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martes, 12 de abril de 2016

Peón envenenado

Puertabierta Editores acaba de publicar Peón envenenado, una nueva antología de cuentos de ajedrez coordinada por Sergio Gaut vel Hartman. Participan en la misma un total de veintisiete autores de México, Argentina, España, Uruguay y Portugal, con cincuenta y dos textos. Colaboro en la antología con cinco cuentos Paridad, El vejete, Un tipo raro, Miguel Strogoff. Capítulo XXXIII y Uno de espías.

miércoles, 2 de marzo de 2016

Historias con vida propia

Los relatos, a veces, cobran vida propia y abandonan su hogar de papel para embarcarse en diferentes y atractivos proyectos. En los últimos meses, algunos de ellos han tenido la fortuna de ser reclamados para ese tipo de empresas y aprovecho esta entrada, feliz como una perdiz, para dar cuenta de sus aventuras:

Pastores, venid y El príncipe heredero formaron parte de la recopilación de Microrrelatos navideños de autores latinoamericanos y españoles que publicó, el pasado mes de diciembre, la revista de minificción Brevilla.


Los turistas fue el microrrelato escogido por Eva Díaz Riobello para cerrar su espacio de recomendaciones literarias, dentro de la programación matinal de la Cadena SER Madrid Norte. Lo podéis escuchar a partir del minuto 11.00 en el audio del siguiente enlace.

Por último, dos años y medio después de la primera adaptación teatral del cuento La botella por el actor Jorge Moré, ésta volvió a representarse, y por partida doble, en el marco de las jornadas dedicadas al ajedrez que se celebraron recientemente en el colegio Germán Fernández Ramos, de Oviedo. Las funciones, protagonizadas por el mismo Moré, tuvieron lugar los días 22 y 23 de febrero. La inauguración de las jornadas, organizadas por el propio colegio y el Centro de Tecnificación Ciudad Naranco Ajedrez, se completó con el enfrentamiento entre el GM rumano Mihai Suba y el MF Carlos "Kaká" Suárez. Entre los distintos actos programados, destacaron la conferencia del martes del periodista Leontxo García y la celebración del I Trofeo Nacional de Ajedrez Judit Polgar.

jueves, 19 de noviembre de 2015

El relato "La botella", convertido en monólogo

A petición de Pablo Martínez, del Centro de Tecnificación Ciudad Naranco Ajedrez, el actor Jorge Moré realizó hace dos años una adaptación para teatro del relato "La botella", incluido en la antología Cuentos de ajedrez : alrededor de un tablero, de la editorial Páginas de Espuma. Recientemente, Jorge me hizo llegar el texto adaptado, circunstancia que me ha animado a escribir esta pequeña entrada en el blog.

A pesar de que la aspiración es repetir la experiencia próximamente en diferentes colegios de Oviedo, el monólogo, hasta ahora, se ha representado en una única ocasión, en junio de 2013, durante el acto de entrega de premios del III Torneo Social en la propia sede del club de ajedrez.





Las fotos que ilustran estas líneas son del CTD Naranco.

sábado, 13 de junio de 2015

Presentación de Las jugadas intermedias

Es para mí motivo de orgullo y satisfacción el poder compartir con todos vosotros, al fin, una muy feliz noticia: la inminente publicación de mi nuevo libro Las jugadas intermedias, una colección de relatos (micros y nada micros) de temática ajedrecística llamada a marcar un antes y un después en la historia de la literatura universal. O local.

La presentación tendrá lugar el jueves 9 de julio, a las 19 horas, en COTXERES DE SANTS (Aula de Formació Josep Guinovart i Grau del Edificio C -entrada por la plaza Bonet i Muixí, s/n-). En breve os anunciaré quién me acompañará en el acto. Reservad este día en vuestras agendas porque nada me haría más dichoso que compartir esta jornada con el mayor número de amigos posible. Y, si venís con la sana intención de romperos las manos aplaudiendo, mejor que mejor.

Mi segunda incursión, tras Mate en 30, en la ficción ajedrecística no habría sido posible sin la participación y decidida apuesta de Ideas Deportivas Canarias, empresa editora y distribuidora de la obra. Pronto, cuando el libro sea una realidad física, os daré toda la información sobre cómo adquirirla.


Os dejo con la sinopsis de Las jugadas intermedias:

Una década después de su debut literario con Mate en 30 (Ajuntament de Barcelona, 2004) y de su colaboración en la antología Alrededor de un tablero (Páginas de Espuma, 2005), David Vivancos Allepuz retoma la ficción ajedrecística con una nueva colección de treinta historias que giran en torno al juego de reyes. En las páginas de Las jugadas intermedias tienen cabida los grandes maestros que trasladan sus brillantes estrategias de dentro a fuera del tablero; los equipos de aficionados que sacrifican el vermú por competir los domingos por la mañana; los campeones sociales y los ajedrecistas excéntricos que participan en un abierto internacional; los botánicos que cosechan damas y alfiles; los perversos empleados de banca que echan la partidita en horario laboral. Hay sitio para las narraciones de corte fantástico y también para las historias de incómoda verosimilitud. Y para los tipos raros y los tramposos y, sobre todo, para los perdedores que tanto fascinan al escritor. Por haber, hay hasta espacio para los microrrelatos que, como las jugadas intermedias en las partidas de ajedrez, se entremezclan con el resto de cuentos de este libro con el objeto de estimular al lector, de mantenerlo alerta hasta el último párrafo, no vaya a escapársele el doble sentido de un relato o un jaque que dé al traste con el plan de juego desarrollado. Y también, claro está, para la ironía, la crítica y el sentido del humor marca de la casa que los lectores esperan encontrar en los textos del autor.

miércoles, 16 de octubre de 2013

Anatoly o Un lugar en los Urales (2/2)

Me disponía a seguirle cuando me fijé en la fachada en la que poco antes había estado apoyado Garry. En el lienzo de la pared se distinguían con claridad unas mellas, las marcas características que dejan los disparos. Principalmente se concentraban en la parte en la que habíamos estado hablando, pero las señales también aparecían en los restantes edificios que cerraban la plaza. Asimismo, pude observar algunos tiros en los restos de la casa incendiada, que no había sabido ver antes de darme cuenta de la presencia de Garry.

- ¿Qué pasó aquí? ¿Tuvo algo que ver con la revolución que mencionó Garry?
- ¿Revolución? No, no hubo tal revolución. Se desarrolló una pequeña revuelta, no voy a ocultárselo. La plaza Bugojno fue el principal escenario de los disturbios de 1985, a raíz de la derrota de Karpov ante Kasparov en Moscú. La plaza Bugojno, la plaza Tilburg o Merano, las calles Baguio, Reggio Emilia, Wijk aan Zee, Linares, Skopje... reciben el nombre de célebres victorias de Karpov. Entienda que le cambie de tema, pero no nos gusta hablar demasiado sobre lo que pasó. Ya han pasado dieciocho años y la herida casi está cerrada definitivamente. Siempre es desagradable recordar una cosa así.
- Le comprendo, le comprendo. Discúlpeme, no fue mi intención incomodarle.
- ¿Le hablaron de nuestro célebre amanecer? –dijo, guiñando un ojo.
-  Ja, ja, claro que sí, mañana seré el primero en levantarme.
- El segundo, amigo mío, iré a buscarle y lo veremos juntos desde la capilla de San Anatoly.

Me encontraba parloteando con el alcalde de temas banales, pero mi pensamiento continuaba en la plaza Bugojno. ¿Cómo habría sido el amanecer del día después del terrible incendio de 1985? ¿Qué habría sido de sus propietarios? Nunca me hubiese imaginado que una derrota ajedrecística pudiera provocar desórdenes. De hecho, sólo concebía los disturbios deportivos asociados al fútbol, la pasión embrutecedora por antonomasia, y, por supuesto, al baloncesto griego. Era evidente que en la aldea en la que me encontraba el ajedrez se vivía de un modo muy especial, era su referente, hasta el punto de que sus habitantes salían a la calle a manifestar su alborozo o pesadumbre tras las partidas decisivas disputadas por su ídolo.

Continuamos el paseo nocturno en silencio hasta que alcanzamos la calle mayor a la altura de la panadería. Entramos en un amplio local. Andrei Ilich nos saludó desde la barra, sonriente. Apenas tenía apetito, y pedí un filete y una jarra de cerveza. Nos sentamos en la punta de una de las cinco grandes mesas alargadas en las que los vecinos charlaban amistosamente. Me presentaron a Timofei Semionich, a Ivan Andreich, a Anatoly Ivanovich, a Stepan Nikifiorovich, a Igor Antonich, a Anatoly Ilich, a Anatoly Pavlovich… Sin ningún esfuerzo consiguieron que me sintiese uno más, un vecino que tomaba una cerveza con sus amigos en la taberna tras una dura jornada en el campo. También estaba Anatoly, el hijo del alcalde, bromeando con el hombre del caballo tatuado, entre tragos de vodka frío. Di buena cuenta de mi cena y vacié mi jarra, mientras el señor Panov me hablaba de la historia de la comarca, del pueblo, de los recursos de la zona, de sus mujeres, de la filatelia, del ajedrez... Elevaba su tono por encima de las conversaciones superpuestas, entremezcladas. Su charla era amena e interesante, me encontraba muy a gusto conversando con el filatélico. Nos sirvieron dos jarras más. Con gesto cómplice me invitó a que me levantase y me condujo hasta la pared más larga de la taberna. Estaba cubierta con fotografías de todo tipo y medida del campeón de los Urales. Desde el techo hasta el suelo, con marcos de madera, trabajada o sin labrar, marcos más o menos humildes, metálicos, gruesos o delgados, marcos de plástico negro, de color. Fotos del niño Anatoly, de sus padres, fotos de Karpov delgado, de mediados de los años setenta, con la misma apariencia enfermiza que imitaba con éxito el joven Panov, fotos de Karpov recientes, entrado en kilos, Karpov jugando contra Korchnoi en Merano, contra Kasparov en Sevilla, en un encuentro que había finalizado con empate a cuatro a pesar de que todo el mundo creía que Karpov había sido derrotado, contra Padevsky, contra la Chiburdanidze, contra Larsen, Short, Salov y Kamski, al que el genio de Zlatoust descalabró en una portentosa exhibición en Elistá en 1996, como había hecho años antes con un tal Andrei Sokolov según me contó el alcalde, Karpov vencedor alzando un trofeo en Tilburg, rodeado de gruesos álbumes colocando un sello con unas pinzas, Karpov firmando un autógrafo a unos niños, con su mujer Natasha y su hijo, Karpov abrazado a su primera esposa, ofreciendo una sesión de simultáneas en el pueblo, delante del ayuntamiento, Karpov sonriendo junto al señor Panov en una fotografía dedicada por el ajedrecista, Karpov jugando al tenis, Karpov embajador de la Unicef, dos caricaturas al carboncillo de Karpov... El filatélico ilustraba su explicación con todo tipo de anécdotas del héroe local. Me llevé a los labios la cuarta jarra de cerveza, francamente divertido, dejándome llevar por aquel ambiente tan acogedor.

- ¡Acercaos!

Un hombre de los que me habían presentado se dirigía a la parroquia en general. Seguía el desarrollo de una partida que jugaban otros dos campesinos que me habían dado la bienvenida poco antes. ¿O llevábamos ya horas allí? La agradable conversación de mi anfitrión y la cerveza, siempre la cerveza, me habían hecho perder la noción del tiempo. Nos acercamos a ver la partida, como hizo la mayoría de los clientes de la taberna.

- ¡Qué defensa!
- Ánimo Petrosian, ja, ja, ja.
- Reíos, pero el joven Anatoly Antonich ha detenido el ataque de manera precisa y original, y no veo el modo de que las blancas concreten su ventaja de espacio.
- Eso es cierto. El caballo y la torre no tienen casillas, pero ha frenado el ataque, creo que definitivamente.
- Las negras tienen más fichas, pero hay jaque mate.

