jueves, 8 de noviembre de 2012

Uno de espías

El presidente del club y organizador del campeonato se dirigió al selecto público asistente rogándole un comportamiento acorde con el evento. Desde la barra, el agente pudo distinguir entre los socios y aficionados a dos grandes banqueros, al embajador portugués y a un ilustre parlamentario. También reconoció a varios abogados influyentes. Poco antes de las cinco, la hora de inicio de las partidas del torneo magistral de ajedrez de Londres, había hecho acto de presencia en las coquetas instalaciones del club Margaretha Zelle, su verdadero nombre según la documentación que le habían hecho llegar a Finer.

El presidente pretendía silenciar el murmullo admirativo de los allí congregados para seguir las partidas de los ocho maestros, de los aficionados subyugados por la inesperada aparición de la bailarina de origen holandés, por su madura belleza. La prensa, que tanto hincapié había hecho en el mínimo vestuario y en los velos utilizados en sus danzas javanesas, nunca había mencionado su afición por el ajedrez, sorprendente para muchos. Siguiendo el ejemplo de dos caballeros de edad avanzada, el campeón italiano Adriano Anselmi se había presentado a la diva como un incondicional de su arte. Sin embargo, no todo habían sido parabienes tras la rutilante irrupción de la estrella. Tres ancianos y un joven, pertenecientes a un selecto club cuyos estatutos vetaban la entrada a las damas, protestaron enérgicamente por la presencia de la artista y mostraron su descontento abandonando el local indignados. La situación parecía haberse normalizado ya y los jugadores habían tomado asiento, dispuestos a efectuar el primer movimiento. El presidente se secaba el sudor de la frente, había pasado lo peor.

James Finer había presenciado la escena desde el bar, paladeando su copa, apoyado discretamente en la barra. El revuelo causado por la bailarina internacional era más que previsible. No sólo por su delicioso físico, sino también porque los aficionados al juego no estaban acostumbrados a la presencia de una mujer en una competición ajedrecística, y menos a la hora del té. Tampoco él le había quitado ojo a la hermosa Margaretha, la exótica Mata-Hari. El agente Finer había recibido instrucciones precisas y no debía perder de vista a la mujer. Tenía que dejarla actuar, vigilándola estrechamente. Semanas antes de su misteriosa desaparición en el Orient Express, Karl Drechsler, otro de los mejores hombres del Servicio de Inteligencia Británico, había alertado a sus superiores de lo que él consideraba inquietantes movimientos de Alemania. Las distintas informaciones recogidas por el espionaje británico señalaban a la Zelle como posible agente reclutada por los servicios secretos alemanes, pero no existía ninguna evidencia concluyente. Nada más allá de la sospecha de que, aquel viernes de julio de 1914, un espía alemán de identidad desconocida y que operaba desde hacía dos años en las islas iba a ponerse en contacto con H 21, probablemente Margaretha Zelle. Una oscura leyenda rodeaba a aquella seductora mujer. Había sido la amante del hijo de Guillermo II, se creía que trabajaba para los alemanes, se sospechaba que también lo hacía para los franceses, se había asegurado que incluso había pertenecido al servicio secreto británico. Stacy y Ranken la habían seguido durante toda la mañana. Había desayunado tostadas y un zumo de naranja en el hotel donde se encontraba alojada y ojeado un ejemplar de The Times que había pedido a un mozo. Más tarde, había acudido al teatro en el que actuaría a partir del día siguiente y almorzado frugalmente en un céntrico restaurante con el director de la sala. Nada sospechoso. Un coche de alquiler la había llevado hasta las instalaciones que albergaban la competición. Finer entró tras ella. Lansky, el favorito en todas las apuestas para alzarse con el título, colaborador e informante ocasional de los servicios secretos de Su Graciosa Majestad, también permanecería alerta durante el torneo. El agente Woods completaba el operativo en el exterior, por si la bailarina que decía ser hija de un brahmán y una bayadera y presumía de haber nacido en las orillas del Ganges abandonaba precipitadamente la sala de juego.

Apuró su copa y se sentó junto a la mujer para no perder detalle de ninguno de sus movimientos. La dama, que lucía un escotado vestido gris, extrajo un espejito de su bolso y se retocó el cabello. Recogía su oscura melena de arrebatadores reflejos color miel con un pasador dorado. Sus gestos eran lentos, elegantes. Observó su magnífico rostro. Quizás la nariz un poco grande, pero no le restaba armonía al conjunto. Su mirada era aparentemente lánguida pero inteligente a la vez y en ella se adivinaba un punto de ambición. James Finer se amonestó por perder el tiempo evaluando el físico de la bailarina, se encontraba de servicio. Su cometido era otro bien diferente, tenía que mantenerse alerta si quería captar cualquier detalle fuera de lo corriente. Miró a su alrededor. Los distinguidos miembros del club y demás aficionados seguían con interés las partidas, de pie junto a los tableros, o en la distancia, como el vigilante y la vigilada, sentados frente a los cuatro tableros murales que reproducían los juegos. El parlamentario cabeceaba. Finer se fijó en un gordo sonrosado que no perdía de vista a la mujer sentada a su lado, visiblemente inquieto. El agente decidió hacer lo propio con aquel individuo de comportamiento sospechoso.

Pasaron las horas sin que ocurriese nada anormal. La rítmica cadencia del paso del tiempo en los relojes de competición, algunas toses, conversaciones lejanas, en la zona del bar. La dama se levantaba de vez en cuando para ver de cerca a los jugadores, y prestaba especial atención a las partidas del máximo favorito, Lansky, y de Dagot, un atractivo militar francés de mediana edad que jugaba de uniforme y uno de los ajedrecistas más fuertes de su país. Era evidente el desinterés por el juego de Anselmi, cosa que irritaba al italiano, que no cesaba de levantar la vista para atraer la atención de la famosa bailarina. En una de las idas y venidas de la diva, Finer observó cómo las mejillas del gordo enrojecieron cuando Margaretha le rozó al dirigirse hacia la zona de juego, donde permanecía cerca de un cuarto de hora antes de volver a tomar asiento. No podía descartar ninguna posibilidad todavía, pero la actitud de aquel hombre se parecía más a la de un tímido admirador que a la de un espía. Aquél no podía ser el contacto. Entre jugada y jugada, Lansky también controlaba la sala, en busca de una señal, de algo fuera de lo ordinario. Nada.

El militar francés jugaba enérgicamente sobre el enroque de Sir Sutherland, pero tenía material de menos. Los dos irlandeses del cuarto tablero porfiaban en una posición muy igualada, anodina, según observó la hermosa artista. Su boca era carnosa. Finer asintió y comentó alguna obviedad. Mata-Hari llamó su atención sobre el poderoso alfil del francés aquí ella le hizo un guiño que el agente no supo entender y el interesante desarrollo de la partida del favorito, de la que le comentó en voz baja los últimos movimientos. Al poco, Lansky y su oponente, un terrateniente brasileño de oronda figura, firmaron tablas en el juego que Margaretha le acababa de comentar, una partida que podría haberse prolongado durante más movimientos, según su modesto entender. Anselmi perdió su partida al ser incapaz de frenar las fuertes acometidas de un belga que presumía de poseer las patillas más pobladas de Occidente. Finer la valoró, dentro de sus evidentes limitaciones, como una partida espectacular.

Poco después de la rendición del italiano, el gordo de extraño comportamiento se puso el abrigo y salió del local. Finer siguió sus pasos y se asomó a la puerta principal. Con una seña le indicó a Woods que le siguiera calle abajo, por precaución. Woods agradeció la orden con una leve inclinación de cabeza, se le estaban entumeciendo los huesos, y, levantando el cuello de su abrigo, se adentró en la brumosa noche londinense tras el sospechoso. En la sala de juego todo continuaba igual. De hecho, salvo la anécdota del obeso enamorado, porque todo parecía indicar que se trataba sólo de una anécdota, todo continuaba igual, igual, exasperantemente igual desde el inicio de las partidas. Los alemanes acostumbraban a pasar los mensajes en forma de pequeñas bolas ocultas bajo las uñas. O dentro del oído. Nada de eso había podido ocurrir en el club. Ni una aproximación a la hermosa artista, nada extraño.

