domingo, 12 de agosto de 2012
En septiembre... más grimas y más leyendas
Dentro de unas semanas, más historias. Aprovecho este parón para agradeceros a todos las más de diez mil visitas en estos primeros meses de Grimas y leyendas. Gracias, gracias, amigos. Volveremos a reencontrarnos en septiembre...
Foto: Ortzi_84
jueves, 2 de agosto de 2012
El Cementerio de Rosales
Cuando bajó del autobús del Cementerio de Rosales ya era otoño. En la media hora que había durado el revirado trayecto del bus que recorría el interior de la necrópolis, desde su entrada principal hasta la Capilla del Sagrado Corazón, en la parte más alta, la señora María pudo comprobar cómo la relativamente cálida mañana de septiembre se había transformado en un domingo desapacible, incluso podría decirse que algo inquietante por el lugar en donde se hallaba. Durante esa travesía por las entrañas de la ciudad de los muertos, recorrido de panteones de oxidadas verjas entreabiertas con las grúas del puerto como decorado de fondo, de silenciosos senderos y bloques de nichos, de tumbas recientes y gatos perezosos y gaviotas que miraban de modo insolente desde las cruces de piedra, de armazones metálicos de antiguas coronas que convivían con recuerdos en los sepulcros más recientes como fotos de cumpleaños y postales y bufandas del club de fútbol de la ciudad, se había girado un viento de película de horror y el cielo había adquirido una tonalidad plúmbea que invitaba a acabar cuanto antes el acostumbrado tributo a sus muertos y coger el primer autobús que cubriese el camino de vuelta. Solía realizar la visita anual a la tumba de sus padres en septiembre u octubre para evitar el sofocante calor del verano y el gentío que se reunía en el Cementerio de Rosales cada Día de Difuntos. Así podía sentarse en el transporte público y procurarse con relativa facilidad una de las escaleras para alcanzar el nicho, ubicado en el tercer piso de los Columbarios A de la Agrupación 12 de la Plaza de San Agustín, tareas nada fáciles conforme se iba acercando el primero de noviembre.
Se sentó en la parada y buscó en la bolsa el llavín del nicho. No había cambiado nada en la plaza desde la última vez. Se reconocía fácilmente desde el mismo autobús por la aparatosa tumba gitana que la jalonaba: una Virgen de yeso azul celeste de talla humana, rodeada de macizos de rosas artificiales rojas y amarillas, honraba los restos de Antonio y Chiqui desde hacía más de diez años y los Moreno se encargaban de que siempre estuviese perfecta. Algo más arriba, y a la sombra de unos cipreses, otra vieja conocida. La cruz imponente y parcialmente cubierta de musgo del sobrio sepulcro de Raquel Sanjuán, la cupletista y actriz de cine cuya fama trascendió fronteras allá por los años veinte y treinta. La señora María se acercó a curiosear. Alguien había dejado sobre la lápida un ramo de claveles frescos no haría más de una semana. ¿Un admirador nostálgico, un pariente? El tiempo no invitaba a recrearse en tales cavilaciones. Se ajustó un pañuelo al cuello y se levantó el cuello de la chaqueta de punto. Tomó el camino de grava de la derecha y giró por el tercer sendero a la izquierda. Le preguntó a un empleado que cargaba los restos desarmados de un viejo ataúd en su camioneta si le podía acercar una escalera que divisó al final del sendero. Él la miró con desgana y decidió que le costaba más improvisar una excusa coherente que andar unos metros. Volvió en un par de minutos con la pesada escalera metálica. Entretanto, la señora María había sacado de su bolsa el limpiacristales, un par de trapos, un pincel para el polvo, unas flores artificiales de los chinos y un cubito de plástico verde, que llenó de agua en la fuente. Salía helada. Desde allí podía verse tanto el mar, al este, como el palacio de deportes, la torre de telecomunicaciones y el museo nacional de arte, al oeste. Le agradeció el favor al empleado del camposanto quien, al abrir la puerta de su vehículo, le dio a entender, levantando su brazo derecho y sin girarse, que la había escuchado.
Subida a la escalera, abrió la portezuela y pasó un agua por el cristal. Con cuidado porque no ajustaba bien. Escuchó cómo arrancaba y se alejaba la camioneta del operario. Pasó el trapo mojado por la cara interior del vidrio. Le extrañó la ausencia de la señora Teresa. Teresa, su vecina del segundo cuarta contando desde la izquierda del columbario, acudía cada domingo a limpiar el nicho en el que reposaba su marido, oficial jubilado del cuerpo de bomberos. Según le había comentado en cierta ocasión, desde que éste falleciera, sólo había fallado a su cita dominical cuando se rompió la pierna en la primavera del noventa y cuatro. Nunca le había dicho cuándo había tenido lugar su muerte pero por cómo hablaba la anciana tenía que haber sido alrededor de hacía quince años. Consultó su reloj. Las diez y veinte. Posiblemente la señora Teresa habría pensado tomar el autobús de las diez y media y todavía le daría tiempo de saludarla, preguntarle cómo le iba, hablar del verano que estaba a punto de terminar, de sus dolencias, de sus nietos. Roció con el limpiacristales la cara exterior de la puerta de vidrio y pasó el trapo. Repitió el proceso por la cara interna y bajó para cambiar el agua. Pudo distinguir un cortejo fúnebre camino de la Agrupación 5. Cepilló bien la superficie de mármol negro en la cual se leía en letras incisas los apellidos de la familia. Pasó el trapo mojado y luego uno seco y comprobó con inquietud que el mármol bailaba. Avisaría a los responsables de pompas fúnebres para que alguien le echase un vistazo y afianzase la placa con algo de cemento. Remojó los dos jarritos de cristal que custodiaban el nicho, los secó a continuación y cambió las flores de plástico blanco que había dejado el año pasado por otras de color amarillo. Cerró la puerta y bajó de la escalera.
