lunes, 19 de marzo de 2018

Contra natura

Y, en descabalgando San Jorge de la montura, no vio salir de la gruta al dragón al cual venía a dar muerte, como esperare, sino a la más bella muchacha que imaginarse uno pueda. Los cabellos color de miel de la doncella lo cautivaron; la elegancia de su porte y la gracilidad de sus movimientos lo terminaron de hechizar. Apenas recuperado de tamaño encantamiento, redobló la sorpresa del caballero el hecho de que la fermosa criatura, en lugar de practicar la cristiana fabla para dirigirse a él, escupiera fuego por la boca. Dedujo que había de hallarse ante el fruto de la unión contra natura entre la bestia y la princesa que le fuera entregada, años ha, para apaciguar su furia.

Se corrompió, de pronto, el aire y vibró el suelo con una fuerza tal que devino temblor bajo sus pies; bramó el dragón al asomar la monstruosa cabeza fuera de la cueva y desplegar las alas. Descartó entonces el caballero la empresa que hasta allí lo llevare y, dejando caer el acero, hincó la rodilla en tierra para encomendarse al Altísimo y a todos los santos del cielo con el propósito de obtener, ansí, la bendición del futuro suegro.

jueves, 15 de marzo de 2018

Amor(se) o Los transoceánicos amores entre Don Mateo Orduña y Sanclemente, dramaturgo y miembro de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras, y Doña Theresa Pennington, primera actriz de la compañía teatral de los hermanos Riopedre, de gira en Buenos Aires durante la primavera de 1846


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(1) -Cuelga tú.
     -No, bobo, cuelga tú.


(Relato finalista de la edición del mes de febrero de La Microbiblioteca. En los siguientes enlaces podéis consultar el resto de relatos seleccionados y los microrrelatos ganadores de febrero).

martes, 20 de febrero de 2018

La candidez y el horror

Mis grafitis convertidos en símbolo de la indignación ciudadana. Contra el gobierno, contra la policía. Representaban a esas criaturas cuya seguridad no supieron garantizar. El perfil del niño del globo en la tapia del callejón; el de la cartera a la espalda en la persiana de un comercio. Siempre cerca de donde fueron hallados los cuerpos.

La prensa popularizó mi obra. Por casualidad, que es como acostumbran a ocurrir estas cosas. Tan efímeras. Un reportero escribió sobre los dibujos de un autor desconocido y pronto lo secundaron los demás periódicos. Los redactores dieron rienda suelta a la poética melodramática habitual y divagaron sobre el morboso simbolismo de mi arte. El contraste entre la silueta de tiza sobre la acera y los perfiles sombreados de los muros. Blanco y negro. Candidez y horror. Yin y yang, llegaron a decir.

El perfil del niño del globo ilustró las pancartas que encabezaron las manifestaciones. El de la peonza. El de la cartera. Pequeños detalles que humanizaban cada silueta y que favorecieron, todavía más, la solidaridad de todo un país con las familias rotas. Pequeños detalles que, por lógica, sólo podíamos conocer los agentes de la brigada que llevó el caso y yo mismo.

sábado, 13 de enero de 2018

One meat ball

A Bike & Lonesome 

Percibes que los parroquianos no dejan de mirarte en tu lento caminar hasta el taburete libre, al final de la barra. Te sientas, palpas el bolsillo y extraes de él lo reunido a lo largo de la mañana. Tan solo quince centavos en la palma de la mano.

Distingues las risitas que tu traje de mimo y tu cara pintada suscitan mientras buscas en la carta algo que tomar con esos quince centavos. Le pides al camarero lo único que puedes permitirte.

Te sirve, al poco, una albóndiga en un minúsculo plato de postre. Comprendes que también está de guasa cuando deja, junto al plato, un tenedor y un cuchillo. Le preguntas si podría ponerte una rebanada de pan y te responde, con una sonrisa torcida, que tus quince centavos no dan para más. Clavas los ojos en la albóndiga, notas cómo se te humedecen, y vuelves a oír las bromas de los clientes. Son las mismas personas que, hace nada, pasaron por tu lado en la calle y te ignoraron.

¡Corten!, vocifera el director, satisfecho con la toma. Y tú, todavía con la mirada fija en la albóndiga, te arremangas, con parsimonia, buscas el cuchillo a tientas y obedeces.

domingo, 10 de diciembre de 2017

En contra del microrrelato como cuarto género narrativo

Con seguridad nunca os lo habréis planteado. Lo llamativo sería, precisamente, que lo hubierais hecho. El planteároslo con anterioridad. El hecho de que un hombre sin labios es incapaz de silbar. Porque un hombre sin labios, además, tiene verdaderos problemas para silabear correctamente. Un hombre sin labios nunca exterioriza su tristeza porque siempre parece reír. Y tampoco puede, por descontado, besar. Cualquier cosa aparenta sorprender a un hombre sin párpados. Aunque no sea así, aunque se enfrente a lo más cotidiano que os podáis imaginar. Al bol de cereales que desayuna cada mañana. Todo parece sorprenderle. Incluso la visión de un hombre sin labios. Pero no tiene por qué. Es sólo la impresión que nos provoca el ver sus globos oculares desorbitados.

