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miércoles, 26 de febrero de 2014

El maestro Pallardó

Como tenía la mañana libre me acerqué hasta el campo del Júpiter. Había visto en el diario deportivo que el Sants, el equipo a cuyos partidos iba acompañando a mi padre en mi adolescencia, jugaba allí. Me encontré con que el estadio estaba medio vacío. Recordé con añoranza esas mismas instalaciones llenas a rebosar cuando ambos conjuntos disputaban los derbies en Tercera. Aquel ambiente de fútbol, aquella pasión de la rivalidad local. Las gradas, sin embargo, ofrecían ese mediodía un aspecto desolador. Los dos clubes estaban pasando por una delicada situación, tanto económica como deportiva. Apenas cuatro viejos aquí y allá, grupos de chiquillos con el chándal rojinegro de las secciones inferiores del equipo local y familiares y novias ocupando algunos de los asientos de plástico azul oscuro de tribuna. Imagino que el panorama será similar en la mayoría de campos de las categorías territoriales. Corren malos tiempos para el fútbol modesto.

Dio inicio el partido. Por megafonía se dieron las alineaciones de ambos equipos precipitadamente, ya con el balón en juego. El Sants pronto empezó a trenzar buenos pases en el mediocampo pero en cuanto abría la pelota a la banda las jugadas de ataque se perdían en centros espantosos. Dos esféricos consecutivos fueron a parar a la calle, golpeando con virulencia uno de ellos en el tejadillo de la churrería de la calle Cantabria. Los locales parecían muy desorientados. Se los veía desbordados y sin capacidad de reacción ante las acometidas del Sants. A los diez minutos comenzaron a oírse los primeros murmullos de descontento.

- ¡Ay, mamá! ¡Ay, mamá! –escuché gritar a uno de los vejestorios sentados unas cuantas filas detrás de mí.

Uno de los chavalines en chándal que tenía cerca empezó a imitar la voz del abuelo por lo bajini. Los otros rieron. Un pecoso aplaudió la gracia como un chimpancé al que acaban de obsequiar con un plátano tras un número circense. Alguien a mi derecha chasqueó la lengua. Creí entender que el anciano era un habitual y que sus comentarios no siempre eran demasiado bien recibidos por la propia parroquia local. Un centrocampista grisgrana dio un pase horizontal horripilante, dirigido al lateral derecho, que se perdió fuera de banda. Tan sencillo en apariencia como mal ejecutado.

- ¡El pase de la muerte, tú! ¡Éste tío sí que ha hecho el pase de la muerte! –volvió a protestar la voz del veterano seguidor.

El partido poco a poco fue igualándose, más por demérito del equipo visitante que por mejora en el juego del Júpiter. Chocó un delantero local con el central del Sants, quien cayó al suelo como fulminado y, acto seguido, comenzó a retorcerse sobre el césped artificial agarrándose con la mano el tobillo derecho y chillando como un animal malherido. Nadie lesionado de verdad grita de ese modo. Lo sabíamos todos los espectadores, lo sabían los futbolistas. Quizás incluso también el árbitro quien, a pesar de todo, autorizó la presencia del fisio de los franjiverdes.

- ¡Está malito el nene!, ¡está malito el nene! –se mofó el abuelo. También él se había dado cuenta de que el del Sants había simulado la lesión con intención de forzar una tarjeta para el adversario y detener el juego. El defensa cojeó de manera ostensible hasta alcanzar la línea lateral, ayudado por el fisio. Pidió reincorporarse al campo inmediatamente–. ¡Qué doctor, tú!, ¡qué doctor más bueno!, ¡eso es un médico! –siguió burlándose de la instantánea curación del fornido defensor aquel yayo tan crítico.

Masculló el de mi derecha algo que no conseguí entender. Por el tono no me pareció amable. Dedicó hacía atrás una mirada significativa. Era evidente que ambos eran habituales en la Verneda y que el veterano comentarista no le caía precisamente bien. A mí, sin embargo, el chascarrillo me había hecho gracia y sonreí, buscando identificar entre las últimas filas al ingenioso caballero.

Lo reconocí enseguida. Había perdido bastante pelo y se le veía con algunos, demasiados, kilos de más. Maurici Pallardó parecía el gran gorila blanco, sentado con las piernas separadas y recostado hacia atrás, las manos descansando sobre los muslos. Estaba solo. Parecía como si nadie hubiese querido sentarse cerca de él. Seguía el partido con atención y la boca medio abierta. Tenía el tembleque que le recordaba de los últimos torneos en los que lo había visto, hacía como cosa de año y medio, si bien más exagerado. El maestro Pallardó era una institución en el mundo del ajedrez, un raro caso de jugador admirado por los más veteranos y respetado por quienes hacía poco que se habían iniciado en el juego. Yo nunca había tenido ocasión de hablar con él y jamás un sorteo nos había emparejado delante de un tablero pero había visto cómo grandes maestros y fuertes maestros internacionales siempre tenían una buena excusa para saludarlo entre ronda y ronda o para acercarse hasta su partida, recién acabada, y comentar con él alguna línea. A Pallardó le apasionaba el ajedrez. Podía vérsele a menudo analizando las posiciones de los chicos que empezaban en el club, detalle, o más bien concesión, del todo inusual en alguien de su contrastada categoría. Aunque su nivel había decaído con el paso de los años, todavía podía considerárselo un fuerte ajedrecista, capaz de dar aún algún susto a los primeros del ranking en los torneos en los que participaba.

 - ¿Cómo cuelgan balones al área si son todos enanos? Chico, es que no saben más –se mofó Pallardó de los suyos.
- ¡Cállate ya, chalado! El abuelo éste de los cojones… –le increpó mi vecino de localidad.
- ¡Payaso! ¡Estamos hartos, cada semana la misma cantinela! –se oyó a otro. Tenía aspecto del chorizo habitual de estación de autobuses o de cosa mucho peor.
- ¡Quédate en casa, abuelito! –se sumó al linchamiento un tercer descontento desde algún lugar. Me pareció que empleaban una crueldad, una saña excesiva para manifestar su disconformidad con el maestro.

Pallardó los miró con los ojos acuosos. Movía el labio inferior. Le temblaba como una hoja. Su mirada se cruzó con la mía. Ensayé un tímido gesto para llamar su atención por si me reconocía de haberme visto en las salas de juego. O de aquel verano en Benasque, hace ya tantos años, cuando tuve ocasión de verlo analizar por primera vez. Aquel año estuvo jugando siempre en los tableros de arriba del internacional y creo que acabó entre los diez mejores y llevándose el premio de belleza por una partida en la que entregó a un belga una torre y un alfil por dos peones. Un resultado muy meritorio habida cuenta la dureza de una competición de esas características. Dábamos un paseo por los alrededores del pueblo, en el pirineo oscense, y lo vimos, de pie, conversando amigablemente con dos adolescentes, como nosotros, que miraban una partida sentados en una especie de merendero. El maestro preguntaba a uno de ellos por la partida de la ronda de la tarde anterior, por la continuación, ya que había visto que habían llegado a una posición interesante de ataque sobre enroques opuestos. Los chicos parecían abrumados por el interés del maestro en la línea jugada hacía apenas unas horas. El compañero de club que me acompañaba y yo nos acercamos y disfrutamos del modo didáctico en que el maestro Pallardó le explicó al muchacho cómo podría haber seguido para salvar la posición. Lo recuerdo fijando sus ojillos en los escaques, sujetándose la barbilla y golpeando con acompasada suavidad el labio con el dedo índice antes de ejecutar los movimientos en el tablero. Explicando el porqué de cada jugada, la razón por la cual había que descartar la que nos parecía la mejor defensa. Un auténtico placer para todos nosotros, meros aprendices.

No me vio, sin embargo, el maestro. Seguía atento las evoluciones de los futbolistas, quienes corrían arriba y abajo tratando de coordinar, sin mucho éxito, jugadas con criterio. Decidí acercarme a él al final del partido y saludarlo. Una serie de pases en corto de los jugadores del Júpiter acabó en un corte de los nuestros y un rápido contraataque del Sants que el portero local supo desbaratar con una excelente intervención. Aquello volvió a encresparlo.

- Pero, ¡cámbiala, cámbiala! ¡Tonto de baba! Sólo saben jugar a la sombra de tribuna. Pero, ¿no ves que el chaval está solo en la otra banda? –se cebó en el extremo que había acabado perdiendo el control del balón. Reclamaba un pase en largo que jamás se produjo.
- ¡Tonto de baba!, ¡ha dicho tonto de baba! –volvieron a burlarse los cadetes del Júpiter. Se estaban pasando una bolsa de pipas. Nunca habían oído llamarle así a nadie.
- Abuelo, si no hacen esos cambios de orientación en el juego es porque no dan más de sí. Si supieran hacerlos no estarían jugando en Preferente, ¿no cree? Estarían en Segunda B o en Tercera –se oyó a uno decirle a Pallardó para, a continuación, añadir dirigiéndose a la grada en general–, éste se piensa que aquí va a ver a Schuster o a Platini.
- ¡Qué malos son, qué malos son! –seguía, él a lo suyo, el maestro Pallardó. Y repetía en un susurro– ¡pero qué malos!
- ¡Que te calles, carcamal! Ya me estás calentando. No quiero oírte más, ¿te enteras? A ver si animas un poco, que parece que sólo vengas aquí a desmoralizar a los chavales –se volvió vociferándole como un energúmeno el que supuse sería el padre de uno de los jugadores.
- ¡Hartitas nos tienes ya, abuelo! –aprovechó el revuelo general que había provocado el maestro una novia de futbolista que tenía pinta de fulana con varios trienios, la cual seguía el partido parapetada detrás de unas gafas de sol de agente de tráfico norteamericano.

Sólo entonces pareció Pallardó tener conciencia de la animadversión general del público hacia su persona. Los niños le dirigían gestos burlescos con total impunidad y un hombre que tomaba notas dos asientos más allá, acaso un directivo o un ojeador, también se rió de él abiertamente. Continuaba el veterano ajedrecista con la boca abierta, con expresión desolada, ahora con la mirada concentrada en sus gastados zapatos color marrón. Una pena inmensa se apoderó de mí al ver el cruel declive del gran campeón, convertido en patético bufón, en el tonto del pueblo. Un indescriptible sentimiento de tristeza y de vergüenza, tanta que decidí no decirle nada al término de los noventa minutos. Por él, por mí. El respetadísimo maestro para aquella gente no era más que un viejo chocho, una ruina desquiciada, un pelele del que mofarse. Al cabo, se levantó y se marchó con la cabeza gacha. Nadie le hizo el menor caso.

Se perdió la victoria del Júpiter por dos a uno.

miércoles, 16 de octubre de 2013

Anatoly o Un lugar en los Urales (2/2)

Me disponía a seguirle cuando me fijé en la fachada en la que poco antes había estado apoyado Garry. En el lienzo de la pared se distinguían con claridad unas mellas, las marcas características que dejan los disparos. Principalmente se concentraban en la parte en la que habíamos estado hablando, pero las señales también aparecían en los restantes edificios que cerraban la plaza. Asimismo, pude observar algunos tiros en los restos de la casa incendiada, que no había sabido ver antes de darme cuenta de la presencia de Garry.

- ¿Qué pasó aquí? ¿Tuvo algo que ver con la revolución que mencionó Garry?
- ¿Revolución? No, no hubo tal revolución. Se desarrolló una pequeña revuelta, no voy a ocultárselo. La plaza Bugojno fue el principal escenario de los disturbios de 1985, a raíz de la derrota de Karpov ante Kasparov en Moscú. La plaza Bugojno, la plaza Tilburg o Merano, las calles Baguio, Reggio Emilia, Wijk aan Zee, Linares, Skopje... reciben el nombre de célebres victorias de Karpov. Entienda que le cambie de tema, pero no nos gusta hablar demasiado sobre lo que pasó. Ya han pasado dieciocho años y la herida casi está cerrada definitivamente. Siempre es desagradable recordar una cosa así.
- Le comprendo, le comprendo. Discúlpeme, no fue mi intención incomodarle.
- ¿Le hablaron de nuestro célebre amanecer? –dijo, guiñando un ojo.
-  Ja, ja, claro que sí, mañana seré el primero en levantarme.
- El segundo, amigo mío, iré a buscarle y lo veremos juntos desde la capilla de San Anatoly.