El silencio envolvente de la competición y el sigilo con el que se movían los presentes habrían delatado cualquier comportamiento diferente al habitual, el más insignificante agente, el menos avisado, lo habría advertido. Finalizaron las dos partidas restantes con sendos empates. Mata-Hari se dispuso a abandonar el recinto, como los demás asistentes, pero antes se acercó al oficial francés y se presentó. Finer encontró aquel gesto sumamente descarado para una mujer, pero la moral de las artistas del continente parecía ser muy diferente a la que debía tener una dama inglesa. Se encolerizó al ver que al mismo tiempo la bailarina deslizaba la tarjeta de su hotel bajo los guantes del oficial, todavía encima de la mesa. Qué atrevimiento. Relacionó aquel gesto más con la atracción que se decía sentía la exótica Margaretha por los uniformes y los militares contenidos en su interior que con la propia misión de seguimiento en el torneo de ajedrez. A pesar de ello, no quiso que en su informe quedasen cabos sueltos. Se acercó a Lansky y, tras felicitarle por la excelente competición realizada hasta el momento, le dejó encargado averiguar si la tarjeta escondida debajo de los guantes de Dagot contenía algún mensaje. Recordó el comentario sobre el poderoso alfil del francés... no, no podía admitir semejante grosería. Ojalá aquella mujerzuela con maneras de cortesana abandonase las islas cuanto antes. Era amoral, indignante.

Superado el silencio de las partidas, los admiradores de la artista se congregaron a su alrededor. La mujer era realmente atractiva. Y encantadora, hasta Finer debía admitirlo. Atendió con coquetería a todos aquellos caballeros hasta que llegó un coche que la condujo hasta donde se hospedaba. El agente fue uno de los últimos en dejar el club. Respiró satisfecho, allí no había ocurrido nada, aún en el supuesto de que la Zelle fuese una espía alemana, cosa que él ponía en duda. Una mujer guapa, deslumbrante, y famosa no podía ejercer de espía, en tanto que en cualquier aparición pública se convertía en el centro de todas las miradas. El buen agente secreto debía ser, ante todo, discreto como él. Invisible. Salvo que Woods o Lansky descubriesen algo revelador, en su informe reseñaría la inocencia de Mata-Hari. La investigación debía reorientarse, en su opinión, hacia la otra sospechosa, Clara Benedict.

Era una de las mejores suites del hotel. Mata-Hari había exigido que la decorasen con motivos orientales. Incluso había hecho traer algunas piezas de su residencia de Neuilly. Aprovechaba cualquier pretexto para alimentar la misteriosa leyenda que rodeaba su origen. Java, la India... Sin cambiarse de ropa, tomó una cuartilla con el membrete del hotel en uno de sus ángulos superiores y se sentó frente al secreter, donde había un pequeño elefante de marfil y un tablero de ajedrez, con las piezas dispuestas en la posición inicial. Siva, atento desde un rincón de la estancia, observaba el rutinario quehacer de la espía. Comenzó a reproducir una de las partidas presenciadas aquella tarde y a anotar las jugadas en la cuartilla: 1. e4, c6; 2. d4, d5; 3. Cc3, dxe4; 3. Cxe4, Cf6... Simplemente había tenido que memorizar la partida de Lansky, todo había resultado muy sencillo, hasta gracioso. El tipo obtuso sentado a su lado toda la tarde había confiado parte de su vigilancia al agente doble Lansky, Suchowljansky, H 16, sin lugar a dudas el mejor espía del kaiser. Y precisamente Lansky, y el brasileño, otro hombre de entera confianza, habían sido los encargados de hacerle llegar el mensaje cifrado por medio de una partida preparada de antemano, un mensaje evidente, público, una información vital comunicada a la vista de todos los asistentes. Transcribió las veinte primeras jugadas separándolas adecuadamente y extrayendo los símbolos innecesarios, listas para su decodificación: e4c6d4d5 cc3de4 ce4 cf6gf6 cf3 ag4c3 dc7 ad3e6 ae3 cd7h3 ah5g4 ag6h4000 ag6hg6 da4 rb8000 cb6 dc2 cd5c4 ce3fe3f5g5 ag7 dh2dh2. La notación algebraica, adoptada por Alemania en el siglo XVIII, apenas se utilizaba en Gran Bretaña, país donde el sistema descriptivo gozaba de gran aceptación. Abrió el libro de códigos. “H 21 regreso inmediato Berlín. Instrucciones precisas. Posterior misión Francia. Inminente guerra europea”. Regresaría de inmediato a Berlín, sí, pero no podía cancelar las tres actuaciones contratadas, resultaría demasiado sospechoso. Sacaría un pasaje para dentro de cinco días. Primero tenía que destruir unos cuantos documentos... y concertar una cita para el lunes con un atractivo oficial francés, jugador de ajedrez, de nombre Dagot, en el Ritz.

miércoles, 31 de octubre de 2012

El polen de microideas

La semana pasada terminé la lectura de la Antología del microrrelato español (1906-2011) : el cuarto género narrativo, recientemente publicada por Cátedra. En este excelente repaso de Irene Andrés-Suárez por la historia del microrrelato patrio me llevé una enorme sorpresa al descubrir, en Regreso, de Manuel Moyano (El imperio de Chu. Murcia : Tres Fronteras, 2008), muchos puntos en común con mi Yogur premiado (Cruentos ejemplares y otras microficciones. Málaga : Seleer, 2012). Admito, no sin cierto rubor, no haber leído antes a Moyano (acabo de sacar en préstamo Teatro de ceniza para subsanar esta carencia), así que ésta es una de aquellas casualidades que casi le ponen a uno los pelos de punta, como me dijo ayer un amigo. Lo del polen de ideas, vamos, adaptado a nuestro microcosmos. Os dejo con los dos microrrelatos para que comprobéis el asombroso (así lo juzgo yo) parecido entre ambos, esperando que disculpéis la presuntuosa comparación:

REGRESO (Manuel Moyano, 2008)
"Ya no hay nada que hacer", escuché que decía el médico mientras su mano cerraba suavemente mis párpados. Al principio solo vi oscuridad. Luego, en mitad de la negrura, se abrió un largo túnel: desde su otro extremo me reclamaba una intensa luz blanca. "Así que eso es el Cielo", pensé mientras me deslizaba, como si flotase, entre sus paredes húmedas y turgentes. Una extraña felicidad me invadió. Sin embargo, cuando llegué al final del túnel, lo que encontré no fue un mundo maravilloso, sino otra habitación de hospital. Un gigante me había agarrado de los tobillos y, sosteniéndome boca abajo, golpeaba con fuerza mi trasero. Indignado, intenté pronunciar algún exabrupto, pero de mi garganta no salieron palabras: sólo un chillido de recién nacido.

YOGUR PREMIADO (David Vivancos, 2012)
Se personó en el Departamento de Promociones con la tapa del yogur premiada con un nacimiento. Lo acomodaron en un cuarto oscuro sin darle oportunidad de preguntar en qué consistía el regalo exactamente, ya que tanto él como su señora hacía mucho que no podían tener niños. Permaneció sentado hasta que se abrió una puerta. Avanzó cauteloso hacia el rectángulo de luz recortado en la penumbra. Nada más cruzar el umbral, sintió cómo alguien lo agarraba del tobillo y lo levantaba. Recibió una fuerte palmada en la espalda. Quiso protestar pero sólo consiguió emitir un llanto sostenido, desgarrador.

jueves, 25 de octubre de 2012

La peonada de Don Real

A oscuras, en el fondo de esta caja de madera, sepultado por mis propios compañeros, soy uno más de los peones blancos del juego. Sin embargo, los demás me tratan con un respeto y un cariño especiales desde que el azar me trajo a este histórico club de ajedrez, hace poco más de dos años. No creo que sea el afecto lógico hacia el recién llegado, puesto que su respuesta hacia un caballo blanco y una torre negra de plástico que vinieron conmigo no es tan amable. Y no es que les traten mal, porque las piezas que completan los juegos provenientes de otros siempre son bien recibidas. Las piezas originales se sobreponen cuando se pierde o se rompe una compañera, saben hacerles la vida fácil a las nuevas, necesitan de ellas para continuar siendo útiles y disfrutar del juego, es ley de vida. Creo que este trato deferente que recibo se debe a mi larga experiencia, tengo casi ochenta años, al respeto que infunde, para bien o para mal, la edad.