Después de guardarlo todo en la bolsa, echó un vistazo a la obra concluida, ritual que acostumbraba a llevar a cabo antes de irse. Se frotó las manos, las tenía frías. Como ella decía, el nicho había quedado curioso. Era muy consciente de que no estaba haciendo nada por sus padres pero ella se quedaba más tranquila. También tenía la profunda convicción de que sus hijos no harían nada parecido ni por ella ni por los abuelos. El primer año a lo sumo. Luego lo dejarían estar. Pero ese convencimiento no constituía una razón de peso para no seguir haciendo lo que ella consideraba lo más apropiado: rendir un modesto homenaje a los parientes desaparecidos, proclamar a quienes pasasen por el Columbario A de la Agrupación 12 de la Plaza de San Agustín (los empleados del cementerio, las dolientes peregrinaciones de deudos, los gatos) que don Leopoldo Dolz y doña Filomena Carvajal de Dolz continuaban teniendo a alguien que se seguía preocupando de ellos porque no había nada en este mundo (ni en el otro) más triste que una tumba olvidada. Siempre dijo que los muertos merecían respeto, todos sin excepción, incluso aquellos que no habían sabido ganárselo en vida. Al pie de la escalera se olvidó por un instante del fresco que comenzaba a calársele en los huesos y se detuvo un momento en la contemplación de la placa de los Martínez Iniesta (cada año reparaba en ella al coincidir sus apellidos con los de su cuñada), del Riposa in pace de los italianos, del nicho de la familia Morte Degollada (desde siempre le había llamado la atención esa paradójica unión de familias) o del de los Kryzanovski, tan bien cuidado, de esas desoladoras sepulturas anónimas y de las cerradas con cemento y señalizadas con pintura negra por los operarios municipales, depositado el cadáver, Manuel Palomo Valiente, 10-12-1973 o propiedad funeraria de la familia Cortés Alvarado. Nada hay más desolador que un muerto abandonado por los suyos, se decía una y otra vez, que uno de esos avisos de desahucio pegados en los nichos impagados: Sepultura no actualizada según artículo 66 de la Ordenanza de Cementerios, plazo de actualización desde el 1 de septiembre hasta el 30 de noviembre. Nada, nada había más desolador.
La señora Teresa estaba en el otro extremo. Su devoción por el esposo ausente, sus constantes visitas al hombre con quien había compartido más de media vida contrastaba con los cristales rotos y empañados, con los ramos dejados hacía décadas en aquellas sepulturas del desarraigo. La inspección rutinaria de despedida del cementerio la llevó al segundo cuarta de su vecina Teresa, al segundo cuarta contando desde la izquierda. De pronto, sintió como si toda la sangre le subiese a la cabeza y notó cómo la vista se le nublaba tras un estremecimiento de aprensión. Creyó desmayarse y echó mano instintivamente a la escalera a punto de perder el equilibrio. Un nudo en la garganta ahogó su grito de dolor. Allí estaba Teresa, la fiel custodia del segundo cuarta, sonriéndole. La suya era una sonrisa amable, acogedora. Su pelo volvía a ser caoba, como cuando la había conocido, aunque ahora lo llevaba suelto. No recordaba haberla visto nunca tan joven. Pero no cabía duda de que era ella, con uno de sus jerseys de punto de cuello alto, la medalla de la Virgen de los Dolores y sus ojos grises, tan vivaces, mirando un punto indefinido, allá, al frente. Era ella, esmaltada en el frío óvalo, junto al retrato de su marido, con su uniforme, decolorado por el sol y la lluvia. Teresa, Teresa…
Se giró un viento helado. Tenía el tiempo justo para coger el autobús de regreso. Bajó con la cabeza gacha el camino de grava, las manos hundidas en los bolsillos y paso vivo. Teresa, Teresa… hasta el año que viene, Teresa…
Se sentó en la parada y buscó en la bolsa el llavín del nicho. No había cambiado nada en la plaza desde la última vez. Se reconocía fácilmente desde el mismo autobús por la aparatosa tumba gitana que la jalonaba: una Virgen de yeso azul celeste de talla humana, rodeada de macizos de rosas artificiales rojas y amarillas, honraba los restos de Antonio y Chiqui desde hacía más de diez años y los Moreno se encargaban de que siempre estuviese perfecta. Algo más arriba, y a la sombra de unos cipreses, otra vieja conocida. La cruz imponente y parcialmente cubierta de musgo del sobrio sepulcro de Raquel Sanjuán, la cupletista y actriz de cine cuya fama trascendió fronteras allá por los años veinte y treinta. La señora María se acercó a curiosear. Alguien había dejado sobre la lápida un ramo de claveles frescos no haría más de una semana. ¿Un admirador nostálgico, un pariente? El tiempo no invitaba a recrearse en tales cavilaciones. Se ajustó un pañuelo al cuello y se levantó el cuello de la chaqueta de punto. Tomó el camino de grava de la derecha y giró por el tercer sendero a la izquierda. Le preguntó a un empleado que cargaba los restos desarmados de un viejo ataúd en su camioneta si le podía acercar una escalera que divisó al final del sendero. Él la miró con desgana y decidió que le costaba más improvisar una excusa coherente que andar unos metros. Volvió en un par de minutos con la pesada escalera metálica. Entretanto, la señora María había sacado de su bolsa el limpiacristales, un par de trapos, un pincel para el polvo, unas flores artificiales de los chinos y un cubito de plástico verde, que llenó de agua en la fuente. Salía helada. Desde allí podía verse tanto el mar, al este, como el palacio de deportes, la torre de telecomunicaciones y el museo nacional de arte, al oeste. Le agradeció el favor al empleado del camposanto quien, al abrir la puerta de su vehículo, le dio a entender, levantando su brazo derecho y sin girarse, que la había escuchado.