Me encontraba parloteando con el alcalde de temas banales, pero mi pensamiento continuaba en la plaza Bugojno. ¿Cómo habría sido el amanecer del día después del terrible incendio de 1985? ¿Qué habría sido de sus propietarios? Nunca me hubiese imaginado que una derrota ajedrecística pudiera provocar desórdenes. De hecho, sólo concebía los disturbios deportivos asociados al fútbol, la pasión embrutecedora por antonomasia, y, por supuesto, al baloncesto griego. Era evidente que en la aldea en la que me encontraba el ajedrez se vivía de un modo muy especial, era su referente, hasta el punto de que sus habitantes salían a la calle a manifestar su alborozo o pesadumbre tras las partidas decisivas disputadas por su ídolo.

Continuamos el paseo nocturno en silencio hasta que alcanzamos la calle mayor a la altura de la panadería. Entramos en un amplio local. Andrei Ilich nos saludó desde la barra, sonriente. Apenas tenía apetito, y pedí un filete y una jarra de cerveza. Nos sentamos en la punta de una de las cinco grandes mesas alargadas en las que los vecinos charlaban amistosamente. Me presentaron a Timofei Semionich, a Ivan Andreich, a Anatoly Ivanovich, a Stepan Nikifiorovich, a Igor Antonich, a Anatoly Ilich, a Anatoly Pavlovich… Sin ningún esfuerzo consiguieron que me sintiese uno más, un vecino que tomaba una cerveza con sus amigos en la taberna tras una dura jornada en el campo. También estaba Anatoly, el hijo del alcalde, bromeando con el hombre del caballo tatuado, entre tragos de vodka frío. Di buena cuenta de mi cena y vacié mi jarra, mientras el señor Panov me hablaba de la historia de la comarca, del pueblo, de los recursos de la zona, de sus mujeres, de la filatelia, del ajedrez... Elevaba su tono por encima de las conversaciones superpuestas, entremezcladas. Su charla era amena e interesante, me encontraba muy a gusto conversando con el filatélico. Nos sirvieron dos jarras más. Con gesto cómplice me invitó a que me levantase y me condujo hasta la pared más larga de la taberna. Estaba cubierta con fotografías de todo tipo y medida del campeón de los Urales. Desde el techo hasta el suelo, con marcos de madera, trabajada o sin labrar, marcos más o menos humildes, metálicos, gruesos o delgados, marcos de plástico negro, de color. Fotos del niño Anatoly, de sus padres, fotos de Karpov delgado, de mediados de los años setenta, con la misma apariencia enfermiza que imitaba con éxito el joven Panov, fotos de Karpov recientes, entrado en kilos, Karpov jugando contra Korchnoi en Merano, contra Kasparov en Sevilla, en un encuentro que había finalizado con empate a cuatro a pesar de que todo el mundo creía que Karpov había sido derrotado, contra Padevsky, contra la Chiburdanidze, contra Larsen, Short, Salov y Kamski, al que el genio de Zlatoust descalabró en una portentosa exhibición en Elistá en 1996, como había hecho años antes con un tal Andrei Sokolov según me contó el alcalde, Karpov vencedor alzando un trofeo en Tilburg, rodeado de gruesos álbumes colocando un sello con unas pinzas, Karpov firmando un autógrafo a unos niños, con su mujer Natasha y su hijo, Karpov abrazado a su primera esposa, ofreciendo una sesión de simultáneas en el pueblo, delante del ayuntamiento, Karpov sonriendo junto al señor Panov en una fotografía dedicada por el ajedrecista, Karpov jugando al tenis, Karpov embajador de la Unicef, dos caricaturas al carboncillo de Karpov... El filatélico ilustraba su explicación con todo tipo de anécdotas del héroe local. Me llevé a los labios la cuarta jarra de cerveza, francamente divertido, dejándome llevar por aquel ambiente tan acogedor.

- ¡Acercaos!

Un hombre de los que me habían presentado se dirigía a la parroquia en general. Seguía el desarrollo de una partida que jugaban otros dos campesinos que me habían dado la bienvenida poco antes. ¿O llevábamos ya horas allí? La agradable conversación de mi anfitrión y la cerveza, siempre la cerveza, me habían hecho perder la noción del tiempo. Nos acercamos a ver la partida, como hizo la mayoría de los clientes de la taberna.

- ¡Qué defensa!
- Ánimo Petrosian, ja, ja, ja.
- Reíos, pero el joven Anatoly Antonich ha detenido el ataque de manera precisa y original, y no veo el modo de que las blancas concreten su ventaja de espacio.
- Eso es cierto. El caballo y la torre no tienen casillas, pero ha frenado el ataque, creo que definitivamente.
- Las negras tienen más fichas, pero hay jaque mate.

Noté que mi intervención provocaba murmullos. El señor Panov me explicó que lo que yo anunciaba no era cierto, que no había mate, ni siquiera existía tal amenaza, que dentro de cinco o seis movimientos las blancas tendrían que ir cediendo espacio y la ventaja material de Anatoly se convertiría en decisiva. Y que en ajedrez se hablaba de piezas, y no de fichas. Continuamos mirando el juego dentro del corro, integrado por cada vez más personas. Entre vodka y vodka, el alcalde me comentaba las jugadas de los dos contendientes y, efectivamente, el joven que conducía las negras pasó al contraataque de modo enérgico. Reconocí mi torpeza.

- Buena defensa, Anatoly.
- Bravo, Anatoly, tienes la precisión de Karpov, el concepto de Capablanca, la visión de Petrosian, ja, ja, ja. El talento de los mejores.
- Ja, ja, ja y ¿qué tiene de Kasparov? Porque Kasparov es el mejor, ¿no?

Mis ebrias palabras produjeron un silencio repentino, inquietante e hiriente a la vez. Los parroquianos me miraron ofendidos e incluso los dos jugadores interrumpieron la reflexión en la que se hallaban sumidos buscando al autor de aquella frase. Igor Antonich escupió.

- Disculpadle, apenas sabe nada de ajedrez.
- Es cierto, no sé nada, lo ignoro casi todo, pero leo los periódicos. Kasparov es el mejor jugador de la actualidad. Creo que es el campeón y eso no lo discute nadie –insistí, con la vehemencia e inoportunidad que confiere el alcohol a las palabras de un beodo. Igor Antonich volvió a escupir, esta vez tras una sonora expectoración, lanzándome una mirada de profundo rencor.
- Amigo mío, Kasparov no es el mejor ajedrecista del momento. Hace un año le venció Kramnik con claridad y en el reciente enfrentamiento entre Rusia y el resto del mundo celebrado en Moscú, le han derrotado varios jugadores a priori considerados inferiores. Judith Polgar le dio una buena lección. Además, hace años que no es campeón del mundo. Renunció al título cuando fundó su propia asociación, autoproclamándose campeón. Se llamaba o se llama... la GMA, la PCA, la WCC... no recuerdo con exactitud, perdóneme –mientras el señor Panov me dirigía estas palabras observé que algunos de los hombres del corro, que se iba disolviendo poco a poco, cuchicheaban entre sí.
- ¿Ah, sí? Y, ¿quién es el campeón entonces? ¿Ese Kramnik?
- No, el campeón es Karpov. Kramnik es el campeón reconocido por la asociación de Kasparov –comprobé que Igor Antonich escupía al suelo con una mueca de infinito desprecio cada vez que mentábamos al ajedrecista azerbayano.

Percibí cierta irritación en el tono del alcalde, por lo que le invité a otra jarra de cerveza. Los dos jugadores dejaron su partida en tablas y uno de ellos abandonó el local precipitadamente, seguido por el hombre del tatuaje y tres campesinos más. El hijo del señor Panov hablaba con Andrei Ilich y un anciano con aspecto de sifilítico.

- ¿Karpov campeón? ¿Bromean? Si hace años que no se comenta nada de él ni en televisión ni en los diarios –inconsciente, continué con una conversación que de estar sereno ni se me hubiese ocurrido iniciar.
- Señor –definitivamente, su tono cordial había dado paso a cierto enojo– cuando Kasparov abandonó la federación internacional, el título se dirimió entre Karpov y Timman, en la final de Amsterdam y Yakarta, en 1993. Karpov recuperó la corona mundial. En toda la historia del juego, sólo él, Alexander Alekhine y el genial Mikhail Botwinnik han sido capaces de recuperar el título. Lo retuvo hasta el campeonato mundial de Elistá de 1998, en el que derrotó con solvencia al aspirante, el indio Anand. Le podría reproducir movimiento por movimiento el memorable final de la primera partida del encuentro, dos torres contra dama, que ganó en ciento ocho jugadas. Absolutamente genial. En la siguiente edición del mundial se le privó del derecho fundamental que tiene todo campeón, el de defender su título. Se le obligaba a jugar la fase final del campeonato desde las rondas iniciales, bajo las mismas condiciones que los aspirantes. Fíjese bien, señor, las mismas condiciones que los aspirantes. Resulta increíble, ¿verdad? No se ha dado otro caso igual en la historia del ajedrez. Por eso renunció a disputar el mundial. Por eso seguimos considerando que es el campeón.
- Pero es ridículo, es como si hubiese alguien que todavía considerase campeón mundial a aquel americano que también se negó a jugar. Esta tarde su hijo me habló de él ¿Cómo se llamaba? –percibí que eran muchos los clientes que seguían nuestras palabras desde sus mesas, bisbiseando después de cada una de mis intervenciones. Algunos se habían marchado ya, pensando en la jornada del día siguiente.
- Fischer es un caso aparte. A él no se le negó la defensa de su corona. Simplemente quería imponer unas condiciones inaceptables y por eso fue desposeído del título. Imagínese, señor, el campeón debía vencer en diez partidas, pero el empate a nueve le permitía retener el título. ¡El aspirante debía sacarle dos puntos de ventaja al campeón! Son casos diferentes.
- Pero...
- Pero... ¿qué? Espero que no esté discutiendo a un hombre que ha sido campeón del mundo de semirrápidas y de partidas a dos y cinco minutos, que ostenta el record absoluto de torneos conquistados, que permaneció entre los dos primeros puestos del ranking mundial durante veinte años, cuya trayectoria ha sido premiada con una decena de prestigiosos oscars del ajedrez concedidos por la AIPE. Incluso sus detractores, como parece ser usted, recuerdan muy a su pesar el torneo de Linares de 1994, considerado el campeonato del mundo oficioso, donde consiguió una histórica performance de 3000 puntos elo, sumando once puntos sobre trece posibles. Por delante de Shirov y de Kasparov –un nuevo salivazo de Igor Antonich.

Concluyó su intervención dando un fuerte golpe con la jarra metálica en la barra. El hombre estaba colérico, no sabía qué decir para tranquilizarle. Me di cuenta de que había llegado demasiado lejos, discutiendo sobre un tema que ignoraba por completo. Le hizo un gesto a Andrei Ilich, que se puso un grueso chaquetón tras secarse las manos. El tabernero fue a hablar con un grupo de clientes que nos miraban silenciosos y salieron a la calle.

- Lamento profundamente haberle molestado.
- Buenas noches, señor.
- ¿Puedo hacer algo para arreglar este incidente? –intenté darle un abrazo. Borracho como estaba, me pareció la mejor manera de zanjar aquel lamentable episodio.
- Buenas noches, señor –repitió, con una voz fría, casi metálica, zafándose de mi abrazo etílico.

