martes, 23 de julio de 2013

Popurrí melvilliano

- ¡Arponéala de una maldita vez! –gritó, enloquecido, Ahab.
- Preferiría no hacerlo –contestó Bartleby con tranquilidad pasmosa y sin intención de abandonar el remo.
- ¡Manda al infierno a ese condenado demonio! –rugió el anciano, golpeando con su pata astillada el fondo del bote.
- Preferiría no hacerlo –repitió Bartleby con su proverbial apatía, sosteniendo el brillo diabólico y demente en la mirada del capitán cuya obstinación los había llevado a tan crítica situación.

Se levantó del banco de proa el favorito Billy Budd, tan honesto él, tan hermoso, y, haciéndolo a un lado, cumplió la orden dada. La Ballena Blanca, herida en el costado, se sumergió dando un fuerte coletazo. Como es sabido, el cabo se enroscó al cuello del desquiciado Ahab en su intento de destrabarlo y liberar el tobillo del modélico Billy Budd, también aprisionado. Entonces alguien, sin demasiada convicción, había pretendido que Bartleby cortara el cabo temiendo que el cetáceo arrastrara hasta el fondo, sin remedio, a ambos hombres en su desesperada huida.

La tripulación vitoreó al marinero cuando volvió a escucharse, elevándose por encima del rugido del mar embravecido, su celebrado “prefería no hacerlo” para luego, ya a bordo del Pequod, remojarlo en ron.

lunes, 15 de julio de 2013

Vibra el móvil

Hace muchísimos años, cuando apenas era un crío, vi por televisión el capítulo de una serie (si no fue La dimensión desconocida tuvo que ser La hora de Alfred Hitchcock) que me impresionó profundamente, hasta el punto de tener su recuerdo presente incluso a día de hoy. Una criatura, diría que una niña aunque bien podría haber sido un mocoso quien protagonizara la historia, hablaba, a través de un teléfono de juguete, con su abuela recién fallecida. Los adultos, en principio, la miraban con ternura creyendo que se trataba de una instintiva defensa psicológica de la niña, la cual estaría, de algún modo, intentando superar la ausencia del ser querido. Hasta que la frecuencia de las conversaciones conseguía, por lógica, preocuparlos. Al final, uno de esos adultos, el padre seguramente, descolgaba el auricular y descubría que las conversaciones habían sido reales desde el primer momento y que no eran una ilusión de una cría traumatizada.

He intentado recordar alguna otra película, alguna otra imagen que haya conseguido aterrorizarme más durante todos estos años y ninguna me ha venido a la mente. Tanto como aquel episodio no, desde luego. Por eso ahora, cuando vibra el móvil y veo parpadeando el nombre de mi padre, me recorre el cuerpo un escalofrío. Es tan cierto eso de que no se echa a alguien de menos hasta que lo pierdes... Y lo de que sólo se valora aquello que ya no se tiene. Lo peor de todo es que, aquí, encajonado y sin apenas oxígeno, no puedo responder a su llamada. Ahora que lo pienso, esas historias de teléfonos que, olvidados en los bolsillos de sus difuntos propietarios, sonaban en los velatorios o en el interior de los nichos también consiguieron, en su día, aterrarme. Ahora ya no.

miércoles, 10 de julio de 2013

El botánico aficionado

En cuanto tenía un rato libre se detenía delante del tiesto y contemplaba con embeleso cómo la mata crecía, milímetro a milímetro, con un orgullo muy parecido al del padre que presume de los progresos de su hijo delante de los compañeros del trabajo. Abría una pequeña sillita plegable, de ésas de costurera de posguerra, y se sentaba junto a la maceta pintada de rojo para leerle suavemente a la planta, como en un arrullo mimoso, algunos capítulos de una vieja enciclopedia ajedrecística, de cuyo título nadie había oído hablar jamás. La había comprado en una librería de lance y había pertenecido a un tal Silverio H. Morales (alguien, al menos, se había entretenido en escribir en lápiz dichos nombre y apellido en unas irregulares mayúsculas en el ángulo superior derecho de la primera página del grueso volumen) o los análisis de las partidas más atractivas de los números más recientes de la revista Jaque. Había escuchado en algún lugar que no conseguía recordar que hablarle a las plantas les servía de estímulo para su crecimiento. Y se aplicaba en ello del mismo modo que esparcía la fina capa de paja para mantener la humedad de la tierra y la regaba periódicamente, y siempre a primerísima hora de la mañana, porque había oído decir al presentador de un popular programa de la televisión, un tipo cuyo aspecto frisaba en los cuarenta cuando debía de tener cumplidos los sesenta, que, de esa manera, las plantas se hidrataban mejor durante el calor del mediodía.