Subida a la escalera, abrió la portezuela y pasó un agua por el cristal. Con cuidado porque no ajustaba bien. Escuchó cómo arrancaba y se alejaba la camioneta del operario. Pasó el trapo mojado por la cara interior del vidrio. Le extrañó la ausencia de la señora Teresa. Teresa, su vecina del segundo cuarta contando desde la izquierda del columbario, acudía cada domingo a limpiar el nicho en el que reposaba su marido, oficial jubilado del cuerpo de bomberos. Según le había comentado en cierta ocasión, desde que éste falleciera, sólo había fallado a su cita dominical cuando se rompió la pierna en la primavera del noventa y cuatro. Nunca le había dicho cuándo había tenido lugar su muerte pero por cómo hablaba la anciana tenía que haber sido alrededor de hacía quince años. Consultó su reloj. Las diez y veinte. Posiblemente la señora Teresa habría pensado tomar el autobús de las diez y media y todavía le daría tiempo de saludarla, preguntarle cómo le iba, hablar del verano que estaba a punto de terminar, de sus dolencias, de sus nietos. Roció con el limpiacristales la cara exterior de la puerta de vidrio y pasó el trapo. Repitió el proceso por la cara interna y bajó para cambiar el agua. Pudo distinguir un cortejo fúnebre camino de la Agrupación 5. Cepilló bien la superficie de mármol negro en la cual se leía en letras incisas los apellidos de la familia. Pasó el trapo mojado y luego uno seco y comprobó con inquietud que el mármol bailaba. Avisaría a los responsables de pompas fúnebres para que alguien le echase un vistazo y afianzase la placa con algo de cemento. Remojó los dos jarritos de cristal que custodiaban el nicho, los secó a continuación y cambió las flores de plástico blanco que había dejado el año pasado por otras de color amarillo. Cerró la puerta y bajó de la escalera.
Después de guardarlo todo en la bolsa, echó un vistazo a la obra concluida, ritual que acostumbraba a llevar a cabo antes de irse. Se frotó las manos, las tenía frías. Como ella decía, el nicho había quedado curioso. Era muy consciente de que no estaba haciendo nada por sus padres pero ella se quedaba más tranquila. También tenía la profunda convicción de que sus hijos no harían nada parecido ni por ella ni por los abuelos. El primer año a lo sumo. Luego lo dejarían estar. Pero ese convencimiento no constituía una razón de peso para no seguir haciendo lo que ella consideraba lo más apropiado: rendir un modesto homenaje a los parientes desaparecidos, proclamar a quienes pasasen por el Columbario A de la Agrupación 12 de la Plaza de San Agustín (los empleados del cementerio, las dolientes peregrinaciones de deudos, los gatos) que don Leopoldo Dolz y doña Filomena Carvajal de Dolz continuaban teniendo a alguien que se seguía preocupando de ellos porque no había nada en este mundo (ni en el otro) más triste que una tumba olvidada. Siempre dijo que los muertos merecían respeto, todos sin excepción, incluso aquellos que no habían sabido ganárselo en vida. Al pie de la escalera se olvidó por un instante del fresco que comenzaba a calársele en los huesos y se detuvo un momento en la contemplación de la placa de los Martínez Iniesta (cada año reparaba en ella al coincidir sus apellidos con los de su cuñada), del Riposa in pace de los italianos, del nicho de la familia Morte Degollada (desde siempre le había llamado la atención esa paradójica unión de familias) o del de los Kryzanovski, tan bien cuidado, de esas desoladoras sepulturas anónimas y de las cerradas con cemento y señalizadas con pintura negra por los operarios municipales, depositado el cadáver, Manuel Palomo Valiente, 10-12-1973 o propiedad funeraria de la familia Cortés Alvarado. Nada hay más desolador que un muerto abandonado por los suyos, se decía una y otra vez, que uno de esos avisos de desahucio pegados en los nichos impagados: Sepultura no actualizada según artículo 66 de la Ordenanza de Cementerios, plazo de actualización desde el 1 de septiembre hasta el 30 de noviembre. Nada, nada había más desolador.
La señora Teresa estaba en el otro extremo. Su devoción por el esposo ausente, sus constantes visitas al hombre con quien había compartido más de media vida contrastaba con los cristales rotos y empañados, con los ramos dejados hacía décadas en aquellas sepulturas del desarraigo. La inspección rutinaria de despedida del cementerio la llevó al segundo cuarta de su vecina Teresa, al segundo cuarta contando desde la izquierda. De pronto, sintió como si toda la sangre le subiese a la cabeza y notó cómo la vista se le nublaba tras un estremecimiento de aprensión. Creyó desmayarse y echó mano instintivamente a la escalera a punto de perder el equilibrio. Un nudo en la garganta ahogó su grito de dolor. Allí estaba Teresa, la fiel custodia del segundo cuarta, sonriéndole. La suya era una sonrisa amable, acogedora. Su pelo volvía a ser caoba, como cuando la había conocido, aunque ahora lo llevaba suelto. No recordaba haberla visto nunca tan joven. Pero no cabía duda de que era ella, con uno de sus jerseys de punto de cuello alto, la medalla de la Virgen de los Dolores y sus ojos grises, tan vivaces, mirando un punto indefinido, allá, al frente. Era ella, esmaltada en el frío óvalo, junto al retrato de su marido, con su uniforme, decolorado por el sol y la lluvia. Teresa, Teresa…
Se giró un viento helado. Tenía el tiempo justo para coger el autobús de regreso. Bajó con la cabeza gacha el camino de grava, las manos hundidas en los bolsillos y paso vivo. Teresa, Teresa… hasta el año que viene, Teresa…
miércoles, 25 de julio de 2012
Cambiazo
Un rumor incómodo se fue extendiendo por la sala. Tras escuchar el veredicto de culpabilidad, los presentes aguardaban a que el juez anunciara la pena. El magistrado, sin embargo, parecía aturdido hojeando atolondradamente el informe pericial y uno de los tomos que había sacado del maletín antes de iniciarse la vista. La condena se hacía esperar. Suspiró con resignación y cerró el diccionario mitológico, arrepentido de haber permitido a su nieto pasar la mañana jugando en el despacho con sus cosas, en lugar de dejarlo ir a la playa con el vecinito, con quien solía compartir su maqueta del Ferrari de Alonso y hacer magníficos castillos de arena hasta que llegaba la hora del baño. Se aclaró la garganta y, tras hacer levantar al acusado, le comunicó que sería encadenado a una roca para que un águila le devorara el hígado todas las tardes durante el resto de su vida.
