Cogió de la pila la bandeja metálica, tan parecida a aquéllas que había utilizado durante años en el comedor del colegio de curas, y se incorporó a la cola. Tomó un panecillo, una manzana verde, un botellín de agua, los cubiertos y el vaso, una servilleta de papel y se hizo servir un plato de fideos caldosos y dos filetes de merluza rebozada con algo de ensalada. Pagó en la caja y buscó un sitio libre con la mirada. El comedor de la facultad estaba en su hora punta, los estudiantes comían comentando la última clase o la película de la noche anterior en un ambiente ruidoso como el de una acería. Algunos de ellos vestían batas blancas. Otros, solitarios, releían apuntes o le daban a la calculadora mientras se llevaban el tenedor a la boca sin apenas mirar el plato. Entre aquel mar de jóvenes hambrientos se distinguía alguna cabeza nevada de sabio profesor que también estaba dando buena cuenta de su almuerzo. Localizó un hueco que no parecía estar nada mal. Se dirigió hacia allí y, después de saludar y preguntar si estaba ocupada, tomó asiento en una silla al final de una de las largas mesas del comedor universitario, la que quedaba más apartada del resto.
Aquélla era su segunda expedición literaria. A pesar del pequeño fracaso que había constituido su primer trabajo de campo, decidió repetir la experiencia para empaparse de los pintoresquismos de la vida universitaria para esmaltar luego su narración con todos los detalles que pudiera retener del comedor. Su historia iba a girar alrededor de unos jóvenes ambiciosos que habían entablado amistad en la universidad y que, más adelante, se convertirían en poderosos empresarios. El protagonista, que todavía no tenía nombre ni tampoco sexo, acabaría siendo presidente y máximo accionista de una empresa de colchones. En una reunión informal con uno de sus antiguos compañeros de la facultad, ahora tiburón de la industria textil, tramarían un plan maquiavélico. El primero convencería a sus amigos colchoneros para que todos ellos adoptaran unas nuevas medidas estándares. De esa manera, produciendo únicamente colchones un palmo más anchos, un palmo más largos y tres dedos más altos, obligarían a los consumidores, a su vez, a comprar nuevos juegos de sábanas, ya que las que habrían usado hasta entonces no les servirían para nada. Gracias a esta estrategia comercial, quien quisiese renovar su colchón tendría, además, que adquirir nuevos juegos de cama, fundas de almohadas incluidas. El argumento aún no estaba del todo hilvanado y podrían añadirse nuevos elementos, como los productores de somieres. O hacer que también entrase en juego el ancho del casquillo de las bombillas y el consiguiente ensanchamiento de los portalámparas de las luces de las mesitas de noche. Una confabulación empresarial de cariz universal para renovar todos los elementos de los dormitorios. Había que pulir ese argumento tan prometedor, había que pulirlo, había que pulirlo.
Para su primera salida en busca de detalles para uno de sus cuentos anteriores, uno que iba de artistas y bohemios de diferente pelaje, se había disfrazado de moderno y se había adentrado en la noche del sábado con el objeto de absorber la esencia de las restauradas tabernas modernistas de la ciudad, que de un tiempo a esa parte funcionaban como locales de copas. Se había sentado al fondo de una de ellas y, libreta en ristre, se había dedicado a anotar las reflexiones, demasiado poéticas para su gusto, que le inspiraban el rótulo exterior de la puerta, de época; la decoración circense de la taberna; la mampara de cristal que separaba la entrada del interior del establecimiento; los motivos modernistas de la cristalera que daba a la calle y de la barra, esas ondulaciones de madera tan infrecuentes; los recortes de periódico con los cuales estaban empapeladas las paredes; el trapecio colgado del techo; o las dos jovencitas con pinta de lesbianas que bebían acodadas en un viejo piano que no tenía otra función que la de servir de mesa para quienes allí abrevaban. Pero el ambiente, ay, el ambiente nocturno de la ciudad no había podido captarlo en su totalidad por la abrupta irrupción de un grupo de tunos de la facultad de física. Un elemento discordante procedente del siglo diecisiete que se negaba a desaparecer dignamente como tantas otras cosas lo habían hecho ya, como el desplazarse en carruaje, el batirse en duelo o el arrojar por la ventana las aguas menores a la vía pública. Aquel insufrible combo fuera de contexto, integrado por personajes que impostaban un júbilo indecente y que nadie creía, unos con capas y traje tradicional y otros con jersey y tejanos, se dedicó a amargarles la velada a todos cuantos se habían reunido en local tan singular. No dejaron canción por tocar de un repertorio que apenas había experimentado cambios en los últimos cuatro siglos. Se permitieron, incluso, dedicarle al escritor de incógnito una popular tonada felicitándole un cumpleaños que no había de celebrarse hasta dos meses y medio después. Negros nubarrones, como los pulmones de un minero galés jubilado prematuramente por la silicosis, se cernieron sobre su proyecto literario de captar el ambiente de los modernillos de fiesta en un local de copas con regusto añejo. Cuando los músicos comenzaron a pedir jarras de cerveza se dio cuenta de que la cosa iba para largo y un escalofrío le recorrió el espinazo. Sólo halló una explicación coherente a que los dueños del establecimiento no los hubiesen echado a patadas y, en su lugar, se limitasen a bajar el volumen de la música para que los parroquianos pudiesen disfrutar mejor de la acústica de las bandurrias y de las panderetas: las alegres palmas que daban los guiris jaleando a los talluditos miembros de la tuna. Ellos sí parecían disfrutar y, cosa determinante, no paraban de consumir al empalagoso estribillo de Clavelitos. Se echó al coleto cuatro cubatas de Red Bull, a razón de seis euros el trago, a la espera de que el grupo se disolviese. Daba dos golpes con el vaso largo en el mármol blanco de su mesa y, sin pronunciar palabra, el camarero acudía solícito ya con la consumición preparada y la cuenta. En vano. Los tunos se habían hecho fuertes junto a la barra y su estratégica posición, lo más próxima posible al alcohol, dificultaba una huida en condiciones. No eran tontos, no. Cuando ya no pudo más, y se jactaba de tener una paciencia casi comparable a la del santo Job, decidió que había llegado la hora de retirarse. Se guardó la libreta en el bolsillo interior de la chaqueta y abandonó la taberna a codazos con evidente fastidio, tratando de abrirse hueco entre tanto tuno.
Ya en la calle se decidió a coger el autobús nocturno, con la esperanza de recoger nuevo material para ese relato noctámbulo suyo. Era un medio idóneo para el estudio de fiesteros noctívagos en retirada. Sin embargo, la presencia de una escandalosa pareja de africanos, la cual no paró de discutir a voz en cuello durante los más de treinta y cinco minutos que duró el trayecto, no sólo lo privó de la mínima concentración requerida para llevar a cabo su cometido sino que también le impidió centrarse en una tarea tan simple como pudiera ser el poner en orden sus anotaciones. Más de media hora de murga ininterrumpida, de cháchara insoportable para quien, como él, traía la cabeza como un bombo de la taberna transformada en sala de conciertos tuneros. La atractiva negra, entrada en carnes y grasas, llevaba un vestido tan corto por arriba que enseñaba las copas de su sujetador de leopardo y tan corto por abajo que mostraba sin recato unas bragas negras y transparentes que hubiesen hecho las delicias de cualquier adolescente con mucho amor propio. Llevaba unas extensiones rizadas de color trigo maduro. Estiró las piernas y las dejó descansar en el asiento libre que había delante de ella. Calzaba unos zapatos blancos de tacón con más mierda que el rabo de una vaca. Tenía unos muslos enormes y poderosos, tan saludables y apetecibles, capaces de dejar exhausto y sin aliento a cualquiera que quedase aprisionado entre ellos. Cuando la discusión parecía haber cesado, arrancaba de nuevo y la mujer comenzaba a darle voces a su compañero, un negro pelón de camisa morada y con los dientes separados. Éste le daba la réplica en un inglés nasal tan rudimentario como el de ella, un inglés africano que les servía para reñir y hacer las paces de manera casi simultánea, para volver a pelear y para reconciliarse y dedicarse unos cuantos achuchones acto seguido. Se gritaban con odio y se abrazaban y reían después. Una loca vorágine de sentimientos que nadie estuvo dispuesto a interrumpir. Nadie quiere problemas. Y menos a esas horas y en un medio de transporte público.
Agudizó el oído. Uno de los jóvenes de la mesa, con greñas sucias, hablaba con aire prudente, como conspirativo, de un invento tecnológico revolucionario mientras se disponía a devorar una hamburguesa con patatas. Para ello, Hamburguesa con Patatas hubo de interrumpir una charla banal que el grupo sostenía sobre la exnovia de Calamares a la Romana, quien se mostraba un tanto avergonzado por el episodio que le había tocado vivir. Por lo visto, Calamares se encontraba cierta mañana haciendo cola en la pollería con su actual pareja cuando una exnovia despechada había hecho inesperado acto de presencia en el comercio para pedirle que saliese un instante y poder así ambos hablar de algo importante. Al poner objeciones a ese aparte, la novia del momento había tenido que escuchar lindezas de su rival del tipo “ignoraba que (Calamares) tuviese complejo de Edipo” o “¿sabías que tu novio estuvo follando conmigo el miércoles al mediodía?”. “Me extraña, porque el miércoles al mediodía precisamente me estaba follando a mí”, había respondido con descaro la otra. La discusión, embarazosa de por sí para el objeto de la disputa (Calamares, como ya se dijo), se había convertido en particularmente incómoda al producirse en el marco indicado, esto es, una tienda llena de pollos colgando de ganchos y marujas dispuestas a difundir lo presenciado allí, como apóstoles del chisme. Para recrear el ambiente universitario, se había dicho el escritor de cuentos, estaría muy bien reproducir algunos de los temas de conversación que se desarrollasen en el comedor de la facultad, tan necesarios para darle veracidad al relato, a su modo de ver, como las descripciones de los estudiantes, de los camareros que iban y venían recogiendo y vaciando las bandejas, o de la aséptica decoración de la sala. Tomaba nota mental de todo lo que allí ocurría. Pondría la anécdota de la pollería en boca de uno de los protagonistas en su época universitaria. De la del fabricante de somieres, decidido. No hubiese sido ni elegante ni discreto sacar su libreta de notas, no. La espontaneidad de las conversaciones se habría visto reducida considerablemente si los jóvenes alumnos lo hubiesen observado escribir en ella.
