Rollo 1
El cíclope volvió a meter la mano en la gruta todavía relamiéndose tras comerse al primer marinero. “¡Corten!”, vociferó el director al ver cómo Polifemo sacaba entonces un bicharraco con antenas que movía las patitas espasmódicamente. “Alguien tendrá que responder de la elección de los figurantes”, observó un cámara.
Rollo 2
Poirot los convocó para anunciar el nombre del asesino. Betsy sonrió nerviosa; Ferguson, detrás del mueble-bar, carraspeó. “¡Corten!”, gritó furioso el director que acababa de rodar La odisea al comprobar que el interés por la inminente revelación había atraído hasta el centro del salón al monstruoso (y omnipresente) figurante.
Rollo 3
El director se aseguró de que el engendro no se hubiese colado entre los extras del rodaje. Gritó entonces el consabido “¡luces, cámara…!”. Pero el plató siguió a oscuras. “¡Luces!”, repitió molesto. Y al girarse descubrió al pobre Samsa, hechas las patitas un lío, tratando de encender el foco.
Rollo 4
“Otro whisky, Lou”. Evocaba sus inicios como figurante. También el éxito. Fiestas, portadas compartidas con la Pickford, luces de neón. “Hasta la llegada del maldito sonoro”, masculló antes de caer del taburete, borracho perdido. Fairbanks rió al verlo agitar las patitas. “¡Corten! ¡Buena toma, Gregor!”
lunes, 28 de noviembre de 2011
viernes, 25 de noviembre de 2011
Otros autores: dos micros sospechosamente parecidos
Me salto el propósito inicial de Grimas y leyendas, el de ir colgando textos propios ya publicados en otros lugares, para presentaros dos microrrelatos cuyo parecido descubrí por casualidad. Sorprendente, ¿verdad?
LA CAJERA
Le cobran en aquella fila de la izquierda, si no le importa. Cuando llega mi turno, la cajera se pone colorada. Me cobra el paquete de chicles mientras me sonríe tímidamente. Todas las mañanas voy al supermercado sólo para verla. Desde que tengo turno de noche apenas coincidimos en casa.
(Carballo Rubira, Cristina. "La cajera", microrrelato ganador de la semana 15 de Relatos en Cadena de la Cadena SER. Febrero 2011. Consultable en: http://www.escueladeescritores.com/relatos-en-cadena-2011)
LA TAQUILLERA
Le cobran en aquella fila de la izquierda, si no le importa. Cuando llega mi turno, la taquillera se pone colorada. Me cobra la entrada mientras me sonríe de forma tímida. Todas las tardes voy al cine del barrio solo para verla. Esta semana echan la última de Scorsese, una auténtica obra de arte según coinciden los críticos, pero eso es lo de menos. Y es que desde que tengo turno de noche apenas coincidimos en casa.
(Ramos de los Santos, Javier. "La taquillera", en Deseos humanos : microrrelatos de cine. Vigo : Cardeñoso, 2011)
LA CAJERA
Le cobran en aquella fila de la izquierda, si no le importa. Cuando llega mi turno, la cajera se pone colorada. Me cobra el paquete de chicles mientras me sonríe tímidamente. Todas las mañanas voy al supermercado sólo para verla. Desde que tengo turno de noche apenas coincidimos en casa.
(Carballo Rubira, Cristina. "La cajera", microrrelato ganador de la semana 15 de Relatos en Cadena de la Cadena SER. Febrero 2011. Consultable en: http://www.escueladeescritores.com/relatos-en-cadena-2011)
LA TAQUILLERA
Le cobran en aquella fila de la izquierda, si no le importa. Cuando llega mi turno, la taquillera se pone colorada. Me cobra la entrada mientras me sonríe de forma tímida. Todas las tardes voy al cine del barrio solo para verla. Esta semana echan la última de Scorsese, una auténtica obra de arte según coinciden los críticos, pero eso es lo de menos. Y es que desde que tengo turno de noche apenas coincidimos en casa.