Noté que mi intervención provocaba murmullos. El señor Panov me explicó que lo que yo anunciaba no era cierto, que no había mate, ni siquiera existía tal amenaza, que dentro de cinco o seis movimientos las blancas tendrían que ir cediendo espacio y la ventaja material de Anatoly se convertiría en decisiva. Y que en ajedrez se hablaba de piezas, y no de fichas. Continuamos mirando el juego dentro del corro, integrado por cada vez más personas. Entre vodka y vodka, el alcalde me comentaba las jugadas de los dos contendientes y, efectivamente, el joven que conducía las negras pasó al contraataque de modo enérgico. Reconocí mi torpeza.

- Buena defensa, Anatoly.
- Bravo, Anatoly, tienes la precisión de Karpov, el concepto de Capablanca, la visión de Petrosian, ja, ja, ja. El talento de los mejores.
- Ja, ja, ja y ¿qué tiene de Kasparov? Porque Kasparov es el mejor, ¿no?

Mis ebrias palabras produjeron un silencio repentino, inquietante e hiriente a la vez. Los parroquianos me miraron ofendidos e incluso los dos jugadores interrumpieron la reflexión en la que se hallaban sumidos buscando al autor de aquella frase. Igor Antonich escupió.

- Disculpadle, apenas sabe nada de ajedrez.
- Es cierto, no sé nada, lo ignoro casi todo, pero leo los periódicos. Kasparov es el mejor jugador de la actualidad. Creo que es el campeón y eso no lo discute nadie –insistí, con la vehemencia e inoportunidad que confiere el alcohol a las palabras de un beodo. Igor Antonich volvió a escupir, esta vez tras una sonora expectoración, lanzándome una mirada de profundo rencor.
- Amigo mío, Kasparov no es el mejor ajedrecista del momento. Hace un año le venció Kramnik con claridad y en el reciente enfrentamiento entre Rusia y el resto del mundo celebrado en Moscú, le han derrotado varios jugadores a priori considerados inferiores. Judith Polgar le dio una buena lección. Además, hace años que no es campeón del mundo. Renunció al título cuando fundó su propia asociación, autoproclamándose campeón. Se llamaba o se llama... la GMA, la PCA, la WCC... no recuerdo con exactitud, perdóneme –mientras el señor Panov me dirigía estas palabras observé que algunos de los hombres del corro, que se iba disolviendo poco a poco, cuchicheaban entre sí.
- ¿Ah, sí? Y, ¿quién es el campeón entonces? ¿Ese Kramnik?
- No, el campeón es Karpov. Kramnik es el campeón reconocido por la asociación de Kasparov –comprobé que Igor Antonich escupía al suelo con una mueca de infinito desprecio cada vez que mentábamos al ajedrecista azerbayano.

Percibí cierta irritación en el tono del alcalde, por lo que le invité a otra jarra de cerveza. Los dos jugadores dejaron su partida en tablas y uno de ellos abandonó el local precipitadamente, seguido por el hombre del tatuaje y tres campesinos más. El hijo del señor Panov hablaba con Andrei Ilich y un anciano con aspecto de sifilítico.

- ¿Karpov campeón? ¿Bromean? Si hace años que no se comenta nada de él ni en televisión ni en los diarios –inconsciente, continué con una conversación que de estar sereno ni se me hubiese ocurrido iniciar.
- Señor –definitivamente, su tono cordial había dado paso a cierto enojo– cuando Kasparov abandonó la federación internacional, el título se dirimió entre Karpov y Timman, en la final de Amsterdam y Yakarta, en 1993. Karpov recuperó la corona mundial. En toda la historia del juego, sólo él, Alexander Alekhine y el genial Mikhail Botwinnik han sido capaces de recuperar el título. Lo retuvo hasta el campeonato mundial de Elistá de 1998, en el que derrotó con solvencia al aspirante, el indio Anand. Le podría reproducir movimiento por movimiento el memorable final de la primera partida del encuentro, dos torres contra dama, que ganó en ciento ocho jugadas. Absolutamente genial. En la siguiente edición del mundial se le privó del derecho fundamental que tiene todo campeón, el de defender su título. Se le obligaba a jugar la fase final del campeonato desde las rondas iniciales, bajo las mismas condiciones que los aspirantes. Fíjese bien, señor, las mismas condiciones que los aspirantes. Resulta increíble, ¿verdad? No se ha dado otro caso igual en la historia del ajedrez. Por eso renunció a disputar el mundial. Por eso seguimos considerando que es el campeón.
- Pero es ridículo, es como si hubiese alguien que todavía considerase campeón mundial a aquel americano que también se negó a jugar. Esta tarde su hijo me habló de él ¿Cómo se llamaba? –percibí que eran muchos los clientes que seguían nuestras palabras desde sus mesas, bisbiseando después de cada una de mis intervenciones. Algunos se habían marchado ya, pensando en la jornada del día siguiente.
- Fischer es un caso aparte. A él no se le negó la defensa de su corona. Simplemente quería imponer unas condiciones inaceptables y por eso fue desposeído del título. Imagínese, señor, el campeón debía vencer en diez partidas, pero el empate a nueve le permitía retener el título. ¡El aspirante debía sacarle dos puntos de ventaja al campeón! Son casos diferentes.
- Pero...
- Pero... ¿qué? Espero que no esté discutiendo a un hombre que ha sido campeón del mundo de semirrápidas y de partidas a dos y cinco minutos, que ostenta el record absoluto de torneos conquistados, que permaneció entre los dos primeros puestos del ranking mundial durante veinte años, cuya trayectoria ha sido premiada con una decena de prestigiosos oscars del ajedrez concedidos por la AIPE. Incluso sus detractores, como parece ser usted, recuerdan muy a su pesar el torneo de Linares de 1994, considerado el campeonato del mundo oficioso, donde consiguió una histórica performance de 3000 puntos elo, sumando once puntos sobre trece posibles. Por delante de Shirov y de Kasparov –un nuevo salivazo de Igor Antonich.

Concluyó su intervención dando un fuerte golpe con la jarra metálica en la barra. El hombre estaba colérico, no sabía qué decir para tranquilizarle. Me di cuenta de que había llegado demasiado lejos, discutiendo sobre un tema que ignoraba por completo. Le hizo un gesto a Andrei Ilich, que se puso un grueso chaquetón tras secarse las manos. El tabernero fue a hablar con un grupo de clientes que nos miraban silenciosos y salieron a la calle.

- Lamento profundamente haberle molestado.
- Buenas noches, señor.
- ¿Puedo hacer algo para arreglar este incidente? –intenté darle un abrazo. Borracho como estaba, me pareció la mejor manera de zanjar aquel lamentable episodio.
- Buenas noches, señor –repitió, con una voz fría, casi metálica, zafándose de mi abrazo etílico.

Me puse el abrigo y salí al exterior. La calle estaba desierta. Se levantó una desagradable ráfaga de aire frío que hizo ondear los sonrientes Karpovs sobre el colmado, las filatelias, la carnicería, la botica de la calle mayor. Respiré hondo intentando serenarme. En el cielo se perfilaba la luna llena. Alguien cerró desde el interior las hojas de madera de su ventana. Caminé con paso vacilante y tomé un callejón por el que horas antes había pasado con el alcalde. Había olvidado los sellos, pero preferí no volver a la taberna. Tenía el estómago revuelto. Giré a la derecha y me crucé con Garry, que venía en dirección contraria. Le palmeé la espalda a modo de saludo cómplice, ya que no se había retirado con su madre como nos había dado a entender, pero no dijo nada, limitándose a mirarme distraídamente. Un hilo de baba bajaba por su barbilla. Proseguí la marcha con paso inseguro, llegando a una estrecha calle que no recordaba. Di la vuelta para desandar parte del camino recorrido y me topé con dos hombres que me cerraban el paso con pose desafiante. Me molestó su arrogancia e intenté hacerles a un lado, pero frenaron mi acometida dándome un empujón. Caí al suelo, estaba mareado. Me levanté con dificultad e intenté pasar de nuevo. Los hombres permanecieron inmóviles. Les pedí una explicación y, al no recibir contestación alguna, cogí una calleja que se abría a mi derecha. Calle Skopje. Me encontraba en una pequeña plaza muy mal iluminada. Desorientado, pretendí tomar la primera calle que vi. Ya había pasado antes por allí. O no. Por ella venía un grupo bastante numeroso de vecinos, parecían muy alterados, precedido por dos perros que ladraban furiosamente. Uno de aquellos hombres llevaba una guadaña. Era el hombre del tatuaje. A su lado, una mujer menuda me amenazaba con un martillo, como poseída. Retrocedí asustado y corrí en dirección a la calle mayor en busca de socorro. Me paré en una bocacalle. Miré hacia arriba. Calle Linares. Mi corazón latía con fuerza. Al final de la calle distinguí la puerta pintada de rojo que había llamado mi atención cuando me acompañaba Anatoly Panov. Corrí hasta la ventana y pedí ayuda gritando, golpeándola desesperadamente. La joven madre, en camisón, abrió una de las hojas de madera. Me miró indiferente, adormilada. El que debía ser su marido avanzó pausadamente hacia mí y cerró la ventana dirigiéndome una mirada gélida y despectiva. Caí de rodillas y preferí sollozar a hacerme preguntas. Oí gritos demasiado cercanos. La cabeza me daba vueltas. Tenía ganas de vomitar. No sabía qué estaba ocurriendo, la razón de aquella hostilidad. La enfurecida muchedumbre me acababa de localizar, venía hacia mí avivando cada vez más su paso. Me levanté y continué bajando hacia la calle mayor, mirando hacia atrás, tropezando. Calle Bad Lauterberg, indiferencia tras las ventanas cerradas. Un grupo de hombres y mujeres coléricos, encabezado por Andrei Ilich y un jorobado siniestro con una pistola en el cinto, se interpuso en mi camino y tomé una empinada calleja, por la que venían tres campesinos y varios niños. Quise girar cuando recibí un fuerte golpe en la sien. Caí nuevamente. Oía gritos salvajes. Noté la sangre resbalando por mi mejilla. Alguien me cogió por detrás y me alzó. Antes de que me vendasen los ojos con un pañuelo sucio, seguramente de mi sangre, distinguí entre la turba al hijo del matrimonio que me acababa de negar el auxilio, mirándome fijamente y saludándome de nuevo con su manita. Me condujeron a empujones, mareado, entre náuseas, por calles empinadas. Tropezaba con las paredes. Finalmente, llegamos a lo que me pareció un espacio abierto. Los vecinos bramaban con fiereza y los perros me mordían los tobillos. El miedo me impedía llorar. Recibí un tremendo empellón y choqué contra una pared. Me pareció oír la voz del alcalde Panov.

Reconocí el siniestro clac, clac metálico, el inconfundible sonido del cargador del kalashnikov que no escuchaba desde el servicio militar. En ese instante comprendí que me encontraba en la plaza Bugojno y que no conocería el imponente amanecer de Anatolygorod.

miércoles, 9 de octubre de 2013

Anatoly o Un lugar en los Urales (1/2)

El chico llegó en ese momento, jadeando, anunciando que Anatoly ya tenía las llaves de mi coche y se haría cargo de todo. Se había pegado una buena carrera. El abuelo estaba convencido de que su vecino podría arreglarlo, por lo menos ningún tractor averiado se le había resistido hasta entonces al bueno de Anatoly Fiodorovich. Continuaba limpiando su pipa, sentado junto a la lumbre, tranquilizándome con su serena mirada. No debía preocuparme por el vehículo, mañana estaría listo, sólo tenía que pensar en encontrar un sitio donde pasar la noche. El anciano no podía ofrecerme alojamiento, su cabaña era demasiado humilde, pero en la aldea seguro que encontraría albergue. Cuando nos despedíamos hasta la mañana siguiente, dándome un fuerte abrazo, me recomendó que preguntase por Lev Panov, el alcalde, que encontraría en la filatelia de su mismo nombre. Seguramente él me podría proporcionar habitación. Apenas había avanzado un centenar de metros del precario camino hacia el pueblo cuando le oí gritar mi nombre. Interrumpí mi marcha.

