis profesores ha salido nada digno de recordarse durante décadas, nada comparable al "como decíamos ayer" de Fray Luis de León. Oye, qué risa. ¿Cómo se quedarían los colegas de mi ex equipo si me oyeran citar a Fray Luis? O a Unamuno, con su "venceréis pero no convenceréis". Con lo brutos que son. Con lo locos que están. Es que ellos, ¿sabes?, son más… como de Millán Astray. El de "muera la inteligencia". Ése mismo. Hazme caso. Lo que yo te diga.

"¿Hay que comprar pan hoy para la señora?", inquiría el anciano y la filipina le decía que no, que mañana. "Lo que tú digas", parecía rendirse para, al poco, volver a la carga: "¿hay que comprar pan hoy?". "No, mañana", respondía la otra con paciente entonación franciscana. Luego la filipina se vengaba pasando media hora larga hablándole en tagalo cantarín y enmarañado al móvil, como si no hubiera un mañana, una falta de consideración que a mí me sacaba de quicio pero que, paradójicamente, apaciguaba al señor Juan Riells quien, minuto a minuto, se iba apagando. Lo observaba yo en su perfil ausente, en sus ojos del color del agua turbia con los párpados medio entornados y en su boca entreabierta, el labio inferior, carnoso y húmedo, colgando igual que el belfo de un caballo de carreras recién cruzada la meta. Entonces el anciano empezaba a musitar su "ya ves, ya ves" marca de la casa que ya no abandonaba en lo que restaba de merienda. Siempre a pares, los "ya ves", servían para aliviar los largos silencios que tanto lo incomodaban; para responder a cualquier pregunta que pudieran formularle, la entendiera o no; y para tratar de iniciar, sin éxito la mayoría de las veces, una conversación trivial con la dependienta cuando ésta empuñaba, por ejemplo, la escoba. "Ya ves, ya ves, cómo trabajamos, Fabiola" si esa tarde conseguía recordar su nombre o "ya ves, yes, cómo trabajamos, señorina" si, por el contrario, la desmemoria le había nublado el entendimiento. Cuando acababa la conferencia con Manila, el abuelo recuperaba el ánimo, hablaban de si volvería a llover o no, de qué ruta tomarían de regreso a casa, de la poca clientela que acostumbraba a haber para, acto seguido, pedir la cuenta. La liturgia siempre era la misma: Fabiola decía que todo sumaba 4,20 euros; el señor Juan Riells se sorprendía de la cifra y exclamaba "¡caramba!" tras hacérsela repetir; hurgaba en su monederito de piel y sacaba las monedas precisas y le especificaba a la filipina que unos cuantos céntimos eran de propina; ésta lo ayudaba a incorporarse y a abrigarse; y, después de darle la mano como despedida a la "señorina fantástica", el señor Juan Riells se iba por donde había venido por su propio pie, antecedido de la acompañante y la silla de ruedas vacía. Sabedor de la falta de un artículo 420 en el Reglamento, me conformaba en mi interior con el vigésimo y cada tarde, al oír lo que se debía, me repetía, como un mantra implacable, el tostón de que "la presidencia accidental de la Junta gubernativa recaerá siempre en el vocal de superior empleo efectivo en el Cuerpo".

"Bona tarda, señorina fantástica", le adelanté la mano extendida a Fabiola después de muchos días de no vernos por las vacaciones de Navidad. "Bona tarda, señorino", me respondió como habitualmente solía hacerlo, sólo que esta vez añadió un funesto "pero el otro señorino ya no viene". "¿Y eso?", quise saber porque de ese modo, y no de otro, nos referíamos al señor Juan Riells y fue entonces cuando me notificó que había fallecido el día de Navidad. "¿Qué me dices?, ¡pobre!", fue lo único que acerté a decir y me acordé de que un par de días antes del fin de las clases se había saltado la merienda. Estaría pocho ya entonces, deduje con pesar. "Sí, el 25 fue", continuó. "Ya, ya sé que Navidad es el 25", la interrumpí de forma ruda y torpe. Y marché en dirección a mi mesa, con el librito bajo el brazo y las manos en los bolsillos del pantalón, recitando con un punto inevitable de pena y nostalgia el artículo 25 del Reglamento del Real Colegio de Artillería, aquél que dice que "la distribución de horas de un día de clase, en los cuatro primeros y cuatro últimos meses del año, será la siguiente: a las seis de la mañana se levantarán los caballeros Cadetes, empleando en vestirse, lavarse, peinarse y asearse hasta las siete...".