- … tendríamos que ponernos a trabajar en ello ya –interrumpió Hamburguesa con Patatas, convertido ya en Flan Mandarín.
- Antes de entrar en cuestiones de programación pienso que deberíamos abordar lo del diccionario de términos –propuso Calamares a la Romana, algo aliviado pero, a la vez, disgustado por haber visto interrumpida la narración en la cual desarrollaba un papel de objeto de deseo de dos mujeres dispuestas a lo que fuera por él. El sueño de cualquier hombre que no trabajara en Telecinco, vaya.
- Sí, tienes razón en eso, lo del diccionario no puede dejarse para el último momento –le dio la razón Flan Mandarín, misterioso.
- Pues en mi opinión lo prioritario es ponernos con la programación, a ver si vamos a ser incapaces de llevarla a cabo y todo el faenón que pudiese darnos el diccionario no nos vaya a servir para nada –objetó Sopa de Fideos quien, o comía más lento que el resto o se había incorporado más tarde al grupo.
- ¿Se puede saber de qué estáis hablando? –interrumpió Morcillas de Arroz.
- Del Incorrector –aclaró Sopa de Fideos. Hablaban muy bajito, como si tuviesen en mente apuñalar al César al salir del anfiteatro.
- ¿De qué? –insistió.
- Del Incorrector de Word –hubo de repetir Sopa de Fideos, en vista de que la aclaración anterior no había sido tal. Y, al darse cuenta por la boba expresión de su vecino de almuerzo de que no había aportado ningún dato nuevo a lo que acababa de decir, se vio en la obligación de añadir alguna información complementaria–. Una aplicación que queremos programar, ver si nos puede servir como proyecto, de paso, de fin de carrera y luego registrarla en la oficina de patentes para comercializarla después –y subrayó esto último con un sonoro shhhhruuup que hizo desaparecer, absorbido entre sus labios a la francesa, un fideo juguetón que le colgaba del belfo.
- Y forrarnos con ella –apostilló Calamares a la Romana.
- Eso, y forrarnos, y forrarnos, por supuesto –convino Sopa de Fideos.
- Ah, pues no tenía ni idea. Explicadme más, por favor, que el tema me interesa –Morcillas de Arroz parecía vivamente fascinado, tanto o más que el cuentista a la captura de pintoresquismos estudiantiles, quien estiraba el cuello para no perder ripio.
- Claro que sí, hoy pensábamos ponerte al corriente porque nos gustaría que fueses tú quien coordinase el trabajo del diccionario –se añadió Redondo de Ternera, que hasta ese instante había permanecido en un discreto segundo plano–. El Incorrector será una herramienta utilísima que funcionará del mismo modo, si bien a la inversa, que el Corrector de Word. El principio y la mecánica son los mismos.
- Ajá.
- Queremos crear un programa que sea compatible con Word y con los móviles y otras aplicaciones y dispositivos electrónicos de última generación que permiten el envío de mensajes. Un programa que te traduciría un texto escrito correctamente, un cuento de Tolstoi o de cualquier otro ruso, pongamos por caso, con su padre de familia ahorcándose en la leñera después de haber cometido una atrocidad enorme, la que sea, como haber matado a sus hijos, eso es, y lo alteraría de manera que podría ser enviado con toda tranquilidad como sms de un teléfono a otro o a una PDA. Fácil –Flan Mandarín ya no era tal y andaba hurgándose entre dientes con un palillo.
- Y con el Word funcionaría del mismo modo –comenzaba a comprender la esencia del invento.
- Exacto. Introducirías las frases bien escritas que quisieses traducir para que fuesen entendidas, por ejemplo, por los foreros y chateadores en Internet. Sencillo. La máquina te subrayaría en rojo los términos correctos y te propondría las alternativas, esto es, sustituyendo las ces por kas, cambiando uves por bes, comiéndose muchas letras y añadiendo o quitando haches al tuntún. Luego ese texto, mediante corta y pega, lo podrías enviar a los foros para que todo el mundo en la red pudiese entenderte –Morcillas se iba haciendo una idea de todo lo que le habían explicado Calamares y Sopa de Fideos y cabeceaba de tanto en tanto para hacer patente su conformidad con lo que estaba escuchando.
La explicación se prolongó, en los mismos términos, durante unos diez o quince minutos más. Acabaron de repartirse las tareas y quedaron en reencontrarse en el mismo lugar a la misma hora, emplazándose para el miércoles siguiente. El escritor había asimilado con excitación la mayor parte de los datos que habían sacado a relucir a lo largo de la conversación. Para él, haber coincidido con ese grupito de alumnos era como haberse citado con la Historia, como haber estado presente en el cuarto de uno de aquellos muchachitos patilludos y emprendedores en el momento en el que le habían propuesto a un amiguete encerrarse en el garaje con sus prototipos descabellados para acabar fundando una multinacional como Hewlett-Packard. Estaba convencido de hallarse delante del equivalente patrio de los jovenzuelos visionarios que impulsaron lo que hoy es Silicon Valley. Claro que esta apreciación, justo es reconocerlo, estaba fuertemente mediatizada por su imaginación hiperactiva de creador de historias. Jugueteó distraídamente con la monda de su manzana verde hasta que el grupo se marchó. A alguna clase, supuso. En efecto, de eso debía de tratarse puesto que el bar se había despoblado de repente. Se levantó y llevó la bandeja hasta el carrito metálico donde yacían sus compañeras todavía con platos vacíos y vasos volcados encima. Descartó la idea de los colchones, de las sábanas y de los somieres. Y de los portalámparas. Por infantil. Aquellos alumnos de la facultad le habían regalado un relato mucho mejor, una historia de superación personal y ambición empresarial como pocas. Algo juvenil y moderno. Sólo tenía que añadirle una chica al texto y dotarlo de alguna escena de sexo extremo servida en cuentagotas. Salió apresuradamente del comedor, encendió un cigarrillo y se sentó en un banco de la calle para tomar nota de todo lo que acababa de escuchar.
viernes, 13 de septiembre de 2013
viernes, 6 de septiembre de 2013
Las pantorrillas
Le conté al médico que sentía como un hormigueo en las piernas, concretamente en las pantorrillas. Supongo que quienes van al gimnasio con cierta regularidad le habrían dicho que en los gemelos. No es mi caso, aunque sé que por ahí andan. Después de hacerme unas cuantas preguntas, más protocolarias que otra cosa, el doctor me instó a que me subiera ambas perneras hasta la altura de las rodillas y me tumbase en la camilla boca abajo. Y eso fue lo que hice.
Tras unos segundos de valoración y diagnóstico, las fue cogiendo con las pinzas que había sacado de un cajón del único armario de su consulta y las metió, una a una, en un tarro de cristal, parecido a los de mermelada. Cuando terminó, me mandó incorporarme y ponerme bien los pantalones. Me sentía mucho mejor, sentado en la camilla, el picor había desaparecido ya. "Aquí tiene", me dijo, ofreciéndome el tarro, "puede soltarlas en el parque", aunque yo preferí llevármelas a casa. En el fondo, ignoro por qué tomé esa decisión. Quizás fue que les acabé cogiendo algo así como cariño, no sé. Las tengo en un terrario y mis compañeros de trabajo y el propio doctor, con quien me acabó uniendo una gran amistad, las vienen a ver de vez en cuando.
Tras unos segundos de valoración y diagnóstico, las fue cogiendo con las pinzas que había sacado de un cajón del único armario de su consulta y las metió, una a una, en un tarro de cristal, parecido a los de mermelada. Cuando terminó, me mandó incorporarme y ponerme bien los pantalones. Me sentía mucho mejor, sentado en la camilla, el picor había desaparecido ya. "Aquí tiene", me dijo, ofreciéndome el tarro, "puede soltarlas en el parque", aunque yo preferí llevármelas a casa. En el fondo, ignoro por qué tomé esa decisión. Quizás fue que les acabé cogiendo algo así como cariño, no sé. Las tengo en un terrario y mis compañeros de trabajo y el propio doctor, con quien me acabó uniendo una gran amistad, las vienen a ver de vez en cuando.
miércoles, 7 de agosto de 2013
En septiembre... más grimas y más leyendas
Dentro de unas semanas, más historias. Aprovecho este parón para agradeceros a todos las casi veintitrés mil visitas desde que me decidiera a abrir estas Grimas y leyendas. Gracias, gracias, amigos. Volveremos a reencontrarnos en septiembre...
PD. Efectivamente, he aprovechado el texto del verano pasado. El mínimo esfuerzo me ha parecido el mejor homenaje que podía hacerle al mes de agosto.