- ¡El amanecer, el amanecer! –el viejo hacía aspavientos desde la puerta de la cabaña.
- ¡Descuide, amigo!

Le agradecí con un gesto el recordatorio. Poco antes me había relatado las excelencias del amanecer en esa aldea, al parecer de una belleza inusual. Contemplé el cielo sobre la colina que se elevaba detrás de su cabaña. El hecho de que aquel cautivador atardecer no llamara la atención de los lugareños sólo podía significar que el amanecer tenía que ser algo realmente excepcional, único. El viejo entró por fin. Me encontraba a poco más de un kilómetro del pueblecito. Me pareció muy curioso que un lugar que en la distancia parecía tan pequeño contase con una filatelia y no tuviese un taller mecánico, por ejemplo. Claro que si Anatoly era tan eficiente como había dicho el abuelo, quizás no lo necesitasen. Mis botas se hundían en el lodo a cada paso que daba, el barro salpicaba mis pantalones. Menuda imagen. Me iba a presentar como un funcionario cualificado del departamento de seguridad nuclear nacional ante el alcalde con aquel lamentable aspecto, tan poco creíble. Anduve por el enfangado camino que ascendía hacia la aldea sumido en estas reflexiones, maldiciendo la avería y esquivando como pude los charcos, testimonio de las tormentas que durante la última semana habían castigado aquella región de los Urales.

Una fuente coronada con el busto de un sonriente personaje de rostro ovalado me dio la bienvenida. Aproveché para limpiar un poco mi calzado y ordenar mis ropas antes de adentrarme por una estrecha callejuela. Se llamaba Elistá. Doblé dos calles más a la izquierda y me encontré en lo que debía de ser la vía principal. Posiblemente se celebraba alguna festividad durante aquellos días, dado que muchas fachadas estaban engalanadas con pancartas y pendones escaqueados colgaban de las farolas. Vi que venía en mi dirección una anciana vestida de negro y cuando me dirigía hacia ella para preguntarle por la filatelia del señor Panov me detuve al observar que el establecimiento que buscaba se hallaba a menos de cien metros, al lado de la panadería. Crucé la calle mayor y me detuve ante la puerta, en la que se leía el nombre del propietario. Un momento, aquélla no era la filatelia del señor Panov, era la filatelia de Anatoly F. Tomov. Miré a mi alrededor y, con sorpresa, pude distinguir a simple vista cinco o seis filatelias a ambos lados de la calle. Desconcertado, entré en el negocio del alcalde, una tienda con un llamativo rótulo rojo con su nombre escrito con caracteres dorados, situada entre una carpintería y, cómo no, una filatelia, si bien ésta más humilde que la del señor Lev Ivanovich Panov.

Encontré en la filatelia a su hijo Anatoly. Estaba sentado tras el mostrador, enfrascado en la lectura de una revista de ajedrez. Me disculpé por irrumpir en su local con aquel aspecto, le expliqué que era un técnico en energía nuclear y que me hallaba de camino a la central de las afueras de Zlatoust para hacer una inspección rutinaria cuando el auto me había dejado en la cuneta. Antes de que tuviese tiempo ni siquiera de insinuárselo, el hijo del alcalde se ofreció a conseguirme un sitio en el que pasar la noche. Se trataba de una humilde habitación que estaba en la parte más alta del pueblo, cerca de donde nos encontrábamos. De hecho, en el pueblo todo estaba cerca de donde uno se encontrase, me aclaró. No debía pagar nada por pasar la noche, de verdad. En todo caso, ya lo discutiría con su padre. Insistió en que podía quedarme cuanto quisiese pero, agradeciendo su ofrecimiento, le dije que debía partir en cuanto el coche estuviese en condiciones, puesto que en la central me esperaban al día siguiente. Sus palabras eran muy amables y su tono, pausado. Se trataba de un hombre joven y educado, extremadamente delgado, que vestía un traje pasado de moda, demasiado estrecho y de amplias solapas. Tenía la cara pálida, muy pálida, sobre su frente caía el pelo lacio, negro, y sus ojos saltones conferían a su rostro un aspecto enfermizo. Se metió en la trastienda y salió con un manojo de llaves. Me rogó que le acompañase hasta la casa que me iba a servir de techo aquella noche. Salimos a la calle y cerró el negocio.

Cruzamos. Una señora nos saludó sonriente. De camino hacia la casa me fijé en los motivos que ornamentaban la arteria principal y las calles adyacentes por las que pasábamos. Caballos, torres y alfiles decoraban la mayor parte de las banderas y las pancartas y en los adornos de las farolas se veía la efigie de un hombre risueño, con el pelo lacio sobre su frente, del mismo modo que peinaba su cabello el joven que me guiaba. Aquel rostro me era muy familiar y rápidamente me vino a la memoria el busto de la fuente.

- Este hombre, el busto de la fuente que hay en la entrada del pueblo, es Karpov, ¿verdad?
- Sí, señor, Anatoly Evgenievich Karpov –el hijo del alcalde me miró con sorpresa o incredulidad, no podría precisarlo.
- Me lo había parecido. No sabía que hubiese nacido en este pueblo.
- No, señor, nació en Zlatoust, muy cerca de aquí, donde la central.
- Entonces, todas estas calles engalanadas... ¿le esperan?
- No, señor, no le esperamos. Pasado mañana es 24 de abril, el vigesimooctavo aniversario de su coronación como campeón del mundo tras la vergonzosa espantada de Bobby Fischer, el americano, el yanqui sobrevalorado como le llamamos aquí, y ya lo tenemos casi todo preparado. Cada año celebramos esta fecha. El ajedrez es muy importante en nuestras vidas.
- Disculpe, apenas sé nada sobre el juego. Solamente lo que leo en los diarios. Y mover las piezas, claro.

Noté que mis palabras le desconcertaron, como si no pudiese asimilar que no me interesase el ajedrez. Intenté darle un giro a la conversación.

- Tengo una pequeña colección de sellos, quizás mañana antes de irme me acerque hasta la filatelia y le compre la serie de ríos europeos de 2002. Pensaba hacerlo la próxima semana en Moscú.
- Nada de eso, señor. Pásese esta noche a cenar algo en la taberna del viejo Andrei Ilich y allí le esperaremos con los sellos. Estaremos encantados en regalárselos.
- Oh, muchas gracias, pero no puedo consentirlo.
- Por favor, mi padre no aceptará una negativa como respuesta.
- De acuerdo, de acuerdo, son ustedes muy amables conmigo. Pero yo pagaré las rondas.

El joven sonrió y sellamos nuestro particular trato con un apretón de manos. Continuamos nuestro camino por las empinadas calles del pueblo. Pasamos junto a una casa, que llamó mi atención por el rojo intenso con que habían pintado su puerta de madera, y miré en su interior a través de la ventana. Una joven madre estaba jugando al ajedrez con su hija, mientras un niño muy pequeño, de unos seis o siete años, reproducía en otro tablero los movimientos que consultaba en un grueso volumen. Alzó la vista y me saludó, agitando alegremente su manita. Al parecer, los más pequeños compartían la pasión por un juego que siempre me pareció demasiado aburrido. Me incomodó pensar que no podía corresponder de ninguna manera a aquel pueblo que tan bien me estaba tratando. Era una sensación extraña, como la impotencia que se siente al no poder comprender a un sordomudo. A pesar de mi sólida formación universitaria, los cursos de especialización, mis años de experiencia en un trabajo de tanta responsabilidad al servicio del estado, el casi total desconocimiento del juego sobre el que giraba la vida del pueblo me alejaba de aquella gente tan hospitalaria. Los nombres de Karpov, Kasparov, Spassky me eran familiares, claro, como a todos los rusos, pero poco más podía decir sobre el tema. No quería defraudarles, y las filatelias aparecieron ante mí como una tabla de salvación.

- Es curioso que haya tantas filatelias en un pueblo tan pequeño, ¿no?
- Reconozco que podría parecer curioso, sí, pero es que en este pueblo el coleccionismo de sellos está muy extendido. Todas las familias, por humildes que sean, pueden presumir de unas colecciones más que respetables. Nuestra filatelia, por ejemplo, tiene cierto renombre y servimos series de sellos a coleccionistas de Chelyabinsk o Zlatoust. Y lo mismo puedo decirle de Sokolnikov y de Tomov.
- Y, ¿de dónde les viene tanta afición?
- Anatoly Evgenievich Karpov es un gran coleccionista de sellos. Se dice que tiene la mayor colección no sólo de Rusia, sino de la antigua Unión Soviética. De hecho, pasa por ser uno de los mayores coleccionistas del mundo. Ya habrá observado que en este pueblo tenemos verdadera admiración por Karpov. No sólo seguimos su brillante trayectoria ajedrecística, sino que nos interesa todo lo concerniente a él, todo lo que le rodea. Queremos estar próximos a él, pensar como él, sentir lo que siente. Por eso nos llena tanto el coleccionismo de sellos. Adquirir un sello raro nos produce una satisfacción parecida a la experimentada al encontrar ese movimiento de peón que te permite ganar el tiempo decisivo para imponerte en un final aparentemente abocado a las tablas. No sé si me explico.

Seguramente sí se explicaba, pero yo no entendía nada. Al parecer, daba igual hacia donde condujese la conversación, ésta acabaría llevándonos indefectiblemente a Karpov. El hijo del alcalde se paró ante una ventana y saludó efusivamente a un hombre gordito de mediana edad que se estaba lavando en una jofaina. Compartieron unas bromas y se emplazaron para continuar las chanzas poco después, en la taberna. Proseguimos nuestra marcha en silencio, mientras yo le daba vueltas al caballo de madera que tenía tatuado en su brazo derecho el vecino que acababa de conocer, bajo el que se leía Gens una sumus.

Llegamos a una pequeña plaza, la plaza Skelleftea, en cuyo centro se erigía una descomunal estatua ecuestre. Era uno de aquellos bronces rígidos que definían la arquitectura socialista de un pasado demasiado reciente. Mi sorpresa fue mayúscula al observar que el jinete no era un militar con el pecho lleno de medallas o el típico soldado anónimo de la guerra fría, ni siquiera un héroe de época napoleónica desenvainando su sable, sino un hombre vestido con traje y corbata. Efectivamente, me encontraba ante una nueva, y en este caso insólita, representación de Anatoly Karpov. En esta ocasión, era un Karpov más delgado y juvenil. Se notaba que mi acompañante intentaba imitar, con bastante éxito, por cierto, su apariencia. A los pies del caballo había varios ramos de flores frescas. Dos niños, con sus flequillos anatólicos sobre la frente, dibujaban en el suelo de la plaza un tablero escaqueado con tiza. Iba a comentarle a mi cicerone lo extraño que me resultaba ver la efigie del campeón por todas partes cuando se abrió la ventana de una de las tres casas que daban a la plaza y una mujer de mediana edad comenzó a llamar a uno de los chicos:

- ¡Anatoly Ilich, Anatoly Ilich, la medicina!
- ¡Anatoly Petrovich III!

Me giré. La segunda voz pertenecía a la abuela que había visto en la calle mayor, la de las filatelias, que al parecer venía detrás nuestro. Avanzó con paso decidido, cogió al niño más pequeño de la mano y, después de dirigirnos una simpática sonrisa, se fueron por donde ésta había venido.

