martes, 11 de junio de 2013

Los sordomudos

Si me decido a sentarme a escribir lo que pasó aquel domingo es con el convencimiento de que todo aquello, por fuerza, ha de haber prescrito ya. Quiero decir que si lo cuento no es porque me sienta especialmente orgulloso de lo ocurrido ni creo que ninguno de quienes intervinimos pueda o deba estarlo. Tengan en cuenta que sucedió hace mucho, muchísimo, el domingo después de que Rubén Cano vengara en el campo del Estrella Roja el funesto gol de Katalinski, aquel futbolista yugoslavo de infausto recuerdo cuya diana enterró la ilusión de tantos españoles de ver a su selección disputando el Mundial de Alemania. Vestía yo en esa época con pantalones acampanados y chupas ajustadas, llevaba el pelo demasiado largo y lucía unas patillas más propias de un bandolero de Sierra Morena que de un universitario cabal. Por aquel entonces, con apenas veinte años recién cumplidos, yo ya había visitado la comisaría en cuatro ocasiones en los últimos tres meses. Tenía la costumbre, quién sabe si mala, de dar un paso al frente, en mi calidad de secretario de la asociación de vecinos, cada vez que la pasma preguntaba quién era el portavoz de aquellos grupos de ciudadanos que ocupaban distintos edificios, hasta hacía nada gestionados por diferentes secretarías y secciones del Movimiento, reclamando más servicios para el barrio. También había sido yo el que alentara a mis compañeros de la facultad de económicas a encerrarnos en el decanato. En aquella oportunidad, nos había recibido el propio decano para negociar las condiciones de la protesta, en su despacho, sentado en un extremo de la interminable mesa que lo presidía. Nos invitó a tomar asiento, éramos una treintena de estudiantes descontentos, y, tras levantar el auricular de su teléfono rojo, marcó el número del bar de la facultad y habló con el dueño. "Traiga whisky para todos", había dicho antes de animarnos a exponer nuestras reclamaciones. Otra época, otros tiempos. Sí, ¡qué tiempos!, fascinantes, pienso ahora con admiración y todavía con algo de incredulidad. Tan lejanos y, a la vez, tan próximos. Parecen continuar ahí, a la vuelta de la esquina. Tiempos de transición e inestabilidad. De políticos voluntariosos, llenos de ideas, aficionados e inexpertos; de comisarios torturadores que intentaban reciclarse encontrando su lugar dentro de la incipiente policía democrática; de jóvenes idealistas y provocadores que colgaban banderas del Vietcong en las universidades y preparaban paquetes bomba de broma con el objeto de reírse del sistema, personificado en unos esforzados artificieros que se cagaban en todo cuando el muelle de su interior, tras ser abierto el bulto sospechoso con tantísimas precauciones, salía volando por los aires; y de ajedrecistas amateurs con poco nivel de juego, nulo conocimiento de la teoría de las aperturas y muchas ganas de disfrutar con los amigos delante de las sesenta y cuatro casillas. Tiempos en los cuales las competiciones por equipos se jugaban sin árbitros en las salas de juego, una ronda en casa y la siguiente en la de tu rival. Tiempos cargados de nostalgia y añoranza y, como digo, prescritos. Para bien o para mal.

El domingo siguiente al célebre botellazo al malagueño Juanito en Belgrado, debíamos enfrentarnos al primer equipo de la asociación de sordomudos. Tenían una sección de ajedrez que venía a ser como el actual club de la ONCE sólo que allí jugaban, lógicamente, ajedrecistas con esa discapacidad auditiva. El local estaba en la planta baja de un edificio antiguo del barrio marinero. Después de presentar ambos delegados las listas de jugadores y las alineaciones, los ocho nos sentamos, frente a nuestros rivales, en otras tantas mesas dispuestas en una larga fila. Recuerdo cómo Rafa de la Torre agarró una torre blanca y la plantificó delante de las narices del contrincante de turno mientras silabeaba lentamente su apellido cuando éste le preguntó, por señas y como pudo, su nombre para rellenar la planilla. Le di un codazo prudente para darle a entender que se disponía a jugar contra un joven con una discapacidad ajena por completo al retraso mental. No captó mi intención y siguió así hasta que el otro, por fin, apuntó correctamente el de la Torre en su planilla. Empezó el enfrentamiento, que se desarrolló con normalidad hasta las nueve y veinte, más o menos. Fue entonces cuando algunos de los sordomudos, paseando de una punta a la otra de la sala para ver cómo iban las partidas de sus compañeros, empezaron a gesticular en un animado intercambio de pareceres. De tanto en tanto, los jugadores locales que habían permanecido sumidos en sus cavilaciones alzaban la vista de sus respectivos tableros y también se sumaban a la sospechosa gesticulación en alegre coloquio sordo y mudo. Acto seguido, los menos disimulados dirigían un rápido vistazo a su posición y realizaban un movimiento que a mí, dentro de mi limitado conocimiento del juego, me parecía siempre el mejor posible.

