lunes, 26 de septiembre de 2016

La carta de Íñigo Arriola o la genial presentación de Kike Parra de Producto interior muy bruto

El pasado jueves tuvo lugar la puesta de largo en Madrid de los libros de la editorial Enkuadres Érase de una vez, de Ana Vidal, y de mi Producto interior muy bruto. Fueron presentados por dos escritores muy queridos por la familia microrrelatista: el primero por Manu Espada y el segundo por Kike Parra.

En breve escribiré unas líneas y colgaré algunas fotos para que os hagáis una idea de cómo fue el acto celebrado en el Bar Martínez. Pero, primero, me veo en la obligación de compartir con vosotros la magnífica carta del levantador de piedras y forofo de Producto interior muy bruto Íñigo Arriola, dirigida al editor Sergi Martínez, con la que Kike nos sorprendió a todos (incluído a mí) y que constituyó la base de su divertida intervención.

Gracias múltiples, Kike, por la original presentación, por el texto y por permitirme su reproducción en el blog. Si no existieras tal como eres, habría que inventarte, muchacho.

Presentación de “Producto interior muy bruto” 
Bar Martínez. Calle barco, Madrid. 22 de mayo de 2016. 

Estimado Sergi Martínez: 

Me llamo Iñigo Arriola, soy harri-jasotzaile, lo que se conoce como levantador de piedras, y me gustaría contarle la manera en que ha llegado hasta mí el libro de su editorial llamado, bueno, titulado, “Producto interior muy bruto”. 

Tengo 24 años y vivo en Iturmendi, un pueblo navarro pegado al Burunda. En mi vida, hago varias cosas, además de las exhibiciones y competiciones del deporte que he comentado, ayudo a mi padre en la carnicería familiar, a mi abuelo con las vacas y estoy terminando un Grado en Ingeniería Agroalimentaria y del Medio Rural en la UPN. No soy buen lector. Mejor dicho, no leo mucho, las materias de la facultad y poco más. No me suelo comprar ningún libro, de hecho, este de su editorial fue un regalo de Nekane, mi novia. Ella es maestra de niños en Altsasu. Vio el dibujo de la portada y el título y pensó que encajaba conmigo. Bueno, esa es una broma que nos decimos. No soy tan bruto como aparento y ella sabía de antemano de qué iba el libro cuando lo compró. “Son historias muy cortitas. Te va a gustar”, me vino a decir. “¿Pero de qué va?”, le pregunté. “De muchas cosas”, me dijo, “cada página es un cuento, con personajes diferentes, y lo bueno es que no todos los personajes son humanos. Hay aves, animales de todo tipo, hasta gusanos de los muertos”. Eso me ha gustado mucho que cualquiera pueda ser un personaje. Como ve, le hice caso, claro. Nekane me quiere y yo a ella, así que le suelo hacer caso. 

Del primer cuento que me acuerdo es de uno que habla de las pantorrillas. No sé, me hizo gracia. Nunca hubiera pensado que alguien escribiera algo sobre pantorrillas. (Página 15). Es un poco absurdo. La verdad es que el libro tiene muchos trozos que van en esa línea. Parece que el narrador siempre va de frente, mira de frente, pero resulta que tiene un ojo puesto en otro lugar, un trozo de mundo que nos llega de sopetón, inesperado. Y que te pilla desprevenido. A mí me pasó. Y a Nekane, que también lo había leído, lo mismo. Ella dice que es como estar comiendo tostadas con miel y de repente, sin darte cuenta, llevarte a la boca una de pastel de txangurro. 

Otra cosa que también me ha gustado del libro es lo bien escrito que está. Me imagino que todos los escritores tienen que escribir así de bien, al menos eso es lo que pienso que tendría que ser. Podría decirle muchos ejemplos, pero me acuerdo del comienzo de una historia titulada “Eolia” (Página 24). Cerca de Pamplona hay muchos campos eólicos, y cuando voy a la universidad los veo, pero desde que leí el libro, cuando paso por allí me acuerdo de ese cuento. Y siempre pienso en la exactitud de las palabras, en lo que tiene que ser escribir las cosas de manera que parezca que llevan así escritas toda la vida. 