Permitidme que me presente. Me llaman Don Real. A pesar de que algunos hacen bromas sobre el origen de mi nombre o componen divertidos juegos de palabras con sus letras, este apelativo viene de mi admiración hacia el doctor Rey Ardid, al que tuve el placer de servir en algunas partidas que disputó en Barcelona. Qué clase tenía. En dos de ellas tuve la suerte de ser el peón de dama y observar el despliegue de su juego desde el centro del tablero, del principio al fin, viendo cómo mis compañeros menos afortunados eran capturados y retirados de la lucha. Las dos partidas fueron muy importantes en el desarrollo del campeonato, decisivas, disputadas ante rivales de entidad… Podría contar muchas más cosas de otros grandes ajedrecistas y de otras tantas competiciones, pero no quisiera aburriros con mis recuerdos. Como dije, soy un anciano peón blanco. Un peón de madera, sin barnizar, que el tiempo ha tornado amarillento, que perdió hace tiempo el fieltro que impedía que los tableros se estropeasen con el roce de mi base. Relativamente pequeño pero digno, de apariencia modesta, un tronco y una bola a modo de cabeza, calvo como una rana, sin molduras ni adornos superfluos. Me han dicho que existen juegos de ajedrez temáticos y que sus peones han sido hábilmente tallados representando guerreros espartanos, gendarmes, conejos, mesoneros o futbolistas, pero yo no los he visto nunca.

A pesar de mi edad todavía espero con ansia el momento en que alguien retira la tapa y la sola presencia de la luz sirve para liberarnos de nuestro particular cautiverio. Siento una especial excitación al chocar con mis compañeros cuando se inclina la caja y nos dejan caer, con mayor o menor cuidado, sobre el tablero, produciendo ese ruido tan característico y difícil de olvidar, controlado alud de madera contra madera. En el momento en que los jugadores nos disponen sobre las casillas para iniciar el juego debo controlar la explosión de júbilo que me domina. La experiencia me ha enseñado a obrar con gran astucia tras la caída. A fin de evitar el centro del tablero, en el que las posibilidades de ser capturado al comienzo de la partida son mayores, me dejo caer, rodando sobre los escaques, hacia uno de los flancos para que el jugador que conduce las piezas blancas me escoja y me convierta en uno de sus peones de torre o de caballo. No es, ni mucho menos, una táctica infalible, pero da unos resultados satisfactorios. Alguien ha entrado en el local. Me da igual que se trate de un ajedrecista fuerte o de un jugador aficionado, que sea ese compulsivo fumador de puros o aquel quinceañero espigado tan prometedor. Quiero formar parte de una partida, necesito recorrer las casillas. Lo que más me gusta es participar en un final, convertirme en pieza decisiva, avanzando con firmeza hasta la octava línea. La sensación de convertirse en un peón pasado, de dejar atrás a tus compañeros y a tus rivales y la culminación, dejar el juego sustituido por la dama al promocionar en la octava fila, no puede explicarse con palabras. Tras aterrizar sobre el tablero, ruedo hacia la izquierda rogándole a Caissa que se convierta en mi cómplice y premie una vez más mi maniobra. La fortuna me sonríe. El jugador me coge por la cabeza firmemente, me levanta y me coloca frente a su caballo del flanco de rey.

Ya estamos todos dispuestos en el campo de batalla. La partida será larga, durará toda la tarde, se va a jugar sin reloj que limite el tiempo de reflexión de ambos ajedrecistas. Noto que mis compañeros, blancos y negros, se remueven nerviosos en su posición inicial, deseosos de que comience el juego. Existe un implícita compasión hacia los peones de rey y de dama blancos, que serán los que abrirán la partida y con probabilidad caerán al arrancar la contienda. Con sorpresa, noto que el jugador me iza. Qué extraño. Me va a avanzar una casilla para fianchettar el alfil de rey detrás mío, pero si ésta es la idea lo lógico es mover primero el caballo y luego, adelantarme. Este jugador no es habitual del club, sin duda. Cuando acabo esta reflexión y miro hacia abajo, observo que no estoy en un cuadro negro, sino blanco. Este individuo me ha adelantado dos casillas y no una. Presa de una gran excitación, comienzo a atar cabos y deduzco que mueve las piezas blancas aquel estudiante tan alto, especializado en el mundo clásico creo, que apenas viene por el club. Siempre plantea la nefasta apertura Grob, cuyo fatídico primer movimiento acabo de protagonizar. El peón de dama negro avanza dos escaques y el alfil blanco ocupa la casilla desde donde comencé la partida. Estoy amenazado por un alfil negro y el estudiante no ha hecho nada por defenderme. Creo que si fuese capturado, el blanco obtendría un fuerte contragolpe en el flanco de dama. Estoy relativamente tranquilo, la ganancia del peón no puede ser la mejor respuesta del bando negro. Sin embargo, tras una breve pausa, el inconsciente que dirige las negras coge su alfil de dama con la mano derecha y con un hábil movimiento me alza del tablero y coloca en mi lugar la pieza.

A oscuras, en el fondo de esta caja de madera, espero al día de mañana.

jueves, 18 de octubre de 2012

Bronca

El de la gorra a cuadros de matador de toros que pasea por la finca es el primero en levantar la voz. ¡Ojalá te quemen los ojos con salfumán!, dice. El otro, el del bastón lleno de nudos, asiente y se apunta a eso de gritarle al linier. ¡Tienes cabeza para dos pescuezos!, vocifera con timbre asonante de cascabel cascado. El niño de orejas audaces que los acompaña sale de debajo del banquillo portátil que hace años alguien retiró del campo y dejó aparcado junto al muro, donde el marcador. Como parece que ha dejado de llover, ajusta el cierre de su paraguas infantil y se adelanta unos pasitos más. Mira con recelo descarado al abuelo y a Don Ángel, siempre apoyado en ese cayado horrible que le recuerda al farmacéutico del pueblo.

 ¡Así se os caiga un balcón encima de la cabeza a los tres!, arranca de nuevo el abuelo. ¡Sois todos iguales, estáis todos cortados por la misma navaja!, proclama seguidamente. Su amigo mueve la mandíbula como sólo los viejos con dentadura postiza saben hacerlo y está a punto de dar la réplica cuando el pequeñajo, ceñudo, los reprende. Abuelo, déjame ver el partido tranquilo, me duele la cabeza, ruega, con una circunspección adulta e inapelable que asusta. Hijo, se defiende el anciano quitándose la gorra y pasándose la mano llena de venas y manchas y más venas por la calva, ¡es que en casa no nos dejan hablar! Ríe la gracia Don Ángel y el crío se encoge de hombros, sin saber muy bien qué significa ese resignado gesto que tantas veces ha visto repetir a su madre y que ahora él imita de manera autómata.

El árbitro pita entonces el final del minuto de silencio y ordena el comienzo del partido. El interior izquierda del equipo visitante da un leve toque al balón y el delantero centro lo retrasa hasta el capitán, quien levanta la vista buscando a un compañero bien posicionado para iniciar la primera acción de ataque.

miércoles, 10 de octubre de 2012

Señor juez

- ¡Por el amor de Dios, que alguien cierre esa ventana!, ¡este balanceo me está poniendo nervioso!
- Disculpe, inspector, creo que ya pueden proceder a retirar el cadáver.