Precisamente había sacado de la entrada Ajedrez y botánica de ese tomazo enciclopédico de tapa dura, firmada por Aleksandr Aboguin y un tal Dr. Kirílov, la idea para su proyecto, que desarrollaba, según afirmaban los autores rusos, un originalísimo experimento de un religioso agustino discípulo de Mendel. Consagraba así los días a su proyecto y sólo su sobrino de ocho años tenía alguna remota noticia de su secreta actividad. En realidad, el chiquillo no sabía nada, sencillamente lo veía trajinar arriba y abajo con los libros o con la regadera en las contadas mañanas en que sus padres, su hermana y el gordo desabrido con quien había contraído matrimonio hacía diez años en Calzadilla de los Hermanillos, se lo dejaban porque debían hacer algún recado. El niño jugaba con los muñecos articulados que había traído de casa y lo dejaba tranquilo con lo suyo en la terraza. Pasaron los días y pasaron las semanas. El diámetro del tallo se ensanchaba a ojos vistas y de la mata fueron saliendo unas ramitas que enseguida se cubrieron de pequeñas hojas con forma de corazón de color verde aceituna veteadas en blanco y negro. El botánico aficionado pulverizaba diariamente aquellas hojitas cardiáceas y les sacaba brillo con un paño limpio con una dedicación que hubiese hecho enrojecer de vergüenza por descuidado al coleccionista de mariposas más escrupuloso. Tiempo después, cuando la planta había alcanzado unos dos palmos de altura y el ritmo de las sesiones de lectura se había incrementado hasta llegar a la media hora diaria, ésta comenzó a dar los primeros frutos. En los extremos de las ramas aparecieron unos brotes oscuros, también alguna florecilla blanca, que muy pronto se convirtieron en alfilitos negros de madera barnizada, muy parecidos entre sí y que recordaban mucho a aquél plantado hacía ya unas cuantas semanas en la maceta. ¡Bendito discípulo de Mendel y benditos Aboguin y Kirílov por transmitir los conocimientos de éste! Las flexibles ramitas soportaban bien el peso de las piezas pero, conforme éstas iban creciendo hasta alcanzar su plena madurez, se combaban ligeramente hacia abajo. El excitado botánico lloró de contento cuando el primero de los alfiles negros cayó por su propio peso encima de la paja húmeda. Le dio cera para muebles y lo metió en una caja de madera con el interior forrado de terciopelo rojo que había comprado expresamente para depositar allí la que sería su primera cosecha de piezas de ajedrez. Luego cayó el segundo y, pronto, el tercer y cuarto alfiles pasaron a hacerles compañía en aquella caja tan especial. La planta dio en total nueve piezas menores. Presa de una incontenible excitación por el milagro obrado, pasó tardes enteras leyéndole a una planta que, por desgracia, ya no volvió a dar más fruto.

