lunes, 8 de mayo de 2017

Los rieles (2/3)

(Segunda parte del relato ganador del III Concurs de relats breus de la Facultat de Dret de la UB)

Sabía que el señor Juan Riells se llamaba Juan Riells porque su sordera era la peor enemiga de su intimidad. Cualquier cosa que hubiera de decirle a la chica que lo acompañaba o cualquier broma que le quisiera gastar a Fabiola, quien atendía la granja con alegre desparpajo y salero paraguayo, era bramada con inconsciente potencia por el anciano. De su propio pulmón nos enteramos que cumplía años el siguiente domingo, día 30 de noviembre. Artículo 30: "En tiempo de verano se hará que los caballeros Cadetes aprendan a nadar, siempre que haya proporción para ello; y el Capitán segundo tomará en este caso las providencias convenientes para evitar cualquier desgracia". Y que le caerían 88 años. Artículo 88: "Estará prohibido a los caballeros Cadetes el fumar, y si alguno incurriese en esta falta, será castigado con rigor". También por su tendencia a elevar la voz supimos, entre otras cosas, que si de algo estaba orgulloso en esta vida era de sus hijos y de poder presumir de zapatos siempre bien lustrados. Lo del calzado, desde luego, no podía discutírsele.

Me sorprendía yo recitando para mi sotabarba el articulado del dichoso Reglamento conforme los números irrumpían el azar de las conversaciones, al modo y manera de Tim, el eterno opositor de Los raíles, un cuento de Delibes que me encanta. Me fascina Delibes. A pesar de que no le entiendo la mitad de las palabras y de que he de correr al diccionario para ver qué diablos es el matacán del majuelo, la cárcava profunda o la vaca tudanca, vocabulario rural y montaraz cuyo significado olvido de un día para otro. Soy tan forofo de sus historias de pueblerinos que hubo una temporada, no hace tanto, en la cual decidí hacerme cazador, como él, y echarme una novia de Valladolid. Claro que la ventolera me duró poco y enseguida descarté ambos proyectos. Incapaz de matar una mosca y de distinguir una alondra de una calandria, como para encasquetarme una gorra a cuadros y liarme a tiros contra una inofensiva perdiz con el mercurio bajo cero. Y, ¿qué decir de las pucelanas? Cuentan que son difíciles, duras de roer. Mozas recias, serias y rectas, con unos principios inquebrantables, desconfiadas, hasta ariscas. Eso lo he oído yo con estas orejas que ha de comerse la tierra. Menudo panorama para un tímido patológico que siempre anda con las manos en los bolsillos, ¿no te parece? Que leía yo a Delibes es algo que jamás sospecharon mis compañeros de equipo. Imagínate la cara que habrían puesto de haberse enterado. Con lo brutos que son y lo locos que están. Sobre todo Sebas, el central. Es la bomba, el tío. De Pollensa. Cuando lo llamaba la novia y arrancaba a charlar en mallorquín, yo no entendía ni jota. Pero te contaba del señor Juan Riells. Que ya es casual, ahora que caigo. Los raíles, el título del relato que te he comentado, y Riells, rieles. De las vías del tren. ¿Comprendes? A lo que iba, que se me va el santo al cielo. El viejo a menudo soltaba las mismas ocurrencias. Las repetía hasta decir basta. Con la particularidad de que tanto daba que le dijeran basta, porque no lo oía, y él seguía a lo suyo. Que si "bona tarda, señorina" o "señorina fantástica" a Fabiola, que si "yo, pobre de mí, si ya estoy cero cero" cuando bromeaban con él sobre sus capacidades donjuanescas la propia Fabiola o la cuidadora de esa semana.