lunes, 8 de mayo de 2017

Los rieles (2/3)

(Segunda parte del relato ganador del III Concurs de relats breus de la Facultat de Dret de la UB)

Sabía que el señor Juan Riells se llamaba Juan Riells porque su sordera era la peor enemiga de su intimidad. Cualquier cosa que hubiera de decirle a la chica que lo acompañaba o cualquier broma que le quisiera gastar a Fabiola, quien atendía la granja con alegre desparpajo y salero paraguayo, era bramada con inconsciente potencia por el anciano. De su propio pulmón nos enteramos que cumplía años el siguiente domingo, día 30 de noviembre. Artículo 30: "En tiempo de verano se hará que los caballeros Cadetes aprendan a nadar, siempre que haya proporción para ello; y el Capitán segundo tomará en este caso las providencias convenientes para evitar cualquier desgracia". Y que le caerían 88 años. Artículo 88: "Estará prohibido a los caballeros Cadetes el fumar, y si alguno incurriese en esta falta, será castigado con rigor". También por su tendencia a elevar la voz supimos, entre otras cosas, que si de algo estaba orgulloso en esta vida era de sus hijos y de poder presumir de zapatos siempre bien lustrados. Lo del calzado, desde luego, no podía discutírsele.

Me sorprendía yo recitando para mi sotabarba el articulado del dichoso Reglamento conforme los números irrumpían el azar de las conversaciones, al modo y manera de Tim, el eterno opositor de Los raíles, un cuento de Delibes que me encanta. Me fascina Delibes. A pesar de que no le entiendo la mitad de las palabras y de que he de correr al diccionario para ver qué diablos es el matacán del majuelo, la cárcava profunda o la vaca tudanca, vocabulario rural y montaraz cuyo significado olvido de un día para otro. Soy tan forofo de sus historias de pueblerinos que hubo una temporada, no hace tanto, en la cual decidí hacerme cazador, como él, y echarme una novia de Valladolid. Claro que la ventolera me duró poco y enseguida descarté ambos proyectos. Incapaz de matar una mosca y de distinguir una alondra de una calandria, como para encasquetarme una gorra a cuadros y liarme a tiros contra una inofensiva perdiz con el mercurio bajo cero. Y, ¿qué decir de las pucelanas? Cuentan que son difíciles, duras de roer. Mozas recias, serias y rectas, con unos principios inquebrantables, desconfiadas, hasta ariscas. Eso lo he oído yo con estas orejas que ha de comerse la tierra. Menudo panorama para un tímido patológico que siempre anda con las manos en los bolsillos, ¿no te parece? Que leía yo a Delibes es algo que jamás sospecharon mis compañeros de equipo. Imagínate la cara que habrían puesto de haberse enterado. Con lo brutos que son y lo locos que están. Sobre todo Sebas, el central. Es la bomba, el tío. De Pollensa. Cuando lo llamaba la novia y arrancaba a charlar en mallorquín, yo no entendía ni jota. Pero te contaba del señor Juan Riells. Que ya es casual, ahora que caigo. Los raíles, el título del relato que te he comentado, y Riells, rieles. De las vías del tren. ¿Comprendes? A lo que iba, que se me va el santo al cielo. El viejo a menudo soltaba las mismas ocurrencias. Las repetía hasta decir basta. Con la particularidad de que tanto daba que le dijeran basta, porque no lo oía, y él seguía a lo suyo. Que si "bona tarda, señorina" o "señorina fantástica" a Fabiola, que si "yo, pobre de mí, si ya estoy cero cero" cuando bromeaban con él sobre sus capacidades donjuanescas la propia Fabiola o la cuidadora de esa semana.