Lejos de descorazonarse, el primer sábado que tuvo libre se fue al centro comercial más cercano y cargó en la parte trasera del coche una docena de tiestos idénticos al que había utilizado para plantar su mata de alfiles negros. También compró sacos de una tierra especial, rica en nutrientes, y dos litros de fertilizante para plantas. Acarreó las macetas hasta el balcón de casa, vació en ellas los sacos y en cada una practicó un agujero donde introdujo un rey blanco, un rey negro, una dama blanca, un alfil blanco, un caballo negro… y así hasta que todas las macetas tuvieron su simiente. Poquito a poco fueron asomando los tallitos verdes, tímidos, como las lombrices ciegas que se abren paso a través de la tierra húmeda hasta alcanzar la superficie. Puso entonces en práctica todos los conocimientos atesorados tras la primera experiencia, cada vez más perfeccionados, lógicamente, más otros adquiridos tras la lectura de los libros de jardinería que había ido sacando de la biblioteca pública del barrio y con las respuestas a las preguntas con las cuales solía acribillar a la navarra del séptimo segunda, poseedora de un balcón florido de escándalo, envidia de todo el vecindario, en cada ocasión en que ambos se encontraban en el ascensor. Orientó los tiestos de idéntico modo a como lo había hecho con la mata piloto, de manera que las plantas aprovecharan al máximo la luz solar y, después de regarlas a primera hora de la mañana (había introducido, por consejo de la vecina hija de la villa de Zubiri, un tapón de abono una vez a la semana, que diluía por cada tres litros de agua), las colocaba en semicírculo alrededor de su sillita de costurera, como si los tiestos fuesen los miembros de una coral y él su director, y les leía los artículos de la enciclopedia dedicados a Mieses o a Lasker o a Bogolyubov o a cualquiera de los campeones con patillas de lince encumbrados hasta lo más alto a finales del siglo XIX y los comentarios a las partidas que habían significado el triunfo de Aronian en tal o cual torneo de república báltica publicados en las revistas especializadas. Las plantas parecían agradecerlo y crecían lozanas, más hermosas incluso que la primigenia mata de alfiles negros que se había negado a dar, por algún motivo desconocido, más piezas. Salieron los primeros brotes y las hojas, con sus vetas blancas y negras. También floreció, si bien a un ritmo algo más lento, un caballo de marfil blanco que había plantado como prueba en la duodécima maceta. Había querido experimentar con nuevos materiales, con trebejos que no fuesen de madera, dado que la enciclopedia nada decía sobre ese particular. Así que también crecía robusta la planta del caballo de marfil… Entusiasmado por el inesperado éxito, el botánico aficionado empezó a darle vueltas al asunto y llegó a la conclusión de que podría sacarle un rédito económico al productivo experimento y a tanto esfuerzo. Dejó la parte científica, la que en principio le había animado a emprender tal empresa, a un lado, y, como la lechera del cuento, se concentró en cómo podría sacarle el mayor rendimiento a los frutos de su pequeño jardín. Con su método botánico revolucionario obtendría piezas perfectas y únicas de madera barata o de materiales menos asequibles, como el marfil o el ébano o el palo santo, sin apenas coste y podría venderlas a precios que acabarían reventando el mercado y arruinando al resto de fabricantes. Ya los llamaba, para sí, la competencia, sin haber entrado todavía en el circuito comercial, y así mismo se refería a ellos cuando los nombraba a las plantas que crecían ufanas en las macetas de la terraza, ya que había incorporado todo este discurso comercial a las charlas ajedrecísticas con las cuales pretendía favorecer su crecimiento.

Compró nuevas cajas forradas en terciopelo. Hizo números con los precios de venta de los juegos de piezas en las tiendas y a cuánto tendría que comercializar los suyos para obtener el máximo beneficio y se puso entonces con los pertinentes estudios de mercado. Calculó los juegos que podría vender al año y cuánto debería incrementar la producción para satisfacer la elevada demanda de clubes y aficionados que preveía. Con la satisfacción que da recoger el premio del trabajo bien hecho y el sentirse ya un pequeño pero floreciente empresario, aunque todavía sin empresa, una mañana observó cómo las nuevas piezas ya habían adquirido su forma definitiva y que pronto estarían listas para su recolección. Tan eufórico estaba que se las dejó ver al sobrinito cómplice, para quien las figuritas colgando en las ramas no eran sino un remedo bastante cutre de los adornos que embellecían el árbol de Navidad. Sin embargo, observó desazonado que dos de sus plantas se comportaban de un modo anómalo. Tres si contaba la del caballo de marfil, pero el desarrollo más lento de ésta parecía, hasta cierto punto, dentro de la lógica por la singular naturaleza de la simiente. De las matas que habían brotado de los peones blanco y negro plantados hacía semanas florecían, de modo desordenado, pequeños caballos, alfiles, torres y damas al mismo ritmo que lo hacían las piezas de los otros tiestos. ¿Qué explicación podría tener ese extraño desarrollo? Corrió a la enciclopedia a repasar el artículo dedicado al experimento del agustino austríaco, firmado por aquella pareja de rusos cuyos nombres parecían sacados de un cuento de Chéjov, un texto que conocía prácticamente de memoria, sabedor, en el fondo, de que no iba a arrojar nueva luz al asunto. Tampoco encontró nada en los libros de botánica de la biblioteca ni la vecina del séptimo supo darle mayores razones cuando le planteó el problema de manera velada, trufándolo de vaguedades para no desvelarle el secreto de su futura fortuna. Un día, al llegar a casa de vuelta de la biblioteca, recogió las piezas maduras que habían ido cayendo y se dispuso a encerarlas antes de guardarlas en sus respectivas cajas. A pesar de que tan sólo habían transcurrido unas pocas semanas desde los primeros resultados de su experimento botánico, una sombra de preocupación le velaba la mirada y la inicial expresión de jubilosa excitación por las piezas obtenidas había sido sustituida por otra de desaliento. Era descorazonador: si no conseguía producir peones de alguna manera todos sus planes se irían al garete. Había tomado conciencia de que corría el riesgo de estar reproduciendo el cuento de la lechera punto por punto, fracaso final incluido.