Porque al señor Juan Riells le cambiaban la acompañante, aproximadamente, cada lunes. Fabiola me había contado que ellas mismas explicaban que se debía al mal carácter de "la señora", esto es, la esposa del señor Juan Riells. De él no tenían queja. Lo paseaban en silla de ruedas hasta la granja, donde el señor Juan Riells se levantaba y, ayudado del bastón, se dirigía a la mesa tras saludar a Fabiola con mucha pompa. La acompañante plegaba la silla y la dejaba al fondo del local, apoyada contra la pared. Volvía hasta el anciano, colocaba en la silla un cojín de viaje más cómodo, lo ayudaba a quitarse el abrigo y la bufanda y se sentaba con él a tomar algo. El abuelo siempre lo hacía de cara a la puerta, como esos capos mafiosos que temen la repentina irrupción en su restaurante favorito de un pistolero con la pretensión de poner fin a su criminal existencia. Ambos pedían un zumo de naranja o de melocotón y alguna pasta o unas galletitas que compartían. "¿Cuándo nos vamos?", preguntaba nada más acabar la merienda. "¿Es que ya se quiere ir?", le respondían. Y él: "¿yo?, ¡pobre de mí, si yo estoy cero cero! No, nos vamos cuando tú digas". "Usted siempre tiene prisa, prisa por venir aquí y prisa por irse", contraatacaba la chica de turno y le tomaba bastante el pelo insistiéndole cada diez minutos en que se marcharían en diez minutos y así pasaban la tarde. Yo interrumpía la acción de pasar página y, con la mano en el aire, repetía para mis adentros el texto del artículo 10: "Tendrá la Compañía, además de la fuerza expresada, como plazas efectivas, un Capellán, un Cirujano de Ejército, un Maestro de equitación con seis caballos y un Cabo y tres Artilleros de a caballo para su cuidado, dos Tambores y un Pífano...".

domingo, 7 de mayo de 2017

Los rieles (1/3)

(Primera parte del relato ganador del III Concurs de relats breus de la Facultat de Dret de la UB)

Dejé el fútbol hace un año. Jugaba de portero. Y fui titular hasta que tuve la lesión de rodilla. Lo que más me fastidia es haberme roto durante un entrenamiento. Cada vez que recuerdo el terrible chasquido se me ponen los pelos de punta. El caso es que para cuando me recuperé, de aquella manera, el compañero se había afianzado en la portería y yo pasé a ser su suplente. De aquella manera, digo, porque ya no tenía la agilidad de antes y me costaba un mundo levantarme cada vez que había de tirarme al suelo para atajar un balón. Eso mismo fue lo que me dijo el entrenador al anunciarme que no contaba conmigo para la siguiente temporada: "no te levantas ni con una grúa". Ni con una grúa. Tal cual. Presumimos de agradecerles a los demás que sean sinceros con nosotros pero no. Para nada. La sinceridad no es ninguna virtud, la sinceridad es un defecto o, mejor, la sinceridad es una mierda pinchada en un palo con una mosca verde encima. Está sobrevalorada no sabes cuánto, la sinceridad. Sobrevaloradísima, aunque el míster no anduviera en absoluto desencaminado: sigo sin equipo a pesar de que no pierdo la esperanza de ocupar el lugar de algún portero harto de chupar banquillo en Catalana. En estas categorías las altas y las bajas de fichas se dan a ritmo de imprenta.

Cuando llegué al club ya estudiaba Derecho. Los compañeros, claro, me miraban como si fuese un bicho raro. Normal. En un mundo de seguratas, churreros y conductores de toros en las naves de la Zona Franca ya me dirás tú qué pinta un estudiante de Derecho. El día del ascenso a Tercera, tras el partido, nos reunimos los jugadores, los directivos y el cuerpo técnico a tomar algo en el Toralín 2, el bar asturiano que queda justo enfrente del campo y que se supone franquicia o ampliación de negocio de un Toralín 1 de cuya existencia nadie tiene conocimiento. Allí creyó reconocerme uno de la secretaría de Derecho, aficionado nuestro según me confesó entonces, y me preguntó si yo estudiaba en la facultad. "Sí", le contesté, y rápidamente me giré, con desafío divertido, hacia Sebas, el central, que es más bruto y está más loco que yo qué sé, y le dije "¿te das cuenta, tarado?, ¡y no me creías!, ¿ves como es cierto que estudio Derecho?". En septiembre me encontré de nuevo con el de secretaría en los pasillos del Ilerdense y ¿sabes qué me vino a decir? Que le había sorprendido que alardeara ante Sebas de tener estudios y no de tal modelo de Ray Ban o de botas o de novia con tatuajes o de iPhone nueve o diez. Nunca me lo había planteado así y, bien pensado, no le faltaba razón. "En un vestuario tendrías que verte", le respondí, "para entender este tipo de cosas". Y se echó a reír.

