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martes, 10 de julio de 2012

La firma

Cuando viera su dibujo sobre la Inmaculada Concepción o, mejor dicho, lo que tendría que haber sido su trabajo, la galerista rompería definitivamente su relación comercial con él. Eso, al menos, temía el artista, sorprendido al verla ya en el estudio. Sin embargo, ésta parecía animada y comentaba distendida el lienzo con un conocido coleccionista. Desde la puerta, el pintor pudo escuchar cómo ambos, ajenos a su presencia, coincidían en alabar la abstracción y la luminosidad de la obra, que tan bien había captado la pureza sin mancha de la Virgen, y el desprecio por formas, proporciones y colores que había caracterizado su pintura desde su regreso de París. El artista se acercó hasta ellos y, con sonrisa de olvido inexcusable, estampó su firma en el ángulo inferior derecho del lienzo en blanco.

domingo, 4 de diciembre de 2011

El estreno

En la puerta había una gorra negra. Mi tío me había dado unas perras y ninguna seña más. Para que te estrenes, me había dicho, pero de esto, a tu padre, ni media palabra. Pasé la tarde dando vueltas a la plaza porticada, buscando aquella enigmática gorra en los pomos de las puertas, asomándome en las porterías por si la encontraba colgada en su interior. El barquillero saludaba con la mano y una mulataza que se arreglaba los pies sentada en un portal sonreía cada vez que pasaba. ¿Vienes de parte de Eduarro?, preguntó, al fin. Al tío le decían así porque no sabía pronunciar la de.

lunes, 7 de noviembre de 2011

La bondad humana

Utópico convencido, entregado y ferviente defensor de la bondad innata de las personas y de que la cada vez más deshumanizada sociedad todavía tenía remedio, Don Prudencio Osorio Cifuentes se sentó al fin ante su escritorio resuelto a poner en práctica el plan que durante tanto tiempo había estado madurando. Escribió en sendos sobres con pulcra letra redondilla (su exquisita caligrafía había despertado admiración y envidia a partes iguales entre sus compañeros de la escuela, primero, y entre los colegas del bufete, después) los nombres y las direcciones de una señora y de un caballero que previamente había extraído al azar de la guía telefónica y los cerró después de introducir en cada uno de ellos un beso. En días venideros escogería a otras dos personas, luego a otras dos, después a cinco y más tarde a diez, quién sabe si a quince. Sus besos, junto a los de aquellos ciudadanos anónimos que compartían su fe en la bondad humana y su confianza en la supervivencia de la espiritualidad y de valores tan elevados como la fraternidad, ciudadanos que sin duda imitarían su ejemplo, se extenderían por toda la comarca y, en un breve plazo de tiempo, por todo el país.

Cinco días después encontró en el buzón la respuesta de los dos primeros desconocidos. Achacó la respiración dificultosa y las gotas de sudor que perlaban su frente a la excitación o a los nervios aunque ambas cosas bien podrían deberse a que acababa de subir los escalones de casa de dos en dos, algo a lo que no estaba en absoluto acostumbrado. Presa de una gran agitación, Don Prudencio Osorio Cifuentes fue en busca del abrecartas para rasgar cuanto antes aquellos sobres, que se revolvían inquietos en uno de los bolsillos de su chaqueta. El de la dama contenía una sonora bofetada que le restalló en la mejilla, por atrevido, y el del caballero un violento puñetazo, por depravado. Don Prudencio Osorio Cifuentes se llevó el pañuelo a la nariz para intentar frenar la hemorragia.

viernes, 7 de octubre de 2011

Juicio ganado

Nada más conocerse el veredicto, el abogado celebró que su defendido había sido declarado inocente levantando los puños hacia el cielo. Atravesó la sala corriendo, dibujando en el aire un vientre abultado y llevándose el pulgar a la boca. Tras abrazarse al alguacil, quien se arrodilló simulando limpiarle las botas, se levantó la toga para mostrar su camiseta color calabaza con un mensaje de apoyo a un colega recién jubilado. Ejecutó un pase torero, disparó balas invisibles al techo, hizo el puente y gateó hasta su cliente. El acusado, con el rostro nublado por una expresión sombría, le recordó que la acusación presentaría el oportuno recurso. Ni caso. Dio unas cuantas volteretas acrobáticas hasta el estrado, al modo de los gimnastas olímpicos que cierran su ejercicio con una gran diagonal, besó su alianza y clavó una rodilla en el suelo, imitando al arquero que tensa su arma, delante del juez.