Este verano he llevado el libro conmigo a todas partes. Lo llevaba en la guantera de la furgoneta. Si iba a una competición ahí que venía conmigo. Me ayudaba a concentrarme. Mientras mi padre y mi tío preparaban las piedras, yo calentaba y para estar más tranquilo leía un par de historias. Aunque ya las hubiera leído, me seguía sorprendiendo. Muchas veces veía la relación que tenían con lo que ocurría a mi alrededor. Me estoy acordando de cuando estuvimos en Okondo, para las fiestas de San Bartolomé. ¿Conoce Okondo? Es un pueblo de mil y pocos habitantes, pero, no me diga por qué, van siempre un montón de turistas. Debe de ser porque está cerca de Llodio y de Bilbao y alguna de las chicas de la oficina de turismo debe de ser de allí y los enviará allí. Bueno. Ese día de competición en Okondo había hasta japoneses, o chinos. Mi padre y mi tío no se ponían de acuerdo. Para el caso, da lo mismo. Justo ese día leí otra vez el cuento titulado “Los turistas” y se ve que esa vez me impactó mas por la cantidad de chinos y valencianos que había (Página 26). Hay que ver cómo el autor le da la vuelta a las cosas. He visto alguna foto suya, del escritor me refiero. Tiene cara de buena persona. No sé si pensaría que es escritor si lo viese por la calle. Vamos, no lo digo por mal. Lo que quiero decir es que en mi caso, por ejemplo, sí que, si me ven, uno piensa enseguida que puedo ser harri-jasotzaile

Luego he estado una temporada sin competir. Se acumuló el trabajo donde lo del “aitona”. Por las ferias de ganado de septiembre y que pronto iban a ser las clases. Entrenaba cuando podía e iba al masajista. Bueno, la que me hace los masajes es Nekane. Como da clases de educación física, dice que es imprescindible. “Mira, Iñigo, parece que en este cuento salgamos tú y yo”, me dijo. Era el titulado “Plastilina”, que va de una masajista y de alguien que se cree muy fuerte. (Página 37). El humor también es algo que se puede ver a toda hora en el libro. Nekane se ríe más que yo, pero eso es porque ella es de otra manera. Eso no quiere decir que yo no tenga humor, o que no me guste. Al revés, me encanta ese humor que hay, un poco bruto, un poco negro. El narrador se mete con todo, y tiene una manera especial de hacer broma hasta de cosas sagradas, como la muerte, el poder, las enfermedades. Los personajes parecen reírse de sí mismos. No sé, como si el narrador les diera libertad para hacer las cosas. (Página 141). A mí me gusta la gente así. Que uno no esté satisfecho con lo que le ha tocado vivir y que dé la cara. La verdad es que el escritor, David Vivancos Allepuz… ¿Se dice Allepuz, con elle o Alepuz, con una ele? Bueno, el autor parece que nos esté hablando, en muchas historias, de una vida aparte, de un mundo paralelo, de una existencia que avanza a la vez que la de los personajes, junto a ellos, como si nos estuviese advirtiendo del grado de incertidumbre que tenemos que asumir en la vida, con su propia autonomía y acierto y libertad. 

Qué cosas, nunca me hubiera imaginado que un libro así llegase hasta mí. Nekane dice que fue de broma, y yo la creo —ya lo dije antes— pero seguramente haya una parte de verdad en su burla, que soy un poco bruto a veces y que el de la fotografía le recordó a mí. No sé qué pasará con Nekane y conmigo. No sabemos nunca nada de lo que va a pasar. También esto parece que nos lo esté diciendo el libro. Dónde trabajaré el día de mañana. Si tendré hijos. Si alguna vez conseguiré algún récord como harri-jasotzaile. Por ahora voy a seguir disfrutando de las cosas que tengo cerca. Voy a recomendar el libro. De hecho ya se lo he dejado a un compañero de facultad. A los otros levantadores de piedras, no. Intuyo como que conocerían partes de mí que no sé si quiero que conozcan. Dice Nekane —a ella sí se lo he dicho— que es lo que tienen los buenos libros. Bueno, y a ahora se lo estoy diciendo a usted, que aunque no nos conocemos, parece de confianza y no va a decir nada de esto por ahí. 

Y ya me despido. Hay un cuento que viene a hablar de todo lo que le he contado, que sirve de final, de cómo me gustaría que fueran las cosas. Me gustaría que la huella que dejase en la vida fuese de esta manera. Se titula “Madera de héroe” (Página 89). 

Espero que tengan suerte con el libro. Que todo les vaya muy bien. El libro se lo merece. Si alguna vez vienen usted o David por Iturmendi, ésta es su casa. Urbasa está a un tiro de piedra, ya verán qué montes. Y lo bien que se come. Mis padres tienen las mejores txuletas del mundo. Ah, y seguro que podrán conocer a Nekane. Un abrazo. Iñigo Arriola

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