- ¿Anatoly Petrovich III?
- Sí, es el menor de los tres hermanos.
- Pero, ¿es que acaso los tres se llaman Anatoly?
- Pues sí, señor. Como ya habrá observado, Anatoly es un nombre muy frecuente en esta población, sobre todo entre los más jóvenes. Yo mismo me llamo Anatoly, como bien sabe.
- ¿Y la iglesia consiente que los tres hijos de un matrimonio se llamen igual?
- Por supuesto, nuestro sacerdote nunca ha manifestado ninguna objeción al respecto, como tampoco la puso en el bautizo de los gemelos Sharikov o de los hermanos Savchenko, o cuando se decidió dedicar el templo a San Anatoly en 1998.
- Así que tienen una iglesia de reciente construcción. Me gustaría verla, si no es demasiada molestia. No hace demasiado vi una capilla moderna en un pueblecito próximo a Ufa que me entusiasmó. Soy un arquitecto frustrado, ¿sabe?
- No, si la iglesia es del siglo XVIII, era un templo dedicado a San Vladimir, pero tras la victoria de Karpov sobre Anand en 1998, que le supuso recuperar la corona mundial en Elistá, decidimos cambiarle la advocación. Ya ha comprobado sobradamente que Anatoly Semionich es un imaginero excelente, así que no le supuso demasiada dificultad sustituir el rostro de San Vladimir por el de Anatoly. También es el autor de la estatua, de la fuente que vio antes...
- Nunca he visto una imagen de San Anatoly.
- Bueno, debo confesarle que se tomó alguna licencia artística y que la imagen no es exactamente la del santo.

La casa se encontraba detrás de la plaza. Las bisagras se quejaron lastimeramente al abrir el portón, me entregó las llaves disculpándose de nuevo por la humildad de la vivienda y encendió la luz. Olía a cerrado, a polvo. La habitación estaba austeramente amueblada, había una pequeña mesa, una silla destartalada y un camastro cubierto con una colcha, sobre el que se distinguía un icono. Me acerqué a la pared y comprobé que se trataba de San Anatoly, en este caso, del auténtico. En el rincón de la izquierda se había improvisado un rudimentario lavabo y un retrete.

- Recuerde, le esperamos en la taberna de Andrei Ilich, la encontrará al final de la calle principal, frente a la filatelia de Sokolnikov.

Dejé el abrigo sobre la silla, me aseé un poco y me tumbé. Decididamente, aquél era un pueblo muy acogedor. Sus habitantes eran generosos, desprendidos, sumamente amables, y su afición obsesiva por un pasatiempo tan noble como el ajedrez les hacía todavía más simpáticos a mis ojos que, curiosos, no dejaban de sorprenderse ante cada nueva revelación. El cansancio acumulado durante el largo camino que había emprendido la tarde del día anterior comenzó a pasarme factura y noté que mis párpados se cerraban poco a poco... Recuerdo que tuve un sueño absurdo, como la mayoría de los sueños. Los adoquines de la calle principal del pueblecito eran ahora cuadrados perfectos, grandes, y estaban pintados de blanco y negro, conformando un camino escaqueado. Por los adoquines blancos se desplazaba el abuelo de la cabaña trazando una diagonal perfecta, seguido a dos casillas de distancia por su nieto, Anatoly Petrovich III saltaba como un caballo, el hijo del alcalde avanzaba de cuadrado en cuadrado, dando pasitos. Todos los vecinos que había conocido se movían simultáneamente en el alargado tablero que mi sueño había creado. Algunos de ellos ondeaban banderas de colores, con los bordes dentados, como sellos gigantescos, mientras una masa informe de lugareños que no podía distinguir seguía sus evoluciones desde la acera, igual que las piezas que han sido retiradas del tablero tras ser capturadas. La anciana vestida de negro se acercó y me tomó la mano. Me llevó por los adoquines negros hasta la filatelia de Panov y cruzamos su umbral. Sin embargo, el interior no correspondía al establecimiento que yo conocía. Nos encontrábamos dentro del reactor de una central nuclear. En el centro de la estancia se erigía, formidable, un gran trono, como el del zar Nicolás. Pregunté a la anciana qué significaba todo aquello, a quién pertenecía el trono, pero a mi lado se encontraba ahora el gordito tatuado. Me pareció intuir que sus titubeantes labios balbucearon la palabra dios. Quise acercarme para observar el magnífico trono mejor y, para ello, debí abrirme paso entre toda la gente que se hallaba postrada a su alrededor. Lo ocupaba, solemne, un joven monarca muy delgado, Anatoly Karpov. El ajedrecista vestía uno de aquellos monos elásticos, ceñidos, de superhéroe radioactivo que con tanta frecuencia veíamos en el cine que nos llegaba de los Estados Unidos. Un traje blanco y negro que le confería cierto aire de arlequín, cubierto por una capa roja con cuello de armiño. Sin embargo, lo que más había llamado mi atención del extraño sueño es que el monarca no estaba coronado, sino que en su cabeza fulgía la santa aura dorada, el nimbo de los iconos ortodoxos. Sobre su regazo descansaba, abierto, el grueso libro de ajedrez que estudiaba el niño que me había saludado poco antes.

Desperté entre divertido e inquieto. Una rara sensación que no experimentaba desde niño, cuando mi abuela interpretaba el significado de los sueños que le relatábamos mi hermano Viktor y yo. Había pasado mucho tiempo desde entonces, cuando nos sentábamos en la alfombra para escuchar sus historias, sentada en el butacón, junto al samovar. ¿Qué le habría parecido mi sueño? Sonreí. Una locura, posiblemente. Me levanté, cansado todavía, y volví a lavarme la cara para despejarme. Salí a la calle poniéndome el abrigo, había anochecido. Seguramente ya me estarían esperando. Me pareció que acortaría el camino yendo por el pasaje tras la tienda de comestibles que acababa de descubrir siguiendo con la vista a un gatito callejero. Avancé con paso ágil y fui a parar a una plaza apenas iluminada, algo mayor que la de la estatua de bronce. Enseguida llamó mi atención una casa de dos plantas, con evidentes señales de haber sufrido un incendio. Se trataba de un edificio abandonado, un esqueleto de piedra, su techo se había desplomado hacía años a causa del fuego. La negrura característica del humo que huye de la destrucción enmarcaba la puerta y las ventanas del piso inferior. Intuí una presencia a mi espalda y me giré lentamente. Un hombre se hallaba, como yo, contemplando la vivienda arrasada por el fuego, apoyado en la pared de una casa en cuyos balcones pendían pancartas en honor al ajedrecista de Zlatoust. Era un cuarentón canoso, muy moreno y no demasiado alto. Más que sus pobladas cejas, lo que me resultó más llamativo de su rostro fue su ignorante expresión de bondad e inocencia, casi infantil. Miraba con embeleso la ruina, con la boca abierta.

- Buenas noches.
- Me llaman Garry.
- Buenas noches, Garry. No soy de aquí y creo que me he perdido. ¿Me podrías indicar cómo llegar a la calle principal?
- Mi verdadero nombre no es Garry, pero todos me llaman Garry. La casa es muy bonita.
- Sí, debió de ser una casa preciosa. Me extraña que no la restaurasen para volverla a habitar.
- Vivo con mi madre. La revolución de 1985. Mi perrito se llama Tolia, Tolia, Tolia.
- Le quieres mucho, ¿verdad?
- Sí, Tolia es muy cariñoso. Muy bueno. Tolia –y se llevó la mano derecha a la mejilla.
- ¡Garry! ¿Qué haces a estas horas por aquí? Vamos, vete a casa. Seguro que tu madre está preocupada.

Acababa de llegar un hombre alto y fuerte, de gran corpulencia para los cincuenta y pico años que aparentaba. Garry miraba, con gran atención, y todavía con la boca abierta, el gran bigote blanco de aquel hombre, que se movía arriba y abajo al regañar al tonto del pueblo. Asintió, como el chico que ha sido sorprendido en una falta, bajó la mirada y se fue arrastrando los pies, perdiéndose rápidamente en la oscuridad de la noche.

- Disculpe al chico, no rige muy bien. Es tonto de baba. De babero, vaya, no sé si me entiende.
- No hay razón para disculparle de nada. Justo en ese momento empezábamos a charlar. Parece un buen muchacho.
- Sí lo es, sí. Todos le tenemos mucho cariño, aunque no tiene muchas luces. Pero, perdóneme, qué desconsiderado he sido. Permítame que me presente. Soy Lev Ivanovich Panov y usted debe de ser el forastero del que me ha hablado mi hijo. Por cierto, esto es para usted –y me entregó un sobre con el membrete de su filatelia, que contenía la serie fluvial prometida por su hijo.
- Encantado de conocerle, señor, y muchas gracias por los sellos. Esperaba presentarme ahora, en la taberna. Han sido ustedes muy amables conmigo. Ya se lo dije a su hijo, pero quisiera agradecerle personalmente el techo que me han ofrecido para pasar la noche e insisto en pagarle lo que consideren justo por la habitación.
- Por favor, usted no nos tiene que pagar nada. Sólo faltaría eso. Acompáñeme, deben estar esperándonos. Llegamos tarde... [CONTINUARÁ]

viernes, 28 de diciembre de 2012

Milagro en San Rodrigo

Era el tonto del pueblo. Tenía dieciocho años y le seguían llamando el Ramoncito. El Ramoncito era un retaco asilvestrado, de fuerte complexión, boca permanentemente abierta y belfo colgante, que pastoreaba las ovejas desde niño. Ocupó el lugar de su padre, el pastor, que había muerto en la guerra. Bueno, durante la guerra. Se cayó a un pozo y se rompió el cuello. El chico no tenía muchas luces, pero le gustaban los animales y cuidó del rebaño con verdadera dedicación. Bautizó a cada una de las ovejas y jamás extravió una. Invisible entre unos animales más grandes que él, el rebaño sin pastor. Desde que tenía diez años salía cada mañana con las ovejas y no volvía hasta tarde. Para distraerse hacía saltar piedras en el río, tocaba una pequeña flauta que había sido de su padre y, sobre todo, contaba. Le gustaba contar las ovejas, contar los árboles, las nubes, los cantos rodados del río, los agujeros de las balas en el puente de piedra. Así creció el Ramoncito, lerdo, sin apenas ir a la escuela, sin preguntarse nada que no tuviera que ver con sus ovejas.

Una calurosa mañana de mayo, el Ramoncito se detuvo, como de costumbre, en la abandonada ermita de San Rodrigo. El muchacho solía hacer un alto en su ruta hasta el prado para refrescarse en la fuente que manaba de unas rocas junto al camino, mientras los animales pacían entre las sacras ruinas. Sin embargo, aquel día el conjunto estaba iluminado por una luz diferente, más brillante. Miró al cielo, pero el sol no era el causante de aquella extraña luminosidad. Parecía un resplandor procedente de detrás de los abedules, de la fuente. El Ramoncito se dirigió curioso hacia allí y conforme se acercaba oía cada vez con mayor nitidez unas voces cristalinas que entonaban una melodía, la más bella que jamás había escuchado. Junto a la fuente encontró a un hombre delgado de barba cuidadosamente recortada, vestido con un hábito de saco, que le miraba con expresión serena. La luz parecía emanar de su figura. El Ramoncito cayó de hinojos y se santiguó.

- Loado seas, Ramoncito.
- ¡Un santo!
- No, Ramoncito, no soy un santo.
- Sí que lo es.

El Ramoncito no se iba a dejar engañar tan fácilmente. La luz, las voces angelicales y la limpia mirada de aquel hombre vestido de monje se ajustaban a lo que le había contado su padre respecto a las apariciones divinas. Bueno, no exactamente. Su padre le había explicado que la Virgen siempre se aparecía a los pastorcillos de los pueblos, invariablemente junto a la fuente. El Ramoncito no era muy listo, pero era consciente de que a sus dieciocho años ya no podía considerarse un pastorcillo y de que aquel señor barbudo con tonsura no era la Virgen María. Por lo tanto, debía de tratarse de un santo.