miércoles, 18 de julio de 2012
Dos entrevistas
Por casualidades de la vida, estos últimos días he salido hasta en la sopa. En ese sentido, tranquilos, creo que os dejaré descansar el resto de julio y agosto. Os envío los enlaces a dos entrevistas que concedí (cómo suena eso, madre mía, qué rimbombancia) hablando sobre los Cruentos ejemplares y otras microficciones, por si os interesan:
En breve, otro relato. ¿Micro, breve, más largo? Quién sabe...
En breve, otro relato. ¿Micro, breve, más largo? Quién sabe...
martes, 10 de julio de 2012
La firma
Cuando viera su dibujo sobre la Inmaculada Concepción o, mejor dicho, lo que tendría que haber sido su trabajo, la galerista rompería definitivamente su relación comercial con él. Eso, al menos, temía el artista, sorprendido al verla ya en el estudio. Sin embargo, ésta parecía animada y comentaba distendida el lienzo con un conocido coleccionista. Desde la puerta, el pintor pudo escuchar cómo ambos, ajenos a su presencia, coincidían en alabar la abstracción y la luminosidad de la obra, que tan bien había captado la pureza sin mancha de la Virgen, y el desprecio por formas, proporciones y colores que había caracterizado su pintura desde su regreso de París. El artista se acercó hasta ellos y, con sonrisa de olvido inexcusable, estampó su firma en el ángulo inferior derecho del lienzo en blanco.
jueves, 5 de julio de 2012
Publicado en las revistas Narrativas y Ágora
El mes de julio ha comenzado de un modo inmejorable ya que he visto cómo algunos de mis micros han sido publicados en Narrativas : revista de narrativa contemporánea en castellano y Ágora : papeles de arte gramático. Concretamente:
Espero poder seguiros dando, en breve, buenas noticias.
Hasta pronto...
- "Juicio ganado", "La bondad humana", "La firma" y "El estreno", en el número 26 de Narrativas, correspondiente a julio-septiembre de 2012. Aquí tenéis el enlace.
- "Recital poético" y "Cambiazo", en el número 28 de la revista Ágora. También os dejo el enlace a la publicación.
Espero poder seguiros dando, en breve, buenas noticias.
Hasta pronto...
jueves, 28 de junio de 2012
1929
Samuel F. Woodbridge IV se
recostó y encendió un puro. El cuero de la butaca crujió levemente. Durante
toda la semana había estado analizando el estado económico de su empresa y sus
compañías filiales. Aquella mañana se había reunido con su abogado para
despachar una serie de cuestiones relacionadas con el crack financiero. La venta no era una solución factible, ya que
había millones de acciones a la baja de diferentes sectores industriales a la
espera de comprador. Los bancos también vendían y la escasez de líquido definía
la economía nacional a finales de 1929. Cuando el abogado abandonó el despacho,
Samuel F. Woodbridge IV, uno de los principales magnates de la siderurgia
estadounidense, echó un último vistazo a los informes que tenía sobre su mesa.
La crisis bursátil, la caída de los títulos, la presión de los accionistas y
los bancos, el estado de sus cuentas, el presupuesto de la empresa que había
creado su abuelo, todo confirmaba un panorama desolador para el negocio del
metal. La industria norteamericana pagaba así un alto precio por la producción
incontrolada de los años anteriores. Samuel F. Woodbridge II había sabido
sortear la crisis de 1873 poco después de la fundación de la empresa, cuando
estableció su sede en Nueva York. Ahora, el patriarca observaba ceñudo a su
nieto desde el retrato que presidía el despacho. La situación era crítica.
Incluso Ford y Rockefeller se verían en dificultades.
Julio Macetas levantó el cuello de su chaqueta y se caló la gorra antes de salir del comercio. Apretó con fuerza el paquete envuelto en papel de periódico y abrió la puerta. La campanilla del establecimiento le despidió al salir a la calle. Hacía mucho frío. Se avecinaba un invierno difícil para un muchacho negro que había llegado al país hacía poco más de ocho meses. Pronto llegaría el gélido invierno neoyorquino. Un minuto después de haber comprado el ajedrez que le había prometido a Viktor ya se arrepentía de no haber invertido sus primeros ahorros en la compra de un abrigo. Su sueldo en la construcción daba para poco más que la comida y el alquiler de una maloliente habitación en un destartalado edificio de la peor zona de la ciudad. Sin embargo, prefería aquella precariedad a continuar malviviendo de la caña de azúcar en Cuba, un país agitado por la represión de Machado, el presidente que iba a forzar su reelección poco después.