El juez, sentado frente a la sobria mesa de caoba del despacho, volvió de su ensimismamiento. Sobre ella, junto a un tablero de ajedrez en el que había quedado incompleta una partida, un sobre de color crema dirigido al señor juez, con el escudo nobiliario del conde del Rocinar en su ángulo superior derecho, dos caballos, uno blanco y uno negro, sobre fondo escaqueado y una leyenda, Un jaque siempre queda bien. Se lo facilitó un agente, aunque al parecer ya lo había abierto la hija del conde. El carácter especial del finado y el sobre abierto previamente por la niña le empujaron a iniciar la lectura allí mismo, saltándose las diligencias habituales. Además, el inspector era de confianza, el juez le conocía desde hacía años. A lo largo de su dilatada carrera sus manos habían abierto infinidad de cartas de suicidas, pero nunca hasta entonces había tenido el dudoso placer de leer la despedida de un noble, aunque éste perteneciese a una familia venida a menos. En los últimos tiempos, el conde se había convertido en un habitual de los medios de comunicación. Su hijo mayor había fallecido en un trágico accidente y se había visto envuelto en un escándalo financiero de grandes dimensiones. El juez recordaba al conde como un hombre joven y fuerte, de unos treinta y cinco años de edad, apuesto diría, pero lo que más le había llamado la atención era su mirada, triste, huidiza. Dejaba viuda y una hija.

El cuerpo del conde se mecía levemente junto a la ventana. Había improvisado la soga con el cinturón del elegante batín de seda que todavía vestía. Su pijama color burdeos también parecía de excelente calidad. El aire fresco no había eliminado totalmente el olor dulzón de los orines. Un agente procedió a descolgarlo con sumo cuidado y con la ayuda de un enfermero lo introdujo en una bolsa negra de plástico. La grotesca mueca del conde del Rocinar se ocultó tras la cremallera.

Con aparente tranquilidad, el juez extrajo del sobre unas cuartillas escritas con trazo firme y anguloso, ligeramente inclinado a la derecha.

“Señor juez, 

nunca fue práctica habitual de los de Arellano-Cabeza de Vaca eludir las muchas responsabilidades que la historia de España puso sobre nuestros hombros desde los tiempos en que don Rodrigo de Arellano recibió el condado del Rocinar de manos de Felipe II. Jamás rehuimos nuestras obligaciones y en todo momento afrontamos los deberes que conlleva la defensa de tan nobles apellidos, incluso en las épocas más difíciles. Precisamente en un intento por salvar el honor del linaje, llevado con tanto orgullo durante siglos por mis antepasados, voy a relatar las circunstancias que me han empujado a realizar una acción que puede parecer tan innoble. Yo, Jacobo Cayetano de Arellano-Cabeza de Vaca Fitzsimons Palacio y Silva, conde del Rocinar, señor de Casanueva de Aranda, Verneda y Fontanillas, me he visto obligado a manchar el honor de mi familia a los ojos de la sociedad con la indigna determinación del suicidio al no poder combatir en igualdad de condiciones con el rival más temible y poderoso, el maligno que se deleita con la humillación de las más piadosas estirpes, el príncipe de las tinieblas, Belcebú”. 

“Heredé de mi padre su espíritu deportista y la afición por la competición. Siendo niño me introdujo en la práctica de la vela, la equitación y el golf. También me inició en el ajedrez, argumentando que era el deporte más noble que podía practicarse. Disputé numerosas pruebas de vela hasta alcanzar la edad juvenil, clasificándome siempre en los puestos de honor. Sin embargo, siempre destaqué en la equitación, gané distintos concursos hípicos y me llegué a hacer un nombre en el circuito internacional. Estuve muy cerca de representar a España en los Juegos Olímpicos de 1992 en la modalidad de salto, pero una lesión me lo impidió. Aquella situación idílica se prolongó hasta dos años después. El infortunio se cernió sobre los de Arellano-Cabeza de Vaca. Una de las sociedades mercantiles que mi padre presidía se declaró en quiebra con todo lo que ello conllevaba, en forma de juicios e indemnizaciones. Alarmados por su grave situación económica, sus acreedores aprovecharon este momento para exigirle el pago de sus deudas. Mi padre pudo hacer frente a todas las demandas y a esos pagos, pero el patrimonio familiar se vio seriamente dañado. Vendió las residencias de Galicia, Cantabria y Valencia, y con ellas sus caballerizas y las tres embarcaciones de recreo. Agotado, enfermo y, sobre todo, decepcionado, murió poco después, dejándome el palacio de Verneda, esta finca y sus dos caballos más queridos, Efetrés y Alcibíades. He sido incapaz de transmitir su herencia a mi hija Cayetana”. 

Una solícita criada con los ojos enrojecidos por el llanto sirvió a los agentes unos refrescos, ofrecimiento que rechazó el juez sin alzar la vista, ya que continuaba absorto en la lectura de las sorprendentes cuartillas redactadas por el difunto. ¿El príncipe de las tinieblas? El inspector cogió su vaso y se dirigió hasta la biblioteca, que se alzaba magnífica tras el magistrado. Un lobo disecado le miraba feroz junto al escritorio. Paseó distraídamente la mirada por los volúmenes que la componían, la mayor parte lujosamente encuadernados. La colección se le antojó atípica, no era la esperada para un grande de España, a pesar de observar que la mayoría eran obras sobre historia y política del país. Le sorprendió que una parte nada desdeñable de la biblioteca estuviese dedicada al espiritismo, al satanismo y a las ciencias ocultas, temas que personalmente le inquietaban, y que hubiese un pequeño apartado dedicado al ajedrez. Bien pensado, esto último no era de extrañar, no sólo por el tablero sobre la mesa, sino por el blasón familiar que coronaba la fachada de la finca, que también hacía referencia al juego. Asimismo, había obras de ficción, una heterogénea selección de la mejor literatura contemporánea. El inspector dedujo que el conde debió de gozar de un excelente sentido del humor puesto que allí estaban, entre otras, las obras completas de Eduardo Mendoza, de Mikhail Bulgakov, Las aventuras del valeroso soldado Schwejk y selecciones de cuentos en diferentes idiomas de su autor, Jaroslav Hasek, los relatos de Woody Allen y Groucho, diferentes libros de Italo Calvino, La sombra del águila de Arturo Pérez Reverte y una antología del genial crítico taurino Joaquín Vidal.

“Nuestra precaria situación económica hizo que me alejase paulatinamente de la vela y la equitación y me concentrase en el ajedrez, juego en el que alcancé un nivel respetable. Mi historia comienza hace unos dos años, cuando empezó una nueva edición del campeonato internacional de ajedrez postal. Formaba parte de un grupo de ocho jugadores, por lo que debía disputar siete partidas simultáneamente. Me gustaba esta modalidad del juego porque podía analizar las posiciones en profundidad, estudiarlas, tomarme un tiempo razonable antes de enviar la respuesta a mi rival por correo. En poco más de un año se decidieron las cinco primeras partidas, cuatro victorias y una derrota. A nivel personal, fue un año terrible. La muerte de mi ama, el accidente mortal de mi hijo, la presión de la fiscalía que comenzaba entonces a investigar mi patrimonio. Supongo que tendrá conocimiento de todo ello si sigue mínimamente la prensa. Elena, mi esposa, mi querida esposa, mi hija y el ajedrez fueron los únicos consuelos en aquellos momentos tan difíciles”. 

“Tres meses más tarde conseguí doblegar la numantina defensa del irlandés McGowan. Un gran ajedrecista. Sólo quedaba una partida, la del húngaro Szabo, que se prolongaba de modo inusual. Habíamos jugado la apertura ágilmente, siguiendo los cauces recomendados por la teoría. Sin embargo, el medio juego había sido trabado, lento, una sucesión de maniobras a largo plazo en busca de un final ventajoso. El estudio de la posición me incomodaba, presentía algo negativo que me era difícil de explicar. Quería acabar aquella maratoniana partida cuanto antes, como fuese. Hubiera ofrecido tablas a mi rival de no ser por un error trivial que cometí y que me dejó en posición desesperada, con tres peones de menos. En aquel momento, achaqué el error a la desazón que me producía este último juego, que se prolongaba exasperantemente. También podía haber influido la sentencia, dada a conocer en esas fechas, la venta precipitada del palacio...”