Me puse el abrigo y salí al exterior. La calle estaba desierta. Se levantó una desagradable ráfaga de aire frío que hizo ondear los sonrientes Karpovs sobre el colmado, las filatelias, la carnicería, la botica de la calle mayor. Respiré hondo intentando serenarme. En el cielo se perfilaba la luna llena. Alguien cerró desde el interior las hojas de madera de su ventana. Caminé con paso vacilante y tomé un callejón por el que horas antes había pasado con el alcalde. Había olvidado los sellos, pero preferí no volver a la taberna. Tenía el estómago revuelto. Giré a la derecha y me crucé con Garry, que venía en dirección contraria. Le palmeé la espalda a modo de saludo cómplice, ya que no se había retirado con su madre como nos había dado a entender, pero no dijo nada, limitándose a mirarme distraídamente. Un hilo de baba bajaba por su barbilla. Proseguí la marcha con paso inseguro, llegando a una estrecha calle que no recordaba. Di la vuelta para desandar parte del camino recorrido y me topé con dos hombres que me cerraban el paso con pose desafiante. Me molestó su arrogancia e intenté hacerles a un lado, pero frenaron mi acometida dándome un empujón. Caí al suelo, estaba mareado. Me levanté con dificultad e intenté pasar de nuevo. Los hombres permanecieron inmóviles. Les pedí una explicación y, al no recibir contestación alguna, cogí una calleja que se abría a mi derecha. Calle Skopje. Me encontraba en una pequeña plaza muy mal iluminada. Desorientado, pretendí tomar la primera calle que vi. Ya había pasado antes por allí. O no. Por ella venía un grupo bastante numeroso de vecinos, parecían muy alterados, precedido por dos perros que ladraban furiosamente. Uno de aquellos hombres llevaba una guadaña. Era el hombre del tatuaje. A su lado, una mujer menuda me amenazaba con un martillo, como poseída. Retrocedí asustado y corrí en dirección a la calle mayor en busca de socorro. Me paré en una bocacalle. Miré hacia arriba. Calle Linares. Mi corazón latía con fuerza. Al final de la calle distinguí la puerta pintada de rojo que había llamado mi atención cuando me acompañaba Anatoly Panov. Corrí hasta la ventana y pedí ayuda gritando, golpeándola desesperadamente. La joven madre, en camisón, abrió una de las hojas de madera. Me miró indiferente, adormilada. El que debía ser su marido avanzó pausadamente hacia mí y cerró la ventana dirigiéndome una mirada gélida y despectiva. Caí de rodillas y preferí sollozar a hacerme preguntas. Oí gritos demasiado cercanos. La cabeza me daba vueltas. Tenía ganas de vomitar. No sabía qué estaba ocurriendo, la razón de aquella hostilidad. La enfurecida muchedumbre me acababa de localizar, venía hacia mí avivando cada vez más su paso. Me levanté y continué bajando hacia la calle mayor, mirando hacia atrás, tropezando. Calle Bad Lauterberg, indiferencia tras las ventanas cerradas. Un grupo de hombres y mujeres coléricos, encabezado por Andrei Ilich y un jorobado siniestro con una pistola en el cinto, se interpuso en mi camino y tomé una empinada calleja, por la que venían tres campesinos y varios niños. Quise girar cuando recibí un fuerte golpe en la sien. Caí nuevamente. Oía gritos salvajes. Noté la sangre resbalando por mi mejilla. Alguien me cogió por detrás y me alzó. Antes de que me vendasen los ojos con un pañuelo sucio, seguramente de mi sangre, distinguí entre la turba al hijo del matrimonio que me acababa de negar el auxilio, mirándome fijamente y saludándome de nuevo con su manita. Me condujeron a empujones, mareado, entre náuseas, por calles empinadas. Tropezaba con las paredes. Finalmente, llegamos a lo que me pareció un espacio abierto. Los vecinos bramaban con fiereza y los perros me mordían los tobillos. El miedo me impedía llorar. Recibí un tremendo empellón y choqué contra una pared. Me pareció oír la voz del alcalde Panov.

Reconocí el siniestro clac, clac metálico, el inconfundible sonido del cargador del kalashnikov que no escuchaba desde el servicio militar. En ese instante comprendí que me encontraba en la plaza Bugojno y que no conocería el imponente amanecer de Anatolygorod.

miércoles, 9 de octubre de 2013

Anatoly o Un lugar en los Urales (1/2)

El chico llegó en ese momento, jadeando, anunciando que Anatoly ya tenía las llaves de mi coche y se haría cargo de todo. Se había pegado una buena carrera. El abuelo estaba convencido de que su vecino podría arreglarlo, por lo menos ningún tractor averiado se le había resistido hasta entonces al bueno de Anatoly Fiodorovich. Continuaba limpiando su pipa, sentado junto a la lumbre, tranquilizándome con su serena mirada. No debía preocuparme por el vehículo, mañana estaría listo, sólo tenía que pensar en encontrar un sitio donde pasar la noche. El anciano no podía ofrecerme alojamiento, su cabaña era demasiado humilde, pero en la aldea seguro que encontraría albergue. Cuando nos despedíamos hasta la mañana siguiente, dándome un fuerte abrazo, me recomendó que preguntase por Lev Panov, el alcalde, que encontraría en la filatelia de su mismo nombre. Seguramente él me podría proporcionar habitación. Apenas había avanzado un centenar de metros del precario camino hacia el pueblo cuando le oí gritar mi nombre. Interrumpí mi marcha.

- ¡El amanecer, el amanecer! –el viejo hacía aspavientos desde la puerta de la cabaña.
- ¡Descuide, amigo!

Le agradecí con un gesto el recordatorio. Poco antes me había relatado las excelencias del amanecer en esa aldea, al parecer de una belleza inusual. Contemplé el cielo sobre la colina que se elevaba detrás de su cabaña. El hecho de que aquel cautivador atardecer no llamara la atención de los lugareños sólo podía significar que el amanecer tenía que ser algo realmente excepcional, único. El viejo entró por fin. Me encontraba a poco más de un kilómetro del pueblecito. Me pareció muy curioso que un lugar que en la distancia parecía tan pequeño contase con una filatelia y no tuviese un taller mecánico, por ejemplo. Claro que si Anatoly era tan eficiente como había dicho el abuelo, quizás no lo necesitasen. Mis botas se hundían en el lodo a cada paso que daba, el barro salpicaba mis pantalones. Menuda imagen. Me iba a presentar como un funcionario cualificado del departamento de seguridad nuclear nacional ante el alcalde con aquel lamentable aspecto, tan poco creíble. Anduve por el enfangado camino que ascendía hacia la aldea sumido en estas reflexiones, maldiciendo la avería y esquivando como pude los charcos, testimonio de las tormentas que durante la última semana habían castigado aquella región de los Urales.

Una fuente coronada con el busto de un sonriente personaje de rostro ovalado me dio la bienvenida. Aproveché para limpiar un poco mi calzado y ordenar mis ropas antes de adentrarme por una estrecha callejuela. Se llamaba Elistá. Doblé dos calles más a la izquierda y me encontré en lo que debía de ser la vía principal. Posiblemente se celebraba alguna festividad durante aquellos días, dado que muchas fachadas estaban engalanadas con pancartas y pendones escaqueados colgaban de las farolas. Vi que venía en mi dirección una anciana vestida de negro y cuando me dirigía hacia ella para preguntarle por la filatelia del señor Panov me detuve al observar que el establecimiento que buscaba se hallaba a menos de cien metros, al lado de la panadería. Crucé la calle mayor y me detuve ante la puerta, en la que se leía el nombre del propietario. Un momento, aquélla no era la filatelia del señor Panov, era la filatelia de Anatoly F. Tomov. Miré a mi alrededor y, con sorpresa, pude distinguir a simple vista cinco o seis filatelias a ambos lados de la calle. Desconcertado, entré en el negocio del alcalde, una tienda con un llamativo rótulo rojo con su nombre escrito con caracteres dorados, situada entre una carpintería y, cómo no, una filatelia, si bien ésta más humilde que la del señor Lev Ivanovich Panov.

Encontré en la filatelia a su hijo Anatoly. Estaba sentado tras el mostrador, enfrascado en la lectura de una revista de ajedrez. Me disculpé por irrumpir en su local con aquel aspecto, le expliqué que era un técnico en energía nuclear y que me hallaba de camino a la central de las afueras de Zlatoust para hacer una inspección rutinaria cuando el auto me había dejado en la cuneta. Antes de que tuviese tiempo ni siquiera de insinuárselo, el hijo del alcalde se ofreció a conseguirme un sitio en el que pasar la noche. Se trataba de una humilde habitación que estaba en la parte más alta del pueblo, cerca de donde nos encontrábamos. De hecho, en el pueblo todo estaba cerca de donde uno se encontrase, me aclaró. No debía pagar nada por pasar la noche, de verdad. En todo caso, ya lo discutiría con su padre. Insistió en que podía quedarme cuanto quisiese pero, agradeciendo su ofrecimiento, le dije que debía partir en cuanto el coche estuviese en condiciones, puesto que en la central me esperaban al día siguiente. Sus palabras eran muy amables y su tono, pausado. Se trataba de un hombre joven y educado, extremadamente delgado, que vestía un traje pasado de moda, demasiado estrecho y de amplias solapas. Tenía la cara pálida, muy pálida, sobre su frente caía el pelo lacio, negro, y sus ojos saltones conferían a su rostro un aspecto enfermizo. Se metió en la trastienda y salió con un manojo de llaves. Me rogó que le acompañase hasta la casa que me iba a servir de techo aquella noche. Salimos a la calle y cerró el negocio.

Cruzamos. Una señora nos saludó sonriente. De camino hacia la casa me fijé en los motivos que ornamentaban la arteria principal y las calles adyacentes por las que pasábamos. Caballos, torres y alfiles decoraban la mayor parte de las banderas y las pancartas y en los adornos de las farolas se veía la efigie de un hombre risueño, con el pelo lacio sobre su frente, del mismo modo que peinaba su cabello el joven que me guiaba. Aquel rostro me era muy familiar y rápidamente me vino a la memoria el busto de la fuente.

- Este hombre, el busto de la fuente que hay en la entrada del pueblo, es Karpov, ¿verdad?
- Sí, señor, Anatoly Evgenievich Karpov –el hijo del alcalde me miró con sorpresa o incredulidad, no podría precisarlo.
- Me lo había parecido. No sabía que hubiese nacido en este pueblo.
- No, señor, nació en Zlatoust, muy cerca de aquí, donde la central.
- Entonces, todas estas calles engalanadas... ¿le esperan?
- No, señor, no le esperamos. Pasado mañana es 24 de abril, el vigesimooctavo aniversario de su coronación como campeón del mundo tras la vergonzosa espantada de Bobby Fischer, el americano, el yanqui sobrevalorado como le llamamos aquí, y ya lo tenemos casi todo preparado. Cada año celebramos esta fecha. El ajedrez es muy importante en nuestras vidas.
- Disculpe, apenas sé nada sobre el juego. Solamente lo que leo en los diarios. Y mover las piezas, claro.

Noté que mis palabras le desconcertaron, como si no pudiese asimilar que no me interesase el ajedrez. Intenté darle un giro a la conversación.

- Tengo una pequeña colección de sellos, quizás mañana antes de irme me acerque hasta la filatelia y le compre la serie de ríos europeos de 2002. Pensaba hacerlo la próxima semana en Moscú.
- Nada de eso, señor. Pásese esta noche a cenar algo en la taberna del viejo Andrei Ilich y allí le esperaremos con los sellos. Estaremos encantados en regalárselos.
- Oh, muchas gracias, pero no puedo consentirlo.
- Por favor, mi padre no aceptará una negativa como respuesta.
- De acuerdo, de acuerdo, son ustedes muy amables conmigo. Pero yo pagaré las rondas.

El joven sonrió y sellamos nuestro particular trato con un apretón de manos. Continuamos nuestro camino por las empinadas calles del pueblo. Pasamos junto a una casa, que llamó mi atención por el rojo intenso con que habían pintado su puerta de madera, y miré en su interior a través de la ventana. Una joven madre estaba jugando al ajedrez con su hija, mientras un niño muy pequeño, de unos seis o siete años, reproducía en otro tablero los movimientos que consultaba en un grueso volumen. Alzó la vista y me saludó, agitando alegremente su manita. Al parecer, los más pequeños compartían la pasión por un juego que siempre me pareció demasiado aburrido. Me incomodó pensar que no podía corresponder de ninguna manera a aquel pueblo que tan bien me estaba tratando. Era una sensación extraña, como la impotencia que se siente al no poder comprender a un sordomudo. A pesar de mi sólida formación universitaria, los cursos de especialización, mis años de experiencia en un trabajo de tanta responsabilidad al servicio del estado, el casi total desconocimiento del juego sobre el que giraba la vida del pueblo me alejaba de aquella gente tan hospitalaria. Los nombres de Karpov, Kasparov, Spassky me eran familiares, claro, como a todos los rusos, pero poco más podía decir sobre el tema. No quería defraudarles, y las filatelias aparecieron ante mí como una tabla de salvación.

- Es curioso que haya tantas filatelias en un pueblo tan pequeño, ¿no?
- Reconozco que podría parecer curioso, sí, pero es que en este pueblo el coleccionismo de sellos está muy extendido. Todas las familias, por humildes que sean, pueden presumir de unas colecciones más que respetables. Nuestra filatelia, por ejemplo, tiene cierto renombre y servimos series de sellos a coleccionistas de Chelyabinsk o Zlatoust. Y lo mismo puedo decirle de Sokolnikov y de Tomov.
- Y, ¿de dónde les viene tanta afición?
- Anatoly Evgenievich Karpov es un gran coleccionista de sellos. Se dice que tiene la mayor colección no sólo de Rusia, sino de la antigua Unión Soviética. De hecho, pasa por ser uno de los mayores coleccionistas del mundo. Ya habrá observado que en este pueblo tenemos verdadera admiración por Karpov. No sólo seguimos su brillante trayectoria ajedrecística, sino que nos interesa todo lo concerniente a él, todo lo que le rodea. Queremos estar próximos a él, pensar como él, sentir lo que siente. Por eso nos llena tanto el coleccionismo de sellos. Adquirir un sello raro nos produce una satisfacción parecida a la experimentada al encontrar ese movimiento de peón que te permite ganar el tiempo decisivo para imponerte en un final aparentemente abocado a las tablas. No sé si me explico.