Foto: Ortzi_84
martes, 23 de julio de 2013
Popurrí melvilliano
- ¡Arponéala de una maldita vez! –gritó, enloquecido, Ahab.
- Preferiría no hacerlo –contestó Bartleby con tranquilidad pasmosa y sin intención de abandonar el remo.
- ¡Manda al infierno a ese condenado demonio! –rugió el anciano, golpeando con su pata astillada el fondo del bote.
- Preferiría no hacerlo –repitió Bartleby con su proverbial apatía, sosteniendo el brillo diabólico y demente en la mirada del capitán cuya obstinación los había llevado a tan crítica situación.
Se levantó del banco de proa el favorito Billy Budd, tan honesto él, tan hermoso, y, haciéndolo a un lado, cumplió la orden dada. La Ballena Blanca, herida en el costado, se sumergió dando un fuerte coletazo. Como es sabido, el cabo se enroscó al cuello del desquiciado Ahab en su intento de destrabarlo y liberar el tobillo del modélico Billy Budd, también aprisionado. Entonces alguien, sin demasiada convicción, había pretendido que Bartleby cortara el cabo temiendo que el cetáceo arrastrara hasta el fondo, sin remedio, a ambos hombres en su desesperada huida.
La tripulación vitoreó al marinero cuando volvió a escucharse, elevándose por encima del rugido del mar embravecido, su celebrado “prefería no hacerlo” para luego, ya a bordo del Pequod, remojarlo en ron.
- Preferiría no hacerlo –contestó Bartleby con tranquilidad pasmosa y sin intención de abandonar el remo.
- ¡Manda al infierno a ese condenado demonio! –rugió el anciano, golpeando con su pata astillada el fondo del bote.
- Preferiría no hacerlo –repitió Bartleby con su proverbial apatía, sosteniendo el brillo diabólico y demente en la mirada del capitán cuya obstinación los había llevado a tan crítica situación.
Se levantó del banco de proa el favorito Billy Budd, tan honesto él, tan hermoso, y, haciéndolo a un lado, cumplió la orden dada. La Ballena Blanca, herida en el costado, se sumergió dando un fuerte coletazo. Como es sabido, el cabo se enroscó al cuello del desquiciado Ahab en su intento de destrabarlo y liberar el tobillo del modélico Billy Budd, también aprisionado. Entonces alguien, sin demasiada convicción, había pretendido que Bartleby cortara el cabo temiendo que el cetáceo arrastrara hasta el fondo, sin remedio, a ambos hombres en su desesperada huida.
La tripulación vitoreó al marinero cuando volvió a escucharse, elevándose por encima del rugido del mar embravecido, su celebrado “prefería no hacerlo” para luego, ya a bordo del Pequod, remojarlo en ron.
lunes, 15 de julio de 2013
Vibra el móvil
Hace muchísimos años, cuando apenas era un crío, vi por televisión el capítulo de una serie (si no fue La dimensión desconocida tuvo que ser La hora de Alfred Hitchcock) que me impresionó profundamente, hasta el punto de tener su recuerdo presente incluso a día de hoy. Una criatura, diría que una niña aunque bien podría haber sido un mocoso quien protagonizara la historia, hablaba, a través de un teléfono de juguete, con su abuela recién fallecida. Los adultos, en principio, la miraban con ternura creyendo que se trataba de una instintiva defensa psicológica de la niña, la cual estaría, de algún modo, intentando superar la ausencia del ser querido. Hasta que la frecuencia de las conversaciones conseguía, por lógica, preocuparlos. Al final, uno de esos adultos, el padre seguramente, descolgaba el auricular y descubría que las conversaciones habían sido reales desde el primer momento y que no eran una ilusión de una cría traumatizada.
He intentado recordar alguna otra película, alguna otra imagen que haya conseguido aterrorizarme más durante todos estos años y ninguna me ha venido a la mente. Tanto como aquel episodio no, desde luego. Por eso ahora, cuando vibra el móvil y veo parpadeando el nombre de mi padre, me recorre el cuerpo un escalofrío. Es tan cierto eso de que no se echa a alguien de menos hasta que lo pierdes... Y lo de que sólo se valora aquello que ya no se tiene. Lo peor de todo es que, aquí, encajonado y sin apenas oxígeno, no puedo responder a su llamada. Ahora que lo pienso, esas historias de teléfonos que, olvidados en los bolsillos de sus difuntos propietarios, sonaban en los velatorios o en el interior de los nichos también consiguieron, en su día, aterrarme. Ahora ya no.
He intentado recordar alguna otra película, alguna otra imagen que haya conseguido aterrorizarme más durante todos estos años y ninguna me ha venido a la mente. Tanto como aquel episodio no, desde luego. Por eso ahora, cuando vibra el móvil y veo parpadeando el nombre de mi padre, me recorre el cuerpo un escalofrío. Es tan cierto eso de que no se echa a alguien de menos hasta que lo pierdes... Y lo de que sólo se valora aquello que ya no se tiene. Lo peor de todo es que, aquí, encajonado y sin apenas oxígeno, no puedo responder a su llamada. Ahora que lo pienso, esas historias de teléfonos que, olvidados en los bolsillos de sus difuntos propietarios, sonaban en los velatorios o en el interior de los nichos también consiguieron, en su día, aterrarme. Ahora ya no.
miércoles, 10 de julio de 2013
El botánico aficionado
En cuanto tenía un rato libre se detenía delante del tiesto y contemplaba con embeleso cómo la mata crecía, milímetro a milímetro, con un orgullo muy parecido al del padre que presume de los progresos de su hijo delante de los compañeros del trabajo. Abría una pequeña sillita plegable, de ésas de costurera de posguerra, y se sentaba junto a la maceta pintada de rojo para leerle suavemente a la planta, como en un arrullo mimoso, algunos capítulos de una vieja enciclopedia ajedrecística, de cuyo título nadie había oído hablar jamás. La había comprado en una librería de lance y había pertenecido a un tal Silverio H. Morales (alguien, al menos, se había entretenido en escribir en lápiz dichos nombre y apellido en unas irregulares mayúsculas en el ángulo superior derecho de la primera página del grueso volumen) o los análisis de las partidas más atractivas de los números más recientes de la revista Jaque. Había escuchado en algún lugar que no conseguía recordar que hablarle a las plantas les servía de estímulo para su crecimiento. Y se aplicaba en ello del mismo modo que esparcía la fina capa de paja para mantener la humedad de la tierra y la regaba periódicamente, y siempre a primerísima hora de la mañana, porque había oído decir al presentador de un popular programa de la televisión, un tipo cuyo aspecto frisaba en los cuarenta cuando debía de tener cumplidos los sesenta, que, de esa manera, las plantas se hidrataban mejor durante el calor del mediodía.
Precisamente había sacado de la entrada Ajedrez y botánica de ese tomazo enciclopédico de tapa dura, firmada por Aleksandr Aboguin y un tal Dr. Kirílov, la idea para su proyecto, que desarrollaba, según afirmaban los autores rusos, un originalísimo experimento de un religioso agustino discípulo de Mendel. Consagraba así los días a su proyecto y sólo su sobrino de ocho años tenía alguna remota noticia de su secreta actividad. En realidad, el chiquillo no sabía nada, sencillamente lo veía trajinar arriba y abajo con los libros o con la regadera en las contadas mañanas en que sus padres, su hermana y el gordo desabrido con quien había contraído matrimonio hacía diez años en Calzadilla de los Hermanillos, se lo dejaban porque debían hacer algún recado. El niño jugaba con los muñecos articulados que había traído de casa y lo dejaba tranquilo con lo suyo en la terraza. Pasaron los días y pasaron las semanas. El diámetro del tallo se ensanchaba a ojos vistas y de la mata fueron saliendo unas ramitas que enseguida se cubrieron de pequeñas hojas con forma de corazón de color verde aceituna veteadas en blanco y negro. El botánico aficionado pulverizaba diariamente aquellas hojitas cardiáceas y les sacaba brillo con un paño limpio con una dedicación que hubiese hecho enrojecer de vergüenza por descuidado al coleccionista de mariposas más escrupuloso. Tiempo después, cuando la planta había alcanzado unos dos palmos de altura y el ritmo de las sesiones de lectura se había incrementado hasta llegar a la media hora diaria, ésta comenzó a dar los primeros frutos. En los extremos de las ramas aparecieron unos brotes oscuros, también alguna florecilla blanca, que muy pronto se convirtieron en alfilitos negros de madera barnizada, muy parecidos entre sí y que recordaban mucho a aquél plantado hacía ya unas cuantas semanas en la maceta. ¡Bendito discípulo de Mendel y benditos Aboguin y Kirílov por transmitir los conocimientos de éste! Las flexibles ramitas soportaban bien el peso de las piezas pero, conforme éstas iban creciendo hasta alcanzar su plena madurez, se combaban ligeramente hacia abajo. El excitado botánico lloró de contento cuando el primero de los alfiles negros cayó por su propio peso encima de la paja húmeda. Le dio cera para muebles y lo metió en una caja de madera con el interior forrado de terciopelo rojo que había comprado expresamente para depositar allí la que sería su primera cosecha de piezas de ajedrez. Luego cayó el segundo y, pronto, el tercer y cuarto alfiles pasaron a hacerles compañía en aquella caja tan especial. La planta dio en total nueve piezas menores. Presa de una incontenible excitación por el milagro obrado, pasó tardes enteras leyéndole a una planta que, por desgracia, ya no volvió a dar más fruto.
