jueves, 25 de junio de 2026

Despedida(s)

Nos tumbamos en el prado y vemos pasar las nubes. Ambos trepamos con destreza a la que tiene forma de árbol frutal y arrancamos de sus ramas esponjosas manzanas y peras de algodón, tan deliciosas como las recordábamos del verano anterior.

La nube que parece un conejo nos hace reír. Tan redonda y blanquita. Por eso la perseguimos. Corremos tras ella como si nos fuera la vida en el juego. La vemos refugiarse en su madriguera y nos metemos dentro. Infructuosamente. Salimos sin haberla podido alcanzar y con las rodillas magulladas.

La siguiente es como un yunque. Plana por arriba, estrecha por abajo. Color panza de burra. La dejamos pasar sin más porque no nos sugiere nada entretenido. ¿A quién puede divertirle un yunque?

La cuarta nube recuerda a un tren. Es alargada. Es veloz y borrosa. Corremos, como tantas otras veces, y consigo cruzar la vía, por los pelos, para saludar su paso agitando el pañuelo manchado con la sangre seca de mis rodillas. El tren desaparece en el horizonte y me descubro, ahora solo, todavía con el pañuelo en alto.

Regreso dando puntapiés a las piedras, con la esperanza de subirme al tren en otra ocasión. Quizás mañana.

lunes, 27 de abril de 2026

El larguero

Besas el balón y lo plantas en el punto de penalti. Empleas unos segundos en estudiar la liturgia del portero, observas cómo seca los guantes con una toalla que devuelve a la base del poste derecho, cómo da saltitos sobre la línea de cal. Entonces bajas la mirada y, con los brazos en jarra, la concentras en el esférico.


Te echaste el equipo a la espalda al quedaros con nueve jugadores y fuiste fundamental para conseguir llegar al descuento con el marcador empatado. Asumes la responsabilidad de chutar el penalti que tú mismo provocaste. Igual que asumiste, en su día, renunciar a una infancia feliz por sacar a la familia adelante al enfermar tu padre. Como superaste el accidente de tu hermano. Como volviste a entrenar después de la lesión que todos creyeron que significaría el final de tu carrera.

El árbitro hace sonar su silbato. Levantas la vista y ves bracear al guardameta. Inicias la carrerilla previa al golpeo del balón, sabedor de que nadie puede impedir que anotes el gol que os dará la épica victoria, el título, quién sabe si la convocatoria con la selección nacional tras una temporada excepcional.

Que nadie evitará la merecida gloria.

lunes, 30 de marzo de 2026

Risk

Al jugador naranja no le importa demasiado la expansión del ejército rojo por el norte de Europa, ya que ve con buenos ojos que la esforzada resistencia de las fichas amarillas y azules esté diezmando a su poderoso enemigo. Por eso no interviene. Prefiere, en su lugar, descabezar al jugador vinotinto en una jugada relámpago y amenazar con la sorpresiva compra de un estratégico territorio polar que, hasta ese momento, a nadie había importado.

A continaución, da un inesperado giro a la patrida y se alía con las fihcas blanquiazules para pasar a la ofensiva contra el jugadro negro, de modo que el estrecho que separa el goflo Pérsico del océano se convierte, de perente, en un polvorín.

Meintras se derrasolla uan conforntacóin en al caul ombas danbos tartan de invulocarr al maoyr némuro sopibel de gujadores, se sentie tan ófeurico qeu sugerie consoldiar un nevuo ronde mindual cno la ivnasóin deu na sila dle Cabire y noc esa orta pamcaña qeu se el orruricá neter la blipucación de tese toxte y le mmoneto ne que tú ol laes.

Un percfeot nevuo ronde mindual.