Seguramente sí se explicaba, pero yo no entendía nada. Al parecer, daba igual hacia donde condujese la conversación, ésta acabaría llevándonos indefectiblemente a Karpov. El hijo del alcalde se paró ante una ventana y saludó efusivamente a un hombre gordito de mediana edad que se estaba lavando en una jofaina. Compartieron unas bromas y se emplazaron para continuar las chanzas poco después, en la taberna. Proseguimos nuestra marcha en silencio, mientras yo le daba vueltas al caballo de madera que tenía tatuado en su brazo derecho el vecino que acababa de conocer, bajo el que se leía Gens una sumus.

Llegamos a una pequeña plaza, la plaza Skelleftea, en cuyo centro se erigía una descomunal estatua ecuestre. Era uno de aquellos bronces rígidos que definían la arquitectura socialista de un pasado demasiado reciente. Mi sorpresa fue mayúscula al observar que el jinete no era un militar con el pecho lleno de medallas o el típico soldado anónimo de la guerra fría, ni siquiera un héroe de época napoleónica desenvainando su sable, sino un hombre vestido con traje y corbata. Efectivamente, me encontraba ante una nueva, y en este caso insólita, representación de Anatoly Karpov. En esta ocasión, era un Karpov más delgado y juvenil. Se notaba que mi acompañante intentaba imitar, con bastante éxito, por cierto, su apariencia. A los pies del caballo había varios ramos de flores frescas. Dos niños, con sus flequillos anatólicos sobre la frente, dibujaban en el suelo de la plaza un tablero escaqueado con tiza. Iba a comentarle a mi cicerone lo extraño que me resultaba ver la efigie del campeón por todas partes cuando se abrió la ventana de una de las tres casas que daban a la plaza y una mujer de mediana edad comenzó a llamar a uno de los chicos:

- ¡Anatoly Ilich, Anatoly Ilich, la medicina!
- ¡Anatoly Petrovich III!

Me giré. La segunda voz pertenecía a la abuela que había visto en la calle mayor, la de las filatelias, que al parecer venía detrás nuestro. Avanzó con paso decidido, cogió al niño más pequeño de la mano y, después de dirigirnos una simpática sonrisa, se fueron por donde ésta había venido.

- ¿Anatoly Petrovich III?
- Sí, es el menor de los tres hermanos.
- Pero, ¿es que acaso los tres se llaman Anatoly?
- Pues sí, señor. Como ya habrá observado, Anatoly es un nombre muy frecuente en esta población, sobre todo entre los más jóvenes. Yo mismo me llamo Anatoly, como bien sabe.
- ¿Y la iglesia consiente que los tres hijos de un matrimonio se llamen igual?
- Por supuesto, nuestro sacerdote nunca ha manifestado ninguna objeción al respecto, como tampoco la puso en el bautizo de los gemelos Sharikov o de los hermanos Savchenko, o cuando se decidió dedicar el templo a San Anatoly en 1998.
- Así que tienen una iglesia de reciente construcción. Me gustaría verla, si no es demasiada molestia. No hace demasiado vi una capilla moderna en un pueblecito próximo a Ufa que me entusiasmó. Soy un arquitecto frustrado, ¿sabe?
- No, si la iglesia es del siglo XVIII, era un templo dedicado a San Vladimir, pero tras la victoria de Karpov sobre Anand en 1998, que le supuso recuperar la corona mundial en Elistá, decidimos cambiarle la advocación. Ya ha comprobado sobradamente que Anatoly Semionich es un imaginero excelente, así que no le supuso demasiada dificultad sustituir el rostro de San Vladimir por el de Anatoly. También es el autor de la estatua, de la fuente que vio antes...
- Nunca he visto una imagen de San Anatoly.
- Bueno, debo confesarle que se tomó alguna licencia artística y que la imagen no es exactamente la del santo.

La casa se encontraba detrás de la plaza. Las bisagras se quejaron lastimeramente al abrir el portón, me entregó las llaves disculpándose de nuevo por la humildad de la vivienda y encendió la luz. Olía a cerrado, a polvo. La habitación estaba austeramente amueblada, había una pequeña mesa, una silla destartalada y un camastro cubierto con una colcha, sobre el que se distinguía un icono. Me acerqué a la pared y comprobé que se trataba de San Anatoly, en este caso, del auténtico. En el rincón de la izquierda se había improvisado un rudimentario lavabo y un retrete.

- Recuerde, le esperamos en la taberna de Andrei Ilich, la encontrará al final de la calle principal, frente a la filatelia de Sokolnikov.

Dejé el abrigo sobre la silla, me aseé un poco y me tumbé. Decididamente, aquél era un pueblo muy acogedor. Sus habitantes eran generosos, desprendidos, sumamente amables, y su afición obsesiva por un pasatiempo tan noble como el ajedrez les hacía todavía más simpáticos a mis ojos que, curiosos, no dejaban de sorprenderse ante cada nueva revelación. El cansancio acumulado durante el largo camino que había emprendido la tarde del día anterior comenzó a pasarme factura y noté que mis párpados se cerraban poco a poco... Recuerdo que tuve un sueño absurdo, como la mayoría de los sueños. Los adoquines de la calle principal del pueblecito eran ahora cuadrados perfectos, grandes, y estaban pintados de blanco y negro, conformando un camino escaqueado. Por los adoquines blancos se desplazaba el abuelo de la cabaña trazando una diagonal perfecta, seguido a dos casillas de distancia por su nieto, Anatoly Petrovich III saltaba como un caballo, el hijo del alcalde avanzaba de cuadrado en cuadrado, dando pasitos. Todos los vecinos que había conocido se movían simultáneamente en el alargado tablero que mi sueño había creado. Algunos de ellos ondeaban banderas de colores, con los bordes dentados, como sellos gigantescos, mientras una masa informe de lugareños que no podía distinguir seguía sus evoluciones desde la acera, igual que las piezas que han sido retiradas del tablero tras ser capturadas. La anciana vestida de negro se acercó y me tomó la mano. Me llevó por los adoquines negros hasta la filatelia de Panov y cruzamos su umbral. Sin embargo, el interior no correspondía al establecimiento que yo conocía. Nos encontrábamos dentro del reactor de una central nuclear. En el centro de la estancia se erigía, formidable, un gran trono, como el del zar Nicolás. Pregunté a la anciana qué significaba todo aquello, a quién pertenecía el trono, pero a mi lado se encontraba ahora el gordito tatuado. Me pareció intuir que sus titubeantes labios balbucearon la palabra dios. Quise acercarme para observar el magnífico trono mejor y, para ello, debí abrirme paso entre toda la gente que se hallaba postrada a su alrededor. Lo ocupaba, solemne, un joven monarca muy delgado, Anatoly Karpov. El ajedrecista vestía uno de aquellos monos elásticos, ceñidos, de superhéroe radioactivo que con tanta frecuencia veíamos en el cine que nos llegaba de los Estados Unidos. Un traje blanco y negro que le confería cierto aire de arlequín, cubierto por una capa roja con cuello de armiño. Sin embargo, lo que más había llamado mi atención del extraño sueño es que el monarca no estaba coronado, sino que en su cabeza fulgía la santa aura dorada, el nimbo de los iconos ortodoxos. Sobre su regazo descansaba, abierto, el grueso libro de ajedrez que estudiaba el niño que me había saludado poco antes.

Desperté entre divertido e inquieto. Una rara sensación que no experimentaba desde niño, cuando mi abuela interpretaba el significado de los sueños que le relatábamos mi hermano Viktor y yo. Había pasado mucho tiempo desde entonces, cuando nos sentábamos en la alfombra para escuchar sus historias, sentada en el butacón, junto al samovar. ¿Qué le habría parecido mi sueño? Sonreí. Una locura, posiblemente. Me levanté, cansado todavía, y volví a lavarme la cara para despejarme. Salí a la calle poniéndome el abrigo, había anochecido. Seguramente ya me estarían esperando. Me pareció que acortaría el camino yendo por el pasaje tras la tienda de comestibles que acababa de descubrir siguiendo con la vista a un gatito callejero. Avancé con paso ágil y fui a parar a una plaza apenas iluminada, algo mayor que la de la estatua de bronce. Enseguida llamó mi atención una casa de dos plantas, con evidentes señales de haber sufrido un incendio. Se trataba de un edificio abandonado, un esqueleto de piedra, su techo se había desplomado hacía años a causa del fuego. La negrura característica del humo que huye de la destrucción enmarcaba la puerta y las ventanas del piso inferior. Intuí una presencia a mi espalda y me giré lentamente. Un hombre se hallaba, como yo, contemplando la vivienda arrasada por el fuego, apoyado en la pared de una casa en cuyos balcones pendían pancartas en honor al ajedrecista de Zlatoust. Era un cuarentón canoso, muy moreno y no demasiado alto. Más que sus pobladas cejas, lo que me resultó más llamativo de su rostro fue su ignorante expresión de bondad e inocencia, casi infantil. Miraba con embeleso la ruina, con la boca abierta.

- Buenas noches.
- Me llaman Garry.
- Buenas noches, Garry. No soy de aquí y creo que me he perdido. ¿Me podrías indicar cómo llegar a la calle principal?
- Mi verdadero nombre no es Garry, pero todos me llaman Garry. La casa es muy bonita.
- Sí, debió de ser una casa preciosa. Me extraña que no la restaurasen para volverla a habitar.
- Vivo con mi madre. La revolución de 1985. Mi perrito se llama Tolia, Tolia, Tolia.
- Le quieres mucho, ¿verdad?
- Sí, Tolia es muy cariñoso. Muy bueno. Tolia –y se llevó la mano derecha a la mejilla.
- ¡Garry! ¿Qué haces a estas horas por aquí? Vamos, vete a casa. Seguro que tu madre está preocupada.

Acababa de llegar un hombre alto y fuerte, de gran corpulencia para los cincuenta y pico años que aparentaba. Garry miraba, con gran atención, y todavía con la boca abierta, el gran bigote blanco de aquel hombre, que se movía arriba y abajo al regañar al tonto del pueblo. Asintió, como el chico que ha sido sorprendido en una falta, bajó la mirada y se fue arrastrando los pies, perdiéndose rápidamente en la oscuridad de la noche.

- Disculpe al chico, no rige muy bien. Es tonto de baba. De babero, vaya, no sé si me entiende.
- No hay razón para disculparle de nada. Justo en ese momento empezábamos a charlar. Parece un buen muchacho.
- Sí lo es, sí. Todos le tenemos mucho cariño, aunque no tiene muchas luces. Pero, perdóneme, qué desconsiderado he sido. Permítame que me presente. Soy Lev Ivanovich Panov y usted debe de ser el forastero del que me ha hablado mi hijo. Por cierto, esto es para usted –y me entregó un sobre con el membrete de su filatelia, que contenía la serie fluvial prometida por su hijo.
- Encantado de conocerle, señor, y muchas gracias por los sellos. Esperaba presentarme ahora, en la taberna. Han sido ustedes muy amables conmigo. Ya se lo dije a su hijo, pero quisiera agradecerle personalmente el techo que me han ofrecido para pasar la noche e insisto en pagarle lo que consideren justo por la habitación.
- Por favor, usted no nos tiene que pagar nada. Sólo faltaría eso. Acompáñeme, deben estar esperándonos. Llegamos tarde... [CONTINUARÁ]

miércoles, 10 de julio de 2013

El botánico aficionado

En cuanto tenía un rato libre se detenía delante del tiesto y contemplaba con embeleso cómo la mata crecía, milímetro a milímetro, con un orgullo muy parecido al del padre que presume de los progresos de su hijo delante de los compañeros del trabajo. Abría una pequeña sillita plegable, de ésas de costurera de posguerra, y se sentaba junto a la maceta pintada de rojo para leerle suavemente a la planta, como en un arrullo mimoso, algunos capítulos de una vieja enciclopedia ajedrecística, de cuyo título nadie había oído hablar jamás. La había comprado en una librería de lance y había pertenecido a un tal Silverio H. Morales (alguien, al menos, se había entretenido en escribir en lápiz dichos nombre y apellido en unas irregulares mayúsculas en el ángulo superior derecho de la primera página del grueso volumen) o los análisis de las partidas más atractivas de los números más recientes de la revista Jaque. Había escuchado en algún lugar que no conseguía recordar que hablarle a las plantas les servía de estímulo para su crecimiento. Y se aplicaba en ello del mismo modo que esparcía la fina capa de paja para mantener la humedad de la tierra y la regaba periódicamente, y siempre a primerísima hora de la mañana, porque había oído decir al presentador de un popular programa de la televisión, un tipo cuyo aspecto frisaba en los cuarenta cuando debía de tener cumplidos los sesenta, que, de esa manera, las plantas se hidrataban mejor durante el calor del mediodía.