Porque al señor Juan Riells le cambiaban la acompañante, aproximadamente, cada lunes. Fabiola me había contado que ellas mismas explicaban que se debía al mal carácter de "la señora", esto es, la esposa del señor Juan Riells. De él no tenían queja. Lo paseaban en silla de ruedas hasta la granja, donde el señor Juan Riells se levantaba y, ayudado del bastón, se dirigía a la mesa tras saludar a Fabiola con mucha pompa. La acompañante plegaba la silla y la dejaba al fondo del local, apoyada contra la pared. Volvía hasta el anciano, colocaba en la silla un cojín de viaje más cómodo, lo ayudaba a quitarse el abrigo y la bufanda y se sentaba con él a tomar algo. El abuelo siempre lo hacía de cara a la puerta, como esos capos mafiosos que temen la repentina irrupción en su restaurante favorito de un pistolero con la pretensión de poner fin a su criminal existencia. Ambos pedían un zumo de naranja o de melocotón y alguna pasta o unas galletitas que compartían. "¿Cuándo nos vamos?", preguntaba nada más acabar la merienda. "¿Es que ya se quiere ir?", le respondían. Y él: "¿yo?, ¡pobre de mí, si yo estoy cero cero! No, nos vamos cuando tú digas". "Usted siempre tiene prisa, prisa por venir aquí y prisa por irse", contraatacaba la chica de turno y le tomaba bastante el pelo insistiéndole cada diez minutos en que se marcharían en diez minutos y así pasaban la tarde. Yo interrumpía la acción de pasar página y, con la mano en el aire, repetía para mis adentros el texto del artículo 10: "Tendrá la Compañía, además de la fuerza expresada, como plazas efectivas, un Capellán, un Cirujano de Ejército, un Maestro de equitación con seis caballos y un Cabo y tres Artilleros de a caballo para su cuidado, dos Tambores y un Pífano...".

domingo, 7 de mayo de 2017

Los rieles (1/3)

(Primera parte del relato ganador del III Concurs de relats breus de la Facultat de Dret de la UB)

Dejé el fútbol hace un año. Jugaba de portero. Y fui titular hasta que tuve la lesión de rodilla. Lo que más me fastidia es haberme roto durante un entrenamiento. Cada vez que recuerdo el terrible chasquido se me ponen los pelos de punta. El caso es que para cuando me recuperé, de aquella manera, el compañero se había afianzado en la portería y yo pasé a ser su suplente. De aquella manera, digo, porque ya no tenía la agilidad de antes y me costaba un mundo levantarme cada vez que había de tirarme al suelo para atajar un balón. Eso mismo fue lo que me dijo el entrenador al anunciarme que no contaba conmigo para la siguiente temporada: "no te levantas ni con una grúa". Ni con una grúa. Tal cual. Presumimos de agradecerles a los demás que sean sinceros con nosotros pero no. Para nada. La sinceridad no es ninguna virtud, la sinceridad es un defecto o, mejor, la sinceridad es una mierda pinchada en un palo con una mosca verde encima. Está sobrevalorada no sabes cuánto, la sinceridad. Sobrevaloradísima, aunque el míster no anduviera en absoluto desencaminado: sigo sin equipo a pesar de que no pierdo la esperanza de ocupar el lugar de algún portero harto de chupar banquillo en Catalana. En estas categorías las altas y las bajas de fichas se dan a ritmo de imprenta.

Cuando llegué al club ya estudiaba Derecho. Los compañeros, claro, me miraban como si fuese un bicho raro. Normal. En un mundo de seguratas, churreros y conductores de toros en las naves de la Zona Franca ya me dirás tú qué pinta un estudiante de Derecho. El día del ascenso a Tercera, tras el partido, nos reunimos los jugadores, los directivos y el cuerpo técnico a tomar algo en el Toralín 2, el bar asturiano que queda justo enfrente del campo y que se supone franquicia o ampliación de negocio de un Toralín 1 de cuya existencia nadie tiene conocimiento. Allí creyó reconocerme uno de la secretaría de Derecho, aficionado nuestro según me confesó entonces, y me preguntó si yo estudiaba en la facultad. "Sí", le contesté, y rápidamente me giré, con desafío divertido, hacia Sebas, el central, que es más bruto y está más loco que yo qué sé, y le dije "¿te das cuenta, tarado?, ¡y no me creías!, ¿ves como es cierto que estudio Derecho?". En septiembre me encontré de nuevo con el de secretaría en los pasillos del Ilerdense y ¿sabes qué me vino a decir? Que le había sorprendido que alardeara ante Sebas de tener estudios y no de tal modelo de Ray Ban o de botas o de novia con tatuajes o de iPhone nueve o diez. Nunca me lo había planteado así y, bien pensado, no le faltaba razón. "En un vestuario tendrías que verte", le respondí, "para entender este tipo de cosas". Y se echó a reír.