Adelanté un peón del flanco de dama y me levanté yo también. Le hice un gesto a Rafa para que me acompañase hasta uno de los rincones del local. Rafa de la Torre. Hace muchos años que no sé nada de él. Alguien me dijo que tanto Rafa como su hermano Jorge trabajan ahora en Telefónica. A lo que iba: apoyé el hombro en un armario, que parecía directamente salido de una película inspirada en un tenebroso cuento de Poe, y esperé su llegada con aire casual. Se sentó en el canto de una mesa donde cogía polvo una vieja máquina de escribir a la cual le faltaban varias teclas. "¿Qué te parece la cháchara que se tienen éstos entre sí?", le pregunté. Los sordomudos continuaban obrando con el mismo descaro, no exento de cierta desfachatez. Me miró con expresión tontorrona. Ni siquiera había reparado en ello. "Corts ya la ha cagado", me dijo. "Déjate de Corts, hostias", le reprendí porque los dos sabíamos que el Maestro Corts, con sus extravagantes aperturas y sus díscolas ideas tácticas, era un punto seguro para el equipo contrario, "te estoy hablando de los sordomudos. Fíjate bien, no paran de cascar". "Pues tienes razón", observó Rafa, quien, a pesar de todo, no podía dejar de mirar las incomprensibles decisiones que tomaba el entrañable albino Corts sobre la marcha. Sostenía un caballo en la mano derecha y no sabía muy bien dónde dejarlo. Daba la sensación de que estaba tocando una campanita de servicio.

Volvimos a nuestros asientos habiendo decidido la estrategia a seguir. Esperamos a que los ocho sordomudos estuvieran sentados. Rafa, en el quinto tablero, vigilaría la reacción desde su oponente hasta el de la octava mesa mientras que yo lo haría con el primero, el segundo, el tercero y el cuarto tableros. Pasé los brazos por detrás del respaldo de mi silla y la eché hacia atrás, apoyando mi peso en él, de modo que las patas delanteras dejaron de estar en contacto con el suelo durante unos segundos. Unos sordomudos pensaban su movimiento, otros miraban las musarañas, el primer tablero de ellos observaba con atención la partida de al lado. Entonces aproveché para dar una fuerte e invisible palmada que restalló sonoramente en la silenciosa sala de juego, donde nada más se oía el tictac de los relojes de competición y alguna tosecilla aislada y nerviosa de vez en cuando. Ninguno de mis cuatro observados se inmutó y Rafa me confirmó, con una certera patadita lateral en el tobillo, que los otros tampoco se habían enterado de nada. Certificar que eran realmente sordos y adoptar la nueva táctica discutida con mi compañero de equipo unos minutos antes fue todo uno. Restituida mi postura habitual de reflexión tras la pertinente comprobación, apoyados los codos en la mesa y las manos entrelazadas tapándome la boca para evitar que los de enfrente pudieran leerme los labios, di la primera instrucción a los jugadores de mi club: "señores, estos tipos nos están haciendo trampa desde hace un buen rato, comentando las partidas delante de nuestras propias barbas, así que nosotros también vamos a jugar colectivamente. Rafa, te están amenazando cambiar el alfil por el caballo y te dejarán los peones hechos una birria, vigila eso", y de la Torre gruñó que yo tenía razón, también escondiendo los labios como pasándose la mano por las mejillas sin afeitar. "Y, por cierto, Corts, enrócate de una puñetera vez", añadí, contrariado porque era algo que le recordábamos todos, desde siempre y sin demasiado éxito. Por ejemplo, Ricard quien, por caprichos de la alineación, entonces basada en cualquier cosa menos en el orden de fuerzas, acostumbraba a jugar a la vera de Corts. Suya era la teoría que proclamaba que cualquiera (cualquier subnormal, decía él, con su característica causticidad) capaz de desarrollar los caballos, sacar los alfiles y enrocarse con la mayor prontitud, sin haberse dejado nada por el camino, llegaría sin dificultad a los 2100 puntos de elo. De más está advertir que, durante las partidas del campeonato, el rostro de Ricard se convertía en un completísimo catálogo de expresiones de resignación martirial cada vez que, conscientemente o no, echaba un vistazo a la partida de Corts. Nos partíamos de la risa con sus visajes atormentados cuando descubría el rey de Corts en el centro del tablero en la jugada veinticinco. Ricard tenía algo de mimo.