Precisamente había sacado de la entrada Ajedrez y botánica de ese tomazo enciclopédico de tapa dura, firmada por Aleksandr Aboguin y un tal Dr. Kirílov, la idea para su proyecto, que desarrollaba, según afirmaban los autores rusos, un originalísimo experimento de un religioso agustino discípulo de Mendel. Consagraba así los días a su proyecto y sólo su sobrino de ocho años tenía alguna remota noticia de su secreta actividad. En realidad, el chiquillo no sabía nada, sencillamente lo veía trajinar arriba y abajo con los libros o con la regadera en las contadas mañanas en que sus padres, su hermana y el gordo desabrido con quien había contraído matrimonio hacía diez años en Calzadilla de los Hermanillos, se lo dejaban porque debían hacer algún recado. El niño jugaba con los muñecos articulados que había traído de casa y lo dejaba tranquilo con lo suyo en la terraza. Pasaron los días y pasaron las semanas. El diámetro del tallo se ensanchaba a ojos vistas y de la mata fueron saliendo unas ramitas que enseguida se cubrieron de pequeñas hojas con forma de corazón de color verde aceituna veteadas en blanco y negro. El botánico aficionado pulverizaba diariamente aquellas hojitas cardiáceas y les sacaba brillo con un paño limpio con una dedicación que hubiese hecho enrojecer de vergüenza por descuidado al coleccionista de mariposas más escrupuloso. Tiempo después, cuando la planta había alcanzado unos dos palmos de altura y el ritmo de las sesiones de lectura se había incrementado hasta llegar a la media hora diaria, ésta comenzó a dar los primeros frutos. En los extremos de las ramas aparecieron unos brotes oscuros, también alguna florecilla blanca, que muy pronto se convirtieron en alfilitos negros de madera barnizada, muy parecidos entre sí y que recordaban mucho a aquél plantado hacía ya unas cuantas semanas en la maceta. ¡Bendito discípulo de Mendel y benditos Aboguin y Kirílov por transmitir los conocimientos de éste! Las flexibles ramitas soportaban bien el peso de las piezas pero, conforme éstas iban creciendo hasta alcanzar su plena madurez, se combaban ligeramente hacia abajo. El excitado botánico lloró de contento cuando el primero de los alfiles negros cayó por su propio peso encima de la paja húmeda. Le dio cera para muebles y lo metió en una caja de madera con el interior forrado de terciopelo rojo que había comprado expresamente para depositar allí la que sería su primera cosecha de piezas de ajedrez. Luego cayó el segundo y, pronto, el tercer y cuarto alfiles pasaron a hacerles compañía en aquella caja tan especial. La planta dio en total nueve piezas menores. Presa de una incontenible excitación por el milagro obrado, pasó tardes enteras leyéndole a una planta que, por desgracia, ya no volvió a dar más fruto.

Lejos de descorazonarse, el primer sábado que tuvo libre se fue al centro comercial más cercano y cargó en la parte trasera del coche una docena de tiestos idénticos al que había utilizado para plantar su mata de alfiles negros. También compró sacos de una tierra especial, rica en nutrientes, y dos litros de fertilizante para plantas. Acarreó las macetas hasta el balcón de casa, vació en ellas los sacos y en cada una practicó un agujero donde introdujo un rey blanco, un rey negro, una dama blanca, un alfil blanco, un caballo negro… y así hasta que todas las macetas tuvieron su simiente. Poquito a poco fueron asomando los tallitos verdes, tímidos, como las lombrices ciegas que se abren paso a través de la tierra húmeda hasta alcanzar la superficie. Puso entonces en práctica todos los conocimientos atesorados tras la primera experiencia, cada vez más perfeccionados, lógicamente, más otros adquiridos tras la lectura de los libros de jardinería que había ido sacando de la biblioteca pública del barrio y con las respuestas a las preguntas con las cuales solía acribillar a la navarra del séptimo segunda, poseedora de un balcón florido de escándalo, envidia de todo el vecindario, en cada ocasión en que ambos se encontraban en el ascensor. Orientó los tiestos de idéntico modo a como lo había hecho con la mata piloto, de manera que las plantas aprovecharan al máximo la luz solar y, después de regarlas a primera hora de la mañana (había introducido, por consejo de la vecina hija de la villa de Zubiri, un tapón de abono una vez a la semana, que diluía por cada tres litros de agua), las colocaba en semicírculo alrededor de su sillita de costurera, como si los tiestos fuesen los miembros de una coral y él su director, y les leía los artículos de la enciclopedia dedicados a Mieses o a Lasker o a Bogolyubov o a cualquiera de los campeones con patillas de lince encumbrados hasta lo más alto a finales del siglo XIX y los comentarios a las partidas que habían significado el triunfo de Aronian en tal o cual torneo de república báltica publicados en las revistas especializadas. Las plantas parecían agradecerlo y crecían lozanas, más hermosas incluso que la primigenia mata de alfiles negros que se había negado a dar, por algún motivo desconocido, más piezas. Salieron los primeros brotes y las hojas, con sus vetas blancas y negras. También floreció, si bien a un ritmo algo más lento, un caballo de marfil blanco que había plantado como prueba en la duodécima maceta. Había querido experimentar con nuevos materiales, con trebejos que no fuesen de madera, dado que la enciclopedia nada decía sobre ese particular. Así que también crecía robusta la planta del caballo de marfil… Entusiasmado por el inesperado éxito, el botánico aficionado empezó a darle vueltas al asunto y llegó a la conclusión de que podría sacarle un rédito económico al productivo experimento y a tanto esfuerzo. Dejó la parte científica, la que en principio le había animado a emprender tal empresa, a un lado, y, como la lechera del cuento, se concentró en cómo podría sacarle el mayor rendimiento a los frutos de su pequeño jardín. Con su método botánico revolucionario obtendría piezas perfectas y únicas de madera barata o de materiales menos asequibles, como el marfil o el ébano o el palo santo, sin apenas coste y podría venderlas a precios que acabarían reventando el mercado y arruinando al resto de fabricantes. Ya los llamaba, para sí, la competencia, sin haber entrado todavía en el circuito comercial, y así mismo se refería a ellos cuando los nombraba a las plantas que crecían ufanas en las macetas de la terraza, ya que había incorporado todo este discurso comercial a las charlas ajedrecísticas con las cuales pretendía favorecer su crecimiento.

Compró nuevas cajas forradas en terciopelo. Hizo números con los precios de venta de los juegos de piezas en las tiendas y a cuánto tendría que comercializar los suyos para obtener el máximo beneficio y se puso entonces con los pertinentes estudios de mercado. Calculó los juegos que podría vender al año y cuánto debería incrementar la producción para satisfacer la elevada demanda de clubes y aficionados que preveía. Con la satisfacción que da recoger el premio del trabajo bien hecho y el sentirse ya un pequeño pero floreciente empresario, aunque todavía sin empresa, una mañana observó cómo las nuevas piezas ya habían adquirido su forma definitiva y que pronto estarían listas para su recolección. Tan eufórico estaba que se las dejó ver al sobrinito cómplice, para quien las figuritas colgando en las ramas no eran sino un remedo bastante cutre de los adornos que embellecían el árbol de Navidad. Sin embargo, observó desazonado que dos de sus plantas se comportaban de un modo anómalo. Tres si contaba la del caballo de marfil, pero el desarrollo más lento de ésta parecía, hasta cierto punto, dentro de la lógica por la singular naturaleza de la simiente. De las matas que habían brotado de los peones blanco y negro plantados hacía semanas florecían, de modo desordenado, pequeños caballos, alfiles, torres y damas al mismo ritmo que lo hacían las piezas de los otros tiestos. ¿Qué explicación podría tener ese extraño desarrollo? Corrió a la enciclopedia a repasar el artículo dedicado al experimento del agustino austríaco, firmado por aquella pareja de rusos cuyos nombres parecían sacados de un cuento de Chéjov, un texto que conocía prácticamente de memoria, sabedor, en el fondo, de que no iba a arrojar nueva luz al asunto. Tampoco encontró nada en los libros de botánica de la biblioteca ni la vecina del séptimo supo darle mayores razones cuando le planteó el problema de manera velada, trufándolo de vaguedades para no desvelarle el secreto de su futura fortuna. Un día, al llegar a casa de vuelta de la biblioteca, recogió las piezas maduras que habían ido cayendo y se dispuso a encerarlas antes de guardarlas en sus respectivas cajas. A pesar de que tan sólo habían transcurrido unas pocas semanas desde los primeros resultados de su experimento botánico, una sombra de preocupación le velaba la mirada y la inicial expresión de jubilosa excitación por las piezas obtenidas había sido sustituida por otra de desaliento. Era descorazonador: si no conseguía producir peones de alguna manera todos sus planes se irían al garete. Había tomado conciencia de que corría el riesgo de estar reproduciendo el cuento de la lechera punto por punto, fracaso final incluido.

Enterró en cuatro maceteros diferentes peones pertenecientes al mismo juego antiguo que ya había utilizado la ocasión anterior y compró otro nuevo, también de piezas de madera, y los plantó a su vez. Y peones de alabastro, y de plástico, y de muchos otros materiales, con la esperanza de dar con la clave del problema. Mientras algunas de las piezas conseguidas mediante su método jardinero iban dando sus frutos tras replantarlas en tiestos que habían quedado vacíos, de las matas de los peones seguían saliendo sólo caballos, torres, alfiles y, sobre todo, damas. A pesar de que los cuidados comunes seguían siendo los mismos para todo tipo de plantas (tierra, fertilizante, horas de sol y orientación de los tiestos, limpieza de las hojas y ocasional uso de insecticidas para prevenir el ataque de orugas, pulgones y moscas blancas), a ellas, a las plantas de los peones, les dedicaba lecturas específicas cuando terminaba la general y les leía en voz alta artículos sobre los principios básicos de los finales de peones, sobre las estructuras de peones a evitar durante el medio juego de las partidas y sobre cómo sacar partido a las posiciones con peones centrales aislados y adelantados. Ni con ésas. Las matas que brotaban de caballo plantado daban caballos, alfiles las de alfil, reyes las de rey. Y las de peón, de casi todo menos peones. Porque reyes tampoco daban, eso sí, era algo que había observado con la primera planta que le había salido rana.