Desde segundo llevo arrastrando Derecho militar del siglo XIX. No hay forma de sacársela de encima. Ni siquiera cambiando de cátedra porque la asignatura sólo la da el Quisquilla. Supongo que lo conocerás. El del café en vaso de cartón. Ése. Siempre va con él, arriba y abajo con su paso roncero por la facultad, incluso en clase. Engarfia los dedos en el vaso como lo hacen las garras del alcotán sobre la presa. Y no es que no la apruebe por desinterés o falta de esfuerzo porque en esa época ya me llevaba el Reglamento del Real Colegio de Artillería a los entrenamientos y lo repasaba en el 42, camino del estadio. Artículo 42: "Los días que los caballeros Cadetes salgan a paseo los acompañará el Oficial de guardia, que deberá ir detrás, y delante el Brigadier más antiguo; cuidando uno y otro que vayan con el debido aseo, y observen el correspondiente decoro". De hecho, nunca he dejado de estudiarlo. Pero, por lo que sea, tengo la asignatura atravesada y siempre fallo cuando llega la hora de la verdad en la Checa. Y te diría que hasta me gusta el temario. Será por lo del equipo, ya sabes, el fútbol tiene algo de gregarismo castrense, el grupo ante todo, y el vocabulario tiene similitudes que a nadie se le escapan: que si el ataque por los flancos, que si el repliegue defensivo, que si el a por ellos, oé. Qué te voy a contar que no sepas ya. El fútbol es así.

Pienso que la granja reconvertida en panadería o la panadería reconvertida en granja donde acostumbraba a merendar se mantenía gracias a la clientela de la mañana porque por la tarde, desde luego, bien pocos éramos. Yo mismo dejé de ir hace unos meses y eso que la frecuentaba desde lo del atraco, cuando encerraron a la dependienta de entonces en la cámara frigorífica durante más de hora y media. Quitando a la chica con uniforme verde y hechuras de tronista de Mujeres y hombres y viceversa que conduce el camión de la basura del barrio y que, de tanto en tanto, aparecía y se tomaba un bikini y una cocacola light; al urbano de cara desconcertante y rizos rufos que me birlaba El Mundo Deportivo cuando por ahí se dejaba caer; y a la bibliotecaria pelirroja que se pedía un cacaolat mientras consumía su media hora de descanso consultando el móvil, sólo estábamos el señor Juan Riells y yo. El señor Juan Riells; su acompañante y, a la vez, cuidadora, siempre conosúrica o filipina; y yo mismo, obvio, con mi Reglamento debajo del sobaco por si el urbano de las narices me había arrebatado la prensa que leía entre clase y clase. De él, del señor Juan Riells, me apetecía hablarte. Me he acordado de pronto de él. Qué curiosa y selectiva es la memoria, ¿verdad?

martes, 25 de abril de 2017

Escriure a Dret

Ayer al mediodía comenzaron los actos programados para la Setmana Cultural de la Facultad de Derecho de la Universidad de Barcelona con la tertulia Escriure a Dret, en la que tuve ocasión de participar y de compartir mesa con los profesores Ricardo García Manrique y Vicenç Aguado, autores, respectivamente, de las novelas Un día sin Teresa y L’escultor de Déu. Hablamos un poco de todo, en un ambiente literario y distendido y durante algo más de hora y media, con los asistentes. Una experiencia grata y muy enriquecedora, de ésas que repetirías sin dudar.