Lejos de descorazonarse, el primer sábado que tuvo libre se fue al centro comercial más cercano y cargó en la parte trasera del coche una docena de tiestos idénticos al que había utilizado para plantar su mata de alfiles negros. También compró sacos de una tierra especial, rica en nutrientes, y dos litros de fertilizante para plantas. Acarreó las macetas hasta el balcón de casa, vació en ellas los sacos y en cada una practicó un agujero donde introdujo un rey blanco, un rey negro, una dama blanca, un alfil blanco, un caballo negro… y así hasta que todas las macetas tuvieron su simiente. Poquito a poco fueron asomando los tallitos verdes, tímidos, como las lombrices ciegas que se abren paso a través de la tierra húmeda hasta alcanzar la superficie. Puso entonces en práctica todos los conocimientos atesorados tras la primera experiencia, cada vez más perfeccionados, lógicamente, más otros adquiridos tras la lectura de los libros de jardinería que había ido sacando de la biblioteca pública del barrio y con las respuestas a las preguntas con las cuales solía acribillar a la navarra del séptimo segunda, poseedora de un balcón florido de escándalo, envidia de todo el vecindario, en cada ocasión en que ambos se encontraban en el ascensor. Orientó los tiestos de idéntico modo a como lo había hecho con la mata piloto, de manera que las plantas aprovecharan al máximo la luz solar y, después de regarlas a primera hora de la mañana (había introducido, por consejo de la vecina hija de la villa de Zubiri, un tapón de abono una vez a la semana, que diluía por cada tres litros de agua), las colocaba en semicírculo alrededor de su sillita de costurera, como si los tiestos fuesen los miembros de una coral y él su director, y les leía los artículos de la enciclopedia dedicados a Mieses o a Lasker o a Bogolyubov o a cualquiera de los campeones con patillas de lince encumbrados hasta lo más alto a finales del siglo XIX y los comentarios a las partidas que habían significado el triunfo de Aronian en tal o cual torneo de república báltica publicados en las revistas especializadas. Las plantas parecían agradecerlo y crecían lozanas, más hermosas incluso que la primigenia mata de alfiles negros que se había negado a dar, por algún motivo desconocido, más piezas. Salieron los primeros brotes y las hojas, con sus vetas blancas y negras. También floreció, si bien a un ritmo algo más lento, un caballo de marfil blanco que había plantado como prueba en la duodécima maceta. Había querido experimentar con nuevos materiales, con trebejos que no fuesen de madera, dado que la enciclopedia nada decía sobre ese particular. Así que también crecía robusta la planta del caballo de marfil… Entusiasmado por el inesperado éxito, el botánico aficionado empezó a darle vueltas al asunto y llegó a la conclusión de que podría sacarle un rédito económico al productivo experimento y a tanto esfuerzo. Dejó la parte científica, la que en principio le había animado a emprender tal empresa, a un lado, y, como la lechera del cuento, se concentró en cómo podría sacarle el mayor rendimiento a los frutos de su pequeño jardín. Con su método botánico revolucionario obtendría piezas perfectas y únicas de madera barata o de materiales menos asequibles, como el marfil o el ébano o el palo santo, sin apenas coste y podría venderlas a precios que acabarían reventando el mercado y arruinando al resto de fabricantes. Ya los llamaba, para sí, la competencia, sin haber entrado todavía en el circuito comercial, y así mismo se refería a ellos cuando los nombraba a las plantas que crecían ufanas en las macetas de la terraza, ya que había incorporado todo este discurso comercial a las charlas ajedrecísticas con las cuales pretendía favorecer su crecimiento.
Compró nuevas cajas forradas en terciopelo. Hizo números con los precios de venta de los juegos de piezas en las tiendas y a cuánto tendría que comercializar los suyos para obtener el máximo beneficio y se puso entonces con los pertinentes estudios de mercado. Calculó los juegos que podría vender al año y cuánto debería incrementar la producción para satisfacer la elevada demanda de clubes y aficionados que preveía. Con la satisfacción que da recoger el premio del trabajo bien hecho y el sentirse ya un pequeño pero floreciente empresario, aunque todavía sin empresa, una mañana observó cómo las nuevas piezas ya habían adquirido su forma definitiva y que pronto estarían listas para su recolección. Tan eufórico estaba que se las dejó ver al sobrinito cómplice, para quien las figuritas colgando en las ramas no eran sino un remedo bastante cutre de los adornos que embellecían el árbol de Navidad. Sin embargo, observó desazonado que dos de sus plantas se comportaban de un modo anómalo. Tres si contaba la del caballo de marfil, pero el desarrollo más lento de ésta parecía, hasta cierto punto, dentro de la lógica por la singular naturaleza de la simiente. De las matas que habían brotado de los peones blanco y negro plantados hacía semanas florecían, de modo desordenado, pequeños caballos, alfiles, torres y damas al mismo ritmo que lo hacían las piezas de los otros tiestos. ¿Qué explicación podría tener ese extraño desarrollo? Corrió a la enciclopedia a repasar el artículo dedicado al experimento del agustino austríaco, firmado por aquella pareja de rusos cuyos nombres parecían sacados de un cuento de Chéjov, un texto que conocía prácticamente de memoria, sabedor, en el fondo, de que no iba a arrojar nueva luz al asunto. Tampoco encontró nada en los libros de botánica de la biblioteca ni la vecina del séptimo supo darle mayores razones cuando le planteó el problema de manera velada, trufándolo de vaguedades para no desvelarle el secreto de su futura fortuna. Un día, al llegar a casa de vuelta de la biblioteca, recogió las piezas maduras que habían ido cayendo y se dispuso a encerarlas antes de guardarlas en sus respectivas cajas. A pesar de que tan sólo habían transcurrido unas pocas semanas desde los primeros resultados de su experimento botánico, una sombra de preocupación le velaba la mirada y la inicial expresión de jubilosa excitación por las piezas obtenidas había sido sustituida por otra de desaliento. Era descorazonador: si no conseguía producir peones de alguna manera todos sus planes se irían al garete. Había tomado conciencia de que corría el riesgo de estar reproduciendo el cuento de la lechera punto por punto, fracaso final incluido.
Enterró en cuatro maceteros diferentes peones pertenecientes al mismo juego antiguo que ya había utilizado la ocasión anterior y compró otro nuevo, también de piezas de madera, y los plantó a su vez. Y peones de alabastro, y de plástico, y de muchos otros materiales, con la esperanza de dar con la clave del problema. Mientras algunas de las piezas conseguidas mediante su método jardinero iban dando sus frutos tras replantarlas en tiestos que habían quedado vacíos, de las matas de los peones seguían saliendo sólo caballos, torres, alfiles y, sobre todo, damas. A pesar de que los cuidados comunes seguían siendo los mismos para todo tipo de plantas (tierra, fertilizante, horas de sol y orientación de los tiestos, limpieza de las hojas y ocasional uso de insecticidas para prevenir el ataque de orugas, pulgones y moscas blancas), a ellas, a las plantas de los peones, les dedicaba lecturas específicas cuando terminaba la general y les leía en voz alta artículos sobre los principios básicos de los finales de peones, sobre las estructuras de peones a evitar durante el medio juego de las partidas y sobre cómo sacar partido a las posiciones con peones centrales aislados y adelantados. Ni con ésas. Las matas que brotaban de caballo plantado daban caballos, alfiles las de alfil, reyes las de rey. Y las de peón, de casi todo menos peones. Porque reyes tampoco daban, eso sí, era algo que había observado con la primera planta que le había salido rana.
“A lo mejor el hecho de que de las plantas de los peones no salgan tampoco reyes quiere significar algo”, se dijo un día, durante el transcurso de una partida de ajedrez con su sobrinito, pensando más en su ambicioso proyecto, que se iba al traste prácticamente sin haber llegado a arrancar, que en el mismo juego. Tabaleaba los dedos en la frente como si pensara la mejor respuesta a los inofensivos movimientos del crío cuando, en realidad, las complicaciones del juego no le preocupaban lo más mínimo. Se iba dejando todas las piezas después de errores de bulto que ni un párvulo cometería y el niño de ocho años lo ganaba casi sin querer puesto que apenas sabía jugar. Tal era la preocupación del botánico empresario. Y tantas vueltas le dio al asunto que llegó a la conclusión, desesperado, de que la respuesta no iba a encontrarla en los libros de jardinería ni en las vecinas de balcones envidiables ni en los programas presentados por populares rostros televisivos sino en el mismo juego, en las leyes del ajedrez. Coincidiendo casualmente con lo que creyó una revelación, la explicación al fiasco de su proyecto empresarial, el niño avanzó el peón que tenía en séptima fila y lo coronó. Quiso promocionarlo y pidió otro rey. Él le explicó que lo que pretendía no podía ser, era imposible transformar el peón en rey al llegar a la última fila. Los peones se convertían en lo que uno quisiese, en una dama, en un caballo, en una torre, en lo que le diese la gana… menos en un rey… o en otro peón… y, diciendo esto, su rostro, de pronto, se contrajo en una mueca extraña, resumen del caudal de sensaciones contradictorias que lo dominaron súbitamente… el alborozo de haber dado con la clave, la alegría y la satisfacción experimentadas entraron en profunda contradicción con el desencanto que sentía, con la impotencia y el desengaño producidos por el hecho de comprender que su ambicioso proyecto estaba irremisiblemente condenado al fracaso y nunca podría ser llevado a buen puerto. “Cualquier pieza menos un rey o un peón”, repitió lentamente, pero esta vez para sí, como si estuviese solo y, entonces, estalló en una carcajada desproporcionada, incontrolada, fuera de lugar. El sobrinito lo miró con los ojos muy abiertos y empezó a llorar muy, muy asustado.