“A lo mejor el hecho de que de las plantas de los peones no salgan tampoco reyes quiere significar algo”, se dijo un día, durante el transcurso de una partida de ajedrez con su sobrinito, pensando más en su ambicioso proyecto, que se iba al traste prácticamente sin haber llegado a arrancar, que en el mismo juego. Tabaleaba los dedos en la frente como si pensara la mejor respuesta a los inofensivos movimientos del crío cuando, en realidad, las complicaciones del juego no le preocupaban lo más mínimo. Se iba dejando todas las piezas después de errores de bulto que ni un párvulo cometería y el niño de ocho años lo ganaba casi sin querer puesto que apenas sabía jugar. Tal era la preocupación del botánico empresario. Y tantas vueltas le dio al asunto que llegó a la conclusión, desesperado, de que la respuesta no iba a encontrarla en los libros de jardinería ni en las vecinas de balcones envidiables ni en los programas presentados por populares rostros televisivos sino en el mismo juego, en las leyes del ajedrez. Coincidiendo casualmente con lo que creyó una revelación, la explicación al fiasco de su proyecto empresarial, el niño avanzó el peón que tenía en séptima fila y lo coronó. Quiso promocionarlo y pidió otro rey. Él le explicó que lo que pretendía no podía ser, era imposible transformar el peón en rey al llegar a la última fila. Los peones se convertían en lo que uno quisiese, en una dama, en un caballo, en una torre, en lo que le diese la gana… menos en un rey… o en otro peón… y, diciendo esto, su rostro, de pronto, se contrajo en una mueca extraña, resumen del caudal de sensaciones contradictorias que lo dominaron súbitamente… el alborozo de haber dado con la clave, la alegría y la satisfacción experimentadas entraron en profunda contradicción con el desencanto que sentía, con la impotencia y el desengaño producidos por el hecho de comprender que su ambicioso proyecto estaba irremisiblemente condenado al fracaso y nunca podría ser llevado a buen puerto. “Cualquier pieza menos un rey o un peón”, repitió lentamente, pero esta vez para sí, como si estuviese solo y, entonces, estalló en una carcajada desproporcionada, incontrolada, fuera de lugar. El sobrinito lo miró con los ojos muy abiertos y empezó a llorar muy, muy asustado.

martes, 11 de junio de 2013

Los sordomudos

Si me decido a sentarme a escribir lo que pasó aquel domingo es con el convencimiento de que todo aquello, por fuerza, ha de haber prescrito ya. Quiero decir que si lo cuento no es porque me sienta especialmente orgulloso de lo ocurrido ni creo que ninguno de quienes intervinimos pueda o deba estarlo. Tengan en cuenta que sucedió hace mucho, muchísimo, el domingo después de que Rubén Cano vengara en el campo del Estrella Roja el funesto gol de Katalinski, aquel futbolista yugoslavo de infausto recuerdo cuya diana enterró la ilusión de tantos españoles de ver a su selección disputando el Mundial de Alemania. Vestía yo en esa época con pantalones acampanados y chupas ajustadas, llevaba el pelo demasiado largo y lucía unas patillas más propias de un bandolero de Sierra Morena que de un universitario cabal. Por aquel entonces, con apenas veinte años recién cumplidos, yo ya había visitado la comisaría en cuatro ocasiones en los últimos tres meses. Tenía la costumbre, quién sabe si mala, de dar un paso al frente, en mi calidad de secretario de la asociación de vecinos, cada vez que la pasma preguntaba quién era el portavoz de aquellos grupos de ciudadanos que ocupaban distintos edificios, hasta hacía nada gestionados por diferentes secretarías y secciones del Movimiento, reclamando más servicios para el barrio. También había sido yo el que alentara a mis compañeros de la facultad de económicas a encerrarnos en el decanato. En aquella oportunidad, nos había recibido el propio decano para negociar las condiciones de la protesta, en su despacho, sentado en un extremo de la interminable mesa que lo presidía. Nos invitó a tomar asiento, éramos una treintena de estudiantes descontentos, y, tras levantar el auricular de su teléfono rojo, marcó el número del bar de la facultad y habló con el dueño. "Traiga whisky para todos", había dicho antes de animarnos a exponer nuestras reclamaciones. Otra época, otros tiempos. Sí, ¡qué tiempos!, fascinantes, pienso ahora con admiración y todavía con algo de incredulidad. Tan lejanos y, a la vez, tan próximos. Parecen continuar ahí, a la vuelta de la esquina. Tiempos de transición e inestabilidad. De políticos voluntariosos, llenos de ideas, aficionados e inexpertos; de comisarios torturadores que intentaban reciclarse encontrando su lugar dentro de la incipiente policía democrática; de jóvenes idealistas y provocadores que colgaban banderas del Vietcong en las universidades y preparaban paquetes bomba de broma con el objeto de reírse del sistema, personificado en unos esforzados artificieros que se cagaban en todo cuando el muelle de su interior, tras ser abierto el bulto sospechoso con tantísimas precauciones, salía volando por los aires; y de ajedrecistas amateurs con poco nivel de juego, nulo conocimiento de la teoría de las aperturas y muchas ganas de disfrutar con los amigos delante de las sesenta y cuatro casillas. Tiempos en los cuales las competiciones por equipos se jugaban sin árbitros en las salas de juego, una ronda en casa y la siguiente en la de tu rival. Tiempos cargados de nostalgia y añoranza y, como digo, prescritos. Para bien o para mal.

El domingo siguiente al célebre botellazo al malagueño Juanito en Belgrado, debíamos enfrentarnos al primer equipo de la asociación de sordomudos. Tenían una sección de ajedrez que venía a ser como el actual club de la ONCE sólo que allí jugaban, lógicamente, ajedrecistas con esa discapacidad auditiva. El local estaba en la planta baja de un edificio antiguo del barrio marinero. Después de presentar ambos delegados las listas de jugadores y las alineaciones, los ocho nos sentamos, frente a nuestros rivales, en otras tantas mesas dispuestas en una larga fila. Recuerdo cómo Rafa de la Torre agarró una torre blanca y la plantificó delante de las narices del contrincante de turno mientras silabeaba lentamente su apellido cuando éste le preguntó, por señas y como pudo, su nombre para rellenar la planilla. Le di un codazo prudente para darle a entender que se disponía a jugar contra un joven con una discapacidad ajena por completo al retraso mental. No captó mi intención y siguió así hasta que el otro, por fin, apuntó correctamente el de la Torre en su planilla. Empezó el enfrentamiento, que se desarrolló con normalidad hasta las nueve y veinte, más o menos. Fue entonces cuando algunos de los sordomudos, paseando de una punta a la otra de la sala para ver cómo iban las partidas de sus compañeros, empezaron a gesticular en un animado intercambio de pareceres. De tanto en tanto, los jugadores locales que habían permanecido sumidos en sus cavilaciones alzaban la vista de sus respectivos tableros y también se sumaban a la sospechosa gesticulación en alegre coloquio sordo y mudo. Acto seguido, los menos disimulados dirigían un rápido vistazo a su posición y realizaban un movimiento que a mí, dentro de mi limitado conocimiento del juego, me parecía siempre el mejor posible.

Adelanté un peón del flanco de dama y me levanté yo también. Le hice un gesto a Rafa para que me acompañase hasta uno de los rincones del local. Rafa de la Torre. Hace muchos años que no sé nada de él. Alguien me dijo que tanto Rafa como su hermano Jorge trabajan ahora en Telefónica. A lo que iba: apoyé el hombro en un armario, que parecía directamente salido de una película inspirada en un tenebroso cuento de Poe, y esperé su llegada con aire casual. Se sentó en el canto de una mesa donde cogía polvo una vieja máquina de escribir a la cual le faltaban varias teclas. "¿Qué te parece la cháchara que se tienen éstos entre sí?", le pregunté. Los sordomudos continuaban obrando con el mismo descaro, no exento de cierta desfachatez. Me miró con expresión tontorrona. Ni siquiera había reparado en ello. "Corts ya la ha cagado", me dijo. "Déjate de Corts, hostias", le reprendí porque los dos sabíamos que el Maestro Corts, con sus extravagantes aperturas y sus díscolas ideas tácticas, era un punto seguro para el equipo contrario, "te estoy hablando de los sordomudos. Fíjate bien, no paran de cascar". "Pues tienes razón", observó Rafa, quien, a pesar de todo, no podía dejar de mirar las incomprensibles decisiones que tomaba el entrañable albino Corts sobre la marcha. Sostenía un caballo en la mano derecha y no sabía muy bien dónde dejarlo. Daba la sensación de que estaba tocando una campanita de servicio.

Volvimos a nuestros asientos habiendo decidido la estrategia a seguir. Esperamos a que los ocho sordomudos estuvieran sentados. Rafa, en el quinto tablero, vigilaría la reacción desde su oponente hasta el de la octava mesa mientras que yo lo haría con el primero, el segundo, el tercero y el cuarto tableros. Pasé los brazos por detrás del respaldo de mi silla y la eché hacia atrás, apoyando mi peso en él, de modo que las patas delanteras dejaron de estar en contacto con el suelo durante unos segundos. Unos sordomudos pensaban su movimiento, otros miraban las musarañas, el primer tablero de ellos observaba con atención la partida de al lado. Entonces aproveché para dar una fuerte e invisible palmada que restalló sonoramente en la silenciosa sala de juego, donde nada más se oía el tictac de los relojes de competición y alguna tosecilla aislada y nerviosa de vez en cuando. Ninguno de mis cuatro observados se inmutó y Rafa me confirmó, con una certera patadita lateral en el tobillo, que los otros tampoco se habían enterado de nada. Certificar que eran realmente sordos y adoptar la nueva táctica discutida con mi compañero de equipo unos minutos antes fue todo uno. Restituida mi postura habitual de reflexión tras la pertinente comprobación, apoyados los codos en la mesa y las manos entrelazadas tapándome la boca para evitar que los de enfrente pudieran leerme los labios, di la primera instrucción a los jugadores de mi club: "señores, estos tipos nos están haciendo trampa desde hace un buen rato, comentando las partidas delante de nuestras propias barbas, así que nosotros también vamos a jugar colectivamente. Rafa, te están amenazando cambiar el alfil por el caballo y te dejarán los peones hechos una birria, vigila eso", y de la Torre gruñó que yo tenía razón, también escondiendo los labios como pasándose la mano por las mejillas sin afeitar. "Y, por cierto, Corts, enrócate de una puñetera vez", añadí, contrariado porque era algo que le recordábamos todos, desde siempre y sin demasiado éxito. Por ejemplo, Ricard quien, por caprichos de la alineación, entonces basada en cualquier cosa menos en el orden de fuerzas, acostumbraba a jugar a la vera de Corts. Suya era la teoría que proclamaba que cualquiera (cualquier subnormal, decía él, con su característica causticidad) capaz de desarrollar los caballos, sacar los alfiles y enrocarse con la mayor prontitud, sin haberse dejado nada por el camino, llegaría sin dificultad a los 2100 puntos de elo. De más está advertir que, durante las partidas del campeonato, el rostro de Ricard se convertía en un completísimo catálogo de expresiones de resignación martirial cada vez que, conscientemente o no, echaba un vistazo a la partida de Corts. Nos partíamos de la risa con sus visajes atormentados cuando descubría el rey de Corts en el centro del tablero en la jugada veinticinco. Ricard tenía algo de mimo.

Y en esas condiciones jugamos el resto de la mañana. Ellos con su manoteo grosero e incomprensible y nosotros disimulando nuestros comentarios realizados en voz alta, como de apuntador, con variados gestos de actor aficionado. Así durante tres, cuatro horas. Se convirtió aquello en un verdadero encuentro por equipos, en toda la extensión de la expresión. Porque cada una de las ocho partidas pasó a ser un enfrentamiento colectivo en el cual tanto los unos como los otros nos empleamos a fondo con la intención de conseguir la rendición del adversario. Como aquellos legendarios encuentros disputados por cable, telégrafo o radio a finales del siglo XIX y principios del XX entre ciudades, eventos que reunieron a los mejores ajedrecistas de Glasgow contra los de Londres o a los de Moscú contra los de París o Nueva York. Una sensación irrepetible que, en mi dilatada trayectoria de jugador de ajedrez aficionado, no he tenido oportunidad de revivir y la cual dudo que pueda volver a experimentar.

¿Y cómo acabó el encuentro contra los sordomudos? Pues, a ciencia cierta, no lo sé. Precisamente el otro día hablaba de esta ilustre jornada con Corts y él estaba convencido de que ganamos y yo de que perdimos. Claro que él me aseguró que su partida acabó en tablas y yo apostaría cualquier cosa a que la perdió. Nacho y Ricard son de mi misma opinión. Son cosas que pasan con el transcurso de los años. Nuestros recuerdos acaban difuminándose de modo que somos incapaces de afirmar con rotundidad cómo se desarrollaron exactamente los hechos. En realidad, tampoco creo que tenga mayor importancia saber qué equipo se alzó con el triunfo el día de los sordomudos. Fue un encuentro memorable y con eso creo que debemos quedarnos. Un enfrentamiento singular e irrepetible.

miércoles, 3 de abril de 2013

Justicia

El árbitro principal mira alternativamente a ambos contendientes mientras escucha el torrente de explicaciones que brotan, desordenadas, de la boca del mozambiqueño. En cualquier otro contexto, la curiosa mezcla de español, portugués e inglés en la cual el agraviado trata de hacerse entender le habría resultado divertida. Pero el tema que se dirime es demasiado serio para el jugador de blancas, quien acompaña su acalorada narración de los hechos, en pie, con desmesurados aspavientos y miradas de rencor dirigidas a su rival. Éste, por el contrario, sigue sentado, se muestra muy tranquilo y sigue el diálogo de su oponente con el árbitro con aparente indiferencia, como si la cosa no fuera con él, de un modo parecido, si se me permite el uso de una imagen tan manida como eficaz, al que una vaca miraría el paso de un mercancías.