- No soy un santo, Ramoncito, soy Ruy López de Segura.
- ¿Quién?
- Ruy López, de Zafra.
- ¿Y la musiquilla?
- Este tipo de coro acompaña a todas las apariciones. Soy una aparición, no un santo.
- ¿Una aparición?
- Ramoncito, observo por el retintín de vuestras preguntas y la altura que alcanza vuestra ceja derecha que mostráis cierta reticencia a creer lo que os digo. Por favor, relajaos y escuchad lo que os tengo que contar. Y guardad esa navaja, por el amor de Dios.

Todavía de rodillas, el pastor cerró la navaja, lanzando una mirada entre suspicaz y decepcionada al iridiscente personaje del hábito.

- ¿Y quién dice que es usted?
- Soy Ruy López, obispo de Segura, el más famoso ajedrecista del siglo XVI. 
- ¿Jerecista?

Ruy López miró al cielo. Tenía una dura tarea por delante. Se preguntó si el maldito Paolo Boi tendría las mismas dificultades para las conversiones en el sur de Italia, donde solía obrar.

- Ajedrecista. El ajedrez es un juego que enfrenta a dos rivales que conducen sus ejércitos de madera utilizando su intelecto. Inteligencia, quiero decir. ¿Me entendéis? Os he escogido a vos, Ramoncito, sois el elegido de Ruy López de Segura. Es mi voluntad que dediquéis vuestra vida al ajedrez y os convirtáis en un gran ajedrecista.
- Verá, don Ruiz López, me siento muy halagado pero, verá usted, es que… bueno, en definitiva, creo que no soy el más indicado.
- No seáis modesto, Ramoncito.
- No se trata de modestia, señor, se trata de que soy tonto.
- Oh, no creáis que para destacar en el noble juego hay que ser una lumbrera. Hay que dedicarle mucho tiempo, eso sí, y vos tenéis grandes ratos de ocio con vuestras ovejas.
- Hummm. Y, ¿por qué yo, maestro?
- He observado en vos unas condiciones excepcionales. Sois un gran aficionado a las matemáticas, os he visto cómo numeráis todo lo que os rodea, y sois un hombre piadoso. Piadoso, solitario y raro, que es lo principal. Bueno, también ha influido bastante en la decisión que sois el único que pasáis por esta ermita, como bien sabéis, dedicada a mi tocayo San Rodrigo. Y de maestro nada, mi régimen de apariciones es muy restringido, así que no podéis contar conmigo para que conduzca vuestro aprendizaje. Ésta es mi voluntad y en vuestra mano está…
- Entonces, ¿cómo aprendo a jugar? ¿Quién me va a enseñar?
- No volváis a interrumpir mi prédica, me molesta sobremanera. Dirigíos allá donde se reúnen los hombres sabios del pueblo y preguntad quién de ellos os puede enseñar tan linajudo juego.
- ¿En la iglesia, en el ayuntamiento, en el cuartel de la Guardia Civil?
- En la taberna, Ramoncito, en la taberna.

Y la figura de Ruy López se desvaneció, llevándose consigo el refulgente halo y la arrebatadora melodía que le acompañaban. Con gran desasosiego, el Ramoncito decidió dar por finalizada la jornada y deshacer el camino andado. Devolvió las ovejas al redil y bajó corriendo por el sendero camino del pueblo. En menos de veinte minutos cruzaba la plaza y entraba en la taberna. En la barra Sabino, que era un excelente poeta, Tomás y el Berraquero discutían sobre la suplencia de Machín en el último partido del Atlético Aviación.

- ¿Me podéis enseñar a jugar al ajedrez?
- Caramba, Ramoncito, hacía mucho que no te veíamos por aquí. ¿A qué vienen esas prisas? Tómate un chinchón, hombre.
- No puedo. Tengo que aprender a jugar al ajedrez.
- Bueno, hombre, bueno. Menudas inquietudes con las que se presenta éste. Pregúntale al señor Onofre, seguro que él te puede ayudar.

Entre risas, los tertulianos señalaron con el dedo la mesa del rincón, de la que el señor Onofre se estaba levantando en ese preciso instante, dando por finalizada la partida de dominó que había jugado con el boticario, el barbero y el Romerito, uno que quería ser torero. El señor Onofre era un anciano grueso y de gran envergadura, que vestía con pulcritud. Había sido el maestro del pueblo hasta hacía unos años. Ahora estaba escribiendo una historia de la comarca, que había alcanzado una gran prosperidad en tiempo de los romanos. Era el cronista del pueblo, la eminencia local a la que todos acudían cuando tenían un asunto espinoso entre manos. Y la solución al tremendo problema del Ramoncito.

- Señor Onofre, ¿me podría enseñar a jugar al ajedrez?
- ¿Cómo dices, hijo?
- Quiero aprender a jugar al ajedrez.
- Me sorprende lo que me pides, Ramoncito. En lo poco que viniste a la escuela no demostraste demasiada capacidad de concentración, tan necesaria para ese juego.
- ¿Perdón, qué me decía?
- Nada, nada. Acompáñame a casa, por favor.

La casa del viejo maestro estaba al otro lado de la plaza. Entraron en lo que debía de ser la estancia principal y el señor Onofre invitó al joven a tomar asiento. El anciano desapareció tras una cortina y volvió con un tablero de ajedrez, un juego de piezas y dos libritos polvorientos.

- Yo no puedo darte clases. Tengo que acabar la magna obra que me tiene tan ocupado desde que dejé la escuela. Tampoco tú puedes perder tu tiempo bajando al pueblo porque descuidarías las ovejas. Creo que lo mejor será que bases tu aprendizaje en estos dos libros, los puedes estudiar mientras los animales pacen. Si no entiendes algo, no dudes en venir a preguntármelo. Me encontrarás sumido en las arduas tareas de investigación, documentación y redacción de mi monumental historia. En el bar, por supuesto. Hala, ve con Dios.

Después de recibir un par de amistosos golpecitos en la espalda, el Ramoncito se encontró en la plaza, con el ajedrez y los dos libros. Se sentía un ser privilegiado, ya que había sido escogido por un santo (no le había podido engañar) para acometer una empresa única. Volvió a su casa, dispuesto a comenzar los estudios al día siguiente. 

El pastor se centró por completo en el ajedrez. Cada día metía en su zurrón el juego y los dos libros del señor Onofre y se dedicaba a estudiar los movimientos de las piezas, la notación de las partidas, a repasar conceptos básicos a la sombra de un árbol mientras los animales pastaban. Por la noche, después de la cena, continuaba la jornada reconstruyendo algunas partidas reproducidas en los libros del viejo maestro, temeroso de defraudar a San Ruiz López. Pero al Ramoncito le costaba asimilar los nuevos conocimientos, por lo que con frecuencia bajaba a la taberna del pueblo a consultarle al señor Onofre sus dudas. El cronista debía recordarle cómo movía el caballo cada semana. Nunca tuvo alumno más torpe y sólo conseguía soportar aquellas sesiones, con más bravura que estoicismo, a base de darle tientos a la botella de chinchón que diligentemente colocaba el tabernero en su mesa cada vez que el Ramoncito hacía acto de presencia en el local.

Un día, el Ramoncito entró en el bar apretando los libros contra su pecho y se dirigió con paso decidido a la mesa del señor Onofre:

- Señor Onofre, ¿puedo enseñarle la partida que jugué ayer con Basilio?
- Por supuesto, hijo.

El señor Onofre cerró el diario con expresión de resignación cristiana. Llamó al mozo que se ocupaba de la barra, cuyo parecido físico con Paulino Uzcudun era realmente notable y al que podía considerársele tan buen poeta como Sabino, y le pidió que les trajese el juego de ajedrez que desde hacía años se moría de risa en el almacén. Se trataba de un juego muy antiguo de madera que los parroquianos habían utilizado mucho antes de la guerra. El pastor colocó las piezas con dificultad ante la silenciosa mirada del viejo historiador.

- Hijo, has colocado el rey en el sitio de la dama. Y recuerda que el cuadro blanco siempre va a la derecha.

El Ramoncito repitió la operación, alcanzando esta vez un resultado óptimo. El anciano le invitó a que comenzase la reconstrucción de su partida con Basilio, el hijo del boticario. El Ramoncito inició una serie de movimientos rápidos y maquinales entre los que con dificultad el señor Onofre podía intercalar algún comentario, a los que el pastor respondía con evasivas:

- Vaya, hijo, jugaste un gambito de rey. ¿Lo has estudiado?
- Sí, señor.
- Qué partida más rara.
- Sí, bueno…, sí, señor Onofre.
- Un juego muy agresivo.
- Sí.

El alfil negro apuntaba a la torre blanca y el pastor, en lugar de defenderla de la amenaza, centralizó su caballo de dama. Basilio prefirió tomar con su dama un peón a capturar la pieza mayor con su alfil, de manera que quedaban las dos torres blancas amenazadas. El Ramoncito colocó su alfil de casillas negras en una posición inmejorable, pero la jugada suponía la pérdida de las dos torres. En ese preciso instante, el señor Onofre sintió esa extraña sensación de presenciar algo ya vivido. Conocía aquella posición. Qué ingenuo había sido. Aquel retaco estaba reproduciendo la famosa partida entre Anderssen y Kieseritsky, la Inmortal, jugada en Londres en el año 1851 como si fuese una creación propia. Cuando quiso reaccionar, el Ramoncito había concluido dándole un bonito jaque mate a Basilio. Todavía dudando entre pedir un aguardiente y darle un capón al pastor para suavizar su enfado, el señor Onofre le espetó un gélido:

- Estupenda, has jugado una partida estupenda.
- Muchas gracias, señor. Adiós.

Y se fue por donde había venido.

Pasaron las semanas, pasaron los meses. Las visitas del Ramoncito a su maestro eran cada vez más frecuentes, repitiendo siempre las mismas cuestiones y enseñándole partidas de campeones como Anderssen, Morphy, Lasker o Capablanca, que pretendidamente jugaba contra Basilio, Efrén, el Polaco o el Romerito. No contento con las improvisadas clases que le daba el señor Onofre en el bar, cuando se le planteaba una duda estudiando una partida por la noche, no dudaba en visitar al viejo maestro al alba, antes de llevar el rebaño al prado. La paciencia del señor Onofre llegó al límite el día en que el Ramoncito le intentó mostrar la Siempreviva, que había enfrentado a Anderssen y Dufresne en 1852, como una brillante victoria obtenida a pesar de la tenaz defensa de Basilio.

- ¡Me cago en mi pena negra, Ramoncito! ¡Harto, me tienes más que harto! ¡Harto de que me presentes partidas memorables como si fuesen tuyas! Tú, que eres incapaz de colocar bien las piezas al inicio de la partida. Hasta hoy he aguantado, pero como te vuelva a ver por aquí con los libros bajo el brazo, ¡no respondo de mí!

A pesar de que era corto de entendederas, el Ramoncito comprendió perfectamente que las clases del señor Onofre se habían acabado. Sin embargo, no le dolió el tono empleado por el viejo maestro. Lo que le dolió fue el impacto de un alfil en el occipital cuando abandonaba el local, certeramente lanzado por el señor Onofre. Herido en su orgullo y en el occipucio, el pastor entendió que para alcanzar la misión que le había confiado San Ruiz López no iba a contar con más ayuda que su propio esfuerzo y tesón. Lo conseguiría sin el socorro de nadie.

En el pueblo no supieron de él durante semanas. Se entregó de lleno al ajedrez, si bien sus progresos seguían en consonancia con su idiocia.