Y en esas condiciones jugamos el resto de la mañana. Ellos con su manoteo grosero e incomprensible y nosotros disimulando nuestros comentarios realizados en voz alta, como de apuntador, con variados gestos de actor aficionado. Así durante tres, cuatro horas. Se convirtió aquello en un verdadero encuentro por equipos, en toda la extensión de la expresión. Porque cada una de las ocho partidas pasó a ser un enfrentamiento colectivo en el cual tanto los unos como los otros nos empleamos a fondo con la intención de conseguir la rendición del adversario. Como aquellos legendarios encuentros disputados por cable, telégrafo o radio a finales del siglo XIX y principios del XX entre ciudades, eventos que reunieron a los mejores ajedrecistas de Glasgow contra los de Londres o a los de Moscú contra los de París o Nueva York. Una sensación irrepetible que, en mi dilatada trayectoria de jugador de ajedrez aficionado, no he tenido oportunidad de revivir y la cual dudo que pueda volver a experimentar.

¿Y cómo acabó el encuentro contra los sordomudos? Pues, a ciencia cierta, no lo sé. Precisamente el otro día hablaba de esta ilustre jornada con Corts y él estaba convencido de que ganamos y yo de que perdimos. Claro que él me aseguró que su partida acabó en tablas y yo apostaría cualquier cosa a que la perdió. Nacho y Ricard son de mi misma opinión. Son cosas que pasan con el transcurso de los años. Nuestros recuerdos acaban difuminándose de modo que somos incapaces de afirmar con rotundidad cómo se desarrollaron exactamente los hechos. En realidad, tampoco creo que tenga mayor importancia saber qué equipo se alzó con el triunfo el día de los sordomudos. Fue un encuentro memorable y con eso creo que debemos quedarnos. Un enfrentamiento singular e irrepetible.

martes, 4 de junio de 2013

Una aparición mariana

Llovía afuera y yo no tenía paraguas. Eso le dije. No sabía a qué más apelar. La Virgen me miró, visiblemente irritada, harta de mis excusas y de mis remilgos. La imaginería tradicional la había representado durante siglos más alta, más guapa y, sobre todo, más pálida de lo que en realidad era.

–¿En serio tengo que salir a matar a todos los ingleses? –volví a objetar.
–Como lo oyes. A todos sin excepción –repitió por enésima vez con expresión de fastidio, tras comprobar que el manto de pedrería le arrastraba y que la borra campaba a sus anchas por la alfombra de mi apartamento. Los querubines mofletudos revoloteaban atolondradamente por la habitación chocando entre sí, como polillas desorientadas, ajenos a la discusión–. Que no quede ni uno –remarcó.
–Pero, ¿por qué? –insistí.
–Porque sí, porque lo digo yo. Porque son protestantes. Mira, chico, Juana de Arco no tuvo tantos miramientos. Se puso manos a la obra y punto. Y la elevaron a los altares por ello –gruñó.
–Señora, es que eran otros tiempos… –acerté a balbucir antes de que se desvaneciese con su séquito en una densa humareda sin ni siquiera despedirse.