(Ramos de los Santos, Javier. "La taquillera", en Deseos humanos : microrrelatos de cine. Vigo : Cardeñoso, 2011)
domingo, 20 de noviembre de 2011
Muerte de Iván Ilich
El criado corrió hasta la habitación de su amo alertado por los gritos. Con la mirada perdida en alguna parte del cuarto, Tolstoi respiraba agitado sentado en su lecho. Por tercera noche consecutiva Iván Ilich lo había sorprendido durante el sueño, se le había echado encima, sus dedos como garfios habían apretado desesperadamente el cuello del escritor mientras le reprochaba enloquecido la crueldad de su enfermedad, el dolor insufrible, angustioso, el desconsuelo, la impotencia ante la muerte inevitable, la indiferencia de sus seres queridos. Todavía consternado, Tolstoi pidió su batín y se sentó delante del escritorio dispuesto a poner fin al padecimiento de Iván Ilich. El reloj marcaba las tres de la madrugada.
domingo, 13 de noviembre de 2011
Monstruo de feria
Hacía poco más de dos meses que la Dirección General Penitenciaria me había vendido, con arreglo a la recién dispuesta Ley de Exhibición y Manutención de Reclusos Peligrosos. El contrato establecía que, tras el primer pago, el Estado autorizaba la exhibición en la feria del asesino de las seis viejecitas. En la jaula contigua, un enano vicioso con unos genitales desproporcionados me asqueaba con sus proposiciones repulsivas. Algo más allá, el niño cocodrilo. Un hombre sin brazos ni piernas aseguraba leer el futuro. Dejé de escarbar distraídamente en la paja y clavé los ojos en el homúnculo, que lamía los barrotes mirándome libidinoso. Cuando se encontraron nuestras miradas, mis remotas esperanzas de indulto se desvanecieron para siempre. Supimos que era hombre muerto. Enano muerto.
lunes, 7 de noviembre de 2011
La bondad humana
Utópico convencido, entregado y ferviente defensor de la bondad innata de las personas y de que la cada vez más deshumanizada sociedad todavía tenía remedio, Don Prudencio Osorio Cifuentes se sentó al fin ante su escritorio resuelto a poner en práctica el plan que durante tanto tiempo había estado madurando. Escribió en sendos sobres con pulcra letra redondilla (su exquisita caligrafía había despertado admiración y envidia a partes iguales entre sus compañeros de la escuela, primero, y entre los colegas del bufete, después) los nombres y las direcciones de una señora y de un caballero que previamente había extraído al azar de la guía telefónica y los cerró después de introducir en cada uno de ellos un beso. En días venideros escogería a otras dos personas, luego a otras dos, después a cinco y más tarde a diez, quién sabe si a quince. Sus besos, junto a los de aquellos ciudadanos anónimos que compartían su fe en la bondad humana y su confianza en la supervivencia de la espiritualidad y de valores tan elevados como la fraternidad, ciudadanos que sin duda imitarían su ejemplo, se extenderían por toda la comarca y, en un breve plazo de tiempo, por todo el país.
Cinco días después encontró en el buzón la respuesta de los dos primeros desconocidos. Achacó la respiración dificultosa y las gotas de sudor que perlaban su frente a la excitación o a los nervios aunque ambas cosas bien podrían deberse a que acababa de subir los escalones de casa de dos en dos, algo a lo que no estaba en absoluto acostumbrado. Presa de una gran agitación, Don Prudencio Osorio Cifuentes fue en busca del abrecartas para rasgar cuanto antes aquellos sobres, que se revolvían inquietos en uno de los bolsillos de su chaqueta. El de la dama contenía una sonora bofetada que le restalló en la mejilla, por atrevido, y el del caballero un violento puñetazo, por depravado. Don Prudencio Osorio Cifuentes se llevó el pañuelo a la nariz para intentar frenar la hemorragia.
lunes, 31 de octubre de 2011
Adolf
Sentado en su camastro, Carlomagno atendía a las explicaciones que el doctor vienés le daba al adolescente pálido y de mirada huidiza que acababa de recibir el alta.
-Mañana abandonará la clínica. Conozco su trabajo, Adolf. He visto sus pinturas. Le aconsejo que se concentre en su faceta artística, cultívela, explote su creatividad. Pinte y olvídese de su padre. Salir de aquí no es una meta, es sólo el inicio de algo importante. Pinte, cree. Trabaje. Únicamente el trabajo nos hace libres -y señaló al otro-, únicamente el trabajo les hará libres.
-El trabajo nos hará libres -repitió el joven sin levantar la vista.
Carlomagno creyó percibir una leve sonrisa dibujada en el rostro de Adolf.
-Mañana abandonará la clínica. Conozco su trabajo, Adolf. He visto sus pinturas. Le aconsejo que se concentre en su faceta artística, cultívela, explote su creatividad. Pinte y olvídese de su padre. Salir de aquí no es una meta, es sólo el inicio de algo importante. Pinte, cree. Trabaje. Únicamente el trabajo nos hace libres -y señaló al otro-, únicamente el trabajo les hará libres.