Desde segundo llevo arrastrando Derecho militar del siglo XIX. No hay forma de sacársela de encima. Ni siquiera cambiando de cátedra porque la asignatura sólo la da el Quisquilla. Supongo que lo conocerás. El del café en vaso de cartón. Ése. Siempre va con él, arriba y abajo con su paso roncero por la facultad, incluso en clase. Engarfia los dedos en el vaso como lo hacen las garras del alcotán sobre la presa. Y no es que no la apruebe por desinterés o falta de esfuerzo porque en esa época ya me llevaba el Reglamento del Real Colegio de Artillería a los entrenamientos y lo repasaba en el 42, camino del estadio. Artículo 42: "Los días que los caballeros Cadetes salgan a paseo los acompañará el Oficial de guardia, que deberá ir detrás, y delante el Brigadier más antiguo; cuidando uno y otro que vayan con el debido aseo, y observen el correspondiente decoro". De hecho, nunca he dejado de estudiarlo. Pero, por lo que sea, tengo la asignatura atravesada y siempre fallo cuando llega la hora de la verdad en la Checa. Y te diría que hasta me gusta el temario. Será por lo del equipo, ya sabes, el fútbol tiene algo de gregarismo castrense, el grupo ante todo, y el vocabulario tiene similitudes que a nadie se le escapan: que si el ataque por los flancos, que si el repliegue defensivo, que si el a por ellos, oé. Qué te voy a contar que no sepas ya. El fútbol es así.

Pienso que la granja reconvertida en panadería o la panadería reconvertida en granja donde acostumbraba a merendar se mantenía gracias a la clientela de la mañana porque por la tarde, desde luego, bien pocos éramos. Yo mismo dejé de ir hace unos meses y eso que la frecuentaba desde lo del atraco, cuando encerraron a la dependienta de entonces en la cámara frigorífica durante más de hora y media. Quitando a la chica con uniforme verde y hechuras de tronista de Mujeres y hombres y viceversa que conduce el camión de la basura del barrio y que, de tanto en tanto, aparecía y se tomaba un bikini y una cocacola light; al urbano de cara desconcertante y rizos rufos que me birlaba El Mundo Deportivo cuando por ahí se dejaba caer; y a la bibliotecaria pelirroja que se pedía un cacaolat mientras consumía su media hora de descanso consultando el móvil, sólo estábamos el señor Juan Riells y yo. El señor Juan Riells; su acompañante y, a la vez, cuidadora, siempre conosúrica o filipina; y yo mismo, obvio, con mi Reglamento debajo del sobaco por si el urbano de las narices me había arrebatado la prensa que leía entre clase y clase. De él, del señor Juan Riells, me apetecía hablarte. Me he acordado de pronto de él. Qué curiosa y selectiva es la memoria, ¿verdad?

martes, 25 de abril de 2017

Escriure a Dret

Ayer al mediodía comenzaron los actos programados para la Setmana Cultural de la Facultad de Derecho de la Universidad de Barcelona con la tertulia Escriure a Dret, en la que tuve ocasión de participar y de compartir mesa con los profesores Ricardo García Manrique y Vicenç Aguado, autores, respectivamente, de las novelas Un día sin Teresa y L’escultor de Déu. Hablamos un poco de todo, en un ambiente literario y distendido y durante algo más de hora y media, con los asistentes. Una experiencia grata y muy enriquecedora, de ésas que repetirías sin dudar.

Gracias a la Comissió de Cultura de la Facultat de Dret por haberlo hecho posible.  


lunes, 3 de abril de 2017

Aldonza

Interceda, señor cura. Interceda por el bien de todos, maese barbero. Saben hasta qué punto han llegado sus demenciales alucinaciones. Un secarral con cuatro cardos requemados se convierte a sus ojos, enfebrecidos por tanta lectura diabólica, en el más bello jardín de un palacio imaginario. Vergeles delirantes al margen, pretende que los demás veamos delegación de príncipes de reinos remotos donde no hay más que piara de lustrosos gorrinos. Las hoces son vihuelas; las horcas, arpas y diferentes instrumentos maravillosos cuyos nombres desconozco, como el de todas esas músicas cortesanas que se describen en los Amadises y en los Tirantes que con fervor devora. Les ruego encarecidamente que pongan fin a los padecimientos a los cuales esa desquiciada hija de mil padres, esa bellaca Aldonza a quien el Diablo confunda, tiene sometido a este pobre Alonso Quijano, hidalgo conocido de tanto tiempo por vuesas mercedes, que no es caballero andante ni señor de dama alguna, ni a ello aspira, y que únicamente ansía, al hallarse cercano el fin de sus días, vivir en paz y como buen cristiano lo poco que le queda en este mundo antes de reunirse, de forma definitiva, con su Creador.