A través de la ventana abierta llegaron los cánticos de los hinchas más feroces del Chelsea, entonados por unos tipos remojados y con pinta de simio antropoide que bajaban por las Ramblas, enfundados en sus camisetas azules. Tragué saliva con dificultad.

miércoles, 29 de mayo de 2013

Mrs. Robinson

El joven geranio crecía fuerte. Lo regaban con poca agua, justo la que precisaba, y la orientación del balcón le garantizaba las horas de sol necesarias para su normal desarrollo. La voz suave y, a la vez, sensual que escuchaba a través de la corredera entreabierta, el delicado susurro femenino que lo consolaba y que lo animaba cuando creía desfallecer en los días nublados también contribuyó determinantemente a su vigoroso crecimiento. Y todavía había quien dudaba de que las plantas fuesen sensibles a la voz o a la música. Una mañana pudo distinguir detrás de la cortina a la madura begonia de hojas secas y abarquilladas cuyas palabras habían conseguido seducirlo. Entonces el geranio se estremeció.

martes, 21 de mayo de 2013

Amenaza terrorista



Las primeras deflagraciones llegaron atenuadas por la distancia, por los altos edificios de la zona comercial y de oficinas. Una secuencia lenta y continua, cadenciosa, como la de los estallidos de los fuegos artificiales. Al poco, sin embargo, comenzamos a escuchar las explosiones mucho más cerca. Yo mismo vi estallar a un hombre que acababa de comprar el diario en el quiosco de la plaza, junto al gimnasio. Nada más abrirlo por sus páginas centrales. ¡Pumba!, y nada quedó de él, salvo un bulto calcinado y un espantoso tufo a chuletón a la brasa.

Supe entonces que los terroristas habían cumplido su amenaza, cuando días antes anunciaron una noticia bomba en los periódicos. El quiosco de prensa voló por los aires. Presa del pánico, tiré mi ejemplar a la papelera y eché a correr sin saber muy bien qué dirección tomar.

jueves, 16 de mayo de 2013

Comando



Visten anoraks, chaquetones marineros, gruesos abrigos con el cuello levantado para evitar tener que encender la calefacción. Discuten sentados alrededor del plano en uno de esos pisos de alquiler cero que, cada vez con mayor asiduidad, los propietarios ofrecen a los desahuciados para poder ahorrarse, así, los recibos de la luz, del agua y del gas. Los alientos se condensan sobre las plantas de las habitaciones, sobre el dibujo de la estancia principal y del garaje. Los dedos enguantados resiguen las líneas de los tabiques y aclaran oportunamente algunas de las dudas que van surgiendo.

El timbrazo del teléfono interrumpe la reunión. Atiende la llamada quien parece llevar la voz cantante, un albañil que dejó de recibir el subsidio hace meses. Los hombres aprovechan la pausa para fumar, para recomponer los nudos de las bufandas, para levantarse y taconear tratando de ahuyentar el frío. Desde el otro extremo del hilo telefónico, una voz conocida le pregunta cómo va todo. Responde con determinación, de forma pausada, ya no le impresiona hablar con el jefe de la célula de la capital. Le informa de la inmediata acción anticrisis, del éxito de la primera medida tomada.

El albañil le ruega a su interlocutor que lo disculpe un segundo. Tira del cable del teléfono para continuar la conversación desde la otra habitación, más tranquila. Los gritos del consejero delegado del Banco Nacional, reclamando pan desde el almacén, lo obligan a ello.

Más microrrelatos indignados de esta misma convocatoria en La colina naranja.

domingo, 5 de mayo de 2013

Príncipe de Beukelaer

Os comprendo muy bien, claro que entiendo lo que decís... –rezongó volviendo a abrir los ojos y renunciando definitivamente al beso–. Pero contadme... ¿qué tiene él que yo no tenga? ¿Es su apostura la que os cautiva? ¿O acaso su juventud e inteligencia? ¿Su educación exquisita? ¿El delicado modo con que tañe el laúd? –prosiguió con cierto despecho, saltando de un lado para otro entre pregunta y pregunta–. Podéis ser franca conmigo. Un momento... es por su mata de pelo, ¿verdad? –hablaba el sapo verrugoso entre jadeos, motivados por el esfuerzo que le suponía esquivar los pisotones de aquella princesa histérica que no paraba de chillar–. Ajá, ¡eso es! –exclamó, triunfante–. ¡Es por su mata de pelo! ¡Ahora lo entiendo todo!

lunes, 22 de abril de 2013

Nobleza obliga

Asió con determinación la empuñadura, tiró de la espada y la extrajo del pecho del rey. La apoyó sobre la alfombra y descansó en ella. Contempló, con exultante satisfacción, la mirada vacua del moribundo, antes de que éste exhalara el último suspiro, tendido encima del cadáver del mastín. Un cruento espectáculo. Toda esa sangre. La del anciano soberano, la de los demás, confundidas en un mismo charco oscuro y viscoso. La que teñía sus guanteletes, la sangre que, en un acto reflejo, trató de eliminar frotándolos contra el peto metálico.

