Se reunieron los consejeros que ambos hermanos designaron con el objeto de poner fin a la guerra, una contienda por el control del reino que se había prolongado durante demasiados años y que ya había costado demasiadas vidas. Según cuenta el antiguo poema persa, lo hicieron en el salón principal del palacio del noble Ferdusí, quien desde el principio se mostró neutral en el conflicto sucesorio derivado del repentino fallecimiento del rajah. Tras disfrutar del banquete ofrecido por su anfitrión, entraron por la derecha los enviados del hermano mayor y tomaron asiento, todavía con las copas en la mano, en lujosas sillas colocadas formando una media luna. Lo propio, si bien accediendo a la gran sala desde la izquierda, hicieron los sabios escogidos por el menor, enfrentados a los primeros en unas sillas idénticas y dispuestas del mismo modo a unos pocos metros de distancia. Los criados acudían solícitos y llenaban de vino las copas a una simple señal de los invitados a la conferencia.
Quisieron los unos y los otros convencer a sus interlocutores de la superioridad de sus ejércitos con miras a sellar la capitulación enemiga y, para ello, fueron dejando en el suelo escaqueado unas figuritas que representaban a los dos reyes, a sus respectivos generales, a los elefantes y a los carros y también a los caballeros encima de sus monturas. Lucían magníficas las estatuillas, colocadas en los cuadros de teca y marfil sobre los que se movían los consejeros para reproducir, en el centro del salón, la ubicación de las tropas de los enemistados hermanos. Para una mejor comprensión de la dimensión real de la contienda fueron, por común acuerdo y copa en ristre, simplificando efectivos en la medida de lo posible y retirando infantes, de aquí y de allá, y generales y elefantes de los dos ejércitos, de forma equitativa, hasta reducir la guerra a un espacio acotado de ocho por ocho cuadros.
Dicen unos de los versos cuyo estudio más polémica ha generado entre los especialistas que, sorprendidos, los consejeros no pudieron evitar sonreír al comprobar que las fuerzas de ambos hermanos habían quedado completamente niveladas. Algo insospechado y sorprendente, habida cuenta de los primeros tres años triunfales de las tropas del hermano mayor y el avance del menor hasta tomar la capital del sur durante la última campaña de invierno. Se miraban incrédulos y achispados y pedían más vino. Uno canturreaba “de infante a infante, ¡siempre adelante!” y exhibía impúdicamente su boca desdentada mientras los más juiciosos, cuenta el poeta persa, continuaban reproduciendo la guerra sobre el improvisado tablero y las maniobras de los carros y de los generales sobre las casillas de teca y marfil. Y, de este modo, asignaron al elefante el movimiento de tres escaques hacia adelante y convinieron en que el de los infantes fuera menos ambicioso. Los más viejos, cansados por lo mucho que se estaba prolongando una reunión que no tenía visos de resolver el problema en un plazo corto de tiempo, se retiraron a un rincón a jugar un rato a los dados, a ver si así se les aclaraban, entre tanto, un poco las ideas. “El caballero va al centro del tablero”, acompañaba otro la cancioncilla ebria de aquél y, de pronto, se tambaleaba, tropezaba y dejaba escapar una risotada por culpa del vino que tan generosamente escanciaban los criados de Ferdusí.
El encuentro se prolongó, sin que podamos aventurar a qué conclusión se llegó, a lo largo de toda la noche y también durante los cinco días siguientes. Días sin descanso de estudio de los avances y de las casillas. De uno hacia delante, de dos hacia atrás. Y, asimismo, de dados y de vino. De general, de carro y de elefante, avanzas tres, y de infante, ¡siempre adelante!
Y éste y no otro sería, según la teoría más ampliamente extendida, el origen legendario del juego de la oca.
(Cuento originalmente publicado en Capakhine : revista para niños ajedrecistas y sus padres, nº 9, abril-mayo 2017, págs. 54-55)
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lunes, 6 de noviembre de 2017
lunes, 15 de mayo de 2017
Un par de colaboraciones
Los meses de marzo y abril quedaron atrás y no los pude consignar como merecían. Tuve ocasión de colaborar, por partida doble y con dos textos muy diferentes, en la revista Capakhine y en Radio Klara:
- En el mes de marzo se leyó en Tenemos mucho cuento, el programa de la valenciana Ràdio Klara dedicado a la literatura, mi relato Eolia, un viejo conocido de todos y de la radiodifusión nacional. El cuento se puede escuchar a partir del minuto 36.55 del siguiente enlace. Gracias, Elena, por facilitar mi participación en el programa.
- En el número 9 de la revista Capakhine, correspondiente a los meses de abril y mayo, apareció publicado un nuevo relato de temática ajedrecística (o no), hasta entonces inédito, titulado Un antiguo poema persa. Había colaborado anteriormente en Capakhine, concretamente el verano pasado, con el cuento Juegue como un Gran Maestro.
viernes, 15 de julio de 2016
Juegue como un Gran Maestro
En el último número de la revista Capakhine podéis leer mi cuento Juegue como un Gran Maestro, una nueva aventura de Paquito, el niño ajedrecista que ya había aparecido en uno de los relatos que integraron el libro Las jugadas intermedias.
Creo que ya son sesenta y cinco las historias de ajedrez que llevo escritas y recuerdo que, al publicar las treinta primeras, admití mi incapacidad para crear nada más nuevo alrededor del juego. Me equivocaba entonces, y mucho, aunque sería muy ingrato si no reconociera públicamente la ayuda que muchos colegas me han prestado a lo largo de estos años -contándome peripecias de diverso pelaje- para que siguiera adelante con esta empresa tan gratificante.
Este relato, en concreto, le debe mucho a una anécdota que me contó mi amigo Frederic Andreu. Gracias, maestro.
Creo que ya son sesenta y cinco las historias de ajedrez que llevo escritas y recuerdo que, al publicar las treinta primeras, admití mi incapacidad para crear nada más nuevo alrededor del juego. Me equivocaba entonces, y mucho, aunque sería muy ingrato si no reconociera públicamente la ayuda que muchos colegas me han prestado a lo largo de estos años -contándome peripecias de diverso pelaje- para que siguiera adelante con esta empresa tan gratificante.
Este relato, en concreto, le debe mucho a una anécdota que me contó mi amigo Frederic Andreu. Gracias, maestro.
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