Sacó el reloj de oro del bolsillo de su chaleco y vio que todavía no era mediodía. Avisó a su secretaria de que no quería que nadie le molestase en la siguiente media hora. Apartó los dossieres económicos y abrió el periódico por la página de los pasatiempos encima de la carpeta de cuero verde que tenía sobre la mesa. Necesitaba tomarse un respiro y la resolución del problema de ajedrez del diario se le antojó el remedio ideal. Desde que se hizo cargo de la empresa, hacía once años, tenía la costumbre de estudiar las posiciones que publicaba el periódico fumando un habano en su despacho. El problema correspondía a la partida entre Capablanca y Spielmann, jugada precisamente en el torneo de Nueva York dos años antes. Recordaba haber visto la partida anteriormente, pero no la secuencia exacta del desenlace. Ganaban las blancas. Intentó concentrarse en el problema, analizando las diferentes posibilidades de los dos bandos, pero no conseguía abstraerse de la desesperada situación del negocio familiar. Así, una parte de sus pensamientos giraba alrededor de la serenidad y la perfección modélica de las jugadas del ajedrecista cubano, mientras la otra buscaba una solución al nulo valor de las acciones de Woodbridge Steel. Una entrega de alfil, los peones, la dama indefensa, se confundían en su mente con los títulos, las obligaciones, las deudas. El peón de torre capturaba el peón negro, si la dama tomaba el alfil, el alfil de casillas blancas comía el peón central amenazando la torre, la torre negra se desplazaba a la columna de caballo y el blanco tomaba el peón de torre, logrando un peón pasado en sexta que decidía la partida. Había pasado un cuarto de hora.
Avanzó con paso ágil, quería coger el tranvía de regreso lo antes posible. Oía el ruido de las piezas al golpearse entre sí en el interior de la caja. Sus ahorros sólo habían alcanzado para comprar aquellas sencillas piezas de madera y tuvo que dejar el tablero en la tienda, a la espera de mejor ocasión. Tenía prisa por ver la cara que iba a poner su amigo Viktor cuando sustituyesen las rudimentarias piezas hechas con el barro del callejón trasero por las recién adquiridas. Su vecino e improvisado profesor de inglés, Viktor Dulfan, la primera persona que le acogió con los brazos abiertos en un país completamente desconocido para él, era un sastre ucraniano que había abandonado su tierra junto a su mujer hacía años, huyendo de los bolcheviques. Desde que Julio Macetas se instaló en el edificio tomaron la costumbre de compartir sus pitillos jugando al ajedrez todas las tardes hasta la hora de la cena. Lo hacían en su cuarto porque el del sastre carecía de ventana y de este modo ahorraban electricidad. A veces tenían que apartar la ropa tendida de la señora Claudia para aprovechar los últimos rayos de sol. Pasaban muy buenos ratos y disputaban largas partidas con aquellas miserables piezas. Por eso le prometió que con sus primeros ahorros compraría un ajedrez nuevo, de madera, como los que se utilizaban en los campeonatos oficiales, como aquellos con los que competía el ídolo nacional cubano, el campeón mundial José Raúl Capablanca. Viktor, entre burlas, no le quiso creer. Además, Julio Macetas tenía algo que celebrar.
Como tenía por costumbre, anotó la secuencia de jugadas en una cuartilla, satisfecho. Antes lo hacía en el margen no impreso del periódico, pero cada vez se utilizaba papel de peor calidad y el escrito resultaba ilegible. Guardó su elegante estilográfica en el cajón superior del escritorio. Samuel F. Woodbridge IV se levantó y descolgó la americana del perchero. Lanzó el puro al fuego de la chimenea y volvió sobre sus pasos. Se acercó al ventanal que se abría tras la mesa, sentía la necesidad de mirar la gran avenida, sede de tantas empresas que se habían visto fatalmente afectadas por la crisis económica. Parecía el orgulloso monarca blanco de Capablanca pasando revista. La calle estaba inusualmente tranquila, apenas se veían coches. Los escasos transeúntes embozaban sus rostros levantando el cuello de sus abrigos y caminaban con rapidez. No recordaba un mes de noviembre tan frío como aquél.
El señor Parker le había prometido un buen trabajo en la ferretería. No iba a estar muy bien pagado, pero siempre sería mejor que la construcción. En cuanto llegase Viktor de la tienda, le haría partícipe de la buena noticia y le mostraría el ajedrez de madera. Se sentía muy feliz. Caminaba por la avenida con paso decidido, sonriéndole al mundo, saltando contento de losa en losa, sintiéndose un jovial rey negro que se desplaza por un tablero gigante. Saludó alegremente con la mano al chico que vendía periódicos en la acera de enfrente, que le correspondió sorprendido. Dentro de poco podría comenzar a ahorrar dinero de verdad. Quería reunir los dólares suficientes para pagarle el pasaje a Sara, su negrita, la mujer a la que tanto añoraba. A pesar de la compleja crisis que parecía sacudir el país, empezaría una nueva vida para ellos. Julio Macetas no concebía que aquella situación fuese a durar demasiado, los Estados Unidos eran una potencia mundial que pronto saldría a flote. Sara podría trabajar también cosiendo, o en una floristería, y en menos de un año irían a vivir a un sitio mejor. Si todo iba bien, claro. Era consciente de que lo único que había conseguido hasta entonces era una promesa de trabajo y un paquete que apretaba con cariño contra su pecho.
Samuel F. Woodbridge IV y Julio Macetas, dos personas completamente diferentes que se movían en ambientes distintos, dos extraños en la misma ciudad, dos vidas que no tenían nada en común, salvo su afición por el ajedrez. Podrían no haber coincidido nunca y si lo hicieron fue por una caprichosa burla del destino. El azar hizo que se encontraran aquella fría mañana de noviembre de 1929. Cuando oyó el agudo grito, Julio Macetas levantó la vista, pero era demasiado tarde para esquivar el cuerpo de aquel hombre que se precipitaba desde la ventana de su despacho en el octavo piso de Woodbridge Steel. El choque fue brutal. El chiquillo de los periódicos cruzó corriendo la calle y vio los dos cuerpos inmóviles, en medio de un charco de sangre que crecía lentamente. Los ojos sin vida de Julio Macetas quedaron fijos en el alfil blanco que había rodado hasta chocar con la cabeza destrozada de Samuel F. Woodbridge IV. Los dos reyes yacían inánimes sobre los escaques del tablero, habían acabado perdiendo la partida vital, el ajedrez macabro de la vida, el único juego cuyas azarosas reglas, incomprensibles e inabarcables, permiten que ambos contendientes sean derrotados simultáneamente.