Recuperado el aliento, bajó la visera del yelmo y regresó sobre sus pasos. Apartó a puntapiés los miembros cercenados del príncipe y los de los infantes. La armadura volvió a ocupar su lugar, trabajosamente, junto a la chimenea de piedra. Convencida de que ya nadie, nunca más, volvería a arrojar colillas en su interior.

jueves, 18 de abril de 2013

Escrache o El futuro nos pertenece (II)



Escrache. Si es que no saben qué inventar. Menuda palabrita: escrache. Y encima, fíjate, ¡sostienen por ahí que es correcta! Como ya está en boca de todo el mundo… A lo que iba, que el otro día vi por televisión la movida que te montaron en casa. Estuviste fenómeno con eso de la inviolabilidad del domicilio de los cargos electos y lo del derecho a la propia imagen y a la intimidad. Y los derechos humanos. Yo solté a la tele lo de los etarras y la defensa propia en cuanto me plantaron la alcachofa delante. Que, por cierto, en el mío conseguí congregar más harapientos de ésos que tú. ¿Que no? Si te mueres de la envidia. Que te conozco desde las juventudes, bribón. Tienes pelusilla, se te nota. Repasa las imágenes. Como medio centenar más. Y eso que soy oposición. Y rojo, dicen. Me meo. Los condenados berreaban como cochinos en día de matanza. Al menos los míos, ¿los viste en las noticias? Otra cosa no, pero hay que reconocerles cierto ingenio, ¿verdad? En las consignas y tal. Son ocurrentes. Como gozan de tanto tiempo libre… que tampoco tiene tanto mérito, bien mirado tienes razón. Oye, esta tarde tengo entendido que Piluca ha quedado con tu mujer. ¿Te va bien que nos veamos en el club náutico este fin de semana? ¿Sí? Pues que se pongan ellas de acuerdo y allí comemos o algo. Eso es. Muy bien. Entonces quedamos así. Hasta el sábado. Un abrazo, ministro. Cuídate.

Más microrrelatos indignados de esta misma convocatoria en La colina naranja.

martes, 9 de abril de 2013

Constatación

De todos los trabajos aburridos y monótonos que uno pueda imaginar, no existe en el mundo otro comparable, créanme porque lo digo por propia experiencia y con conocimiento de causa, al de ser espejo de Mr. Dorian Gray.

(Este microrrelato forma parte de la antología Destellos en el cristal, de la Internacional Microcuentista, que podéis consultar y descargar en el siguiente enlace)

miércoles, 3 de abril de 2013

Justicia

El árbitro principal mira alternativamente a ambos contendientes mientras escucha el torrente de explicaciones que brotan, desordenadas, de la boca del mozambiqueño. En cualquier otro contexto, la curiosa mezcla de español, portugués e inglés en la cual el agraviado trata de hacerse entender le habría resultado divertida. Pero el tema que se dirime es demasiado serio para el jugador de blancas, quien acompaña su acalorada narración de los hechos, en pie, con desmesurados aspavientos y miradas de rencor dirigidas a su rival. Éste, por el contrario, sigue sentado, se muestra muy tranquilo y sigue el diálogo de su oponente con el árbitro con aparente indiferencia, como si la cosa no fuera con él, de un modo parecido, si se me permite el uso de una imagen tan manida como eficaz, al que una vaca miraría el paso de un mercancías.