Enterró en cuatro maceteros diferentes peones pertenecientes al mismo juego antiguo que ya había utilizado la ocasión anterior y compró otro nuevo, también de piezas de madera, y los plantó a su vez. Y peones de alabastro, y de plástico, y de muchos otros materiales, con la esperanza de dar con la clave del problema. Mientras algunas de las piezas conseguidas mediante su método jardinero iban dando sus frutos tras replantarlas en tiestos que habían quedado vacíos, de las matas de los peones seguían saliendo sólo caballos, torres, alfiles y, sobre todo, damas. A pesar de que los cuidados comunes seguían siendo los mismos para todo tipo de plantas (tierra, fertilizante, horas de sol y orientación de los tiestos, limpieza de las hojas y ocasional uso de insecticidas para prevenir el ataque de orugas, pulgones y moscas blancas), a ellas, a las plantas de los peones, les dedicaba lecturas específicas cuando terminaba la general y les leía en voz alta artículos sobre los principios básicos de los finales de peones, sobre las estructuras de peones a evitar durante el medio juego de las partidas y sobre cómo sacar partido a las posiciones con peones centrales aislados y adelantados. Ni con ésas. Las matas que brotaban de caballo plantado daban caballos, alfiles las de alfil, reyes las de rey. Y las de peón, de casi todo menos peones. Porque reyes tampoco daban, eso sí, era algo que había observado con la primera planta que le había salido rana.

“A lo mejor el hecho de que de las plantas de los peones no salgan tampoco reyes quiere significar algo”, se dijo un día, durante el transcurso de una partida de ajedrez con su sobrinito, pensando más en su ambicioso proyecto, que se iba al traste prácticamente sin haber llegado a arrancar, que en el mismo juego. Tabaleaba los dedos en la frente como si pensara la mejor respuesta a los inofensivos movimientos del crío cuando, en realidad, las complicaciones del juego no le preocupaban lo más mínimo. Se iba dejando todas las piezas después de errores de bulto que ni un párvulo cometería y el niño de ocho años lo ganaba casi sin querer puesto que apenas sabía jugar. Tal era la preocupación del botánico empresario. Y tantas vueltas le dio al asunto que llegó a la conclusión, desesperado, de que la respuesta no iba a encontrarla en los libros de jardinería ni en las vecinas de balcones envidiables ni en los programas presentados por populares rostros televisivos sino en el mismo juego, en las leyes del ajedrez. Coincidiendo casualmente con lo que creyó una revelación, la explicación al fiasco de su proyecto empresarial, el niño avanzó el peón que tenía en séptima fila y lo coronó. Quiso promocionarlo y pidió otro rey. Él le explicó que lo que pretendía no podía ser, era imposible transformar el peón en rey al llegar a la última fila. Los peones se convertían en lo que uno quisiese, en una dama, en un caballo, en una torre, en lo que le diese la gana… menos en un rey… o en otro peón… y, diciendo esto, su rostro, de pronto, se contrajo en una mueca extraña, resumen del caudal de sensaciones contradictorias que lo dominaron súbitamente… el alborozo de haber dado con la clave, la alegría y la satisfacción experimentadas entraron en profunda contradicción con el desencanto que sentía, con la impotencia y el desengaño producidos por el hecho de comprender que su ambicioso proyecto estaba irremisiblemente condenado al fracaso y nunca podría ser llevado a buen puerto. “Cualquier pieza menos un rey o un peón”, repitió lentamente, pero esta vez para sí, como si estuviese solo y, entonces, estalló en una carcajada desproporcionada, incontrolada, fuera de lugar. El sobrinito lo miró con los ojos muy abiertos y empezó a llorar muy, muy asustado.

jueves, 27 de junio de 2013

Parque de atracciones

Ando con dificultad, meciéndome de izquierda a derecha. Me paro delante de la noria, resoplo por el esfuerzo y contemplo, allí abajo, mis piernas cortas y combadas que no son más que un paréntesis bufo. Los pies diminutos y contrahechos que apenas me sostienen en un equilibrio inestable. Las manos y los dedos que, por el contrario, son largos como pálidos sarmientos. Con ellos palpo mi frente abultada, mi cabeza monstruosamente ancha, mi boca de pez y mis ojos de topo. Cada nuevo hallazgo en mi anatomía constituye una sorpresa y es para mí motivo de espanto y horror. Porque yo, antes de entrar en el laberinto de los espejos, no era así.