Comenzaron a caer los primeros copos de nieve.
Julio Macetas levantó el cuello de su chaqueta y se caló la gorra antes de salir del comercio. Apretó con fuerza el paquete envuelto en papel de periódico y abrió la puerta. La campanilla del establecimiento le despidió al salir a la calle. Hacía mucho frío. Se avecinaba un invierno difícil para un muchacho negro que había llegado al país hacía poco más de ocho meses. Pronto llegaría el gélido invierno neoyorquino. Un minuto después de haber comprado el ajedrez que le había prometido a Viktor ya se arrepentía de no haber invertido sus primeros ahorros en la compra de un abrigo. Su sueldo en la construcción daba para poco más que la comida y el alquiler de una maloliente habitación en un destartalado edificio de la peor zona de la ciudad. Sin embargo, prefería aquella precariedad a continuar malviviendo de la caña de azúcar en Cuba, un país agitado por la represión de Machado, el presidente que iba a forzar su reelección poco después.
Sacó el reloj de oro del bolsillo de su chaleco y vio que todavía no era mediodía. Avisó a su secretaria de que no quería que nadie le molestase en la siguiente media hora. Apartó los dossieres económicos y abrió el periódico por la página de los pasatiempos encima de la carpeta de cuero verde que tenía sobre la mesa. Necesitaba tomarse un respiro y la resolución del problema de ajedrez del diario se le antojó el remedio ideal. Desde que se hizo cargo de la empresa, hacía once años, tenía la costumbre de estudiar las posiciones que publicaba el periódico fumando un habano en su despacho. El problema correspondía a la partida entre Capablanca y Spielmann, jugada precisamente en el torneo de Nueva York dos años antes. Recordaba haber visto la partida anteriormente, pero no la secuencia exacta del desenlace. Ganaban las blancas. Intentó concentrarse en el problema, analizando las diferentes posibilidades de los dos bandos, pero no conseguía abstraerse de la desesperada situación del negocio familiar. Así, una parte de sus pensamientos giraba alrededor de la serenidad y la perfección modélica de las jugadas del ajedrecista cubano, mientras la otra buscaba una solución al nulo valor de las acciones de Woodbridge Steel. Una entrega de alfil, los peones, la dama indefensa, se confundían en su mente con los títulos, las obligaciones, las deudas. El peón de torre capturaba el peón negro, si la dama tomaba el alfil, el alfil de casillas blancas comía el peón central amenazando la torre, la torre negra se desplazaba a la columna de caballo y el blanco tomaba el peón de torre, logrando un peón pasado en sexta que decidía la partida. Había pasado un cuarto de hora.
Avanzó con paso ágil, quería coger el tranvía de regreso lo antes posible. Oía el ruido de las piezas al golpearse entre sí en el interior de la caja. Sus ahorros sólo habían alcanzado para comprar aquellas sencillas piezas de madera y tuvo que dejar el tablero en la tienda, a la espera de mejor ocasión. Tenía prisa por ver la cara que iba a poner su amigo Viktor cuando sustituyesen las rudimentarias piezas hechas con el barro del callejón trasero por las recién adquiridas. Su vecino e improvisado profesor de inglés, Viktor Dulfan, la primera persona que le acogió con los brazos abiertos en un país completamente desconocido para él, era un sastre ucraniano que había abandonado su tierra junto a su mujer hacía años, huyendo de los bolcheviques. Desde que Julio Macetas se instaló en el edificio tomaron la costumbre de compartir sus pitillos jugando al ajedrez todas las tardes hasta la hora de la cena. Lo hacían en su cuarto porque el del sastre carecía de ventana y de este modo ahorraban electricidad. A veces tenían que apartar la ropa tendida de la señora Claudia para aprovechar los últimos rayos de sol. Pasaban muy buenos ratos y disputaban largas partidas con aquellas miserables piezas. Por eso le prometió que con sus primeros ahorros compraría un ajedrez nuevo, de madera, como los que se utilizaban en los campeonatos oficiales, como aquellos con los que competía el ídolo nacional cubano, el campeón mundial José Raúl Capablanca. Viktor, entre burlas, no le quiso creer. Además, Julio Macetas tenía algo que celebrar.
Como tenía por costumbre, anotó la secuencia de jugadas en una cuartilla, satisfecho. Antes lo hacía en el margen no impreso del periódico, pero cada vez se utilizaba papel de peor calidad y el escrito resultaba ilegible. Guardó su elegante estilográfica en el cajón superior del escritorio. Samuel F. Woodbridge IV se levantó y descolgó la americana del perchero. Lanzó el puro al fuego de la chimenea y volvió sobre sus pasos. Se acercó al ventanal que se abría tras la mesa, sentía la necesidad de mirar la gran avenida, sede de tantas empresas que se habían visto fatalmente afectadas por la crisis económica. Parecía el orgulloso monarca blanco de Capablanca pasando revista. La calle estaba inusualmente tranquila, apenas se veían coches. Los escasos transeúntes embozaban sus rostros levantando el cuello de sus abrigos y caminaban con rapidez. No recordaba un mes de noviembre tan frío como aquél.