Frente a la mesa del despacho había un mueble bajo con un pequeño televisor. El inspector no entendía demasiado de antigüedades, pero le pareció una pieza de calidad, con delicados motivos florales cuidadosamente labrados en la puerta. La abrió y observó que el interior había sido adaptado para alojar un vídeo y una veintena de películas. Allí estaban La semilla del diablo, El exorcista, La profecía, La maldición de Damien, La novena puerta... Aquel sitio comenzaba a darle escalofríos. Se imaginó el espectral efecto de las sombras en el despacho cuando se ocultase el sol y se corriese aquella gruesa cortina de terciopelo color ceniza cada noche. Se dirigió a la ventana, que continuaba abierta. Quería ver el sol de la mañana, los pinos que flanqueaban el camino que llevaba a la propiedad. Un perro comenzó a aullar.

“No sabría explicar la razón objetiva por la que, días después, me senté en el despacho a repasar el desarrollo de mi partida con Szabo. Las desgracias se sucedían desde que comenzó aquel maldito campeonato, y era la única partida todavía en juego. Estaba convencido de que existía alguna relación entre el torneo, Szabo y las miserias de los últimos años. ¿Quién podría ser ese Atanas Szabo? Busqué la ficha con la información de los jugadores del grupo que me había hecho llegar la federación internacional. Arellano, Herrera, Hoffmann, Holly, McGowan, Nunes, Solomon... y Szabo. Szabo, Atanas. De Budapest, Hungría. Era la primera competición que disputaba. Aquel impreso no contenía más datos y, sin embargo, allí estaba lo que buscaba. Distraídamente, me puse a jugar con aquellas palabras. Atanas, Szabo, Budapest, Hungría... Atanas el Magyar, Budapest, Hungary, Atanas Szabo, Szabo, A., Atanas S... ¿por qué no S., Atanas? No me llevó demasiado tiempo convencerme de que había dado con la combinación correcta y la respuesta a todas mis preguntas. Me estaba enfrentando a Satanás en una funesta partida cuyas jugadas se iban plasmando de modo cruel a mi alrededor. No sólo me había dado la clave, ¡se estaba burlando de mí! La eliminación de cada una de mis piezas se materializaba en una pérdida en mi entorno más querido. Mi hijo Jacobo, mis dos preciosos alazanes, el palacio de Verneda, Braulio y el resto del servicio...”

“Recordé las primeras jugadas de aquella demoníaca Caro-Kann. Nada más comenzar la partida, intercambiamos un peón central la misma semana que fallecía repentinamente Manuela, la que fuera mi ama y que seguía viviendo con nosotros en Verneda. Después vino el fatal accidente de Jacobo, cuando su montura calculó mal un obstáculo y le envió al suelo. El dolor por la muerte de mi primogénito me empujó a sacrificar al querido animal y, unos días después, cambiaba el alfil de casillas blancas y el caballo del flanco de rey en la lucha por el control del centro de mi partida con el diablo. Al cabo de más de medio año golpeó fatalmente mi delicado estado financiero la famosa sentencia que usted recordará por los periódicos, la cual me obligó a malvender el palacio de Verneda para satisfacer mi deuda con el fisco y a despedir a las cuatro personas que lo mantenían durante el verano, período que pasábamos en la finca de Casanueva de Aranda. Entre ellos se encontraba Braulio, el chófer, que dejó de trabajar para la familia después de treinta y siete años de servicio. Haciendo memoria me pareció escuchar la risa de Satanás recordándome la coincidencia de la venta con el cambio de torres y los despidos con un torpe intercambio de peones, que me condujo a una fatal secuencia de jaques de su dama y a la pérdida de tres infantes más. Analicé mis últimas jugadas y ratifiqué con horror su jaque de caballo, que me forzaba a su captura a cambio de mi pieza dos días después de que el carbunco matase al noble Efetrés”.

“¿Qué podía hacer ante una situación tan desesperada? Consulté mi biblioteca y no hallé remedio para mi angustiosa realidad. No se documentaba ningún caso que tuviese alguna similitud, ni siquiera remota, con mi problema. Llegué a consultar a un experto en ciencias ocultas y satanismo y también a un vidente, pero pronto me di cuenta de que eran unos embaucadores. Me encontraba jugando al ajedrez postal contra el mismísimo Lucifer, el ángel caído, y defendía un final de dama, torre y alfil con tres peones de menos y la única solución tenía que estar sobre el tablero. Analicé detenidamente la posición. Si jugaba de modo pasivo, a la defensiva, las negras cambiarían las piezas con comodidad e impondrían los tres peones de más en el final de la partida. No podía permitir ese lento y agónico desenlace, más capturas, más muertes a mi alrededor. La única solución de acabar la partida cuanto antes era aprovechar la actividad de mi dama y mi alfil. De no ser por la buena situación de estas piezas, la partida estaba objetivamente perdida”. 

“Ideé una secuencia de jaques que me permitieron mejorar todavía más la posición de mi alfil y activar la torre, además de evitar que durante esos días desapareciesen más piezas del tablero. Sin embargo, aquella era una maniobra de distracción, un ataque sólo aparente. Después de una defensa correcta mi último jaque era simplemente el reflejo de mi desesperación. El ataque había concluido. Ahora era el turno del contraataque negro. En ese momento, ocurrió lo inesperado, me vi sorprendido por la última jugada de Satanás, un débil movimiento de rey que me permitía alcanzar las tablas mediante el sacrificio de mi dama, consiguiendo un jaque continuo basado en la combinación de la acción de la torre y el alfil. La posición estará todavía en el tablero de mi despacho”. 

El juez interrumpió la lectura y miró la posición. Apenas sabía mover las piezas y no entendía las jugadas que explicaba el conde, pero allí estaban la dama, el alfil, la torre. El bando negro tenía tres peones de ventaja. Un agente entró en el despacho e informó al inspector de que la condesa estaba con su hija, mucho más tranquila. Había confirmado que su marido hacía meses que se mostraba algo más nervioso de lo normal e intranquilo, y achacaba el suicidio al cúmulo de desgracias que había padecido el conde durante los dos últimos años. La niña continuaba llorando. El inspector dio gracias al cielo por tener una buena excusa para abandonar aquel despacho y acompañó al agente para interrogar a la viuda. El juez prosiguió la lectura del relato.

“Si se hubiese tratado de una partida normal, no hubiese dudado, habría entregado mi dama para conseguir las tablas. Pero en aquel macabro pasatiempo, la entrega suponía poner fin a la vida de Elena. La madre de mis hijos. La dama era mi mujer, mi apoyo. Mi amor. No podía tolerar que ella diese su vida, mi existencia habría dejado de tener sentido. Sin embargo, el ajedrez me ofrecía una solución alternativa. Mi padre solía decir que una de las virtudes del juego era que uno podía abandonar la partida al saberse perdido, una retirada a tiempo era incluso honorable. El abandono, mi vida a cambio de la suya. Poniendo fin a mi vida, inclino mi rey ante Satán, esperando que con la victoria se dé por satisfecho y no se lleve de este mundo lo que yo más quiero. Me rindo, dejo la partida como han hecho tantas veces los grandes campeones de este juego durante siglos, sin que ello suponga un deshonor para nuestro linaje”. 

“No me queda mucho más que añadir. He escrito esta carta en plena posesión de mis facultades mentales y éstas son las verdaderas motivaciones por las que he decidido poner fin a mi vida. Quiero impedir de esta manera que se abra una investigación sobre las causas de mi muerte que pueda suponer molestias a Elena y Cayetana, a mis socios y amistades o al servicio, a cuyos miembros tengo en muy alta estima, así como dañar el honor de cualquier miembro de mi familia”. 