miércoles, 19 de junio de 2013

Pasatiempos

Consciente de que la función principal de los pasatiempos no es otra, precisamente, que la de conseguir hacerles pasar el tiempo a los lectores, el director decidió, de un día para otro y sin previo aviso, esconder el crucigrama, el autodefinido y el problema de ajedrez entre las páginas de su diario. Tal cual. Suprimió la sección de pasatiempos y los fue ubicando, por separado, en las páginas más inverosímiles del periódico. Un día publicaba el autodefinido en los deportes, otro como si fuese un anuncio más de contactos y, el siguiente, en la sección de sucesos. Llegaron a la redacción numerosas cartas de los lectores felicitándolo por la iniciativa: el tener que buscar el crucigrama por todo el periódico, antes de resolverlo, se había convertido en un reto diario, en un pasatiempo más.

Quiso entonces el director rizar el rizo. Decidió, así, que las soluciones publicadas no correspondiesen a los pasatiempos del día, ni siquiera a los del anterior sino a los que aparecerían dentro de una o dos semanas. Las soluciones inútiles lo complicaban todo un poco más. Volvieron las felicitaciones, más entusiastas, si cabe. Si los lectores se mostraban así de satisfechos por las dificultades, cada vez mayores, que les planteaba, quizás había que dar una nueva vuelta de tuerca, pensó. Así que cambió de casilla los alfiles y los peones del problema de ajedrez, en internacional, y también el enunciado, en el que se leía que las blancas daban mate en cuatro cuando, en realidad, las negras alcanzaban las tablas después de una precisa maniobra. Intercambió las definiciones del crucigrama de espectáculos con las del autodefinido de política nacional. ¡Aquéllos sí que eran verdaderos pasatiempos!, se felicitaban los lectores y uno o dos llegaron a enviarle al director una botella de vino tinto agradeciéndole los esfuerzos por potenciar su sección favorita de la prensa escrita. Y, ojo, no cualquier vino, no. Vino del bueno.

martes, 11 de junio de 2013

Los sordomudos

Si me decido a sentarme a escribir lo que pasó aquel domingo es con el convencimiento de que todo aquello, por fuerza, ha de haber prescrito ya. Quiero decir que si lo cuento no es porque me sienta especialmente orgulloso de lo ocurrido ni creo que ninguno de quienes intervinimos pueda o deba estarlo. Tengan en cuenta que sucedió hace mucho, muchísimo, el domingo después de que Rubén Cano vengara en el campo del Estrella Roja el funesto gol de Katalinski, aquel futbolista yugoslavo de infausto recuerdo cuya diana enterró la ilusión de tantos españoles de ver a su selección disputando el Mundial de Alemania. Vestía yo en esa época con pantalones acampanados y chupas ajustadas, llevaba el pelo demasiado largo y lucía unas patillas más propias de un bandolero de Sierra Morena que de un universitario cabal. Por aquel entonces, con apenas veinte años recién cumplidos, yo ya había visitado la comisaría en cuatro ocasiones en los últimos tres meses. Tenía la costumbre, quién sabe si mala, de dar un paso al frente, en mi calidad de secretario de la asociación de vecinos, cada vez que la pasma preguntaba quién era el portavoz de aquellos grupos de ciudadanos que ocupaban distintos edificios, hasta hacía nada gestionados por diferentes secretarías y secciones del Movimiento, reclamando más servicios para el barrio. También había sido yo el que alentara a mis compañeros de la facultad de económicas a encerrarnos en el decanato. En aquella oportunidad, nos había recibido el propio decano para negociar las condiciones de la protesta, en su despacho, sentado en un extremo de la interminable mesa que lo presidía. Nos invitó a tomar asiento, éramos una treintena de estudiantes descontentos, y, tras levantar el auricular de su teléfono rojo, marcó el número del bar de la facultad y habló con el dueño. "Traiga whisky para todos", había dicho antes de animarnos a exponer nuestras reclamaciones. Otra época, otros tiempos. Sí, ¡qué tiempos!, fascinantes, pienso ahora con admiración y todavía con algo de incredulidad. Tan lejanos y, a la vez, tan próximos. Parecen continuar ahí, a la vuelta de la esquina. Tiempos de transición e inestabilidad. De políticos voluntariosos, llenos de ideas, aficionados e inexpertos; de comisarios torturadores que intentaban reciclarse encontrando su lugar dentro de la incipiente policía democrática; de jóvenes idealistas y provocadores que colgaban banderas del Vietcong en las universidades y preparaban paquetes bomba de broma con el objeto de reírse del sistema, personificado en unos esforzados artificieros que se cagaban en todo cuando el muelle de su interior, tras ser abierto el bulto sospechoso con tantísimas precauciones, salía volando por los aires; y de ajedrecistas amateurs con poco nivel de juego, nulo conocimiento de la teoría de las aperturas y muchas ganas de disfrutar con los amigos delante de las sesenta y cuatro casillas. Tiempos en los cuales las competiciones por equipos se jugaban sin árbitros en las salas de juego, una ronda en casa y la siguiente en la de tu rival. Tiempos cargados de nostalgia y añoranza y, como digo, prescritos. Para bien o para mal.