El señor Parker le había prometido un buen trabajo en la ferretería. No iba a estar muy bien pagado, pero siempre sería mejor que la construcción. En cuanto llegase Viktor de la tienda, le haría partícipe de la buena noticia y le mostraría el ajedrez de madera. Se sentía muy feliz. Caminaba por la avenida con paso decidido, sonriéndole al mundo, saltando contento de losa en losa, sintiéndose un jovial rey negro que se desplaza por un tablero gigante. Saludó alegremente con la mano al chico que vendía periódicos en la acera de enfrente, que le correspondió sorprendido. Dentro de poco podría comenzar a ahorrar dinero de verdad. Quería reunir los dólares suficientes para pagarle el pasaje a Sara, su negrita, la mujer a la que tanto añoraba. A pesar de la compleja crisis que parecía sacudir el país, empezaría una nueva vida para ellos. Julio Macetas no concebía que aquella situación fuese a durar demasiado, los Estados Unidos eran una potencia mundial que pronto saldría a flote. Sara podría trabajar también cosiendo, o en una floristería, y en menos de un año irían a vivir a un sitio mejor. Si todo iba bien, claro. Era consciente de que lo único que había conseguido hasta entonces era una promesa de trabajo y un paquete que apretaba con cariño contra su pecho.
Samuel F. Woodbridge IV y Julio Macetas, dos personas completamente diferentes que se movían en ambientes distintos, dos extraños en la misma ciudad, dos vidas que no tenían nada en común, salvo su afición por el ajedrez. Podrían no haber coincidido nunca y si lo hicieron fue por una caprichosa burla del destino. El azar hizo que se encontraran aquella fría mañana de noviembre de 1929. Cuando oyó el agudo grito, Julio Macetas levantó la vista, pero era demasiado tarde para esquivar el cuerpo de aquel hombre que se precipitaba desde la ventana de su despacho en el octavo piso de Woodbridge Steel. El choque fue brutal. El chiquillo de los periódicos cruzó corriendo la calle y vio los dos cuerpos inmóviles, en medio de un charco de sangre que crecía lentamente. Los ojos sin vida de Julio Macetas quedaron fijos en el alfil blanco que había rodado hasta chocar con la cabeza destrozada de Samuel F. Woodbridge IV. Los dos reyes yacían inánimes sobre los escaques del tablero, habían acabado perdiendo la partida vital, el ajedrez macabro de la vida, el único juego cuyas azarosas reglas, incomprensibles e inabarcables, permiten que ambos contendientes sean derrotados simultáneamente.
Comenzaron a caer los primeros copos de nieve.
jueves, 21 de junio de 2012
Una pausa entre clases
La Mayans parecía no haberle dado demasiada importancia al incidente. Había sorprendido al Calderón fisgando debajo de su mesa y él se había excusado mostrando el bolígrafo que acababa de recoger del suelo. Ella le había mirado muy seria. Era así, no sonreía nunca, y por eso no creímos que se hubiese enfadado. La Mayans no era guapa pero era la única profesora que teníamos y su avanzado estado de gestación había despertado nuestra curiosidad de niños de colegio bien. La clase de francés había continuado normalmente y, cuando concluyó, la Mayans nos recordó antes de irse las tareas que nos había puesto para el día siguiente.
Pero vaya si le había dado importancia. Apenas cinco minutos después de que abandonase el aula, entró en ella hecho una hidra el padre Retamero. No era uno de aquellos curas con sotana, tan tristes, que solíamos ver a menudo por la parroquia sino uno más moderno, de los que comenzaban a verse en esa época. Un cura de los de barba y raya a un lado, de los de gafas ahumadas y pantalones vaqueros y jersey grueso de cuello cerrado. Alguien mucho más cercano, tanto que le habíamos conocido de seminarista, cuando todos le llamaban (y le llamábamos) el Richi. Además de continuar dándonos las clases de religión, una vez convertido en el padre Retamero había pasado a ser también el tutor de nuestro grupo. Cerró la puerta de un portazo que hizo retumbar el vidrio del ventanal que daba al pasillo. Llamó al Calderón y le hizo subir a la tarima, donde le esperaba con los brazos en jarras. ¿Qué ha pasado?, le preguntó. El Calderón hizo como que no entendía, como que no sabía a qué se refería. Sonreía con nerviosismo. El padre Retamero le dio un fuerte bofetón en la mejilla, con la mano muy abierta. Di un respingo, nunca antes un profesor había pegado a nadie de mi curso. ¿Qué ha pasado?, repitió rojo de indignación. Se me ha caído el bolígrafo, musitó mi compañero de pupitre. El padre le volvió a dar otro bofetón que le giró la cara. ¿Qué ha pasado?, insistió con la voz quebrada por la ira. Se me ha caído el bolígrafo. La tercera fue una bofetada de ida y vuelta. Al principio del interrogatorio había oído a mi espalda las risillas crueles de algunos de mis amigos, las típicas de los niños que celebran la humillación de sus compañeros. En ese momento, sin embargo, reinaba un silencio tenso, temeroso y cobarde, un silencio sólo interrumpido por el característico sonido del lápiz que rueda sobre una mesa del fondo del aula y algunas toses de garganta seca. El padre Retamero había perdido los papeles y se estaba ensañando con el Calderón. ¿Qué ha pasado?, y vimos cómo se le hinchaban las venas del cuello al formular la pregunta por cuarta vez. Nuestro amigo cerraba los ojos y trataba de protegerse cubriendo el carrillo más castigado con el antebrazo pero el padre Retamero se lo retiraba cada vez de un manotazo. Se me ha caído el bolígrafo, había insistido el Calderón en tantas ocasiones como veces le había sido hecha la misma pregunta. Desde la primera fila yo podía escuchar el sonido de las llaves que chocaban entre sí en el bolsillo del padre Retamero cada vez que éste le sacudía a mi amigo. El Calderón trataba de esquivar los ojos coléricos del cura dirigiendo su mirada a la pizarra, donde todavía podía leerse el presente de subjuntivo del verbo être y el il faut que que tanto se nos resistía a medio borrar. De tanto en tanto lanzaba miradas asustadas al crucifijo que presidía el aula, como implorando clemencia. Gruesos lagrimones caían por sus mejillas. Tenía la derecha cada vez más colorada. El castigo se prolongó aunque no sabría decir durante cuánto tiempo. Demasiado. De repente, oímos cómo se abría la puerta. Entró el padre director y cuchicheó unas palabras al oído del padre Retamero. Ya hablaremos de lo que ha pasado hoy, le dijo nuestro tutor al Calderón antes de que los dos sacerdotes salieran de la clase con semblante serio. El Calderón se fue corriendo al lavabo. Lloraba a moco tendido. No le había visto llorar nunca hasta entonces ni tampoco le vi hacerlo después de ese día.