Precisamente había sacado de la entrada Ajedrez y botánica de ese tomazo enciclopédico de tapa dura, firmada por Aleksandr Aboguin y un tal Dr. Kirílov, la idea para su proyecto, que desarrollaba, según afirmaban los autores rusos, un originalísimo experimento de un religioso agustino discípulo de Mendel. Consagraba así los días a su proyecto y sólo su sobrino de ocho años tenía alguna remota noticia de su secreta actividad. En realidad, el chiquillo no sabía nada, sencillamente lo veía trajinar arriba y abajo con los libros o con la regadera en las contadas mañanas en que sus padres, su hermana y el gordo desabrido con quien había contraído matrimonio hacía diez años en Calzadilla de los Hermanillos, se lo dejaban porque debían hacer algún recado. El niño jugaba con los muñecos articulados que había traído de casa y lo dejaba tranquilo con lo suyo en la terraza. Pasaron los días y pasaron las semanas. El diámetro del tallo se ensanchaba a ojos vistas y de la mata fueron saliendo unas ramitas que enseguida se cubrieron de pequeñas hojas con forma de corazón de color verde aceituna veteadas en blanco y negro. El botánico aficionado pulverizaba diariamente aquellas hojitas cardiáceas y les sacaba brillo con un paño limpio con una dedicación que hubiese hecho enrojecer de vergüenza por descuidado al coleccionista de mariposas más escrupuloso. Tiempo después, cuando la planta había alcanzado unos dos palmos de altura y el ritmo de las sesiones de lectura se había incrementado hasta llegar a la media hora diaria, ésta comenzó a dar los primeros frutos. En los extremos de las ramas aparecieron unos brotes oscuros, también alguna florecilla blanca, que muy pronto se convirtieron en alfilitos negros de madera barnizada, muy parecidos entre sí y que recordaban mucho a aquél plantado hacía ya unas cuantas semanas en la maceta. ¡Bendito discípulo de Mendel y benditos Aboguin y Kirílov por transmitir los conocimientos de éste! Las flexibles ramitas soportaban bien el peso de las piezas pero, conforme éstas iban creciendo hasta alcanzar su plena madurez, se combaban ligeramente hacia abajo. El excitado botánico lloró de contento cuando el primero de los alfiles negros cayó por su propio peso encima de la paja húmeda. Le dio cera para muebles y lo metió en una caja de madera con el interior forrado de terciopelo rojo que había comprado expresamente para depositar allí la que sería su primera cosecha de piezas de ajedrez. Luego cayó el segundo y, pronto, el tercer y cuarto alfiles pasaron a hacerles compañía en aquella caja tan especial. La planta dio en total nueve piezas menores. Presa de una incontenible excitación por el milagro obrado, pasó tardes enteras leyéndole a una planta que, por desgracia, ya no volvió a dar más fruto.
Lejos de descorazonarse, el primer sábado que tuvo libre se fue al centro comercial más cercano y cargó en la parte trasera del coche una docena de tiestos idénticos al que había utilizado para plantar su mata de alfiles negros. También compró sacos de una tierra especial, rica en nutrientes, y dos litros de fertilizante para plantas. Acarreó las macetas hasta el balcón de casa, vació en ellas los sacos y en cada una practicó un agujero donde introdujo un rey blanco, un rey negro, una dama blanca, un alfil blanco, un caballo negro… y así hasta que todas las macetas tuvieron su simiente. Poquito a poco fueron asomando los tallitos verdes, tímidos, como las lombrices ciegas que se abren paso a través de la tierra húmeda hasta alcanzar la superficie. Puso entonces en práctica todos los conocimientos atesorados tras la primera experiencia, cada vez más perfeccionados, lógicamente, más otros adquiridos tras la lectura de los libros de jardinería que había ido sacando de la biblioteca pública del barrio y con las respuestas a las preguntas con las cuales solía acribillar a la navarra del séptimo segunda, poseedora de un balcón florido de escándalo, envidia de todo el vecindario, en cada ocasión en que ambos se encontraban en el ascensor. Orientó los tiestos de idéntico modo a como lo había hecho con la mata piloto, de manera que las plantas aprovecharan al máximo la luz solar y, después de regarlas a primera hora de la mañana (había introducido, por consejo de la vecina hija de la villa de Zubiri, un tapón de abono una vez a la semana, que diluía por cada tres litros de agua), las colocaba en semicírculo alrededor de su sillita de costurera, como si los tiestos fuesen los miembros de una coral y él su director, y les leía los artículos de la enciclopedia dedicados a Mieses o a Lasker o a Bogolyubov o a cualquiera de los campeones con patillas de lince encumbrados hasta lo más alto a finales del siglo XIX y los comentarios a las partidas que habían significado el triunfo de Aronian en tal o cual torneo de república báltica publicados en las revistas especializadas. Las plantas parecían agradecerlo y crecían lozanas, más hermosas incluso que la primigenia mata de alfiles negros que se había negado a dar, por algún motivo desconocido, más piezas. Salieron los primeros brotes y las hojas, con sus vetas blancas y negras. También floreció, si bien a un ritmo algo más lento, un caballo de marfil blanco que había plantado como prueba en la duodécima maceta. Había querido experimentar con nuevos materiales, con trebejos que no fuesen de madera, dado que la enciclopedia nada decía sobre ese particular. Así que también crecía robusta la planta del caballo de marfil… Entusiasmado por el inesperado éxito, el botánico aficionado empezó a darle vueltas al asunto y llegó a la conclusión de que podría sacarle un rédito económico al productivo experimento y a tanto esfuerzo. Dejó la parte científica, la que en principio le había animado a emprender tal empresa, a un lado, y, como la lechera del cuento, se concentró en cómo podría sacarle el mayor rendimiento a los frutos de su pequeño jardín. Con su método botánico revolucionario obtendría piezas perfectas y únicas de madera barata o de materiales menos asequibles, como el marfil o el ébano o el palo santo, sin apenas coste y podría venderlas a precios que acabarían reventando el mercado y arruinando al resto de fabricantes. Ya los llamaba, para sí, la competencia, sin haber entrado todavía en el circuito comercial, y así mismo se refería a ellos cuando los nombraba a las plantas que crecían ufanas en las macetas de la terraza, ya que había incorporado todo este discurso comercial a las charlas ajedrecísticas con las cuales pretendía favorecer su crecimiento.
Compró nuevas cajas forradas en terciopelo. Hizo números con los precios de venta de los juegos de piezas en las tiendas y a cuánto tendría que comercializar los suyos para obtener el máximo beneficio y se puso entonces con los pertinentes estudios de mercado. Calculó los juegos que podría vender al año y cuánto debería incrementar la producción para satisfacer la elevada demanda de clubes y aficionados que preveía. Con la satisfacción que da recoger el premio del trabajo bien hecho y el sentirse ya un pequeño pero floreciente empresario, aunque todavía sin empresa, una mañana observó cómo las nuevas piezas ya habían adquirido su forma definitiva y que pronto estarían listas para su recolección. Tan eufórico estaba que se las dejó ver al sobrinito cómplice, para quien las figuritas colgando en las ramas no eran sino un remedo bastante cutre de los adornos que embellecían el árbol de Navidad. Sin embargo, observó desazonado que dos de sus plantas se comportaban de un modo anómalo. Tres si contaba la del caballo de marfil, pero el desarrollo más lento de ésta parecía, hasta cierto punto, dentro de la lógica por la singular naturaleza de la simiente. De las matas que habían brotado de los peones blanco y negro plantados hacía semanas florecían, de modo desordenado, pequeños caballos, alfiles, torres y damas al mismo ritmo que lo hacían las piezas de los otros tiestos. ¿Qué explicación podría tener ese extraño desarrollo? Corrió a la enciclopedia a repasar el artículo dedicado al experimento del agustino austríaco, firmado por aquella pareja de rusos cuyos nombres parecían sacados de un cuento de Chéjov, un texto que conocía prácticamente de memoria, sabedor, en el fondo, de que no iba a arrojar nueva luz al asunto. Tampoco encontró nada en los libros de botánica de la biblioteca ni la vecina del séptimo supo darle mayores razones cuando le planteó el problema de manera velada, trufándolo de vaguedades para no desvelarle el secreto de su futura fortuna. Un día, al llegar a casa de vuelta de la biblioteca, recogió las piezas maduras que habían ido cayendo y se dispuso a encerarlas antes de guardarlas en sus respectivas cajas. A pesar de que tan sólo habían transcurrido unas pocas semanas desde los primeros resultados de su experimento botánico, una sombra de preocupación le velaba la mirada y la inicial expresión de jubilosa excitación por las piezas obtenidas había sido sustituida por otra de desaliento. Era descorazonador: si no conseguía producir peones de alguna manera todos sus planes se irían al garete. Había tomado conciencia de que corría el riesgo de estar reproduciendo el cuento de la lechera punto por punto, fracaso final incluido.