Sentado de espaldas a la ventana, el señor Onofre redactaba con desgana, a la luz de un candil, el capítulo dedicado a los bandoleros de la región. El tema despertaba en él un gran interés, pero los lugareños que se habían echado al monte a buscarse la vida no habían sido precisamente Luis Candelas. Pocos, torpes y chapuceros. Sobre la mesa había un montón de papeles garrapateados, un grueso tomo enciclopédico abierto por la letra M y un vaso de leche en el que el maestro mojaba distraídamente una galleta María. Le sorprendió ver su sombra proyectada sobre su escritorio. Había oscurecido y debían de haber encendido el farol de la plaza. No era consciente de que hubiese pasado tanto tiempo absorto en la redacción de su historia. Pero, ¿qué significaba aquella música? Se giró al oír una voz que le hablaba.

- Loado seas, Onofre.
- ¡Un santo!
- No, Onofre, no soy un santo.
- Sí que lo es.

Ruy López suspiró. El hombre más sabio reaccionaba de la misma manera que el tonto del pueblo. Después de sosegar al señor Onofre con amables palabras, procedió a explicarle la diferencia entre una aparición y un santo.

- No quisiera herirle lo más mínimo, desconocida aparición, pero entienda mi decepción. En un pueblo tan religioso como es éste, en el que paseamos a San Rodrigo cada dos por tres para que llueva y tengamos buenas cosechas, lo que uno espera que se le aparezca es un santo, ya que se le ha pasado la edad de que se le presente la Virgen. Ya sabrá que sólo se les aparece a los niños. Niños pobres.
- Sí, algo he oído decir, sí.
- Bueno, también tiramos cabras del campanario. Para que llueva, digo.
- Disculpad que os interrumpa pero temo que me vayáis a ofrecer un discurso de cariz antropológico que no me interesa en absoluto y no dispongo de demasiado tiempo. Mi nombre es Ruy López, obispo de Segura, el más famoso ajedrecista español de todos los tiempos.
- Oh, encantado de conocerle. Ruy López aquí, ¡no me lo puedo creer! Es un verdadero placer recibirle en mi humilde casa. Siéntese, por favor. Soy un gran aficionado al ajedrez. No me lo imaginaba así, tan pobremente vestido, siendo como fue una celebridad en la Corte.
- Me halagáis. Es cierto que en mi condición de protegido de Felipe II fui un personaje famoso que gozaba de todos los privilegios en palacio. Por supuesto, no vestía este incómodo hábito. Ni os imagináis lo desagradable que es la rozadura de la tela del saco en según qué zonas. Encargaba mi vestimenta al sastre veneciano de palacio, que la cosía con los más ricos tejidos que se podían encontrar en Europa. Tendríais que haberme visto con un sombrero turquesa que me regaló el conde de Palanques por haberle absuelto de unos pecadillos que no vienen al caso. Pero debéis entender que sería poco serio que un aparecido fuese por ahí vestido con ropajes satinados, como una diva del bel canto.
- Claro, claro. Pero, ¿qué se le ofrece? ¿Quiere jugar una partidita?
- No, Onofre, no estoy aquí por placer, sino que tengo una misión que llevar a cabo. Para ello, necesito de vuestra ayuda.
- Haré cualquier cosa que usted me pida.
- Escuchad. Hace unos meses me aparecí a un joven pastor, conocido entre vuesas mercedes como el Ramoncito, y le encomendé que dedicase su vida al ajedrez. Os tomó como maestro y la empresa no fue del todo mal hasta que vos decidisteis darla por terminada. El zagal no avanza desde entonces. Tenéis que continuar dándole vuestro consejo para que mejore su juego.

Las mejillas del señor Onofre adquirieron súbitamente una tonalidad rosada que pronto se extendió por todo su rostro. El rosa pasó a rojo intenso a la vez que su indignación le hacía abrir exageradamente los ojos inyectados en sangre y le hinchaba las venas del cuello.

- ¡Ni hablar, amigo mío, ni hablar!
- No podéis negaros, Onofre, para lograr mi empresa es necesario que vos le dediquéis vuestro tiempo.
- Exacto, usted lo ha dicho. Su empresa. Yo no tengo nada que ver con ella. Usted es el aparecido, no yo. Que le enseñe otro.
- Sólo vos conocéis los secretos del juego en este pueblo de mala muerte.
- ¡Que le enseñe otro, he dicho!
- Tenéis que ser vos.
- Escúcheme bien, señor obispo, porque no se lo pienso repetir. No estoy dispuesto a perder ni un minuto más con un tonto de baba que después de meses de intenso estudio no es capaz de retener cómo se colocan las piezas ni el movimiento del caballo. ¿Me ha entendido? No pienso perder ni un segundo viendo cómo se apropia de partidas famosas y pretende hacerme creer que se las ha ganado al pitecántropo de Basilio. No voy a prestarle ni un libro más y si vuelve a hablarme de otra cosa que no sean ovejas o quesos seguramente haré una barbaridad que me llevará al cuartelillo. ¿Queda claro?

La ira desatada del señor Onofre apocó a Ruy López, que con un chasquido de dedos hizo que la música celestial que con él se manifestaba cesase. Adoptó una actitud implorante, de rodillas en el suelo y dirigiendo sus manos entrelazadas al anciano.   

- No podéis hacerme esto. Hacedlo por mí, os lo ruego. ¡Soy Ruy López!
- No. ¡Suélteme, carape! Aparézcasele otra vez y dígale que deje el ajedrez.
- Está bien, reconozco haber fracasado, pero no puedo hacer tal cosa, sería humillante. Además, no va a dejar el ajedrez así como así, se lo ha encomendado un ser procedente del más allá. Yo.
- ¡Pues que se le aparezca otro y le encargue cualquier cosa en su lugar! ¡No le quiero volver a ver! ¡Que se le aparezca Pepe-Illo y le ordene que sea torero, caramba!

Ruy López alzó sus ojos llorosos y miró al ofendido maestro. Era una mirada de gratitud y complicidad. No era una solución muy digna, pero decían que un clavo sacaba otro clavo.

- ¿Por qué me mira así, si se puede saber? Me da miedo.
- Apenas conozco a Pepe-Illo, no es de mi época. Soy incapaz de pedirle una cosa así.

El señor Onofre comprendió que había dado con la solución. Animado por la idea de eliminar al pastor ajedrecista de su vida, los nombres acudían a su cerebro atropelladamente.

- ¿Miguel Servet, Garcilaso, Fray Luis de León?
- Desconozco muchas de las virtudes que adornan al Ramoncito, pero no lo creo apto para la medicina o las letras, amigo Onofre.
- Entiendo, necesitaríamos una actividad menos… ¿por qué no se lo comenta a Francisco Pizarro?
- ¿Vos creéis que este país necesita en este momento un conquistador?
- Levántese, sea un poco más digno, hombre. Una actividad que alguien como el Ramoncito pueda realizar sin dificultad. Que quien la lleve a cabo no tenga que hacerse demasiadas preguntas. Una labor, un oficio que cualquiera pueda ejercer y que la estulticia no sea un impedimento para destacar en esa tarea… ¡Claro!
- ¿Qué habéis pensado? ¿Con quién debo hablar para que se aparezca al Ramoncito?
- Con nadie, amigo Ruy, con nadie. Usted mismo, en su calidad de obispo de Segura, se aparecerá mañana al Ramoncito, en la antigua ermita de San Rodrigo.

La última aparición se obró tal como la había planificado la preclara mente del señor Onofre. En la fuente, tras los abedules, como en aquella lejana mañana de mayo, el pastor recibió dos mensajes claros. El Ramoncito no volvió a tocar un tablero de ajedrez. San Ruiz López había sido explícito en ese sentido. El Ramoncito, el padre Ramón, tomó los votos pocos años después, al concluir sus estudios en Badajoz. Precisamente él ofició la misa en el entierro del señor Onofre la víspera de San Juan.

jueves, 22 de noviembre de 2012

El vejete

Un jaque siempre queda bien, dijo el anciano al dejar su alfil en el tablero. El joven campeón no lo podía creer. Aquel viejecito, que ahora le miraba bovinamente, con sus ojos acuosos muy abiertos y con una afable media sonrisa en los labios, no sólo se había permitido entregar su dama por alfil y caballo, sino que se tomaba la libertad de repetir aquella irritante frasecilla cada vez que jaqueaba al monarca blanco. Respondió al anciano lanzándole una de sus fieras y célebres miradas, que durante tantos años habían amedrentado a los mejores grandes maestros. Éste se limitó a limpiar sus gafas con un pañuelito que sacó del bolsillo superior de su raído traje, escenificando una suerte de meticuloso y pulcro ritual, sin apartar su tierna mirada de la del campeón. La inverosímil entrega de material de aquel venerable aficionado había resultado ser excelente y doce jugadas después el gran maestro se encontraba en una posición desesperada. El vejete sonrió al ver cómo el campeón adelantaba su peón de alfil rey una casilla para cubrir su rey del jaque. Sin apenas pensar, cogió la torre para dar un jaque que parecía definitivo. Quizás para no volver a escuchar aquella jocosa frase de nuevo, el campeón dio un manotazo a su rey antes de que su oponente completara el movimiento, derribándolo con estrépito sobre el tablero. Los catorce niños que completaban la sesión de partidas simultáneas alzaron la vista al oír el golpe. Al otro lado de la sala, los padres de los niños dejaron de cuchichear y los dos periodistas especializados desplazados a la escuela se sonrieron: en un acto de escaso interés, el campeón les había proporcionado un nuevo titular. El joven campeón abandonó la sala con paso ágil, lanzando una mirada incendiaria al escaso público asistente.

En la habitación del hotel el campeón, sentado en la cama, le dedicaba una mirada de reproche a su madre. Había momentos en que se arrepentía de haberle permitido influir de un modo tan determinante en su carrera. Ahora era demasiado tarde para dar marcha atrás. Dirigía en gran medida su preparación, le marcaba la dieta, determinaba a qué actos debía asistir y en muchas ocasiones había ejercido de portavoz ante los medios de comunicación. Desde que abandonaron Polonia siempre había viajado con su hijo y se preocupaba de todos los detalles para que éste concentrara todas sus energías en el juego. Sus viajes le habían permitido disfrutar de los mejores hoteles, restaurantes, boutiques y salones de belleza y ya no era aquella gruesa y desastrada mujer de traje chaqueta color caqui a punto de reventar. Seguía dándole un aire a Charles Bronson, eso sí, pero los cosméticos habían suavizado algo su rostro, cosa que nadie pudo hacer con su carácter, mucho más fuerte que el de su hijo. Después de tantos desvelos, el ingrato le echaba en cara haber concertado aquellas simultáneas en el colegio dirigido por el señor K, estrecho colaborador del presidente de la federación. Con la cantidad de favores que le debían al presidente. El problema no eran los niños, el problema era el abuelo, clamaba el campeón. ¿Qué pintaba aquel vejestorio entre los críos? El abuelo era el mecenas del club del señor K, era un simple aficionado, dijo la madre apurando un vaso de ginebra. Nos avisaron que jugaría y no viste ningún problema, continuó. Mamá, no me cabrees, aquel matusalén jugaba como el mismo demonio, de aficionado, nada. Cuando escojo los candidatos para el título mundial no te quejas tanto, inútil, que eres más inútil que tu padre, respondió colérica a la vez que esquivaba con un felino salto hacia la derecha un jarrón de Manises que volaba directo hacia su cabeza. La discusión fue subiendo de tono y acabó como solían terminar sus habituales trifulcas, con la madre golpeando con saña al campeón con una botella de ginebra rota y con el servicio de habitaciones separando a la poderosa polaca de su hijo.