Gracias a la Comissió de Cultura de la Facultat de Dret por haberlo hecho posible.  


lunes, 3 de abril de 2017

Aldonza

Interceda, señor cura. Interceda por el bien de todos, maese barbero. Saben hasta qué punto han llegado sus demenciales alucinaciones. Un secarral con cuatro cardos requemados se convierte a sus ojos, enfebrecidos por tanta lectura diabólica, en el más bello jardín de un palacio imaginario. Vergeles delirantes al margen, pretende que los demás veamos delegación de príncipes de reinos remotos donde no hay más que piara de lustrosos gorrinos. Las hoces son vihuelas; las horcas, arpas y diferentes instrumentos maravillosos cuyos nombres desconozco, como el de todas esas músicas cortesanas que se describen en los Amadises y en los Tirantes que con fervor devora. Les ruego encarecidamente que pongan fin a los padecimientos a los cuales esa desquiciada hija de mil padres, esa bellaca Aldonza a quien el Diablo confunda, tiene sometido a este pobre Alonso Quijano, hidalgo conocido de tanto tiempo por vuesas mercedes, que no es caballero andante ni señor de dama alguna, ni a ello aspira, y que únicamente ansía, al hallarse cercano el fin de sus días, vivir en paz y como buen cristiano lo poco que le queda en este mundo antes de reunirse, de forma definitiva, con su Creador.

(Microrrelato publicado en el número 399, correspondiente al mes de febrero de 2017, de la Revista Quimera)

martes, 14 de marzo de 2017

Gallina vieja hace buen caldo

Y así pudimos paliar el hambre de los niños. Aunque tan sólo fuera durante unos pocos días y a costa de prescindir, para siempre, de las historias que le gustaba contarles cada noche delante de este mismo fuego.

(Relato finalista de la edición del mes de febrero de La Microbiblioteca. En los siguientes enlaces podéis consultar el resto de relatos seleccionados y los microrrelatos ganadores de febrero).

martes, 7 de marzo de 2017

Dos mundos o tres

Hunde el estandarte de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón en la arena mientras los demás soldados siguen saltando de las barcas. Las miradas de los españoles alternan los cuerpos desnudos de los indígenas que se intuyen entre las palmeras, más allá de la playa, y las tres carabelas que les quedan a la espalda, como tratando de obtener en ellas una respuesta a los interrogantes que la presencia de los nativos les plantea.

Los indios, por su parte, permanecen en silencio, curiosos, pasmados por los destellos que despiden los hombres metálicos que han llegado por mar. Dudan entre darles la bienvenida y agasajarlos y correr a la aldea en busca de armas para hacerles frente. Decoran sus torsos dibujos trazados con barro ya seco. Un tucán aletea en algún lugar no muy alejado.

La tensión es evidente. Nadie sabe bien cómo reaccionar. Sólo el fraile, que hinca las rodillas y eleva a Dios una plegaria, apenas musitada, con los dedos de ambas manos entrelazados. La espuma de las olas que vienen a morir a la orilla le moja las sandalias. La playa desierta de arena blanca separa ambos mundos, hasta ese instante alejados por infinitas jornadas de navegación, por incontables siglos de mutuo desconocimiento.

Unos y otros advierten, de pronto y simultáneamente, el paso cansino de un galápago que atraviesa, paralelo al mar, la lengua de arena de este a oeste. El repentino descubrimiento alivia los recelos a ambos lados de la playa. Ríen los hombres barbudos de plata y también los lampiños ocultos entre el follaje. Y no pueden evitar abuchear la carrera de ese joven Aquiles quien, ventajista, acaba de aparecer en escena y de superar a la tortuga con sus ágiles zancadas.

(Microrrelato publicado en el número 399, correspondiente al mes de febrero de 2017, de la Revista Quimera)

miércoles, 1 de marzo de 2017

Rompecabezas

Sacó una bolsa de plástico transparente de la caja y la abrió. Dejó caer la cascada de piezas encima de la mesa de trabajo. Primero de todo agrupó las que delimitaban el contorno. Los bordes lisos las definían. Y así las fue encajando una a una. Cuando lo tuvo perfilado, separó las demás por colores para facilitar la tarea. Ensambló luego las piezas de la cara; del torso, el vientre, la espalda y los brazos, con sus manos; del sexo; de los glúteos, las piernas y los pies. Una vez completo el puzle, le aplicó con un pincelito la cola que también venía en la caja y esperó a que se secara.

Cuando la criatura estuvo lista, le insufló la vida con un soplo de su propio aliento. No es bueno que el hombre esté solo, se dijo después, y se concentró en la manufactura de una compañera a partir de una costilla que le extrajo de cuajo a su creación original.