Desvía el árbitro su atención del alterado discurso del africano y observa la actitud del presunto tramposo. Un tipo enorme, el letón. Un rubiote de mejillas coloradas y aspecto de haber trasegado unas cuantas jarras de cerveza antes de la ronda. Continúa acodado en la mesa, clavados ahora los ojos, precisamente, en la dama negra que piensa instalar a la que pueda en d3. El mozambiqueño se queja con amargura de que el gigante de negras ha cogido la dama y, en el momento de dejarla en la casilla de marras, se ha dado cuenta de que iba a perder una torre. Según él, ha rectificado la jugada, ha devuelto la dama a su posición original y ha evitado su amenaza moviendo el caballo. Protesta enérgicamente, se quita la gorra con la enseña nacional que lucen todos los integrantes de la delegación africana en el campeonato, la agita indignado como si exagerando su disconformidad tuviese su reclamación más posibilidades de ser admitida. Los mirones que se han acercado hasta la mesa del conflicto siguen el episodio con interés. Algunos comentan algo en voz baja, otros se sonríen. También reaccionan con buen humor los ajedrecistas de los tableros aledaños. Son cosas que, mientras no afecten en primera persona, terminan haciendo gracia. Alguien que trata de defender una posición comprometida chista exigiendo silencio. Lo hace con la inapelable rotundidad del veterano bibliotecario pero, en honor a la verdad, cabe decir que no tiene demasiado éxito. El rumor sordo de los curiosos se extiende entre las mesas. El cachondo del técnico que retransmite las partidas por internet hace medio minuto que ha comenzado a grabar, desde su privilegiada posición en la tarima, el altercado con la cámara de su teléfono móvil. El auxiliar también se dirige hacia allí y lanza una mirada reprobatoria al técnico cineasta. Antes de que empiece la siguiente ronda, el vídeo ya circulará por la red.

El árbitro sabe que nadie se inventa una reclamación así sin fundamento y que ningún jugador a quien se le atribuyese de manera injustificada un acto tan antideportivo y miserable permanecería con la actitud de beatífica indiferencia de la cual hace gala el letón. Sin embargo, aunque de buena gana le habría dado la razón al mozambiqueño, no puede actuar, reconoce estar atado de pies y manos: se trata de la palabra del uno contra la del otro y, al no haberse personado nadie en calidad de testigo imparcial, no le queda más remedio que ejercer de Poncio Pilatos y ordenar la reanudación de la partida en la misma posición que hay en ese momento sobre el tablero. Mala suerte la del mozambiqueño. No sólo le han echado atrás la jugada sino que ni uno solo de los espectadores que andan entre las mesas estaba mirando su tablero en el instante preciso. Trata de hacérselo entender al jugador africano, cuyos ojos encendidos parecen estar a punto de salírsele de las órbitas, dispuestos a fulminar al cándido letón. El báltico asiente, impertérrito, con un mínimo movimiento de cabeza, posiblemente la primera aportación que hace en los minutos que está durando la resolución del espinoso asunto. Un asunto que se alarga demasiado y empieza a irritar a los jugadores de los tableros dieciocho y diecinueve, los más próximos al círculo de curiosos que se ha ido formando alrededor del árbitro y de los dos ajedrecistas enfrentados.

Al fin, el mozambiqueño desiste en su protesta y, a regañadientes, toma asiento. Delante de sus piezas, como distraído, parece no verlas. El juez principal lo ha conseguido convencer y está conforme con continuar la partida. En su fuero interno el árbitro está convencido de que ha cometido una injusticia pero no ha tenido otra opción. Ha obrado, estrictamente, siguiendo el reglamento. Haber actuado de otro modo, atendiendo sin pruebas la reclamación contra el letón, no sólo habría dado alas a que algunos vivales con dotes de actor reclamasen movimientos inconcebibles en posiciones desesperadas a partir de entonces sino que tal decisión, con seguridad, le habría acarreado, en tanto que administrador de justicia, una sanción inhabilitadora por saltarse las leyes del juego a la torera. Y aun así, le remuerde la conciencia. Ni siquiera el convencimiento de que no podía actuar de manera diferente consigue atenuar su malestar. Resignado, da media vuelta y dirige una mirada de entendimiento al auxiliar con la que le notifica que el juego va a proseguir con normalidad. Da uno, dos pasos, en dirección a la mesa arbitral cuando el silencio que ha vuelto a reinar en la sala tras el desagradable incidente se ve quebrantado por una inconfundible melodía, muy de moda. De no tratarse del teléfono de uno de los espectadores que circula por la sala de juego, habrá de sancionar con derrota al jugador descuidado que ha olvidado apagar su móvil al inicio de la ronda. Se gira y deduce, por las miradas de quienes todavía andan cerca del tablero del mozambiqueño y el letón, que el teléfono que ha sonado pertenece a uno de los dos.

El letón sonríe como un bebé satisfecho.

miércoles, 6 de marzo de 2013

Bronstein-Tal, 2011

- El tipo le recriminó algo nada más subir, discutieron, se insultaron y el autobusero le propinó un cabezazo. Todo venía de que, por lo visto, había detenido el bus unos metros más allá de la parada. Total, que entonces cogió el móvil y llamó a la policía. El muy cafre le había abierto una brecha en la frente. Y el conductor nos hizo bajar a todos y se fue a la cochera. ¿Qué te parece? Claro que la gente no se cruzó de brazos, en otro tiempo puede, pero después de lo de Egipto, ni hablar. Querían ponerle una denuncia colectiva… –contaba, prolijo y rememorativo, agitando mucho las manos como si de veras estuviese reviviendo el momento.
- ¡Chist! –lo interrumpió el otro llevándose el dedo a los labios, visiblemente cansado de la cháchara del compañero–. No es momento, ¿no crees?
- ¿Tienes un cigarrillo? –inquirió el primero con acento vinoso.
- ¡Oh, por el amor de Dios, cállate de una vez! –hubo de reprenderlo de nuevo.

Tras unos minutos de tenso silencio, el más alto reunió valor suficiente para dar por finalizada la espera y asomarse con cautela a la ventana. Invitó al colega a que hiciese lo propio dándole un leve puntapié. Seguía agazapado con la espalda apoyada en la pared del cobertizo, ensimismado en la contemplación de la desierta esquina iluminada por la farola. Tenía el pulso acelerado.

- ¿Qué hay ahí dentro? –preguntó, de pronto, el del suelo.
- Puedes comprobarlo por ti mismo –le contestó el más alto, que también era el más judío, de los dos.
- ¿Es que no puedes decírmelo? –protestó aquél, contrariado. Ambos hablaban bajito.
- Si te lo cuento, no me crees –razonó el más alto y judío, a quien, como fácilmente puede deducirse, no le gustaba demasiado hablar.

Se puso en cuclillas el otro, con sigilo, imitando la postura en la que permanecía su compañero, se agarró al marco de la ventana y, subiendo poquito a poco, acercó lentamente los ojos al cristal. Una bombilla sucia que colgaba del techo de un cable medio pelado alumbraba la partida que dos ajedrecistas estaban jugando en un tablero dispuesto sobre una mesa vieja y baja, sentados en dos banquetas de las de ordeñar cabras. Sombras aquí y allá confirmaban la presencia de espectadores que seguían, de pie, el juego. El que conducía las blancas adelantó un peón. Era gordo y calvo como una rana y llevaba unas gruesas gafas de montura negra.

- Chico, ¿no es ése Bronstein? –quiso saber el más alto de los dos, señalando con el dedo al que acababa de mover. El ajedrecista vestía un raído traje oscuro con la hombrera izquierda desgarrada y a la vista y llevaba la corbata granate muy mal anudada.
- Pues no sé qué decirte, desde aquí, la verdad. No pondría la mano en el fuego –eludió la respuesta el más cegato de los dos.
- Pues te digo yo que tiene que ser David Bronstein –insistió entonces el más tenaz de los dos.
- No te digo ni que sí ni que no pero, ahora soy yo quien se la juega, para mí que el otro es Mijail Tal –aportó un nuevo elemento a la conversación el más arrojado de los dos.
- Pues yo dudo de que lo sea porque se acaba de dejar un caballo, ¿lo ves? ¿Se colgaría un caballo, así como así, Tal? –lo contradijo el que mejor sabía jugar a ajedrez de los dos, quien, por cierto, debido a la poca luz que había en la calle ya no sabía muy bien si era él mismo el más alto y judío de los dos o lo era el otro, llegando al extremo de confundirse y de pisarse ambos en los turnos de palabra durante la breve charla que estaban sosteniendo.

Tal, o quien tanto se le parecía, levantó la vista del tablero a la espera de que su rival capturase el caballo recién colocado en una casilla negra. Esa sensación, al menos, daba. La potente bombilla permitió a los observadores que seguían la partida desde la calle ver cómo fijaba uno de sus ojos en el adversario mientras el otro miraba hacia Zamora. El parecido con el legendario campeón mundial se les antojó asombroso. Una mosca inoportuna se posó en la alborotada pelambrera blanca que le cubría el colodrillo, paseó curiosa por el cráneo también pelado del segundo ajedrecista y voló hasta una de las mangas del andrajoso traje, como de ropavejero si no peor, del jugador de negras. Bronstein, o el sosia de Bronstein, enrocó como si no se hubiese dado cuenta del fatal error del oponente. Mijail Tal respondió inmediatamente y, en lugar de retirar el caballo amenazado, ocupó la columna semiabierta con una de las torres. Bronstein apenas tardó unos segundos más en realizar su siguiente movimiento: tampoco capturó ese caballo, que parecía blindado o inmortal por algún capricho del Destino, y fue más allá, dejó su dama a tiro de la torre recién desplazada por Tal. La rapidez de las respuestas contrastaba con la perezosa ejecución de las mismas, lentas, graves, hipnóticas. Quizás para demostrar su lógico descontento con el juego exhibido por los dos campeones, quienes, a estas alturas, habían dejado claro que sus jugadas se regían más por impulsos mecánicos, autómatas, que por una profunda reflexión de las posibilidades ofrecidas por la posición, algunas de las sombras empezaron a moverse torpemente arriba y abajo, desorientadas, como si hubiesen perdido el interés en la contienda.

El atolondrado desplazamiento de los presentes fue interpretado por el más impaciente de los dos que esperaban afuera, fuese quien fuese, como la señal esperada para entrar en acción. Con paso decidido rodeó el edificio, seguido de su compañero, se plantó delante de la puertucha de tablas y la derribó de una fuerte patada. El estrépito de ésta al caer sorprendió a Bronstein en pleno movimiento. Se quedó unos segundos con el brazo en alto, suspendido paralelo al tablero, sosteniendo en la mano derecha la dama blanca. Los espectadores se giraron en dirección a las dos siluetas que la luz de la farola perfilaba en el umbral. Uno, clavadito a Tigran Petrosian, abrió mucho la boca, sorprendido, y, apuntándolos desmayadamente con el índice, dijo algo así como “eh”, vocal que prolongó durante un buen rato. Los otros avanzaron hacia los dos intrusos arrastrando los zapatos por el suelo de tierra y paja. A Bronstein, de repente, se le desprendió el brazo, que cayó en el tablero, lo que provocó el derrumbe de unas cuantas piezas y la ruina de la posición. A Tal le chorreó una espesa baba verde oliva barbilla abajo cuando quiso afearle el gesto a su contrincante. Una papilla, por lo demás, bastante pestilente.

- ¡Recuerda, a la cabeza! –gritó el más alto de la pareja recién llegada antes de abrir fuego con su fusil de asalto contra los dos ajedrecistas.
- ¡Malditos zombies hijos de puta! –lo secundó el otro quien, a continuación, profirió un alarido escalofriante salido de lo más profundo de sus entrañas. Visualice aquí el lector los casquillos volando a cámara lenta, como en una de esas escenas de marines descontrolados con un pañuelo anudado a la frente, aullando mientras disparan al enemigo en la selva, y se hará una idea del desarrollo posterior del tiroteo contra el tambaleante grupo de muertos vivientes, quienes pasaron, de una vez por todas, a la definitiva Eternidad por vía de apremio.

David Bronstein intentaba con su único brazo incorporarse, ayudándose del taburete en el que había estado sentado hasta la violenta irrupción de los dos asaltantes. Gruñía. Un bulto también se movía mínimamente entre los otros cuerpos caídos. El más alto se adentró en el cobertizo para rematarlos.

jueves, 8 de noviembre de 2012

Uno de espías

El presidente del club y organizador del campeonato se dirigió al selecto público asistente rogándole un comportamiento acorde con el evento. Desde la barra, el agente pudo distinguir entre los socios y aficionados a dos grandes banqueros, al embajador portugués y a un ilustre parlamentario. También reconoció a varios abogados influyentes. Poco antes de las cinco, la hora de inicio de las partidas del torneo magistral de ajedrez de Londres, había hecho acto de presencia en las coquetas instalaciones del club Margaretha Zelle, su verdadero nombre según la documentación que le habían hecho llegar a Finer.