En el hilo musical sonaba Just a gigolo en la voz de Louis Prima. El campeón estaba en la terraza del hotel, deleitándose con la visión de un grupo de quinceañeras que tomaban el sol en la piscina. Aquel verano se habían puesto de moda unos bikinis especialmente sugerentes. Dejaba volar su imaginación mientras removía con el dedo los cubitos que flotaban en su Fanta. Él se desvivía por la Fanta naranja, pero su secretario le trajo una Fanta limón. Era el primer día del que podía disfrutar desde la última bronca con su madre, hacía ya cinco meses. Las primeras semanas las pasó ingresado en un famoso hospital, tuvo que renunciar a participar en un prestigioso torneo holandés y luego se concentró en la preparación del campeonato continental, al que acudían los mejores jugadores por invitación. Esa tarde se disputaba la última ronda, en el mismo hotel, pero decidió darse un respiro aquella mañana dado que la victoria del día anterior le había asegurado el triunfo. De repente, una chillona camisa hawaiana y unas ridículas bermudas se interpusieron entre su persona y las muchachitas. Alzó la vista y se encontró con la bondadosa mirada de aquel abuelo al que tanto odiaba. Después de la derrota en las simultáneas, la prensa le convirtió en el hazmerreír del mundillo y las relaciones con su alunada madre y el presidente de la federación se habían deteriorado mucho desde entonces. Claro que su rotunda exhibición en el campeonato continental había conseguido que casi todo volviese a la normalidad. Ahora, la sola presencia del encorvado anciano había conseguido disipar de su mente todo lo positivo de aquella placentera mañana: adiós a las chicas, adiós a la Fanta, adiós al campeonato…

¿Usted por aquí? Por el amor de Dios, ¿cómo se atreve a llevar esa camisa, a su edad?, fueron las únicas palabras que acertó a balbucear el desconcertado campeón. De nuevo visita nuestra ciudad… supe que se hospedaba en este hotel y vine a felicitarle por su excelente actuación, contestó el vejete, haciendo caso omiso a la observación del campeón sobre su estrafalario atuendo. ¿Puedo sentarme con usted?, continúo una vez sentado junto al campeón, mientras hacía un gesto al camarero indicando que le trajesen también una Fanta limón. El campeón trató de serenarse y se prometió no perder la compostura. Mientras le servían la Fanta, el viejo dejó con cuidado su sombrero tirolés sobre la mesa y apoyó el bastón en el brazo de la silla de mimbre. El silencio duraba demasiado y el campeón lo rompió con la pregunta que había rondado por su cabeza durante meses, ¿cómo juega usted tan bien? El vejete dejó el vaso sobre la mesa y le miró sorprendido. Soy un simple aficionado. Usted podría estar disputando el campeonato continental, la entrega de material de nuestra partida la hubiese firmado el mismísimo Tahl, dijo en tono serio el campeón. El mismísimo Euwe, le corrigió el abuelo, a la vez que sacaba un pequeño tablero magnético de su mariconera. Con gesto decidido dispuso las piezas en el tablero en la posición de la entrega ante la atenta mirada del campeón. Le tendió sus gafas y le dijo que se las pusiese. Eran unas gafas con una gruesa montura de pasta negra, similares a las popularizadas por Henry Kissinger, de cristales sin graduación aparente. El campeón dudó unos instantes y se sorprendió a sí mismo colocándose las gafas del viejo. Miró a su acompañante y su ahora borroso interlocutor le invitó a mirar la posición con un gesto. El tablero, las piezas, aparecían ante él desenfocados, mezclándose el blanco y el negro en una especie de confusión bicolor. Sin embargo, en una esquina del difuminado juego se distinguía con precisión la figura de un caballo negro. Aquello le produjo un gran desasosiego y cuando iba a preguntar al viejo qué significaba todo eso observó que una de las casillas negras también se perfilaba con toda nitidez. Sintiendo cierto sofoco, lentamente se quitó las gafas con mano temblorosa: le habían mostrado la jugada con la que el anciano cimentó su victoria, la casilla a la que había que mover el caballo negro, la mejor jugada, la jugada ganadora. El vejete se puso de nuevo las gafas y, tras pedir al camarero unas aceitunas, comenzó su relato.

Adquirí las gafas en una subasta celebrada en Amsterdam. En general, se subastaban lotes de escaso valor económico y artístico, por lo que tuvo muy poca acogida entre el público. Sin embargo, a mí me interesaba uno de los lotes, compuesto por algunas pertenencias del excampeón mundial Max Euwe. Destacaba su biblioteca y su colección de lentes e instrumentos relacionados con la astronomía. El lote no suscitó demasiado interés y lo adquirí por una cantidad razonable. Hacía años que tenía noticia de la existencia de unas maravillosas gafas que siempre mostraban la mejor jugada a quien miraba a través de ellas y al fin obraban en mi poder. Las gafas que utilizaba Euwe, ¿se imagina? Como tantos otros hicieron antes, les cambié la montura. ¿Le gusta?, preguntó. El campeón guardó un significativo silencio al respecto. El viejo no se inmutó ante tal desplante y prosiguió la historia.

Habían pasado siglos, habían sido montadas y desmontadas en diversas ocasiones, el propio doctor Euwe le encargó la limpieza y restauración de los cristales a M, su compañero de facultad. Porque, aquí donde las ve, estas lentes habían pertenecido al clérigo español Ruy López de Segura. Posiblemente fueron un regalo de Felipe II. Cómo las obtuvo el monarca es un verdadero misterio, apuntando unos que formaron parte de los tesoros hallados más de medio siglo antes tras la caída del reino de Granada, otros que fueron un presente de un alquimista toledano. Ruy López, que era un excelente jugador, se convirtió en un ajedrecista imbatible gracias a estas maravillosas gafas. Sin embargo, un hombre de su formación y que poseía un tan alto concepto del honor no pudo vivir con la mentira sobre su conciencia y hacia 1570 desmontó las lentes, relegándolas al olvido. Pocos años después sufrió en Madrid sus dos derrotas más dolorosas, frente a los italianos Leonardo da Cutri y Paolo Boi, explicó el anciano. El asombro inicial en el rostro del campeón dio paso a una mueca burlona. Sin duda, el viejo estaba chalado. ¿Gafas en la Edad Media? Alzando leve y parsimoniosamente la mano, el hombrecillo interrumpió al campeón, dedicándole una mirada de profundo desprecio. Señor, son tristemente conocidos los casos de grandes campeones que viven ignorantes de todo aquello que les rodea, salvo el ajedrez. No saben historia, desconocen todo sobre el arte y la literatura, la política les aturde, la ciencia les confunde. Ustedes viven en un mundo irreal, del que no se atreven a salir y al que los demás no podemos entrar. Y retomando su pregunta, señor, ¿acaso no ha visto, ya que no leído, El nombre de la rosa? ¿No recuerda al avispado Guillermo de Baskerville resolviendo los misteriosos asesinatos de la abadía, con sus lentes, en pleno siglo XIV? Además, Ruy López pertenece a la Edad Moderna, ignorante. El campeón guardó silencio pues, efectivamente, ni había leído ese libro, ni había visto la película, ni tenía la más remota noticia de que existiesen. ¿Quién sería ese Guillermo de Baskerville?

Con los ojos iluminados por una extraña luz, el viejo continuó explicando su historia. Lo cierto es que, desde la muerte de Ruy López hasta Euwe, sólo tenemos la seguridad de que pertenecieron a Philidor, a Janowsky y a Tartakower, dijo. Posiblemente las lentes permanecieron olvidadas en algún lugar de la corte durante lustros hasta que le fueron obsequiadas al músico tras una de sus interpretaciones ante el monarca español. Philidor las usó en muy raras ocasiones, ya que su talento estaba tan por encima del de los jugadores de la Francia del siglo XVIII, que no las necesitó para derrotarles. Al no serles de utilidad, las malvendió al comerciante parisino, monsieur R. ¿Qué provecho le podía sacar a unas gafas si el dinero que ganaba con el ajedrez procedía de sus exhibiciones a la ciega?, rió el carcamal. El campeón pasó por alto el chiste y comenzó a tomarse en serio al hombrecillo. El ardor febril con el que enfatizaba sus palabras comenzaron a calar en el joven, apareciendo el fantasma de la duda. Mientras disponía la posición inicial de las piezas sobre el tablero, el campeón pidió a su interlocutor las gafas para hacer la prueba definitiva. Cogió las gafas que le ofreció el viejo y se las colocó otra vez. Miró el tablero. De nuevo destacaba entre el conjunto borroso una pieza y una casilla. Las gafas le mostraban la mejor jugada que iniciaba la partida: el peón de rey avanzaba dos casillas. Colocó las piezas planteando cuatro conocidos problemas, y las gafas siempre hallaban la mejor continuación. Pálido, le devolvió las lentes al viejecillo, que se había vuelto para observar mejor a las bañistas.

Las gafas cambiaron de manos en varias ocasiones, adquiridas por oscuros personajes más interesados en lucrarse que en darles un buen uso. Cada dos o tres años, cinco a lo sumo, cambiaban de dueño. En tan poco tiempo, ninguno de ellos pudo destacar en el mundo del ajedrez. Quizás las utilizó también Staunton, quizás von Lasa. Masticando ruidosamente las aceitunas que había traído el camarero, el viejo prosiguió su historia. Quien sí sabemos seguro que las tuvo en su poder fue Janowsky. Éste sí las aprovechó y alcanzó gran renombre, pero su espíritu ganador hizo que ocasionalmente desestimase las mejores jugadas dictadas por las mágicas gafas, que conducían a las tablas, cayendo derrotado en demasiadas ocasiones. Sintiéndose enfermo, se las dio a su colega Tartakower que, endeudado por su conocida afición a los casinos, se las vendió al doctor Euwe en 1932.

El campeón le interrumpió preguntándole qué pretendía al contarle aquella historia, si quería venderle las gafas. El viejo guardó el juego magnético, se levantó con dificultad, apoyándose en su bastón, y se puso su ridículo sombrero. Usted no es digno de llevar estas gafas, le dijo. No se preocupe por mí, no voy a disputar ninguna competición y no me volverá a ver jamás, pero sepa que estas gafas pronto cambiarán de dueño y cualquiera de sus rivales será el afortunado. Ya no podrá especular con jugadas dudosas porque uno de sus contrincantes sabrá cuál será siempre la mejor continuación. Dejará de ser el número uno. Y no me las intente quitar, la terraza del hotel está llena de los periodistas que cubren el torneo esperando que les proporcione un nuevo titular. Gracias por la Fanta. Y por las aceitunas. Adiós señor. El joven observó cómo el vejete alcanzaba la calle y desaparecía, comprendiendo que pronto dejaría de ser el campeón mundial.

jueves, 8 de noviembre de 2012

Uno de espías

El presidente del club y organizador del campeonato se dirigió al selecto público asistente rogándole un comportamiento acorde con el evento. Desde la barra, el agente pudo distinguir entre los socios y aficionados a dos grandes banqueros, al embajador portugués y a un ilustre parlamentario. También reconoció a varios abogados influyentes. Poco antes de las cinco, la hora de inicio de las partidas del torneo magistral de ajedrez de Londres, había hecho acto de presencia en las coquetas instalaciones del club Margaretha Zelle, su verdadero nombre según la documentación que le habían hecho llegar a Finer.

El presidente pretendía silenciar el murmullo admirativo de los allí congregados para seguir las partidas de los ocho maestros, de los aficionados subyugados por la inesperada aparición de la bailarina de origen holandés, por su madura belleza. La prensa, que tanto hincapié había hecho en el mínimo vestuario y en los velos utilizados en sus danzas javanesas, nunca había mencionado su afición por el ajedrez, sorprendente para muchos. Siguiendo el ejemplo de dos caballeros de edad avanzada, el campeón italiano Adriano Anselmi se había presentado a la diva como un incondicional de su arte. Sin embargo, no todo habían sido parabienes tras la rutilante irrupción de la estrella. Tres ancianos y un joven, pertenecientes a un selecto club cuyos estatutos vetaban la entrada a las damas, protestaron enérgicamente por la presencia de la artista y mostraron su descontento abandonando el local indignados. La situación parecía haberse normalizado ya y los jugadores habían tomado asiento, dispuestos a efectuar el primer movimiento. El presidente se secaba el sudor de la frente, había pasado lo peor.