Desde ese feliz día, el doctor Frankenstein se recrea, complacido, viendo pasear a sus dos enamorados cogidos de la mano, cada atardecer, a la orilla del lago de los nenúfares donde acostumbraba a jugar la hija del molinero.

(Microrrelato publicado en el número 399, correspondiente al mes de febrero de 2017, de la Revista Quimera)

viernes, 24 de febrero de 2017

En la radio, por Carnaval

De nuevo un texto mío se asoma a la radio de la mano (y voz) de la siempre generosa Ana Vidal. Con la excusa del Carnaval, Ana ha hecho una selección de relatos disfrazados para su sección "En pocas palabras" del programa Soles en el Ocaso, entre los que se encuentra Juicio ganado, uno de los micros que conforman Cruentos ejemplares y otras microficciones. En esta ocasión me acompañan, además de la propia Ana Vidal, Fulgencio Susano García, María Belén Mateos, Víctor Álex Hernández, Esther Nieva y David González Fernández.

Podéis escuchar "En pocas palabras" en el siguiente enlace, a partir del minuto 40.45.

domingo, 12 de febrero de 2017

Gafsa d sol

El cihco apsa hroas snetado a al emsa. Ensismimado. Motna, cno la paicencia y la mecitulosiadd de nu rojelero siuzo, pulzes qeu repodrunce blelos pasaijes y cuardos de pnitroes cérebles. Estidua atentamnete cdaa pizea de crató,n resgiue su acicdetnado cotnorno cno sal eymas ed los dodes y aclibra la gardacóin dle locor. Leguo, ocn getso prasimonois,o la enjaca en orta pizea pirma henmara qeu, perviametn,e ha separdao dle motnón. eRpite la eporación cenitos, limes de vcees, hatsa compeltar la tarae, hasta ordenar el caos y recomponer el pequeño universo que maneja. Sólo de esta forma consigue atemperar los nervios que lo consumen, las crisis que le sobrevienen. La familia valora positivamente la terapia pero advierte al psiquiatra, en cada una de sus visitas quincenales, de los riesgos que conllevan determinados puzles adquiridos en los chinos, a los cuales acostumbran a falt rles algunas p ezas. C da vez que esto oc rre, cuentan, el ch co se agit y hace sa tar el puz e incomp eto por l s aires. Y es entonsec, selaña la mad e -que hyo no se q itará las gafsa d sol-, c ando v elve a ser realmnete peligsoro.

(Relato finalista de la edición del mes de enero de La Microbiblioteca. En los siguientes enlaces podéis consultar el resto de relatos seleccionados y los microrrelatos ganadores de enero).

lunes, 6 de febrero de 2017

Tres microrrelatos inéditos en Quimera

No todos los días ni todos los meses ni todos los años ni todas las vidas le pide a uno la revista literaria Quimera tres microrrelatos inéditos para publicarlos en Los pescadores de perlas de su número de febrero. Así que os podéis imaginar lo feliz y agradecido que estoy. Qué va. No os lo podéis imaginar.

El mes que viene compartiré en el blog "Aldonza", "Rompecabezas" y "Dos mundos o tres", los tres microrrelatos seleccionados para el número 399 de Quimera.


martes, 3 de enero de 2017

El cazador

Los dos perros brincan, juguetones, a su alrededor y la chica de la mochila verde les dedica unas caricias. Silbo y vuelven a la carrera. Cuando la peregrina llega a mi altura, me disculpo y ella le resta importancia al episodio y me sonríe. Les sonríe. Mis perros jadean. Están contentos. Nos miran. Buen camino, le digo. Entonces descubre el bote de pintura detrás del tronco donde está pintada, todavía fresca, la última flecha amarilla que la ha conducido hasta mí.