El presidente pretendía silenciar el murmullo admirativo de los allí congregados para seguir las partidas de los ocho maestros, de los aficionados subyugados por la inesperada aparición de la bailarina de origen holandés, por su madura belleza. La prensa, que tanto hincapié había hecho en el mínimo vestuario y en los velos utilizados en sus danzas javanesas, nunca había mencionado su afición por el ajedrez, sorprendente para muchos. Siguiendo el ejemplo de dos caballeros de edad avanzada, el campeón italiano Adriano Anselmi se había presentado a la diva como un incondicional de su arte. Sin embargo, no todo habían sido parabienes tras la rutilante irrupción de la estrella. Tres ancianos y un joven, pertenecientes a un selecto club cuyos estatutos vetaban la entrada a las damas, protestaron enérgicamente por la presencia de la artista y mostraron su descontento abandonando el local indignados. La situación parecía haberse normalizado ya y los jugadores habían tomado asiento, dispuestos a efectuar el primer movimiento. El presidente se secaba el sudor de la frente, había pasado lo peor.

James Finer había presenciado la escena desde el bar, paladeando su copa, apoyado discretamente en la barra. El revuelo causado por la bailarina internacional era más que previsible. No sólo por su delicioso físico, sino también porque los aficionados al juego no estaban acostumbrados a la presencia de una mujer en una competición ajedrecística, y menos a la hora del té. Tampoco él le había quitado ojo a la hermosa Margaretha, la exótica Mata-Hari. El agente Finer había recibido instrucciones precisas y no debía perder de vista a la mujer. Tenía que dejarla actuar, vigilándola estrechamente. Semanas antes de su misteriosa desaparición en el Orient Express, Karl Drechsler, otro de los mejores hombres del Servicio de Inteligencia Británico, había alertado a sus superiores de lo que él consideraba inquietantes movimientos de Alemania. Las distintas informaciones recogidas por el espionaje británico señalaban a la Zelle como posible agente reclutada por los servicios secretos alemanes, pero no existía ninguna evidencia concluyente. Nada más allá de la sospecha de que, aquel viernes de julio de 1914, un espía alemán de identidad desconocida y que operaba desde hacía dos años en las islas iba a ponerse en contacto con H 21, probablemente Margaretha Zelle. Una oscura leyenda rodeaba a aquella seductora mujer. Había sido la amante del hijo de Guillermo II, se creía que trabajaba para los alemanes, se sospechaba que también lo hacía para los franceses, se había asegurado que incluso había pertenecido al servicio secreto británico. Stacy y Ranken la habían seguido durante toda la mañana. Había desayunado tostadas y un zumo de naranja en el hotel donde se encontraba alojada y ojeado un ejemplar de The Times que había pedido a un mozo. Más tarde, había acudido al teatro en el que actuaría a partir del día siguiente y almorzado frugalmente en un céntrico restaurante con el director de la sala. Nada sospechoso. Un coche de alquiler la había llevado hasta las instalaciones que albergaban la competición. Finer entró tras ella. Lansky, el favorito en todas las apuestas para alzarse con el título, colaborador e informante ocasional de los servicios secretos de Su Graciosa Majestad, también permanecería alerta durante el torneo. El agente Woods completaba el operativo en el exterior, por si la bailarina que decía ser hija de un brahmán y una bayadera y presumía de haber nacido en las orillas del Ganges abandonaba precipitadamente la sala de juego.

Apuró su copa y se sentó junto a la mujer para no perder detalle de ninguno de sus movimientos. La dama, que lucía un escotado vestido gris, extrajo un espejito de su bolso y se retocó el cabello. Recogía su oscura melena de arrebatadores reflejos color miel con un pasador dorado. Sus gestos eran lentos, elegantes. Observó su magnífico rostro. Quizás la nariz un poco grande, pero no le restaba armonía al conjunto. Su mirada era aparentemente lánguida pero inteligente a la vez y en ella se adivinaba un punto de ambición. James Finer se amonestó por perder el tiempo evaluando el físico de la bailarina, se encontraba de servicio. Su cometido era otro bien diferente, tenía que mantenerse alerta si quería captar cualquier detalle fuera de lo corriente. Miró a su alrededor. Los distinguidos miembros del club y demás aficionados seguían con interés las partidas, de pie junto a los tableros, o en la distancia, como el vigilante y la vigilada, sentados frente a los cuatro tableros murales que reproducían los juegos. El parlamentario cabeceaba. Finer se fijó en un gordo sonrosado que no perdía de vista a la mujer sentada a su lado, visiblemente inquieto. El agente decidió hacer lo propio con aquel individuo de comportamiento sospechoso.

Pasaron las horas sin que ocurriese nada anormal. La rítmica cadencia del paso del tiempo en los relojes de competición, algunas toses, conversaciones lejanas, en la zona del bar. La dama se levantaba de vez en cuando para ver de cerca a los jugadores, y prestaba especial atención a las partidas del máximo favorito, Lansky, y de Dagot, un atractivo militar francés de mediana edad que jugaba de uniforme y uno de los ajedrecistas más fuertes de su país. Era evidente el desinterés por el juego de Anselmi, cosa que irritaba al italiano, que no cesaba de levantar la vista para atraer la atención de la famosa bailarina. En una de las idas y venidas de la diva, Finer observó cómo las mejillas del gordo enrojecieron cuando Margaretha le rozó al dirigirse hacia la zona de juego, donde permanecía cerca de un cuarto de hora antes de volver a tomar asiento. No podía descartar ninguna posibilidad todavía, pero la actitud de aquel hombre se parecía más a la de un tímido admirador que a la de un espía. Aquél no podía ser el contacto. Entre jugada y jugada, Lansky también controlaba la sala, en busca de una señal, de algo fuera de lo ordinario. Nada.

El militar francés jugaba enérgicamente sobre el enroque de Sir Sutherland, pero tenía material de menos. Los dos irlandeses del cuarto tablero porfiaban en una posición muy igualada, anodina, según observó la hermosa artista. Su boca era carnosa. Finer asintió y comentó alguna obviedad. Mata-Hari llamó su atención sobre el poderoso alfil del francés aquí ella le hizo un guiño que el agente no supo entender y el interesante desarrollo de la partida del favorito, de la que le comentó en voz baja los últimos movimientos. Al poco, Lansky y su oponente, un terrateniente brasileño de oronda figura, firmaron tablas en el juego que Margaretha le acababa de comentar, una partida que podría haberse prolongado durante más movimientos, según su modesto entender. Anselmi perdió su partida al ser incapaz de frenar las fuertes acometidas de un belga que presumía de poseer las patillas más pobladas de Occidente. Finer la valoró, dentro de sus evidentes limitaciones, como una partida espectacular.

Poco después de la rendición del italiano, el gordo de extraño comportamiento se puso el abrigo y salió del local. Finer siguió sus pasos y se asomó a la puerta principal. Con una seña le indicó a Woods que le siguiera calle abajo, por precaución. Woods agradeció la orden con una leve inclinación de cabeza, se le estaban entumeciendo los huesos, y, levantando el cuello de su abrigo, se adentró en la brumosa noche londinense tras el sospechoso. En la sala de juego todo continuaba igual. De hecho, salvo la anécdota del obeso enamorado, porque todo parecía indicar que se trataba sólo de una anécdota, todo continuaba igual, igual, exasperantemente igual desde el inicio de las partidas. Los alemanes acostumbraban a pasar los mensajes en forma de pequeñas bolas ocultas bajo las uñas. O dentro del oído. Nada de eso había podido ocurrir en el club. Ni una aproximación a la hermosa artista, nada extraño.

El silencio envolvente de la competición y el sigilo con el que se movían los presentes habrían delatado cualquier comportamiento diferente al habitual, el más insignificante agente, el menos avisado, lo habría advertido. Finalizaron las dos partidas restantes con sendos empates. Mata-Hari se dispuso a abandonar el recinto, como los demás asistentes, pero antes se acercó al oficial francés y se presentó. Finer encontró aquel gesto sumamente descarado para una mujer, pero la moral de las artistas del continente parecía ser muy diferente a la que debía tener una dama inglesa. Se encolerizó al ver que al mismo tiempo la bailarina deslizaba la tarjeta de su hotel bajo los guantes del oficial, todavía encima de la mesa. Qué atrevimiento. Relacionó aquel gesto más con la atracción que se decía sentía la exótica Margaretha por los uniformes y los militares contenidos en su interior que con la propia misión de seguimiento en el torneo de ajedrez. A pesar de ello, no quiso que en su informe quedasen cabos sueltos. Se acercó a Lansky y, tras felicitarle por la excelente competición realizada hasta el momento, le dejó encargado averiguar si la tarjeta escondida debajo de los guantes de Dagot contenía algún mensaje. Recordó el comentario sobre el poderoso alfil del francés... no, no podía admitir semejante grosería. Ojalá aquella mujerzuela con maneras de cortesana abandonase las islas cuanto antes. Era amoral, indignante.

Superado el silencio de las partidas, los admiradores de la artista se congregaron a su alrededor. La mujer era realmente atractiva. Y encantadora, hasta Finer debía admitirlo. Atendió con coquetería a todos aquellos caballeros hasta que llegó un coche que la condujo hasta donde se hospedaba. El agente fue uno de los últimos en dejar el club. Respiró satisfecho, allí no había ocurrido nada, aún en el supuesto de que la Zelle fuese una espía alemana, cosa que él ponía en duda. Una mujer guapa, deslumbrante, y famosa no podía ejercer de espía, en tanto que en cualquier aparición pública se convertía en el centro de todas las miradas. El buen agente secreto debía ser, ante todo, discreto como él. Invisible. Salvo que Woods o Lansky descubriesen algo revelador, en su informe reseñaría la inocencia de Mata-Hari. La investigación debía reorientarse, en su opinión, hacia la otra sospechosa, Clara Benedict.

Era una de las mejores suites del hotel. Mata-Hari había exigido que la decorasen con motivos orientales. Incluso había hecho traer algunas piezas de su residencia de Neuilly. Aprovechaba cualquier pretexto para alimentar la misteriosa leyenda que rodeaba su origen. Java, la India... Sin cambiarse de ropa, tomó una cuartilla con el membrete del hotel en uno de sus ángulos superiores y se sentó frente al secreter, donde había un pequeño elefante de marfil y un tablero de ajedrez, con las piezas dispuestas en la posición inicial. Siva, atento desde un rincón de la estancia, observaba el rutinario quehacer de la espía. Comenzó a reproducir una de las partidas presenciadas aquella tarde y a anotar las jugadas en la cuartilla: 1. e4, c6; 2. d4, d5; 3. Cc3, dxe4; 3. Cxe4, Cf6... Simplemente había tenido que memorizar la partida de Lansky, todo había resultado muy sencillo, hasta gracioso. El tipo obtuso sentado a su lado toda la tarde había confiado parte de su vigilancia al agente doble Lansky, Suchowljansky, H 16, sin lugar a dudas el mejor espía del kaiser. Y precisamente Lansky, y el brasileño, otro hombre de entera confianza, habían sido los encargados de hacerle llegar el mensaje cifrado por medio de una partida preparada de antemano, un mensaje evidente, público, una información vital comunicada a la vista de todos los asistentes. Transcribió las veinte primeras jugadas separándolas adecuadamente y extrayendo los símbolos innecesarios, listas para su decodificación: e4c6d4d5 cc3de4 ce4 cf6gf6 cf3 ag4c3 dc7 ad3e6 ae3 cd7h3 ah5g4 ag6h4000 ag6hg6 da4 rb8000 cb6 dc2 cd5c4 ce3fe3f5g5 ag7 dh2dh2. La notación algebraica, adoptada por Alemania en el siglo XVIII, apenas se utilizaba en Gran Bretaña, país donde el sistema descriptivo gozaba de gran aceptación. Abrió el libro de códigos. “H 21 regreso inmediato Berlín. Instrucciones precisas. Posterior misión Francia. Inminente guerra europea”. Regresaría de inmediato a Berlín, sí, pero no podía cancelar las tres actuaciones contratadas, resultaría demasiado sospechoso. Sacaría un pasaje para dentro de cinco días. Primero tenía que destruir unos cuantos documentos... y concertar una cita para el lunes con un atractivo oficial francés, jugador de ajedrez, de nombre Dagot, en el Ritz.