Enterró en cuatro maceteros diferentes peones pertenecientes al mismo juego antiguo que ya había utilizado la ocasión anterior y compró otro nuevo, también de piezas de madera, y los plantó a su vez. Y peones de alabastro, y de plástico, y de muchos otros materiales, con la esperanza de dar con la clave del problema. Mientras algunas de las piezas conseguidas mediante su método jardinero iban dando sus frutos tras replantarlas en tiestos que habían quedado vacíos, de las matas de los peones seguían saliendo sólo caballos, torres, alfiles y, sobre todo, damas. A pesar de que los cuidados comunes seguían siendo los mismos para todo tipo de plantas (tierra, fertilizante, horas de sol y orientación de los tiestos, limpieza de las hojas y ocasional uso de insecticidas para prevenir el ataque de orugas, pulgones y moscas blancas), a ellas, a las plantas de los peones, les dedicaba lecturas específicas cuando terminaba la general y les leía en voz alta artículos sobre los principios básicos de los finales de peones, sobre las estructuras de peones a evitar durante el medio juego de las partidas y sobre cómo sacar partido a las posiciones con peones centrales aislados y adelantados. Ni con ésas. Las matas que brotaban de caballo plantado daban caballos, alfiles las de alfil, reyes las de rey. Y las de peón, de casi todo menos peones. Porque reyes tampoco daban, eso sí, era algo que había observado con la primera planta que le había salido rana.
“A lo mejor el hecho de que de las plantas de los peones no salgan tampoco reyes quiere significar algo”, se dijo un día, durante el transcurso de una partida de ajedrez con su sobrinito, pensando más en su ambicioso proyecto, que se iba al traste prácticamente sin haber llegado a arrancar, que en el mismo juego. Tabaleaba los dedos en la frente como si pensara la mejor respuesta a los inofensivos movimientos del crío cuando, en realidad, las complicaciones del juego no le preocupaban lo más mínimo. Se iba dejando todas las piezas después de errores de bulto que ni un párvulo cometería y el niño de ocho años lo ganaba casi sin querer puesto que apenas sabía jugar. Tal era la preocupación del botánico empresario. Y tantas vueltas le dio al asunto que llegó a la conclusión, desesperado, de que la respuesta no iba a encontrarla en los libros de jardinería ni en las vecinas de balcones envidiables ni en los programas presentados por populares rostros televisivos sino en el mismo juego, en las leyes del ajedrez. Coincidiendo casualmente con lo que creyó una revelación, la explicación al fiasco de su proyecto empresarial, el niño avanzó el peón que tenía en séptima fila y lo coronó. Quiso promocionarlo y pidió otro rey. Él le explicó que lo que pretendía no podía ser, era imposible transformar el peón en rey al llegar a la última fila. Los peones se convertían en lo que uno quisiese, en una dama, en un caballo, en una torre, en lo que le diese la gana… menos en un rey… o en otro peón… y, diciendo esto, su rostro, de pronto, se contrajo en una mueca extraña, resumen del caudal de sensaciones contradictorias que lo dominaron súbitamente… el alborozo de haber dado con la clave, la alegría y la satisfacción experimentadas entraron en profunda contradicción con el desencanto que sentía, con la impotencia y el desengaño producidos por el hecho de comprender que su ambicioso proyecto estaba irremisiblemente condenado al fracaso y nunca podría ser llevado a buen puerto. “Cualquier pieza menos un rey o un peón”, repitió lentamente, pero esta vez para sí, como si estuviese solo y, entonces, estalló en una carcajada desproporcionada, incontrolada, fuera de lugar. El sobrinito lo miró con los ojos muy abiertos y empezó a llorar muy, muy asustado.
jueves, 27 de junio de 2013
Parque de atracciones
Ando con dificultad, meciéndome de izquierda a derecha. Me paro delante de la noria, resoplo por el esfuerzo y contemplo, allí abajo, mis piernas cortas y combadas que no son más que un paréntesis bufo. Los pies diminutos y contrahechos que apenas me sostienen en un equilibrio inestable. Las manos y los dedos que, por el contrario, son largos como pálidos sarmientos. Con ellos palpo mi frente abultada, mi cabeza monstruosamente ancha, mi boca de pez y mis ojos de topo. Cada nuevo hallazgo en mi anatomía constituye una sorpresa y es para mí motivo de espanto y horror. Porque yo, antes de entrar en el laberinto de los espejos, no era así.
miércoles, 19 de junio de 2013
Pasatiempos
Consciente de que la función principal de los pasatiempos no es otra, precisamente, que la de conseguir hacerles pasar el tiempo a los lectores, el director decidió, de un día para otro y sin previo aviso, esconder el crucigrama, el autodefinido y el problema de ajedrez entre las páginas de su diario. Tal cual. Suprimió la sección de pasatiempos y los fue ubicando, por separado, en las páginas más inverosímiles del periódico. Un día publicaba el autodefinido en los deportes, otro como si fuese un anuncio más de contactos y, el siguiente, en la sección de sucesos. Llegaron a la redacción numerosas cartas de los lectores felicitándolo por la iniciativa: el tener que buscar el crucigrama por todo el periódico, antes de resolverlo, se había convertido en un reto diario, en un pasatiempo más.
Quiso entonces el director rizar el rizo. Decidió, así, que las soluciones publicadas no correspondiesen a los pasatiempos del día, ni siquiera a los del anterior sino a los que aparecerían dentro de una o dos semanas. Las soluciones inútiles lo complicaban todo un poco más. Volvieron las felicitaciones, más entusiastas, si cabe. Si los lectores se mostraban así de satisfechos por las dificultades, cada vez mayores, que les planteaba, quizás había que dar una nueva vuelta de tuerca, pensó. Así que cambió de casilla los alfiles y los peones del problema de ajedrez, en internacional, y también el enunciado, en el que se leía que las blancas daban mate en cuatro cuando, en realidad, las negras alcanzaban las tablas después de una precisa maniobra. Intercambió las definiciones del crucigrama de espectáculos con las del autodefinido de política nacional. ¡Aquéllos sí que eran verdaderos pasatiempos!, se felicitaban los lectores y uno o dos llegaron a enviarle al director una botella de vino tinto agradeciéndole los esfuerzos por potenciar su sección favorita de la prensa escrita. Y, ojo, no cualquier vino, no. Vino del bueno.
Quiso entonces el director rizar el rizo. Decidió, así, que las soluciones publicadas no correspondiesen a los pasatiempos del día, ni siquiera a los del anterior sino a los que aparecerían dentro de una o dos semanas. Las soluciones inútiles lo complicaban todo un poco más. Volvieron las felicitaciones, más entusiastas, si cabe. Si los lectores se mostraban así de satisfechos por las dificultades, cada vez mayores, que les planteaba, quizás había que dar una nueva vuelta de tuerca, pensó. Así que cambió de casilla los alfiles y los peones del problema de ajedrez, en internacional, y también el enunciado, en el que se leía que las blancas daban mate en cuatro cuando, en realidad, las negras alcanzaban las tablas después de una precisa maniobra. Intercambió las definiciones del crucigrama de espectáculos con las del autodefinido de política nacional. ¡Aquéllos sí que eran verdaderos pasatiempos!, se felicitaban los lectores y uno o dos llegaron a enviarle al director una botella de vino tinto agradeciéndole los esfuerzos por potenciar su sección favorita de la prensa escrita. Y, ojo, no cualquier vino, no. Vino del bueno.
martes, 11 de junio de 2013
Los sordomudos
Si me decido a sentarme a escribir lo que pasó aquel domingo es con el convencimiento de que todo aquello, por fuerza, ha de haber prescrito ya. Quiero decir que si lo cuento no es porque me sienta especialmente orgulloso de lo ocurrido ni creo que ninguno de quienes intervinimos pueda o deba estarlo. Tengan en cuenta que sucedió hace mucho, muchísimo, el domingo después de que Rubén Cano vengara en el campo del Estrella Roja el funesto gol de Katalinski, aquel futbolista yugoslavo de infausto recuerdo cuya diana enterró la ilusión de tantos españoles de ver a su selección disputando el Mundial de Alemania. Vestía yo en esa época con pantalones acampanados y chupas ajustadas, llevaba el pelo demasiado largo y lucía unas patillas más propias de un bandolero de Sierra Morena que de un universitario cabal. Por aquel entonces, con apenas veinte años recién cumplidos, yo ya había visitado la comisaría en cuatro ocasiones en los últimos tres meses. Tenía la costumbre, quién sabe si mala, de dar un paso al frente, en mi calidad de secretario de la asociación de vecinos, cada vez que la pasma preguntaba quién era el portavoz de aquellos grupos de ciudadanos que ocupaban distintos edificios, hasta hacía nada gestionados por diferentes secretarías y secciones del Movimiento, reclamando más servicios para el barrio. También había sido yo el que alentara a mis compañeros de la facultad de económicas a encerrarnos en el decanato. En aquella oportunidad, nos había recibido el propio decano para negociar las condiciones de la protesta, en su despacho, sentado en un extremo de la interminable mesa que lo presidía. Nos invitó a tomar asiento, éramos una treintena de estudiantes descontentos, y, tras levantar el auricular de su teléfono rojo, marcó el número del bar de la facultad y habló con el dueño. "Traiga whisky para todos", había dicho antes de animarnos a exponer nuestras reclamaciones. Otra época, otros tiempos. Sí, ¡qué tiempos!, fascinantes, pienso ahora con admiración y todavía con algo de incredulidad. Tan lejanos y, a la vez, tan próximos. Parecen continuar ahí, a la vuelta de la esquina. Tiempos de transición e inestabilidad. De políticos voluntariosos, llenos de ideas, aficionados e inexpertos; de comisarios torturadores que intentaban reciclarse encontrando su lugar dentro de la incipiente policía democrática; de jóvenes idealistas y provocadores que colgaban banderas del Vietcong en las universidades y preparaban paquetes bomba de broma con el objeto de reírse del sistema, personificado en unos esforzados artificieros que se cagaban en todo cuando el muelle de su interior, tras ser abierto el bulto sospechoso con tantísimas precauciones, salía volando por los aires; y de ajedrecistas amateurs con poco nivel de juego, nulo conocimiento de la teoría de las aperturas y muchas ganas de disfrutar con los amigos delante de las sesenta y cuatro casillas. Tiempos en los cuales las competiciones por equipos se jugaban sin árbitros en las salas de juego, una ronda en casa y la siguiente en la de tu rival. Tiempos cargados de nostalgia y añoranza y, como digo, prescritos. Para bien o para mal.