domingo, 1 de enero de 2017

A pie de campo

Pasa el futbolista el dorso de la mano por debajo de la nariz e inclina la cabeza levemente a la izquierda, de un modo casi imperceptible, para escuchar mejor la pregunta. El griterío es ensordecedor. No mira directamente al informador sino que mantiene la vista perdida en algún punto indeterminado de una grada que todavía festeja el gol recién anotado. La charanga visitante, a pesar del resultado adverso, se atreve con las notas del himno del club. Brincan los jóvenes aficionados con las bufandas grisgranas al cuello, se empujan al ritmo marcado por el bombo y las trompetas. El jugador se lleva la mano al pecho, junto al escudo redondo, el índice tapando la estrella azul. Poco a poco recupera el ritmo cardíaco normal, hasta hace nada demasiado acelerado, y ya no tiene necesidad de respirar con la boca abierta. Sus compañeros y los rivales desaparecen por el túnel que conduce a los vestuarios. Trigo le da un pescozón amistoso antes de abandonar el terreno de juego. El zaguero sonríe, ahora con los brazos en jarras, igual que posaban los defensas antiguos de los cromos de cartón, y espera a que el periodista le ceda la palabra. El trío arbitral viene a continuación de los jugadores. Conversan entre ellos y uno de los asistentes juguetea con el banderín. El reportero le habla al micrófono con una pasión que poco o nada tiene que envidiar a la vivida hasta el momento sobre el césped del estadio municipal. Lleva un peto naranja de prensa con el número dieciséis.

–Hemos vivido una primera parte muy intensa, en la cual habéis resistido con mucho oficio las acometidas del cuadro local, sobre todo durante el cuarto de hora inicial. O, si me apuras, los primeros veinte minutos. Parece que el míster ha hecho un buen trabajo de pizarra a lo largo de la semana y ha tirado de vídeo porque se ha podido comprobar que traíais bien aprendida la lección y eso se ha visto en la marca especial que está teniendo esta noche Querol. No ha tocado balón. Ni lo hemos visto –intercala aquí una pequeña pausa necesaria o quizás lo único que pretende es coger carrerilla porque las palabras se atropellan las unas a las otras, tiene prisa radiofónica–. Luego os habéis estirado un poquito, a base de arreones, con alguna contra buena de Ramón por banda izquierda, incluida la del fuera de juego. Ahí el choque se ha nivelado. Lástima del penalti no señalado por derribo al propio Ramón y de esa falta de entendimiento entre Poche y Soto que ha significado el tanto local justo al final del primer período.

Acerca, acto seguido, el micrófono a los labios del futbolista con la avidez del guardia de tráfico que pone el alcoholímetro en la boca del conductor ebrio después de una decena de controles sin detectar ningún positivo. De dos decenas de controles estériles en una noche de sábado verbenero. Éste mira al periodista con cara de extrañeza, confundido o puede que perplejo, frunciendo el sobrecejo, como si no hubiese entendido nada de lo que le acaba de decir, como si estuviese a punto de soltar el consabido discurso de canterano, con la parte trasera del pantalón manchada de barro y con las medias bajadas que dejan ver unas piernas llenas de cicatrices y costurones, a punto de emitir una serie de gruñidos trufada con tópicos sin vocalizar o, mejor, sin consonantizar, porque los jóvenes futbolistas hablan como los delincuentes de arrabal, arrastrando, alargando mucho las vocales, sobre todo las es, unas es que capitalizan cada una de sus alocuciones públicas, antes de arrancar unas frases de simplicidad palomina que no han de sorprender a nadie. Sin embargo, el dorsal cuatro no responde lo que hubiese contestado cualquier otro en su lugar, palabras sabidas sobre el esfuerzo y la mala suerte, divagantes monologuitos sobre la constancia (siempre la constancia) y los minutos que todavía quedan por jugar, porque él, a diferencia de los demás, ha estado escuchando, y con atención, a su interlocutor. Entonces el central se quita el sudor de la frente con la palma de la mano derecha. Continúa mirándolo, entre sorprendido e irritado, hasta que, al final, estalla.

–Virgen santa, ¿qué se supone que te tengo que contestar después de toda esta tabarra? ¿Cuál es la maldita pregunta?

Le dedica al informador un ambiguo gesto que puede significar muchas cosas (todas malas) y sale corriendo del rectángulo de juego para reunirse en el vestuario con sus compañeros y escuchar allí las instrucciones que el entrenador les va a dar de cara a la segunda parte. El periodista radiofónico da un prudente paso hacia atrás para no ser arrollado por el defensa y devuelve la conexión a los estudios centrales de la emisora.