De esta forma tan tonta y, desde luego, sin proponérselo, un hombre sin labios y un hombre sin párpados, desconocidos ambos entre sí, han conseguido convertirse en los protagonistas indiscutibles de un microrrelato que muchos considerarán fallido. Y tal circunstancia nos servirá para cerrar, de forma inapelable, definitiva, el debate que hasta ahora nos había venido ocupando.

jueves, 30 de noviembre de 2017

Pérez

Las ratas husmean el aire. Buscan, hambrientas. Asaltan la despensa y arrasan con todo. Caen, con estrépito, los platos de la alacena.

Sorprenden a los padres durmiendo. Los atacan. Los gritos desde la habitación de matrimonio se confunden con los del chiquillo, que acaba de recibir un bocado feroz en el cuello. El pequeño se incorpora del lecho y trata, en vano, de frenar la hemorragia llevándose la mano a la herida. Las sábanas se tiñen de sangre. El animal se ensaña con el niño, araña y muerde brazos y piernas, hunde el hocico en la carne blanda del abdomen, recién abierta. Desgarra músculos y órganos, avanza implacablemente buscando una salida. Los alaridos se van atenuando. Ahora son sólo gemidos. La resistencia es cada vez menos enérgica. Inexistente, al fin.

Asoma la bestia por la boca entreabierta del cadáver y consigue salir. Baja por la pata y se detiene ante algo que brilla al pie del camastro. Por pura curiosidad. Olisquea con prevención el dientecito que el niño había escondido debajo de la almohada y que, durante el forcejeo, ha caído al suelo. No le ofrece mayor interés y abandona el cuarto a la carrera.

lunes, 6 de noviembre de 2017

Un antiguo poema persa

Se reunieron los consejeros que ambos hermanos designaron con el objeto de poner fin a la guerra, una contienda por el control del reino que se había prolongado durante demasiados años y que ya había costado demasiadas vidas. Según cuenta el antiguo poema persa, lo hicieron en el salón principal del palacio del noble Ferdusí, quien desde el principio se mostró neutral en el conflicto sucesorio derivado del repentino fallecimiento del rajah. Tras disfrutar del banquete ofrecido por su anfitrión, entraron por la derecha los enviados del hermano mayor y tomaron asiento, todavía con las copas en la mano, en lujosas sillas colocadas formando una media luna. Lo propio, si bien accediendo a la gran sala desde la izquierda, hicieron los sabios escogidos por el menor, enfrentados a los primeros en unas sillas idénticas y dispuestas del mismo modo a unos pocos metros de distancia. Los criados acudían solícitos y llenaban de vino las copas a una simple señal de los invitados a la conferencia.

Quisieron los unos y los otros convencer a sus interlocutores de la superioridad de sus ejércitos con miras a sellar la capitulación enemiga y, para ello, fueron dejando en el suelo escaqueado unas figuritas que representaban a los dos reyes, a sus respectivos generales, a los elefantes y a los carros y también a los caballeros encima de sus monturas. Lucían magníficas las estatuillas, colocadas en los cuadros de teca y marfil sobre los que se movían los consejeros para reproducir, en el centro del salón, la ubicación de las tropas de los enemistados hermanos. Para una mejor comprensión de la dimensión real de la contienda fueron, por común acuerdo y copa en ristre, simplificando efectivos en la medida de lo posible y retirando infantes, de aquí y de allá, y generales y elefantes de los dos ejércitos, de forma equitativa, hasta reducir la guerra a un espacio acotado de ocho por ocho cuadros.

Dicen unos de los versos cuyo estudio más polémica ha generado entre los especialistas que, sorprendidos, los consejeros no pudieron evitar sonreír al comprobar que las fuerzas de ambos hermanos habían quedado completamente niveladas. Algo insospechado y sorprendente, habida cuenta de los primeros tres años triunfales de las tropas del hermano mayor y el avance del menor hasta tomar la capital del sur durante la última campaña de invierno. Se miraban incrédulos y achispados y pedían más vino. Uno canturreaba “de infante a infante, ¡siempre adelante!” y exhibía impúdicamente su boca desdentada mientras los más juiciosos, cuenta el poeta persa, continuaban reproduciendo la guerra sobre el improvisado tablero y las maniobras de los carros y de los generales sobre las casillas de teca y marfil. Y, de este modo, asignaron al elefante el movimiento de tres escaques hacia adelante y convinieron en que el de los infantes fuera menos ambicioso. Los más viejos, cansados por lo mucho que se estaba prolongando una reunión que no tenía visos de resolver el problema en un plazo corto de tiempo, se retiraron a un rincón a jugar un rato a los dados, a ver si así se les aclaraban, entre tanto, un poco las ideas. “El caballero va al centro del tablero”, acompañaba otro la cancioncilla ebria de aquél y, de pronto, se tambaleaba, tropezaba y dejaba escapar una risotada por culpa del vino que tan generosamente escanciaban los criados de Ferdusí.