Finca de Casanueva de Aranda, a 24 de agosto de 2001 

Firmado: Jacobo Cayetano de Arellano-Cabeza de Vaca Fitzsimons Palacio y Silva, conde del Rocinar, señor de Casanueva de Aranda, Verneda y Fontanillas 


***** 


El viejecito interrumpió su cena. Su mirada, iluminada durante toda la velada por las ocurrencias de su esposa, quedó fija en el icono de San Esteban y parecía perdida, a la vez. Cayó una lágrima. Su hijo le acababa de traducir una carta en inglés que había llegado aquella misma mañana. El mismo sobre utilizado por el conde para enviarle las jugadas, pero en esta ocasión la remitente era su viuda, que le comunicaba el fatal desenlace. Los dos le miraron apenados. Su menudo cuerpo se estremeció. Apartó el tazón de leche y la hogaza de pan secto, se santiguó y juntó sus manos. Atanas Szabo rezaba por el alma de su amigo Jacobo.

miércoles, 3 de octubre de 2012

El abrazo

El acomodador iluminó una butaca libre. Recorrí la fila hasta mi localidad mientras, en la pantalla, el domador ya declaraba su amor a la trapecista. Mi vecina de asiento, entonces, me susurró al oído que la abrazara, así, sin más, y se acurrucó a mi lado, descansando la cabeza en mi hombro.

Dudé apenas unos segundos para, finalmente, acceder al deseo de la desconocida. Le pasé el brazo por detrás y cogí su hombro. Suspiró. Su cabello, ella misma, olían a jazmín. La historia del circo dejó de interesarme. Pasados unos minutos, me incorporé levemente y acerqué mis labios a su boca en penumbra. Me rechazó con delicadeza. Me suplicó que no lo estropeara y rogó que me limitara a abrazarla. Que sólo eso necesitaba.

Acabó la película y se desembarazó discretamente de mi abrazo. Al encenderse las luces observé cómo ayudaba a ponerse el abrigo al hombre de su derecha. Lo arropaba con ternura no disimulada. Y lo hacía así porque su acompañante era manco de ambos brazos. Ella se volvió y se despidió acariciándome la mejilla. Su marido también quiso agradecerme lo que había hecho por ellos y me dedicó una sonrisa de emocionada gratitud que jamás olvidaré.

(Este relato consiguió el segundo premio en el III Certamen de Microrrelatos de Cine Arvikis Dragonfly 2012)