James Finer había presenciado la escena desde el bar, paladeando su copa, apoyado discretamente en la barra. El revuelo causado por la bailarina internacional era más que previsible. No sólo por su delicioso físico, sino también porque los aficionados al juego no estaban acostumbrados a la presencia de una mujer en una competición ajedrecística, y menos a la hora del té. Tampoco él le había quitado ojo a la hermosa Margaretha, la exótica Mata-Hari. El agente Finer había recibido instrucciones precisas y no debía perder de vista a la mujer. Tenía que dejarla actuar, vigilándola estrechamente. Semanas antes de su misteriosa desaparición en el Orient Express, Karl Drechsler, otro de los mejores hombres del Servicio de Inteligencia Británico, había alertado a sus superiores de lo que él consideraba inquietantes movimientos de Alemania. Las distintas informaciones recogidas por el espionaje británico señalaban a la Zelle como posible agente reclutada por los servicios secretos alemanes, pero no existía ninguna evidencia concluyente. Nada más allá de la sospecha de que, aquel viernes de julio de 1914, un espía alemán de identidad desconocida y que operaba desde hacía dos años en las islas iba a ponerse en contacto con H 21, probablemente Margaretha Zelle. Una oscura leyenda rodeaba a aquella seductora mujer. Había sido la amante del hijo de Guillermo II, se creía que trabajaba para los alemanes, se sospechaba que también lo hacía para los franceses, se había asegurado que incluso había pertenecido al servicio secreto británico. Stacy y Ranken la habían seguido durante toda la mañana. Había desayunado tostadas y un zumo de naranja en el hotel donde se encontraba alojada y ojeado un ejemplar de The Times que había pedido a un mozo. Más tarde, había acudido al teatro en el que actuaría a partir del día siguiente y almorzado frugalmente en un céntrico restaurante con el director de la sala. Nada sospechoso. Un coche de alquiler la había llevado hasta las instalaciones que albergaban la competición. Finer entró tras ella. Lansky, el favorito en todas las apuestas para alzarse con el título, colaborador e informante ocasional de los servicios secretos de Su Graciosa Majestad, también permanecería alerta durante el torneo. El agente Woods completaba el operativo en el exterior, por si la bailarina que decía ser hija de un brahmán y una bayadera y presumía de haber nacido en las orillas del Ganges abandonaba precipitadamente la sala de juego.

Apuró su copa y se sentó junto a la mujer para no perder detalle de ninguno de sus movimientos. La dama, que lucía un escotado vestido gris, extrajo un espejito de su bolso y se retocó el cabello. Recogía su oscura melena de arrebatadores reflejos color miel con un pasador dorado. Sus gestos eran lentos, elegantes. Observó su magnífico rostro. Quizás la nariz un poco grande, pero no le restaba armonía al conjunto. Su mirada era aparentemente lánguida pero inteligente a la vez y en ella se adivinaba un punto de ambición. James Finer se amonestó por perder el tiempo evaluando el físico de la bailarina, se encontraba de servicio. Su cometido era otro bien diferente, tenía que mantenerse alerta si quería captar cualquier detalle fuera de lo corriente. Miró a su alrededor. Los distinguidos miembros del club y demás aficionados seguían con interés las partidas, de pie junto a los tableros, o en la distancia, como el vigilante y la vigilada, sentados frente a los cuatro tableros murales que reproducían los juegos. El parlamentario cabeceaba. Finer se fijó en un gordo sonrosado que no perdía de vista a la mujer sentada a su lado, visiblemente inquieto. El agente decidió hacer lo propio con aquel individuo de comportamiento sospechoso.

Pasaron las horas sin que ocurriese nada anormal. La rítmica cadencia del paso del tiempo en los relojes de competición, algunas toses, conversaciones lejanas, en la zona del bar. La dama se levantaba de vez en cuando para ver de cerca a los jugadores, y prestaba especial atención a las partidas del máximo favorito, Lansky, y de Dagot, un atractivo militar francés de mediana edad que jugaba de uniforme y uno de los ajedrecistas más fuertes de su país. Era evidente el desinterés por el juego de Anselmi, cosa que irritaba al italiano, que no cesaba de levantar la vista para atraer la atención de la famosa bailarina. En una de las idas y venidas de la diva, Finer observó cómo las mejillas del gordo enrojecieron cuando Margaretha le rozó al dirigirse hacia la zona de juego, donde permanecía cerca de un cuarto de hora antes de volver a tomar asiento. No podía descartar ninguna posibilidad todavía, pero la actitud de aquel hombre se parecía más a la de un tímido admirador que a la de un espía. Aquél no podía ser el contacto. Entre jugada y jugada, Lansky también controlaba la sala, en busca de una señal, de algo fuera de lo ordinario. Nada.

El militar francés jugaba enérgicamente sobre el enroque de Sir Sutherland, pero tenía material de menos. Los dos irlandeses del cuarto tablero porfiaban en una posición muy igualada, anodina, según observó la hermosa artista. Su boca era carnosa. Finer asintió y comentó alguna obviedad. Mata-Hari llamó su atención sobre el poderoso alfil del francés aquí ella le hizo un guiño que el agente no supo entender y el interesante desarrollo de la partida del favorito, de la que le comentó en voz baja los últimos movimientos. Al poco, Lansky y su oponente, un terrateniente brasileño de oronda figura, firmaron tablas en el juego que Margaretha le acababa de comentar, una partida que podría haberse prolongado durante más movimientos, según su modesto entender. Anselmi perdió su partida al ser incapaz de frenar las fuertes acometidas de un belga que presumía de poseer las patillas más pobladas de Occidente. Finer la valoró, dentro de sus evidentes limitaciones, como una partida espectacular.

Poco después de la rendición del italiano, el gordo de extraño comportamiento se puso el abrigo y salió del local. Finer siguió sus pasos y se asomó a la puerta principal. Con una seña le indicó a Woods que le siguiera calle abajo, por precaución. Woods agradeció la orden con una leve inclinación de cabeza, se le estaban entumeciendo los huesos, y, levantando el cuello de su abrigo, se adentró en la brumosa noche londinense tras el sospechoso. En la sala de juego todo continuaba igual. De hecho, salvo la anécdota del obeso enamorado, porque todo parecía indicar que se trataba sólo de una anécdota, todo continuaba igual, igual, exasperantemente igual desde el inicio de las partidas. Los alemanes acostumbraban a pasar los mensajes en forma de pequeñas bolas ocultas bajo las uñas. O dentro del oído. Nada de eso había podido ocurrir en el club. Ni una aproximación a la hermosa artista, nada extraño.

El silencio envolvente de la competición y el sigilo con el que se movían los presentes habrían delatado cualquier comportamiento diferente al habitual, el más insignificante agente, el menos avisado, lo habría advertido. Finalizaron las dos partidas restantes con sendos empates. Mata-Hari se dispuso a abandonar el recinto, como los demás asistentes, pero antes se acercó al oficial francés y se presentó. Finer encontró aquel gesto sumamente descarado para una mujer, pero la moral de las artistas del continente parecía ser muy diferente a la que debía tener una dama inglesa. Se encolerizó al ver que al mismo tiempo la bailarina deslizaba la tarjeta de su hotel bajo los guantes del oficial, todavía encima de la mesa. Qué atrevimiento. Relacionó aquel gesto más con la atracción que se decía sentía la exótica Margaretha por los uniformes y los militares contenidos en su interior que con la propia misión de seguimiento en el torneo de ajedrez. A pesar de ello, no quiso que en su informe quedasen cabos sueltos. Se acercó a Lansky y, tras felicitarle por la excelente competición realizada hasta el momento, le dejó encargado averiguar si la tarjeta escondida debajo de los guantes de Dagot contenía algún mensaje. Recordó el comentario sobre el poderoso alfil del francés... no, no podía admitir semejante grosería. Ojalá aquella mujerzuela con maneras de cortesana abandonase las islas cuanto antes. Era amoral, indignante.

Superado el silencio de las partidas, los admiradores de la artista se congregaron a su alrededor. La mujer era realmente atractiva. Y encantadora, hasta Finer debía admitirlo. Atendió con coquetería a todos aquellos caballeros hasta que llegó un coche que la condujo hasta donde se hospedaba. El agente fue uno de los últimos en dejar el club. Respiró satisfecho, allí no había ocurrido nada, aún en el supuesto de que la Zelle fuese una espía alemana, cosa que él ponía en duda. Una mujer guapa, deslumbrante, y famosa no podía ejercer de espía, en tanto que en cualquier aparición pública se convertía en el centro de todas las miradas. El buen agente secreto debía ser, ante todo, discreto como él. Invisible. Salvo que Woods o Lansky descubriesen algo revelador, en su informe reseñaría la inocencia de Mata-Hari. La investigación debía reorientarse, en su opinión, hacia la otra sospechosa, Clara Benedict.

Era una de las mejores suites del hotel. Mata-Hari había exigido que la decorasen con motivos orientales. Incluso había hecho traer algunas piezas de su residencia de Neuilly. Aprovechaba cualquier pretexto para alimentar la misteriosa leyenda que rodeaba su origen. Java, la India... Sin cambiarse de ropa, tomó una cuartilla con el membrete del hotel en uno de sus ángulos superiores y se sentó frente al secreter, donde había un pequeño elefante de marfil y un tablero de ajedrez, con las piezas dispuestas en la posición inicial. Siva, atento desde un rincón de la estancia, observaba el rutinario quehacer de la espía. Comenzó a reproducir una de las partidas presenciadas aquella tarde y a anotar las jugadas en la cuartilla: 1. e4, c6; 2. d4, d5; 3. Cc3, dxe4; 3. Cxe4, Cf6... Simplemente había tenido que memorizar la partida de Lansky, todo había resultado muy sencillo, hasta gracioso. El tipo obtuso sentado a su lado toda la tarde había confiado parte de su vigilancia al agente doble Lansky, Suchowljansky, H 16, sin lugar a dudas el mejor espía del kaiser. Y precisamente Lansky, y el brasileño, otro hombre de entera confianza, habían sido los encargados de hacerle llegar el mensaje cifrado por medio de una partida preparada de antemano, un mensaje evidente, público, una información vital comunicada a la vista de todos los asistentes. Transcribió las veinte primeras jugadas separándolas adecuadamente y extrayendo los símbolos innecesarios, listas para su decodificación: e4c6d4d5 cc3de4 ce4 cf6gf6 cf3 ag4c3 dc7 ad3e6 ae3 cd7h3 ah5g4 ag6h4000 ag6hg6 da4 rb8000 cb6 dc2 cd5c4 ce3fe3f5g5 ag7 dh2dh2. La notación algebraica, adoptada por Alemania en el siglo XVIII, apenas se utilizaba en Gran Bretaña, país donde el sistema descriptivo gozaba de gran aceptación. Abrió el libro de códigos. “H 21 regreso inmediato Berlín. Instrucciones precisas. Posterior misión Francia. Inminente guerra europea”. Regresaría de inmediato a Berlín, sí, pero no podía cancelar las tres actuaciones contratadas, resultaría demasiado sospechoso. Sacaría un pasaje para dentro de cinco días. Primero tenía que destruir unos cuantos documentos... y concertar una cita para el lunes con un atractivo oficial francés, jugador de ajedrez, de nombre Dagot, en el Ritz.