El domingo siguiente al célebre botellazo al malagueño Juanito en Belgrado, debíamos enfrentarnos al primer equipo de la asociación de sordomudos. Tenían una sección de ajedrez que venía a ser como el actual club de la ONCE sólo que allí jugaban, lógicamente, ajedrecistas con esa discapacidad auditiva. El local estaba en la planta baja de un edificio antiguo del barrio marinero. Después de presentar ambos delegados las listas de jugadores y las alineaciones, los ocho nos sentamos, frente a nuestros rivales, en otras tantas mesas dispuestas en una larga fila. Recuerdo cómo Rafa de la Torre agarró una torre blanca y la plantificó delante de las narices del contrincante de turno mientras silabeaba lentamente su apellido cuando éste le preguntó, por señas y como pudo, su nombre para rellenar la planilla. Le di un codazo prudente para darle a entender que se disponía a jugar contra un joven con una discapacidad ajena por completo al retraso mental. No captó mi intención y siguió así hasta que el otro, por fin, apuntó correctamente el de la Torre en su planilla. Empezó el enfrentamiento, que se desarrolló con normalidad hasta las nueve y veinte, más o menos. Fue entonces cuando algunos de los sordomudos, paseando de una punta a la otra de la sala para ver cómo iban las partidas de sus compañeros, empezaron a gesticular en un animado intercambio de pareceres. De tanto en tanto, los jugadores locales que habían permanecido sumidos en sus cavilaciones alzaban la vista de sus respectivos tableros y también se sumaban a la sospechosa gesticulación en alegre coloquio sordo y mudo. Acto seguido, los menos disimulados dirigían un rápido vistazo a su posición y realizaban un movimiento que a mí, dentro de mi limitado conocimiento del juego, me parecía siempre el mejor posible.
Adelanté un peón del flanco de dama y me levanté yo también. Le hice un gesto a Rafa para que me acompañase hasta uno de los rincones del local. Rafa de la Torre. Hace muchos años que no sé nada de él. Alguien me dijo que tanto Rafa como su hermano Jorge trabajan ahora en Telefónica. A lo que iba: apoyé el hombro en un armario, que parecía directamente salido de una película inspirada en un tenebroso cuento de Poe, y esperé su llegada con aire casual. Se sentó en el canto de una mesa donde cogía polvo una vieja máquina de escribir a la cual le faltaban varias teclas. "¿Qué te parece la cháchara que se tienen éstos entre sí?", le pregunté. Los sordomudos continuaban obrando con el mismo descaro, no exento de cierta desfachatez. Me miró con expresión tontorrona. Ni siquiera había reparado en ello. "Corts ya la ha cagado", me dijo. "Déjate de Corts, hostias", le reprendí porque los dos sabíamos que el Maestro Corts, con sus extravagantes aperturas y sus díscolas ideas tácticas, era un punto seguro para el equipo contrario, "te estoy hablando de los sordomudos. Fíjate bien, no paran de cascar". "Pues tienes razón", observó Rafa, quien, a pesar de todo, no podía dejar de mirar las incomprensibles decisiones que tomaba el entrañable albino Corts sobre la marcha. Sostenía un caballo en la mano derecha y no sabía muy bien dónde dejarlo. Daba la sensación de que estaba tocando una campanita de servicio.
Volvimos a nuestros asientos habiendo decidido la estrategia a seguir. Esperamos a que los ocho sordomudos estuvieran sentados. Rafa, en el quinto tablero, vigilaría la reacción desde su oponente hasta el de la octava mesa mientras que yo lo haría con el primero, el segundo, el tercero y el cuarto tableros. Pasé los brazos por detrás del respaldo de mi silla y la eché hacia atrás, apoyando mi peso en él, de modo que las patas delanteras dejaron de estar en contacto con el suelo durante unos segundos. Unos sordomudos pensaban su movimiento, otros miraban las musarañas, el primer tablero de ellos observaba con atención la partida de al lado. Entonces aproveché para dar una fuerte e invisible palmada que restalló sonoramente en la silenciosa sala de juego, donde nada más se oía el tictac de los relojes de competición y alguna tosecilla aislada y nerviosa de vez en cuando. Ninguno de mis cuatro observados se inmutó y Rafa me confirmó, con una certera patadita lateral en el tobillo, que los otros tampoco se habían enterado de nada. Certificar que eran realmente sordos y adoptar la nueva táctica discutida con mi compañero de equipo unos minutos antes fue todo uno. Restituida mi postura habitual de reflexión tras la pertinente comprobación, apoyados los codos en la mesa y las manos entrelazadas tapándome la boca para evitar que los de enfrente pudieran leerme los labios, di la primera instrucción a los jugadores de mi club: "señores, estos tipos nos están haciendo trampa desde hace un buen rato, comentando las partidas delante de nuestras propias barbas, así que nosotros también vamos a jugar colectivamente. Rafa, te están amenazando cambiar el alfil por el caballo y te dejarán los peones hechos una birria, vigila eso", y de la Torre gruñó que yo tenía razón, también escondiendo los labios como pasándose la mano por las mejillas sin afeitar. "Y, por cierto, Corts, enrócate de una puñetera vez", añadí, contrariado porque era algo que le recordábamos todos, desde siempre y sin demasiado éxito. Por ejemplo, Ricard quien, por caprichos de la alineación, entonces basada en cualquier cosa menos en el orden de fuerzas, acostumbraba a jugar a la vera de Corts. Suya era la teoría que proclamaba que cualquiera (cualquier subnormal, decía él, con su característica causticidad) capaz de desarrollar los caballos, sacar los alfiles y enrocarse con la mayor prontitud, sin haberse dejado nada por el camino, llegaría sin dificultad a los 2100 puntos de elo. De más está advertir que, durante las partidas del campeonato, el rostro de Ricard se convertía en un completísimo catálogo de expresiones de resignación martirial cada vez que, conscientemente o no, echaba un vistazo a la partida de Corts. Nos partíamos de la risa con sus visajes atormentados cuando descubría el rey de Corts en el centro del tablero en la jugada veinticinco. Ricard tenía algo de mimo.
Y en esas condiciones jugamos el resto de la mañana. Ellos con su manoteo grosero e incomprensible y nosotros disimulando nuestros comentarios realizados en voz alta, como de apuntador, con variados gestos de actor aficionado. Así durante tres, cuatro horas. Se convirtió aquello en un verdadero encuentro por equipos, en toda la extensión de la expresión. Porque cada una de las ocho partidas pasó a ser un enfrentamiento colectivo en el cual tanto los unos como los otros nos empleamos a fondo con la intención de conseguir la rendición del adversario. Como aquellos legendarios encuentros disputados por cable, telégrafo o radio a finales del siglo XIX y principios del XX entre ciudades, eventos que reunieron a los mejores ajedrecistas de Glasgow contra los de Londres o a los de Moscú contra los de París o Nueva York. Una sensación irrepetible que, en mi dilatada trayectoria de jugador de ajedrez aficionado, no he tenido oportunidad de revivir y la cual dudo que pueda volver a experimentar.
¿Y cómo acabó el encuentro contra los sordomudos? Pues, a ciencia cierta, no lo sé. Precisamente el otro día hablaba de esta ilustre jornada con Corts y él estaba convencido de que ganamos y yo de que perdimos. Claro que él me aseguró que su partida acabó en tablas y yo apostaría cualquier cosa a que la perdió. Nacho y Ricard son de mi misma opinión. Son cosas que pasan con el transcurso de los años. Nuestros recuerdos acaban difuminándose de modo que somos incapaces de afirmar con rotundidad cómo se desarrollaron exactamente los hechos. En realidad, tampoco creo que tenga mayor importancia saber qué equipo se alzó con el triunfo el día de los sordomudos. Fue un encuentro memorable y con eso creo que debemos quedarnos. Un enfrentamiento singular e irrepetible.
El domingo siguiente al célebre botellazo al malagueño Juanito en Belgrado, debíamos enfrentarnos al primer equipo de la asociación de sordomudos. Tenían una sección de ajedrez que venía a ser como el actual club de la ONCE sólo que allí jugaban, lógicamente, ajedrecistas con esa discapacidad auditiva. El local estaba en la planta baja de un edificio antiguo del barrio marinero. Después de presentar ambos delegados las listas de jugadores y las alineaciones, los ocho nos sentamos, frente a nuestros rivales, en otras tantas mesas dispuestas en una larga fila. Recuerdo cómo Rafa de la Torre agarró una torre blanca y la plantificó delante de las narices del contrincante de turno mientras silabeaba lentamente su apellido cuando éste le preguntó, por señas y como pudo, su nombre para rellenar la planilla. Le di un codazo prudente para darle a entender que se disponía a jugar contra un joven con una discapacidad ajena por completo al retraso mental. No captó mi intención y siguió así hasta que el otro, por fin, apuntó correctamente el de la Torre en su planilla. Empezó el enfrentamiento, que se desarrolló con normalidad hasta las nueve y veinte, más o menos. Fue entonces cuando algunos de los sordomudos, paseando de una punta a la otra de la sala para ver cómo iban las partidas de sus compañeros, empezaron a gesticular en un animado intercambio de pareceres. De tanto en tanto, los jugadores locales que habían permanecido sumidos en sus cavilaciones alzaban la vista de sus respectivos tableros y también se sumaban a la sospechosa gesticulación en alegre coloquio sordo y mudo. Acto seguido, los menos disimulados dirigían un rápido vistazo a su posición y realizaban un movimiento que a mí, dentro de mi limitado conocimiento del juego, me parecía siempre el mejor posible.