miércoles, 26 de septiembre de 2012

La americana o relato de mil rayas y un solo punto

Cuando el otro le preguntó en la cola del dispensario por la americana, que dónde la había comprado o si había sido un regalo y si hacía mucho que la tenía, él se sorprendió de que le hubiese llamado tanto la atención y de que no lo hubiese visto antes con ella ya que, si bien solía vestir con chaqueta para ir a la facultad, donde el otro no tenía por qué haberlo visto jamás (ni ganas), ambos podían haber coincidido en el metro cuando iba camino de la universidad o ya en el barrio, de vuelta del trabajo o en algún comercio, y le contestó, en voz baja para que no lo escuchase el viejo del bigotillo tardofranquista trazado con tiralíneas que los precedía en la fila, señalándose el codo izquierdo de la prenda, mostrándole el triste brillo pardo del paño muy rozado de la chaqueta, que por lo visto pasaba más desapercibido de lo que creía, que debía de tener más de seis años, posiblemente ocho o nueve, diez acaso no, y lo recordaba porque por aquel entonces todavía daba clases como profesor asociado en la escuela universitaria de biblioteconomía (y documentación, siempre olvidaba mencionar la coletilla que le daba cierto empaque a aquellos estudios de segunda fila, en su opinión, modesta pero autorizada) y aún vestía de progre oficial, con tejanos más o menos raídos y más o menos limpios, camisetas y calzado deportivo de mercadillo, sin marca, sobre todo sin marca, como las zapatillas del cabeza rapada de la fila, a quien se veía satisfecho con su brazo derecho escayolado, suspendido en el aire como si se lo hubiesen inmovilizado sin tiempo de completar un orgulloso saludo a la romana, y además aquellos deslavazados suéteres, igualmente progres, a poder ser negros o con rayas horizontales, y una cazadora, tejana también, con alguna insignia prendida de uno de los bolsillos superiores, una claqueta que le había regalado en tiempos mejores una compañera de la facultad de historia, tiempos que él creía de amistad cuando en realidad eran de tolerancia académica, un zorrito muy cursi, una máscara teatral adquirida en el mercado de Sant Antoni muchos, muchísimos, años atrás, cuando Serbia se escribía con uve, en una parada regentada por un señor alto y muy delgado, de maneras suaves, amables, un galán otoñal con un pañuelo de seda verde anudado al cuello y que desprendía un exagerado olor a humo, que no a tabaco, sino a humo, unos pinceles, un Pegaso rampante que era otra cursilada, un símbolo antifascista de su variada colección de símbolos antifascistas, que ya no tenía edad de lucir, por cierto, porque para eso también la hay, qué duda cabe, y fue entonces cuando un día, al llegar al barrio tras dos horas martiriales y de fuentes de información en ciencias sociales (derecho, política, economía o sociología) y tres cuartos escasos de cortado corto de café y cruasán largo de aceite con la chica de fotocopias, subiendo ese jueves por la escalera mecánica del metro, en realidad estaba casi seguro de que fue la tarde de un jueves de invierno porque recordaba perfectamente la apagada luz de las seis, o puede que fuese la de las siete, que todavía le permitía leer el final de la página o el final del capítulo del tomazo de Gerardo Capacaída (la extensión de las novelas de Capacaída siempre era notable, no se trataba de libros que se leyesen en el cuarto de baño en un par de cagadas), un autor de origen chileno (y, por tanto, chileno) cuyas páginas dulcificaban durante esos años su diaria y melancólica errancia suburbana, un escritor excelente que no hacía demasiado había acaparado las páginas de sucesos de los periódicos más sensacionalistas, y no las de los suplementos culturales como debiera hacer alguien de su talento, tras golpear la cabeza de su otrora amigo Rodrigo Querubini, novelista también, contra la tapa de un inodoro durante la entrega de un conocido premio de literatura en Lyon, episodio violento provocado por una categórica afirmación del segundo sobre el uso de la sinalefa de un tal Max Hermosillo, poeta, tercero en discordia y protagonista involuntario en esa historia de Capacaída, excelso, como podíamos haber dicho, o excelente, como dijimos, siempre ameno y documentado, capaz de enlazar diferentes historias en un mismo párrafo a base de infinidad de comas y de algún que otro paréntesis por si había que echar mano de alguna aclaración adicional (una forma curiosa de escribir ya observada en otros autores que lo habían impactado en menor medida y que a alguno de sus colegas de departamento, masa iliterata, a los dos que leían para ser más exactos, les parecía puro fraude porque aquello de reducir el riquísimo universo de la puntuación gramatical a su mínima expresión en forma de coma y de paréntesis no podía obedecer sino a la poca vergüenza de un escritor con la cara muy dura, de una caradura de dimensiones olímpicas, según el que ejercía de palmero del cátedro) y donde cualquier hecho anecdótico, una respuesta, un recuerdo o un objeto cualesquiera sobre un estante cualquiera servía para dar paso a una narración paralela, derivada, complementaria o no, necesaria o no, estupenda en todo caso, y enriquecedora, cuando notó que alguien, por detrás, tocaba su macuto militar, muy progre, como todo su uniforme, se apoyaba o tiraba de él ligeramente y, al volverse, se encontró con la mirada inquisitiva (o petitoria o, para no complicarnos, indiscernible) de un niño pequeño, así de pequeño, explicó a su compañero en la espera, a la vez que subía la mano izquierda paralela al suelo con la palma hacia abajo hasta la altura de la cadera porque se sentía incapaz de precisar la edad del crío, ya que era muy malo para esas cosas y, para incidir más en su desapego hacia lo infantil, aseguró que llevaba puestas muchas velas a San Herodes y que no les tenía estima ninguna, a los mocosos, salvo a los callados, que eran los menos, esos niños planta con pantalones cortos que toleraban llevar camisas abrochadas hasta el último botón y ser peinados con colonia y raya, si todavía seguían existiendo, y ese niño detrás de él, que tardaba en definirse y cuya actitud podía ser tanto la de planta como la de los otros, lo continuaba mirando de hito en hito, la manita aún agarrada al macuto en bandolera, un chucho muy azucarado en la otra, cuando la madre, una madre de facciones borrosas perdidas en el tiempo, porque la importante en el relato no era ella sino el hijo, comenzó a reprenderle con fingido rigor no exento de cierta autoridad, dirigiéndole un par de miradas de disculpa cómplice que él, cerrado ya el libro bajo el brazo derecho, aceptó con una media sonrisa seráfica que en cierta medida lo reconciliaba, ni que fuese durante esa fracción de segundo (¿es posible fraccionar un segundo?), con el género infantil (o como se llamase) personificado en aquella personita de ojos inquisitivopetitorioindiscernibles muy abiertos, y fue para él sorprendente sentirse, de repente, en aquel breve, mínimo, lapso de tiempo, congraciado no sólo con el chiquitajo y todos los de su especie y tamaño sino, por extensión, con un género humano que consideraba desde siempre lo suficientemente hostil y sintió la necesidad de tranquilizar a esa madre (que tampoco es que pareciese demasiado intranquila) con un dulce (sí, dulce, siendo como eran habitualmente las suyas maneras propias de un sepulturero, cuando no las de una rata de albañal) no se preocupe, con un no ha tenido importancia que la madre, que en realidad era joven además de borrosa, interrumpió para informar al pequeño, producto sin duda de un iniciático amor de devaneo atendiendo a la edad de la chica, de que no había estado nada bien lo que acababa de hacer y que nunca debería haber tocado la mochila del señor, él, lección que el niño recibió con verdadera atención pero cuya expresión de extrañeza reflejó en su rostro no haber comprendido enteramente la enseñanza puesto que, tras el gesto inicial de sorpresa, declaró muy serio, demasiado, que los señores no llevaban mochila, palabras pronunciadas con inocencia que se le clavaron primero en el alma como alfileres al rojo vivo y, luego, en el cerebro, palabras que lo irritaron tanto como lo avergonzaron y que devolvieron al niño al peldaño más bajo de su particular escala de valoración, de donde no tuvo que haber salido jamás, y se convirtió en lo que había sido hasta hacía un instante, su instante de debilidad, en un microscópico y entusiasta mojador de camas, un pertinaz comedor de mocos, un inconsciente metedor de dedos en enchufes (llegado este punto su interlocutor no pudo reprimir una carcajada que trató de ahogar torpemente con el dorso de la mano tras escuchar un admonitorio sonido de sifón que exigía silencio en el centro de salud, emitido por una enfermera de gesto fiero que pasaba por allí), y ese humillante los señores no llevan mochila (ni macuto ni morral, pensó), esas mismas palabras, fueron también las que lo hicieron tomar conciencia de quién era y de cómo lo veían los demás, de lo que se esperaba de él y de lo que a cambio ofrecía, conciencia de que tras él no sólo quedaba aquella escalera mecánica sino una etapa de su vida que debía haber superado hacía tiempo, superado y reorientado, conciencia de que al día siguiente tendría que ser un señor, que ya era hora, aunque quizás le costara algo más de tiempo, para ese niño y para cualquier hijo de vecino, para todo el mundo, para toda la Creación, y para ello comenzaría por tirar las insignias a la basura, cambiar sus deportivas por los más clásicos mocasines, el macuto por la cartera de piel, puesto que el maletín le parecía excesivo, y sustituiría su cazadora y sus viejos tejanos por un traje de mezclilla, unos pantalones de sarga para el verano y una buena americana de paño marrón, su primera compra, que recordaba ahora con precisión dolorosa a la espera de su turno, y retiraría la mayor parte de camisetas y jerseys y vestiría en su lugar camisas lisas, discretas, y elegantes chalecos, tan de moda entonces, y aunque no todo radicaba en el vestuario, cierto, decidió empezar por la ropa, y así daba por concluida la historia de su americana cuando observó su número en el panel luminoso, el ochenta y siete, rojo, y se dirigió, tras despedirse del otro, hacia el mostrador desde el cual, durante la espera, les habían llegado los apagados rumores de discusiones en sordina sobre pruebas, sobre horas, y, mientras cubría los pocos pasos que lo separaban de los administrativos atrincherados detrás, trataba de reproducir mentalmente el próximo encuentro con el doctor Villegas en su consulta, siempre los mismos chistes para que el paciente se sintiese cómodo (un esfuerzo baldío, nunca lo conseguía), hombre de Dios, ¿qué le tengo dicho?, ¿por qué esperó tanto a venir?, pronunciado con un guiño tras simular no recordar su nombre de pila y antes de comenzar la batería habitual de preguntas sobre las más humildes funciones de la vida animal, ya ve, doctor, esperaba a ponerme enfermo, respuesta que interrumpiría el facultativo con la acostumbrada risotada, una risotada de cascajo, o de lisiado, que le recordaba, quizás por el escenario, al ruido producido por un frasco de píldoras al ser agitado.

viernes, 14 de septiembre de 2012

Presentación de Cruentos ejemplares... en L'Illa Diagonal

Tras unas semanas de descanso, aquí me tenéis, de nuevo al pie del cañón, y con una muy buena noticia que daros: el próximo viernes, 21 de septiembre, presentaré en la FNAC de L'IIla Diagonal de Barcelona mis Cruentos ejemplares y otras microficciones. Me acompañará en esta empresa Jesus Esnaola, a quien todos conocéis bien. Seguro que pasaremos un buen rato escuchando al autor de Los años de lluvia y hará más llevadera mi posterior intervención...

En la primera parte del acto, que comenzará a las 19.30 horas, Manel Flores y Manuel Lasso presentarán su libro de relatos fantásticos Corazón de dragón.

Ojalá podáis compartir con nosotros la tarde del viernes. Allí os espero, amigos...

domingo, 12 de agosto de 2012

En septiembre... más grimas y más leyendas


Dentro de unas semanas, más historias. Aprovecho este parón para agradeceros a todos las más de diez mil visitas en estos primeros meses de Grimas y leyendas. Gracias, gracias, amigos. Volveremos a reencontrarnos en septiembre...

Foto: Ortzi_84

jueves, 2 de agosto de 2012

El Cementerio de Rosales

Cuando bajó del autobús del Cementerio de Rosales ya era otoño. En la media hora que había durado el revirado trayecto del bus que recorría el interior de la necrópolis, desde su entrada principal hasta la Capilla del Sagrado Corazón, en la parte más alta, la señora María pudo comprobar cómo la relativamente cálida mañana de septiembre se había transformado en un domingo desapacible, incluso podría decirse que algo inquietante por el lugar en donde se hallaba. Durante esa travesía por las entrañas de la ciudad de los muertos, recorrido de panteones de oxidadas verjas entreabiertas con las grúas del puerto como decorado de fondo, de silenciosos senderos y bloques de nichos, de tumbas recientes y gatos perezosos y gaviotas que miraban de modo insolente desde las cruces de piedra, de armazones metálicos de antiguas coronas que convivían con recuerdos en los sepulcros más recientes como fotos de cumpleaños y postales y bufandas del club de fútbol de la ciudad, se había girado un viento de película de horror y el cielo había adquirido una tonalidad plúmbea que invitaba a acabar cuanto antes el acostumbrado tributo a sus muertos y coger el primer autobús que cubriese el camino de vuelta. Solía realizar la visita anual a la tumba de sus padres en septiembre u octubre para evitar el sofocante calor del verano y el gentío que se reunía en el Cementerio de Rosales cada Día de Difuntos. Así podía sentarse en el transporte público y procurarse con relativa facilidad una de las escaleras para alcanzar el nicho, ubicado en el tercer piso de los Columbarios A de la Agrupación 12 de la Plaza de San Agustín, tareas nada fáciles conforme se iba acercando el primero de noviembre.

