lunes, 12 de diciembre de 2011

Fiesta infantil de altos vuelos

No ha tenido un buen día. Está cansado y de mal humor y se ha visto obligado a trabajar en domingo en una fiesta infantil cuando tendría que estar en casa de su novia intentando arreglar una relación que parecía abocada al fracaso. O visitando a su padre, sumido en una depresión tras la traumática muerte de su perro Moebius, atropellado por un coche hacía más de un mes. El payaso pretende relajarse tras la actuación y aprovecha que los niños se han arremolinado alrededor de la larga mesa en el otro extremo del jardín para fumar un pitillo sentado a la sombra del pino solitario, junto a la cerca. La madre del joven anfitrión corta y reparte los pedazos de tarta de chocolate entre los chiquillos que ya han tomado asiento delante de sus platos de plástico mientras el padre y la hermana mayor del homenajeado sirven refrescos de naranja y cola. El payaso apoya la espalda en el tronco. Disfruta de la primera calada y deja caer la mano que sostiene el cigarrillo sobre la rodilla. Apenas un instante de descanso: dos de los niños le han seguido hasta allí y le observan divertidos. Los reconoce. El de los pantalones cortos y camisa azul abotonada hasta el cuello estuvo dándole patadas en las espinillas durante el espectáculo malabar de los cucharones en tanto que el de los dientes cariados y las orejas despegadas intentó sabotear con cierto éxito su imitación del cerdo revolcándose en el fango, uno de sus números más celebrados. El más alto, el de las orejas, le da un codazo a su amigo y le dice algo al oído. Sonríen. El payaso apaga el pitillo recién encendido en la suela del zapatón izquierdo y lo guarda en el bolsillo del chaleco de topitos, de donde saca unos guantes blancos y la nariz de goma que vuelve a colocarse con evidente hastío. Toma la chistera que había dejado a su derecha y la ajusta sobre la peluca rizada antes de levantarse y sacudirse las briznas de césped del pantalón. Les guiña el ojo. El más pequeño de los dos le responde del mismo modo. De repente, el payaso extiende los brazos en cruz, como un gimnasta a punto de realizar su ejercicio en una competición importante. ¿Queréich que och encheñe una cocha muy divertida?, les pregunta abusando de la che, como la mayor parte de los clowns, y con una voz nasal de constipado morrocotudo también muy propia de los de su gremio. Los niños responden afirmativamente con enérgicos cabezazos de asentimiento. ¿Queréich aprender a volar?, inquiere el payaso a la vez que comienza a mover sus brazos arriba y abajo, muy rectos, como un autómata. Los pequeños espectadores en principio ríen pero cuando se dan cuenta de que los pies del señor de la chistera se levantan unos centímetros del suelo no pueden evitar quedarse con la boca abierta. ¡Vamoch, amiguitoch, chi ech muy chenchillo!, les anima el payaso volador, ¡moved vuechtroch brachitoch, movedloch como hago yo! Los niños están tan sorprendidos que no reaccionan en un primer momento. ¡Vamoch!, ¿qué och pacha? Cuestiona el valor de los críos con una risotada burlona, incluso un punto cruel. Herido en su amor propio, comienza el pequeño de los pantalones cortos a batir sus alas imaginarias y se eleva un palmo. Y luego dos palmos. Le imita su amigo, todavía con la boca entreabierta. Vuela también. Sus miradas, iluminadas por la ilusión de vivir una experiencia de tal calibre, se encuentran en el aire. ¡Parecen dos gorrioncillos! Gritan el notición a sus amiguitos a voz en cuello pero éstos se encuentran demasiado lejos y no pueden oírles. ¡Ech muy importante que no dejéich de mover los brachoch!, les advierte, ¡chi lo hichiecheich, caeríaich! Los pequeños agitan sus brazos con mayor rapidez, a una velocidad endiablada, están excitados, ríen, ríen, no paran de reír. Ganan altura. Vuelan incluso por encima del payaso, que mantiene el ritmo pausado del principio y no les pierde de vista para poder seguir aconsejándoles. Ahora los niños quieren compartir el uno con el otro el sentimiento de felicidad que les invade pero les resulta imposible dominar las carcajadas y expresar con palabras el gozo absoluto que experimentan durante su primer vuelo. El mantel a cuadros blancos y rojos que cubre la mesa dispuesta en forma de ele mayúscula, junto a la casa, sus amigos y compañeros de la escuela, se ven cada vez más pequeños desde el aire. ¡Bravo, bravíchimo, cheguid achí!, les alienta, ¡cheguid moviendo loch brachoch, mach rápido, mach rápido! Los chicos se elevan verticalmente cada vez más deprisa, le preguntan al payaso si lo hacen bien. Lo estáich hachiendo de puta madre, masculla ya para sí el animador de la fiesta de cumpleaños una vez alcanza una rama que parece lo suficientemente resistente y consigue sentarse en ella. Lanza la nariz lo más lejos que puede y recupera el cigarrillo que poco antes había intentado disfrutar a la sombra de aquel árbol. Lo enciende. Lo paladea. Disfruta de su descanso y se nota. Lo estáich hachiendo de puta madre, insiste más alto. Sin embargo, los niños ya no le escuchan. Apenas son dos puntitos cada vez más insignificantes que se pierden en el cielo. También a él le resulta complicado distinguir sus gritos de terror. Lo estáich hachiendo de puta madre, repite una vez más.