El domingo siguiente al célebre botellazo al malagueño Juanito en Belgrado, debíamos enfrentarnos al primer equipo de la asociación de sordomudos. Tenían una sección de ajedrez que venía a ser como el actual club de la ONCE sólo que allí jugaban, lógicamente, ajedrecistas con esa discapacidad auditiva. El local estaba en la planta baja de un edificio antiguo del barrio marinero. Después de presentar ambos delegados las listas de jugadores y las alineaciones, los ocho nos sentamos, frente a nuestros rivales, en otras tantas mesas dispuestas en una larga fila. Recuerdo cómo Rafa de la Torre agarró una torre blanca y la plantificó delante de las narices del contrincante de turno mientras silabeaba lentamente su apellido cuando éste le preguntó, por señas y como pudo, su nombre para rellenar la planilla. Le di un codazo prudente para darle a entender que se disponía a jugar contra un joven con una discapacidad ajena por completo al retraso mental. No captó mi intención y siguió así hasta que el otro, por fin, apuntó correctamente el de la Torre en su planilla. Empezó el enfrentamiento, que se desarrolló con normalidad hasta las nueve y veinte, más o menos. Fue entonces cuando algunos de los sordomudos, paseando de una punta a la otra de la sala para ver cómo iban las partidas de sus compañeros, empezaron a gesticular en un animado intercambio de pareceres. De tanto en tanto, los jugadores locales que habían permanecido sumidos en sus cavilaciones alzaban la vista de sus respectivos tableros y también se sumaban a la sospechosa gesticulación en alegre coloquio sordo y mudo. Acto seguido, los menos disimulados dirigían un rápido vistazo a su posición y realizaban un movimiento que a mí, dentro de mi limitado conocimiento del juego, me parecía siempre el mejor posible.

Adelanté un peón del flanco de dama y me levanté yo también. Le hice un gesto a Rafa para que me acompañase hasta uno de los rincones del local. Rafa de la Torre. Hace muchos años que no sé nada de él. Alguien me dijo que tanto Rafa como su hermano Jorge trabajan ahora en Telefónica. A lo que iba: apoyé el hombro en un armario, que parecía directamente salido de una película inspirada en un tenebroso cuento de Poe, y esperé su llegada con aire casual. Se sentó en el canto de una mesa donde cogía polvo una vieja máquina de escribir a la cual le faltaban varias teclas. "¿Qué te parece la cháchara que se tienen éstos entre sí?", le pregunté. Los sordomudos continuaban obrando con el mismo descaro, no exento de cierta desfachatez. Me miró con expresión tontorrona. Ni siquiera había reparado en ello. "Corts ya la ha cagado", me dijo. "Déjate de Corts, hostias", le reprendí porque los dos sabíamos que el Maestro Corts, con sus extravagantes aperturas y sus díscolas ideas tácticas, era un punto seguro para el equipo contrario, "te estoy hablando de los sordomudos. Fíjate bien, no paran de cascar". "Pues tienes razón", observó Rafa, quien, a pesar de todo, no podía dejar de mirar las incomprensibles decisiones que tomaba el entrañable albino Corts sobre la marcha. Sostenía un caballo en la mano derecha y no sabía muy bien dónde dejarlo. Daba la sensación de que estaba tocando una campanita de servicio.