Se sentó en la parada y buscó en la bolsa el llavín del nicho. No había cambiado nada en la plaza desde la última vez. Se reconocía fácilmente desde el mismo autobús por la aparatosa tumba gitana que la jalonaba: una Virgen de yeso azul celeste de talla humana, rodeada de macizos de rosas artificiales rojas y amarillas, honraba los restos de Antonio y Chiqui desde hacía más de diez años y los Moreno se encargaban de que siempre estuviese perfecta. Algo más arriba, y a la sombra de unos cipreses, otra vieja conocida. La cruz imponente y parcialmente cubierta de musgo del sobrio sepulcro de Raquel Sanjuán, la cupletista y actriz de cine cuya fama trascendió fronteras allá por los años veinte y treinta. La señora María se acercó a curiosear. Alguien había dejado sobre la lápida un ramo de claveles frescos no haría más de una semana. ¿Un admirador nostálgico, un pariente? El tiempo no invitaba a recrearse en tales cavilaciones. Se ajustó un pañuelo al cuello y se levantó el cuello de la chaqueta de punto. Tomó el camino de grava de la derecha y giró por el tercer sendero a la izquierda. Le preguntó a un empleado que cargaba los restos desarmados de un viejo ataúd en su camioneta si le podía acercar una escalera que divisó al final del sendero. Él la miró con desgana y decidió que le costaba más improvisar una excusa coherente que andar unos metros. Volvió en un par de minutos con la pesada escalera metálica. Entretanto, la señora María había sacado de su bolsa el limpiacristales, un par de trapos, un pincel para el polvo, unas flores artificiales de los chinos y un cubito de plástico verde, que llenó de agua en la fuente. Salía helada. Desde allí podía verse tanto el mar, al este, como el palacio de deportes, la torre de telecomunicaciones y el museo nacional de arte, al oeste. Le agradeció el favor al empleado del camposanto quien, al abrir la puerta de su vehículo, le dio a entender, levantando su brazo derecho y sin girarse, que la había escuchado.

Subida a la escalera, abrió la portezuela y pasó un agua por el cristal. Con cuidado porque no ajustaba bien. Escuchó cómo arrancaba y se alejaba la camioneta del operario. Pasó el trapo mojado por la cara interior del vidrio. Le extrañó la ausencia de la señora Teresa. Teresa, su vecina del segundo cuarta contando desde la izquierda del columbario, acudía cada domingo a limpiar el nicho en el que reposaba su marido, oficial jubilado del cuerpo de bomberos. Según le había comentado en cierta ocasión, desde que éste falleciera, sólo había fallado a su cita dominical cuando se rompió la pierna en la primavera del noventa y cuatro. Nunca le había dicho cuándo había tenido lugar su muerte pero por cómo hablaba la anciana tenía que haber sido alrededor de hacía quince años. Consultó su reloj. Las diez y veinte. Posiblemente la señora Teresa habría pensado tomar el autobús de las diez y media y todavía le daría tiempo de saludarla, preguntarle cómo le iba, hablar del verano que estaba a punto de terminar, de sus dolencias, de sus nietos. Roció con el limpiacristales la cara exterior de la puerta de vidrio y pasó el trapo. Repitió el proceso por la cara interna y bajó para cambiar el agua. Pudo distinguir un cortejo fúnebre camino de la Agrupación 5. Cepilló bien la superficie de mármol negro en la cual se leía en letras incisas los apellidos de la familia. Pasó el trapo mojado y luego uno seco y comprobó con inquietud que el mármol bailaba. Avisaría a los responsables de pompas fúnebres para que alguien le echase un vistazo y afianzase la placa con algo de cemento. Remojó los dos jarritos de cristal que custodiaban el nicho, los secó a continuación y cambió las flores de plástico blanco que había dejado el año pasado por otras de color amarillo. Cerró la puerta y bajó de la escalera.

Después de guardarlo todo en la bolsa, echó un vistazo a la obra concluida, ritual que acostumbraba a llevar a cabo antes de irse. Se frotó las manos, las tenía frías. Como ella decía, el nicho había quedado curioso. Era muy consciente de que no estaba haciendo nada por sus padres pero ella se quedaba más tranquila. También tenía la profunda convicción de que sus hijos no harían nada parecido ni por ella ni por los abuelos. El primer año a lo sumo. Luego lo dejarían estar. Pero ese convencimiento no constituía una razón de peso para no seguir haciendo lo que ella consideraba lo más apropiado: rendir un modesto homenaje a los parientes desaparecidos, proclamar a quienes pasasen por el Columbario A de la Agrupación 12 de la Plaza de San Agustín (los empleados del cementerio, las dolientes peregrinaciones de deudos, los gatos) que don Leopoldo Dolz y doña Filomena Carvajal de Dolz continuaban teniendo a alguien que se seguía preocupando de ellos porque no había nada en este mundo (ni en el otro) más triste que una tumba olvidada. Siempre dijo que los muertos merecían respeto, todos sin excepción, incluso aquellos que no habían sabido ganárselo en vida. Al pie de la escalera se olvidó por un instante del fresco que comenzaba a calársele en los huesos y se detuvo un momento en la contemplación de la placa de los Martínez Iniesta (cada año reparaba en ella al coincidir sus apellidos con los de su cuñada), del Riposa in pace de los italianos, del nicho de la familia Morte Degollada (desde siempre le había llamado la atención esa paradójica unión de familias) o del de los Kryzanovski, tan bien cuidado, de esas desoladoras sepulturas anónimas y de las cerradas con cemento y señalizadas con pintura negra por los operarios municipales, depositado el cadáver, Manuel Palomo Valiente, 10-12-1973 o propiedad funeraria de la familia Cortés Alvarado. Nada hay más desolador que un muerto abandonado por los suyos, se decía una y otra vez, que uno de esos avisos de desahucio pegados en los nichos impagados: Sepultura no actualizada según artículo 66 de la Ordenanza de Cementerios, plazo de actualización desde el 1 de septiembre hasta el 30 de noviembre. Nada, nada había más desolador.

La señora Teresa estaba en el otro extremo. Su devoción por el esposo ausente, sus constantes visitas al hombre con quien había compartido más de media vida contrastaba con los cristales rotos y empañados, con los ramos dejados hacía décadas en aquellas sepulturas del desarraigo. La inspección rutinaria de despedida del cementerio la llevó al segundo cuarta de su vecina Teresa, al segundo cuarta contando desde la izquierda. De pronto, sintió como si toda la sangre le subiese a la cabeza y notó cómo la vista se le nublaba tras un estremecimiento de aprensión. Creyó desmayarse y echó mano instintivamente a la escalera a punto de perder el equilibrio. Un nudo en la garganta ahogó su grito de dolor. Allí estaba Teresa, la fiel custodia del segundo cuarta, sonriéndole. La suya era una sonrisa amable, acogedora. Su pelo volvía a ser caoba, como cuando la había conocido, aunque ahora lo llevaba suelto. No recordaba haberla visto nunca tan joven. Pero no cabía duda de que era ella, con uno de sus jerseys de punto de cuello alto, la medalla de la Virgen de los Dolores y sus ojos grises, tan vivaces, mirando un punto indefinido, allá, al frente. Era ella, esmaltada en el frío óvalo, junto al retrato de su marido, con su uniforme, decolorado por el sol y la lluvia. Teresa, Teresa…

Se giró un viento helado. Tenía el tiempo justo para coger el autobús de regreso. Bajó con la cabeza gacha el camino de grava, las manos hundidas en los bolsillos y paso vivo. Teresa, Teresa… hasta el año que viene, Teresa…