11 comentarios:

  1. ¡Genial, David!

    Siempre he estado convencido de la amargura y la crueldad oculta tras la sonrisa invertida de los payasos. El mejor payaso es el que está en otra fiesta.

    Un saludo.

    ResponderEliminar
  2. Si es que por eso no me acaban los payasos, no, no me caen muy bien. Este tiene un punto mala leche que para qué, vale, los niños no son angelitos, pero hacerlos desaparecer volando, con lo bonito que es volar, jajaja.
    Pues eso que me ha gustado mucho, ¡lo que hay que hacer para fumarse un cigarro en paz!

    Besitos

    ResponderEliminar
  3. Saludos. Buen relato, sí señor. Muy divertido.

    ResponderEliminar
  4. Muy bueno, David. Ya lo había leído hace unos meses, pero no ha estado mal repetirlo...
    Toni

    ResponderEliminar
  5. echte relato ech muy chulo. A mí ech el que mach me ha guchtado de loch que hach colgado. Chólo que pareche que todoch chon trichtes ¿Tienes alguno alegre o qué, primo? ¡Que la vida no es tan negra!

    ResponderEliminar
  6. Todos son así... o peor aún, ¡más negros y tristes!

    ResponderEliminar
  7. Ese payaso era un poquito "cabrón"... con perdón.
    Muy bueno el relato, un abrazo.

    ResponderEliminar
  8. Sinceramente, dudaba de la aceptación que podría tener este relato. Es más largo de lo habitual y no sabía cómo iba a responder "mi público". Ahora sé que unos cuantos habéis llegado hasta el final. Y que os va gustando. Seguro que he escrito cosas mejores pero he de decir que éste es mi favorito.

    Sergi, ¿alguno alegre, dices? ¡Pero si todos me decís que es divertido? ;-) Cada uno tiene su parcelita, hombre, y la mía ronda el humor negro y aledaños. Quien quiera jolgorio, alegría y diversión... ¡que vaya al circo! Ay, no, perdón... Bueno, uno sin payasos, me refiero.

    Saludoch a todoch.

    ResponderEliminar
  9. Soy Carlos, colaborador de Printcolor (http://www.printcolorweb.com), imprenta digital especialista en libros. Tu blog ha sido seleccionado en la promoción “Tu primer libro gratis” y te regalamos la impresión gratis de tu libro, a cambio de que publiques en tu blog un comentario positivo sobre nuestros servicios. ¿Te interesaría? Para cualquier duda puedes enviarme un e-mail a info@printcolor.es
    Te paso el link con más información: http://www.printcolorweb.com/spa/item/exemple_promocional.htm

    ResponderEliminar