Volvimos a nuestros asientos habiendo decidido la estrategia a seguir. Esperamos a que los ocho sordomudos estuvieran sentados. Rafa, en el quinto tablero, vigilaría la reacción desde su oponente hasta el de la octava mesa mientras que yo lo haría con el primero, el segundo, el tercero y el cuarto tableros. Pasé los brazos por detrás del respaldo de mi silla y la eché hacia atrás, apoyando mi peso en él, de modo que las patas delanteras dejaron de estar en contacto con el suelo durante unos segundos. Unos sordomudos pensaban su movimiento, otros miraban las musarañas, el primer tablero de ellos observaba con atención la partida de al lado. Entonces aproveché para dar una fuerte e invisible palmada que restalló sonoramente en la silenciosa sala de juego, donde nada más se oía el tictac de los relojes de competición y alguna tosecilla aislada y nerviosa de vez en cuando. Ninguno de mis cuatro observados se inmutó y Rafa me confirmó, con una certera patadita lateral en el tobillo, que los otros tampoco se habían enterado de nada. Certificar que eran realmente sordos y adoptar la nueva táctica discutida con mi compañero de equipo unos minutos antes fue todo uno. Restituida mi postura habitual de reflexión tras la pertinente comprobación, apoyados los codos en la mesa y las manos entrelazadas tapándome la boca para evitar que los de enfrente pudieran leerme los labios, di la primera instrucción a los jugadores de mi club: "señores, estos tipos nos están haciendo trampa desde hace un buen rato, comentando las partidas delante de nuestras propias barbas, así que nosotros también vamos a jugar colectivamente. Rafa, te están amenazando cambiar el alfil por el caballo y te dejarán los peones hechos una birria, vigila eso", y de la Torre gruñó que yo tenía razón, también escondiendo los labios como pasándose la mano por las mejillas sin afeitar. "Y, por cierto, Corts, enrócate de una puñetera vez", añadí, contrariado porque era algo que le recordábamos todos, desde siempre y sin demasiado éxito. Por ejemplo, Ricard quien, por caprichos de la alineación, entonces basada en cualquier cosa menos en el orden de fuerzas, acostumbraba a jugar a la vera de Corts. Suya era la teoría que proclamaba que cualquiera (cualquier subnormal, decía él, con su característica causticidad) capaz de desarrollar los caballos, sacar los alfiles y enrocarse con la mayor prontitud, sin haberse dejado nada por el camino, llegaría sin dificultad a los 2100 puntos de elo. De más está advertir que, durante las partidas del campeonato, el rostro de Ricard se convertía en un completísimo catálogo de expresiones de resignación martirial cada vez que, conscientemente o no, echaba un vistazo a la partida de Corts. Nos partíamos de la risa con sus visajes atormentados cuando descubría el rey de Corts en el centro del tablero en la jugada veinticinco. Ricard tenía algo de mimo.

Y en esas condiciones jugamos el resto de la mañana. Ellos con su manoteo grosero e incomprensible y nosotros disimulando nuestros comentarios realizados en voz alta, como de apuntador, con variados gestos de actor aficionado. Así durante tres, cuatro horas. Se convirtió aquello en un verdadero encuentro por equipos, en toda la extensión de la expresión. Porque cada una de las ocho partidas pasó a ser un enfrentamiento colectivo en el cual tanto los unos como los otros nos empleamos a fondo con la intención de conseguir la rendición del adversario. Como aquellos legendarios encuentros disputados por cable, telégrafo o radio a finales del siglo XIX y principios del XX entre ciudades, eventos que reunieron a los mejores ajedrecistas de Glasgow contra los de Londres o a los de Moscú contra los de París o Nueva York. Una sensación irrepetible que, en mi dilatada trayectoria de jugador de ajedrez aficionado, no he tenido oportunidad de revivir y la cual dudo que pueda volver a experimentar.

¿Y cómo acabó el encuentro contra los sordomudos? Pues, a ciencia cierta, no lo sé. Precisamente el otro día hablaba de esta ilustre jornada con Corts y él estaba convencido de que ganamos y yo de que perdimos. Claro que él me aseguró que su partida acabó en tablas y yo apostaría cualquier cosa a que la perdió. Nacho y Ricard son de mi misma opinión. Son cosas que pasan con el transcurso de los años. Nuestros recuerdos acaban difuminándose de modo que somos incapaces de afirmar con rotundidad cómo se desarrollaron exactamente los hechos. En realidad, tampoco creo que tenga mayor importancia saber qué equipo se alzó con el triunfo el día de los sordomudos. Fue un encuentro memorable y con eso creo que debemos quedarnos. Un enfrentamiento singular e irrepetible.

martes, 4 de junio de 2013

Una aparición mariana

Llovía afuera y yo no tenía paraguas. Eso le dije. No sabía a qué más apelar. La Virgen me miró, visiblemente irritada, harta de mis excusas y de mis remilgos. La imaginería tradicional la había representado durante siglos más alta, más guapa y, sobre todo, más pálida de lo que en realidad era.