El encuentro se prolongó, sin que podamos aventurar a qué conclusión se llegó, a lo largo de toda la noche y también durante los cinco días siguientes. Días sin descanso de estudio de los avances y de las casillas. De uno hacia delante, de dos hacia atrás. Y, asimismo, de dados y de vino. De general, de carro y de elefante, avanzas tres, y de infante, ¡siempre adelante!

Y éste y no otro sería, según la teoría más ampliamente extendida, el origen legendario del juego de la oca.

(Cuento originalmente publicado en Capakhine : revista para niños ajedrecistas y sus padres, nº 9, abril-mayo 2017, págs. 54-55)

domingo, 6 de agosto de 2017

El viaje de negocios

Te despertarás antes de que suene la alarma. Te levantarás con cuidado de no despertarla. Te darás una ducha rápida y te vestirás con la ropa que dejaste preparada anoche. Una camisa blanca, un traje cómodo y la última corbata que te regaló. Irás a la cocina y te harás un café con leche y un par de tostadas con mermelada de arándanos. Desayunarás allí mismo, de pie, con prisa. Volverás al dormitorio y le darás un beso de despedida en la mejilla que apenas percibirá. Comprobarás que llevas encima tu juego de llaves y las gafas. Cogerás el maletín y abrirás la puerta.

Nada diferenciará, en esencia, la mañana del accidente de otra cualquiera.

lunes, 26 de junio de 2017

Clark

Se deshace de la capa, se saca las botas pisando primero con la puntera los talones y se baja la cremallera del traje de licra después de quitarse los calzoncillos rojos. ¿Qué coño licra?, me suelta en un tono hasta hace nada inhabitual en él. Me disculpo tímidamente y le ruego que continúe. Como si yo no estuviera. Se pone una camisa sucia y unos pantalones viejos que ata a su cintura con un cordel. Se pimpla un cartón de vino malísimo de un supertrago, se limpia con la bocamanga el hilo de vinacho que le cae por la barbilla sin afeitar y sale de la caja de cartón donde ahora acostumbra a cambiarse después de cada aventura. Da un traspié y eructa.

¿Te crees que si fuera licra habría sobrevivido al incendio del petrolero del que vengo, subnormal?, retoma su indignación, de pronto, y vuelve a arremeter contra mí con boca pastosa. Le pido mil excusas recordándole mi calidad de reportero primerizo aunque sospecho que lo que no puede perdonarme, en realidad, es que los propietarios del Daily Planet pensaran en mí para sustituirlo cuando, hace ya cuatro meses, tomaron la decisión de ponerlo de patitas en la calle.

domingo, 18 de junio de 2017

Eolia

No encontrarás en los atlas noticia alguna de la república volandera de Eolia, sencillamente porque ésta no tiene una localización fija y sus coordenadas dependen del capricho del viento. La frontera de Eolia se desplaza de aquí para allá, de norte a sur y de este a oeste, varias veces al día, arrastrada por ventiscas y temporales, por huracanes y ventoleras, y a ella van a parar las hojas caídas de los árboles, los envoltorios de los caramelos, las bolsas de plástico y las colillas, el correo comercial dejado en los buzones y las palabras pronunciadas sin convicción y que ha de llevarse el viento. Y aquéllas que el eco jamás devolvió. Y, asimismo, los sombreros y los paraguas rotos en las tormentas. Eolia es como un cementerio de cosas inútiles y de frases y promesas susurradas a la luz de la luna que han acabado olvidándose.

En Eolia los topógrafos se desesperan ya que no hay accidentes geográficos. Y los paisajistas porque no encuentran estampa campestre que pintar donde no se distingan, como mínimo, dos o tres molinos quijotescos. Las brújulas no sirven de nada y, en su lugar, los marinos y los excursionistas, que saben de esto un rato largo, tiran de veleta, preferiblemente de las de gallo silueteado. Porque nadie precisa ir más al norte o más al sur, porque a lo que únicamente todos aspiran, en realidad, es a seguir con docilidad la dirección del viento imperante. A dejarse llevar. Los habitantes del país, de Eolia, gente por lo común liviana y de temperamento voluble, han llegado hasta allí contra su voluntad, empujada por la fuerza implacable del aire en movimiento. Se distinguen con facilidad de los turistas, además de por su peso mínimo, por tener los ojos verdes, que dicen los poetas que es el color del viento. Y por andar siempre mirando hacia arriba, hacia los tejados. Esto último obedece a su obsesiva fijación, ya señalada, a seguir la dirección marcada por las veletas que se recortan en el cielo gris.

Al visitar Eolia conviene, como precaución, llenarse los bolsillos de piedras, concluye R. la lectura y me tiende el folleto. Le brillan los ojos ante la perspectiva de unas vacaciones compartidas en el país del viento. Los tiene verdes, los ojos, como las algas, como las esmeraldas, como los de aquella gente volandera de la que acabamos de saber. Ven volando a Eolia, repito para mí el ridículo eslogan y pienso en que podían haberse esmerado un poquito más los de la agencia. Y también, qué caramba, en que podríamos permitirnos un viaje así.