Adelanté un peón del flanco de dama y me levanté yo también. Le hice un gesto a Rafa para que me acompañase hasta uno de los rincones del local. Rafa de la Torre. Hace muchos años que no sé nada de él. Alguien me dijo que tanto Rafa como su hermano Jorge trabajan ahora en Telefónica. A lo que iba: apoyé el hombro en un armario, que parecía directamente salido de una película inspirada en un tenebroso cuento de Poe, y esperé su llegada con aire casual. Se sentó en el canto de una mesa donde cogía polvo una vieja máquina de escribir a la cual le faltaban varias teclas. "¿Qué te parece la cháchara que se tienen éstos entre sí?", le pregunté. Los sordomudos continuaban obrando con el mismo descaro, no exento de cierta desfachatez. Me miró con expresión tontorrona. Ni siquiera había reparado en ello. "Corts ya la ha cagado", me dijo. "Déjate de Corts, hostias", le reprendí porque los dos sabíamos que el Maestro Corts, con sus extravagantes aperturas y sus díscolas ideas tácticas, era un punto seguro para el equipo contrario, "te estoy hablando de los sordomudos. Fíjate bien, no paran de cascar". "Pues tienes razón", observó Rafa, quien, a pesar de todo, no podía dejar de mirar las incomprensibles decisiones que tomaba el entrañable albino Corts sobre la marcha. Sostenía un caballo en la mano derecha y no sabía muy bien dónde dejarlo. Daba la sensación de que estaba tocando una campanita de servicio.
Volvimos a nuestros asientos habiendo decidido la estrategia a seguir. Esperamos a que los ocho sordomudos estuvieran sentados. Rafa, en el quinto tablero, vigilaría la reacción desde su oponente hasta el de la octava mesa mientras que yo lo haría con el primero, el segundo, el tercero y el cuarto tableros. Pasé los brazos por detrás del respaldo de mi silla y la eché hacia atrás, apoyando mi peso en él, de modo que las patas delanteras dejaron de estar en contacto con el suelo durante unos segundos. Unos sordomudos pensaban su movimiento, otros miraban las musarañas, el primer tablero de ellos observaba con atención la partida de al lado. Entonces aproveché para dar una fuerte e invisible palmada que restalló sonoramente en la silenciosa sala de juego, donde nada más se oía el tictac de los relojes de competición y alguna tosecilla aislada y nerviosa de vez en cuando. Ninguno de mis cuatro observados se inmutó y Rafa me confirmó, con una certera patadita lateral en el tobillo, que los otros tampoco se habían enterado de nada. Certificar que eran realmente sordos y adoptar la nueva táctica discutida con mi compañero de equipo unos minutos antes fue todo uno. Restituida mi postura habitual de reflexión tras la pertinente comprobación, apoyados los codos en la mesa y las manos entrelazadas tapándome la boca para evitar que los de enfrente pudieran leerme los labios, di la primera instrucción a los jugadores de mi club: "señores, estos tipos nos están haciendo trampa desde hace un buen rato, comentando las partidas delante de nuestras propias barbas, así que nosotros también vamos a jugar colectivamente. Rafa, te están amenazando cambiar el alfil por el caballo y te dejarán los peones hechos una birria, vigila eso", y de la Torre gruñó que yo tenía razón, también escondiendo los labios como pasándose la mano por las mejillas sin afeitar. "Y, por cierto, Corts, enrócate de una puñetera vez", añadí, contrariado porque era algo que le recordábamos todos, desde siempre y sin demasiado éxito. Por ejemplo, Ricard quien, por caprichos de la alineación, entonces basada en cualquier cosa menos en el orden de fuerzas, acostumbraba a jugar a la vera de Corts. Suya era la teoría que proclamaba que cualquiera (cualquier subnormal, decía él, con su característica causticidad) capaz de desarrollar los caballos, sacar los alfiles y enrocarse con la mayor prontitud, sin haberse dejado nada por el camino, llegaría sin dificultad a los 2100 puntos de elo. De más está advertir que, durante las partidas del campeonato, el rostro de Ricard se convertía en un completísimo catálogo de expresiones de resignación martirial cada vez que, conscientemente o no, echaba un vistazo a la partida de Corts. Nos partíamos de la risa con sus visajes atormentados cuando descubría el rey de Corts en el centro del tablero en la jugada veinticinco. Ricard tenía algo de mimo.
Y en esas condiciones jugamos el resto de la mañana. Ellos con su manoteo grosero e incomprensible y nosotros disimulando nuestros comentarios realizados en voz alta, como de apuntador, con variados gestos de actor aficionado. Así durante tres, cuatro horas. Se convirtió aquello en un verdadero encuentro por equipos, en toda la extensión de la expresión. Porque cada una de las ocho partidas pasó a ser un enfrentamiento colectivo en el cual tanto los unos como los otros nos empleamos a fondo con la intención de conseguir la rendición del adversario. Como aquellos legendarios encuentros disputados por cable, telégrafo o radio a finales del siglo XIX y principios del XX entre ciudades, eventos que reunieron a los mejores ajedrecistas de Glasgow contra los de Londres o a los de Moscú contra los de París o Nueva York. Una sensación irrepetible que, en mi dilatada trayectoria de jugador de ajedrez aficionado, no he tenido oportunidad de revivir y la cual dudo que pueda volver a experimentar.
¿Y cómo acabó el encuentro contra los sordomudos? Pues, a ciencia cierta, no lo sé. Precisamente el otro día hablaba de esta ilustre jornada con Corts y él estaba convencido de que ganamos y yo de que perdimos. Claro que él me aseguró que su partida acabó en tablas y yo apostaría cualquier cosa a que la perdió. Nacho y Ricard son de mi misma opinión. Son cosas que pasan con el transcurso de los años. Nuestros recuerdos acaban difuminándose de modo que somos incapaces de afirmar con rotundidad cómo se desarrollaron exactamente los hechos. En realidad, tampoco creo que tenga mayor importancia saber qué equipo se alzó con el triunfo el día de los sordomudos. Fue un encuentro memorable y con eso creo que debemos quedarnos. Un enfrentamiento singular e irrepetible.
martes, 4 de junio de 2013
Una aparición mariana
Llovía afuera y yo no tenía paraguas. Eso le dije. No sabía a qué más apelar. La Virgen me miró, visiblemente irritada, harta de mis excusas y de mis remilgos. La imaginería tradicional la había representado durante siglos más alta, más guapa y, sobre todo, más pálida de lo que en realidad era.
–¿En serio tengo que salir a matar a todos los ingleses? –volví a objetar.
–Como lo oyes. A todos sin excepción –repitió por enésima vez con expresión de fastidio, tras comprobar que el manto de pedrería le arrastraba y que la borra campaba a sus anchas por la alfombra de mi apartamento. Los querubines mofletudos revoloteaban atolondradamente por la habitación chocando entre sí, como polillas desorientadas, ajenos a la discusión–. Que no quede ni uno –remarcó.
–Pero, ¿por qué? –insistí.
–Porque sí, porque lo digo yo. Porque son protestantes. Mira, chico, Juana de Arco no tuvo tantos miramientos. Se puso manos a la obra y punto. Y la elevaron a los altares por ello –gruñó.
–Señora, es que eran otros tiempos… –acerté a balbucir antes de que se desvaneciese con su séquito en una densa humareda sin ni siquiera despedirse.
A través de la ventana abierta llegaron los cánticos de los hinchas más feroces del Chelsea, entonados por unos tipos remojados y con pinta de simio antropoide que bajaban por las Ramblas, enfundados en sus camisetas azules. Tragué saliva con dificultad.
–¿En serio tengo que salir a matar a todos los ingleses? –volví a objetar.
–Como lo oyes. A todos sin excepción –repitió por enésima vez con expresión de fastidio, tras comprobar que el manto de pedrería le arrastraba y que la borra campaba a sus anchas por la alfombra de mi apartamento. Los querubines mofletudos revoloteaban atolondradamente por la habitación chocando entre sí, como polillas desorientadas, ajenos a la discusión–. Que no quede ni uno –remarcó.
–Pero, ¿por qué? –insistí.
–Porque sí, porque lo digo yo. Porque son protestantes. Mira, chico, Juana de Arco no tuvo tantos miramientos. Se puso manos a la obra y punto. Y la elevaron a los altares por ello –gruñó.
–Señora, es que eran otros tiempos… –acerté a balbucir antes de que se desvaneciese con su séquito en una densa humareda sin ni siquiera despedirse.
A través de la ventana abierta llegaron los cánticos de los hinchas más feroces del Chelsea, entonados por unos tipos remojados y con pinta de simio antropoide que bajaban por las Ramblas, enfundados en sus camisetas azules. Tragué saliva con dificultad.
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