(Microrrelato publicado en el número 399, correspondiente al mes de febrero de 2017, de la Revista Quimera)

martes, 14 de marzo de 2017

Gallina vieja hace buen caldo

Y así pudimos paliar el hambre de los niños. Aunque tan sólo fuera durante unos pocos días y a costa de prescindir, para siempre, de las historias que le gustaba contarles cada noche delante de este mismo fuego.

(Relato finalista de la edición del mes de febrero de La Microbiblioteca. En los siguientes enlaces podéis consultar el resto de relatos seleccionados y los microrrelatos ganadores de febrero).

martes, 7 de marzo de 2017

Dos mundos o tres

Hunde el estandarte de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón en la arena mientras los demás soldados siguen saltando de las barcas. Las miradas de los españoles alternan los cuerpos desnudos de los indígenas que se intuyen entre las palmeras, más allá de la playa, y las tres carabelas que les quedan a la espalda, como tratando de obtener en ellas una respuesta a los interrogantes que la presencia de los nativos les plantea.

Los indios, por su parte, permanecen en silencio, curiosos, pasmados por los destellos que despiden los hombres metálicos que han llegado por mar. Dudan entre darles la bienvenida y agasajarlos y correr a la aldea en busca de armas para hacerles frente. Decoran sus torsos dibujos trazados con barro ya seco. Un tucán aletea en algún lugar no muy alejado.

La tensión es evidente. Nadie sabe bien cómo reaccionar. Sólo el fraile, que hinca las rodillas y eleva a Dios una plegaria, apenas musitada, con los dedos de ambas manos entrelazados. La espuma de las olas que vienen a morir a la orilla le moja las sandalias. La playa desierta de arena blanca separa ambos mundos, hasta ese instante alejados por infinitas jornadas de navegación, por incontables siglos de mutuo desconocimiento.

Unos y otros advierten, de pronto y simultáneamente, el paso cansino de un galápago que atraviesa, paralelo al mar, la lengua de arena de este a oeste. El repentino descubrimiento alivia los recelos a ambos lados de la playa. Ríen los hombres barbudos de plata y también los lampiños ocultos entre el follaje. Y no pueden evitar abuchear la carrera de ese joven Aquiles quien, ventajista, acaba de aparecer en escena y de superar a la tortuga con sus ágiles zancadas.

(Microrrelato publicado en el número 399, correspondiente al mes de febrero de 2017, de la Revista Quimera)

miércoles, 1 de marzo de 2017

Rompecabezas

Sacó una bolsa de plástico transparente de la caja y la abrió. Dejó caer la cascada de piezas encima de la mesa de trabajo. Primero de todo agrupó las que delimitaban el contorno. Los bordes lisos las definían. Y así las fue encajando una a una. Cuando lo tuvo perfilado, separó las demás por colores para facilitar la tarea. Ensambló luego las piezas de la cara; del torso, el vientre, la espalda y los brazos, con sus manos; del sexo; de los glúteos, las piernas y los pies. Una vez completo el puzle, le aplicó con un pincelito la cola que también venía en la caja y esperó a que se secara.

Cuando la criatura estuvo lista, le insufló la vida con un soplo de su propio aliento. No es bueno que el hombre esté solo, se dijo después, y se concentró en la manufactura de una compañera a partir de una costilla que le extrajo de cuajo a su creación original.

Desde ese feliz día, el doctor Frankenstein se recrea, complacido, viendo pasear a sus dos enamorados cogidos de la mano, cada atardecer, a la orilla del lago de los nenúfares donde acostumbraba a jugar la hija del molinero.

(Microrrelato publicado en el número 399, correspondiente al mes de febrero de 2017, de la Revista Quimera)