-El trabajo nos hará libres -repitió el joven sin levantar la vista.
Carlomagno creyó percibir una leve sonrisa dibujada en el rostro de Adolf.
martes, 25 de octubre de 2011
El mosquito: inédito para una antología de Monterroso
Cuando despertó, el mosquito todavía estaba allí. Sólo que más gordo.
Nota del compilador: anotación de puño y letra del autor, sin título, tomada de forma apresurada en el papel de envoltorio de una chocolatina imposible de fechar, El mosquito es, para el doctor Miguel T. Marquina y Rodríguez Whitman, el desarrollo del aplaudido El dinosaurio (Augusto Monterroso, Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí), considerado por la mayoría como el microrrelato más breve jamás escrito en lengua castellana, honor que para algunos recae en uno de los Crímenes ejemplares (Max Aub, Lo maté porque era de Vinaroz) o en El emigrante (Luis Felipe G. Lomelí, - ¿Olvida usted algo? – ¡Ojalá!). Por el contrario, Steven Palmer y Maqueda Barrientos y sus correligionarios sostienen que el texto recientemente hallado en el interior de una caja de latón de galletitas danesas en casa de los Orduña Castro, El mosquito, en realidad no es más que un boceto, un primer ensayo que Monterroso iría puliendo y perfeccionando con posterioridad hasta alcanzar en El dinosaurio la más bella expresión del ahorro de la palabra, la obra cumbre de la concisión literaria.
miércoles, 19 de octubre de 2011
Su monstruo, al fin
Los diarios devorados en busca de inspiración se amontonaban junto a la papelera, llena de arrugadas cuartillas desechadas. Un tipo de Louisiana se había comido a su compañera, previa sazón de sus partes más insípidas, mientras un duque alcoholizado fotografiaba niñas ajenas en sus nobles dependencias, y un cantante negro, que ni siquiera cantaba ya, se metamorfoseaba en hembra caucásica ante la indiferencia de la opinión pública. Le sacó de su ensimismamiento una enorme mancha de tinta en el papel, incapaz de perfilar el monstruo que debía protagonizar su próximo relato por encargo. El escritor deslizó con mimo infantil la pluma estilográfica, demasiado sucia o rota, sobre el borrón fresco, y le añadió grandes ojos, afilados colmillos y doce patitas peludas. Su monstruo, al fin.
jueves, 13 de octubre de 2011
Historia del jazz, volumen 3
Leo en el suplemento dominical de un periódico de gran tirada que, en contra de lo que todo el mundo creía, Jim Morrison sigue vivo. El músico posa sonriente en la imagen que ilustra el reportaje con uno de esos imposibles trajes blancos que lucía cuando actuaba en los casinos de Las Vegas, medio de espaldas, de modo que se puede apreciar en todo su esplendor el águila de pedrería de la capita. Según informa el rotativo, el músico vive en un destartalado pesquero varado en una playa de Almuñécar y declara llevar una vida tranquila, sin excesos, y no añorar para nada la fama de la que gozó a finales de los años sesenta. Reconoce, eso sí, haberse animado a interpretar, como solía hacer entonces, el himno de los Estados Unidos tocando la guitarra con los dientes en alguna que otra juerga flamenca organizada por los gitanos en la playa. Ni una sola mención sobre cómo logró sobrevivir a los cinco tiros que le descerrajaron frente a la puerta del edificio Dakota.
viernes, 7 de octubre de 2011
Comida de trabajo
Hace tiempo que dejé de ir a comer con mis compañeros al bar del juzgado para hacerlo en mi despacho. Aunque sus platos difícilmente habrían satisfecho las expectativas del gourmet más exigente, sería injusto achacar mi decisión a la calidad de lo servido: de hecho, también había ido allí algún domingo con los niños. Mi elección tampoco guardaba relación con la crisis, ya que sus precios eran razonables. Fue fruto de la casualidad, supongo. No recuerdo cómo probé mi primer expediente pero sí su agradable sabor en mi paladar. Devoré providencias y papel timbrado con fruición desde ese día hasta la mañana en la que el juez entró en mi despacho alertado por los muchos documentos que últimamente se habían, digamos, traspapelado. Innecesario fue improvisar una excusa plausible: mis carrillos hinchados de celulosa me delataron. Dejó sobre mi escritorio una apelación particularmente incómoda. Ya sabe qué hacer con ella, dijo.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)