–¿En serio tengo que salir a matar a todos los ingleses? –volví a objetar.
–Como lo oyes. A todos sin excepción –repitió por enésima vez con expresión de fastidio, tras comprobar que el manto de pedrería le arrastraba y que la borra campaba a sus anchas por la alfombra de mi apartamento. Los querubines mofletudos revoloteaban atolondradamente por la habitación chocando entre sí, como polillas desorientadas, ajenos a la discusión–. Que no quede ni uno –remarcó.
–Pero, ¿por qué? –insistí.
–Porque sí, porque lo digo yo. Porque son protestantes. Mira, chico, Juana de Arco no tuvo tantos miramientos. Se puso manos a la obra y punto. Y la elevaron a los altares por ello –gruñó.
–Señora, es que eran otros tiempos… –acerté a balbucir antes de que se desvaneciese con su séquito en una densa humareda sin ni siquiera despedirse.

A través de la ventana abierta llegaron los cánticos de los hinchas más feroces del Chelsea, entonados por unos tipos remojados y con pinta de simio antropoide que bajaban por las Ramblas, enfundados en sus camisetas azules. Tragué saliva con dificultad.

miércoles, 29 de mayo de 2013

Mrs. Robinson

El joven geranio crecía fuerte. Lo regaban con poca agua, justo la que precisaba, y la orientación del balcón le garantizaba las horas de sol necesarias para su normal desarrollo. La voz suave y, a la vez, sensual que escuchaba a través de la corredera entreabierta, el delicado susurro femenino que lo consolaba y que lo animaba cuando creía desfallecer en los días nublados también contribuyó determinantemente a su vigoroso crecimiento. Y todavía había quien dudaba de que las plantas fuesen sensibles a la voz o a la música. Una mañana pudo distinguir detrás de la cortina a la madura begonia de hojas secas y abarquilladas cuyas palabras habían conseguido seducirlo. Entonces el geranio se estremeció.

martes, 21 de mayo de 2013

Amenaza terrorista



Las primeras deflagraciones llegaron atenuadas por la distancia, por los altos edificios de la zona comercial y de oficinas. Una secuencia lenta y continua, cadenciosa, como la de los estallidos de los fuegos artificiales. Al poco, sin embargo, comenzamos a escuchar las explosiones mucho más cerca. Yo mismo vi estallar a un hombre que acababa de comprar el diario en el quiosco de la plaza, junto al gimnasio. Nada más abrirlo por sus páginas centrales. ¡Pumba!, y nada quedó de él, salvo un bulto calcinado y un espantoso tufo a chuletón a la brasa.

Supe entonces que los terroristas habían cumplido su amenaza, cuando días antes anunciaron una noticia bomba en los periódicos. El quiosco de prensa voló por los aires. Presa del pánico, tiré mi ejemplar a la papelera y eché a correr sin saber muy bien qué dirección tomar.

jueves, 16 de mayo de 2013

Comando



Visten anoraks, chaquetones marineros, gruesos abrigos con el cuello levantado para evitar tener que encender la calefacción. Discuten sentados alrededor del plano en uno de esos pisos de alquiler cero que, cada vez con mayor asiduidad, los propietarios ofrecen a los desahuciados para poder ahorrarse, así, los recibos de la luz, del agua y del gas. Los alientos se condensan sobre las plantas de las habitaciones, sobre el dibujo de la estancia principal y del garaje. Los dedos enguantados resiguen las líneas de los tabiques y aclaran oportunamente algunas de las dudas que van surgiendo.

El timbrazo del teléfono interrumpe la reunión. Atiende la llamada quien parece llevar la voz cantante, un albañil que dejó de recibir el subsidio hace meses. Los hombres aprovechan la pausa para fumar, para recomponer los nudos de las bufandas, para levantarse y taconear tratando de ahuyentar el frío. Desde el otro extremo del hilo telefónico, una voz conocida le pregunta cómo va todo. Responde con determinación, de forma pausada, ya no le impresiona hablar con el jefe de la célula de la capital. Le informa de la inmediata acción anticrisis, del éxito de la primera medida tomada.

El albañil le ruega a su interlocutor que lo disculpe un segundo. Tira del cable del teléfono para continuar la conversación desde la otra habitación, más tranquila. Los gritos del consejero delegado del Banco Nacional, reclamando pan desde el almacén, lo obligan a ello.

Más microrrelatos indignados de esta misma convocatoria en La colina naranja.