Desvía el árbitro su atención del alterado discurso del africano y observa la actitud del presunto tramposo. Un tipo enorme, el letón. Un rubiote de mejillas coloradas y aspecto de haber trasegado unas cuantas jarras de cerveza antes de la ronda. Continúa acodado en la mesa, clavados ahora los ojos, precisamente, en la dama negra que piensa instalar a la que pueda en d3. El mozambiqueño se queja con amargura de que el gigante de negras ha cogido la dama y, en el momento de dejarla en la casilla de marras, se ha dado cuenta de que iba a perder una torre. Según él, ha rectificado la jugada, ha devuelto la dama a su posición original y ha evitado su amenaza moviendo el caballo. Protesta enérgicamente, se quita la gorra con la enseña nacional que lucen todos los integrantes de la delegación africana en el campeonato, la agita indignado como si exagerando su disconformidad tuviese su reclamación más posibilidades de ser admitida. Los mirones que se han acercado hasta la mesa del conflicto siguen el episodio con interés. Algunos comentan algo en voz baja, otros se sonríen. También reaccionan con buen humor los ajedrecistas de los tableros aledaños. Son cosas que, mientras no afecten en primera persona, terminan haciendo gracia. Alguien que trata de defender una posición comprometida chista exigiendo silencio. Lo hace con la inapelable rotundidad del veterano bibliotecario pero, en honor a la verdad, cabe decir que no tiene demasiado éxito. El rumor sordo de los curiosos se extiende entre las mesas. El cachondo del técnico que retransmite las partidas por internet hace medio minuto que ha comenzado a grabar, desde su privilegiada posición en la tarima, el altercado con la cámara de su teléfono móvil. El auxiliar también se dirige hacia allí y lanza una mirada reprobatoria al técnico cineasta. Antes de que empiece la siguiente ronda, el vídeo ya circulará por la red.

El árbitro sabe que nadie se inventa una reclamación así sin fundamento y que ningún jugador a quien se le atribuyese de manera injustificada un acto tan antideportivo y miserable permanecería con la actitud de beatífica indiferencia de la cual hace gala el letón. Sin embargo, aunque de buena gana le habría dado la razón al mozambiqueño, no puede actuar, reconoce estar atado de pies y manos: se trata de la palabra del uno contra la del otro y, al no haberse personado nadie en calidad de testigo imparcial, no le queda más remedio que ejercer de Poncio Pilatos y ordenar la reanudación de la partida en la misma posición que hay en ese momento sobre el tablero. Mala suerte la del mozambiqueño. No sólo le han echado atrás la jugada sino que ni uno solo de los espectadores que andan entre las mesas estaba mirando su tablero en el instante preciso. Trata de hacérselo entender al jugador africano, cuyos ojos encendidos parecen estar a punto de salírsele de las órbitas, dispuestos a fulminar al cándido letón. El báltico asiente, impertérrito, con un mínimo movimiento de cabeza, posiblemente la primera aportación que hace en los minutos que está durando la resolución del espinoso asunto. Un asunto que se alarga demasiado y empieza a irritar a los jugadores de los tableros dieciocho y diecinueve, los más próximos al círculo de curiosos que se ha ido formando alrededor del árbitro y de los dos ajedrecistas enfrentados.

Al fin, el mozambiqueño desiste en su protesta y, a regañadientes, toma asiento. Delante de sus piezas, como distraído, parece no verlas. El juez principal lo ha conseguido convencer y está conforme con continuar la partida. En su fuero interno el árbitro está convencido de que ha cometido una injusticia pero no ha tenido otra opción. Ha obrado, estrictamente, siguiendo el reglamento. Haber actuado de otro modo, atendiendo sin pruebas la reclamación contra el letón, no sólo habría dado alas a que algunos vivales con dotes de actor reclamasen movimientos inconcebibles en posiciones desesperadas a partir de entonces sino que tal decisión, con seguridad, le habría acarreado, en tanto que administrador de justicia, una sanción inhabilitadora por saltarse las leyes del juego a la torera. Y aun así, le remuerde la conciencia. Ni siquiera el convencimiento de que no podía actuar de manera diferente consigue atenuar su malestar. Resignado, da media vuelta y dirige una mirada de entendimiento al auxiliar con la que le notifica que el juego va a proseguir con normalidad. Da uno, dos pasos, en dirección a la mesa arbitral cuando el silencio que ha vuelto a reinar en la sala tras el desagradable incidente se ve quebrantado por una inconfundible melodía, muy de moda. De no tratarse del teléfono de uno de los espectadores que circula por la sala de juego, habrá de sancionar con derrota al jugador descuidado que ha olvidado apagar su móvil al inicio de la ronda. Se gira y deduce, por las miradas de quienes todavía andan cerca del tablero del mozambiqueño y el letón, que el teléfono que ha sonado pertenece a uno de los dos.

El letón sonríe como un bebé satisfecho.