No me atreví a preguntarle si era verdad que le había caído el bolígrafo, como sostenía, o si, por el contrario, lo había tirado al suelo intencionadamente para explorar por debajo de la falda premamá de la Mayans. Nadie lo hizo. Ni siquiera el Solana, cuya impertinencia e inoportunidad eran bien conocidas por todos. También ignoro si el padre Retamero y el Calderón volvieron a hablar del asunto o si las palabras amenazantes que utilizó el cura al despedirse fueron sólo dirigidas a su aterrorizado auditorio para darle mayor trascendencia al momento que acabábamos de vivir. Pero sí sé que aquel castigo desproporcionado, que pretendía ser ejemplar, fue el motivo de que muchos de nosotros dejásemos de creer en los vicarios del Señor y en determinadas liturgias. Aunque de ello no nos diésemos cuenta hasta muchos años más tarde.
Pero vaya si le había dado importancia. Apenas cinco minutos después de que abandonase el aula, entró en ella hecho una hidra el padre Retamero. No era uno de aquellos curas con sotana, tan tristes, que solíamos ver a menudo por la parroquia sino uno más moderno, de los que comenzaban a verse en esa época. Un cura de los de barba y raya a un lado, de los de gafas ahumadas y pantalones vaqueros y jersey grueso de cuello cerrado. Alguien mucho más cercano, tanto que le habíamos conocido de seminarista, cuando todos le llamaban (y le llamábamos) el Richi. Además de continuar dándonos las clases de religión, una vez convertido en el padre Retamero había pasado a ser también el tutor de nuestro grupo. Cerró la puerta de un portazo que hizo retumbar el vidrio del ventanal que daba al pasillo. Llamó al Calderón y le hizo subir a la tarima, donde le esperaba con los brazos en jarras. ¿Qué ha pasado?, le preguntó. El Calderón hizo como que no entendía, como que no sabía a qué se refería. Sonreía con nerviosismo. El padre Retamero le dio un fuerte bofetón en la mejilla, con la mano muy abierta. Di un respingo, nunca antes un profesor había pegado a nadie de mi curso. ¿Qué ha pasado?, repitió rojo de indignación. Se me ha caído el bolígrafo, musitó mi compañero de pupitre. El padre le volvió a dar otro bofetón que le giró la cara. ¿Qué ha pasado?, insistió con la voz quebrada por la ira. Se me ha caído el bolígrafo. La tercera fue una bofetada de ida y vuelta. Al principio del interrogatorio había oído a mi espalda las risillas crueles de algunos de mis amigos, las típicas de los niños que celebran la humillación de sus compañeros. En ese momento, sin embargo, reinaba un silencio tenso, temeroso y cobarde, un silencio sólo interrumpido por el característico sonido del lápiz que rueda sobre una mesa del fondo del aula y algunas toses de garganta seca. El padre Retamero había perdido los papeles y se estaba ensañando con el Calderón. ¿Qué ha pasado?, y vimos cómo se le hinchaban las venas del cuello al formular la pregunta por cuarta vez. Nuestro amigo cerraba los ojos y trataba de protegerse cubriendo el carrillo más castigado con el antebrazo pero el padre Retamero se lo retiraba cada vez de un manotazo. Se me ha caído el bolígrafo, había insistido el Calderón en tantas ocasiones como veces le había sido hecha la misma pregunta. Desde la primera fila yo podía escuchar el sonido de las llaves que chocaban entre sí en el bolsillo del padre Retamero cada vez que éste le sacudía a mi amigo. El Calderón trataba de esquivar los ojos coléricos del cura dirigiendo su mirada a la pizarra, donde todavía podía leerse el presente de subjuntivo del verbo être y el il faut que que tanto se nos resistía a medio borrar. De tanto en tanto lanzaba miradas asustadas al crucifijo que presidía el aula, como implorando clemencia. Gruesos lagrimones caían por sus mejillas. Tenía la derecha cada vez más colorada. El castigo se prolongó aunque no sabría decir durante cuánto tiempo. Demasiado. De repente, oímos cómo se abría la puerta. Entró el padre director y cuchicheó unas palabras al oído del padre Retamero. Ya hablaremos de lo que ha pasado hoy, le dijo nuestro tutor al Calderón antes de que los dos sacerdotes salieran de la clase con semblante serio. El Calderón se fue corriendo al lavabo. Lloraba a moco tendido. No le había visto llorar nunca hasta entonces ni tampoco le vi hacerlo después de ese día.
No me atreví a preguntarle si era verdad que le había caído el bolígrafo, como sostenía, o si, por el contrario, lo había tirado al suelo intencionadamente para explorar por debajo de la falda premamá de la Mayans. Nadie lo hizo. Ni siquiera el Solana, cuya impertinencia e inoportunidad eran bien conocidas por todos. También ignoro si el padre Retamero y el Calderón volvieron a hablar del asunto o si las palabras amenazantes que utilizó el cura al despedirse fueron sólo dirigidas a su aterrorizado auditorio para darle mayor trascendencia al momento que acabábamos de vivir. Pero sí sé que aquel castigo desproporcionado, que pretendía ser ejemplar, fue el motivo de que muchos de nosotros dejásemos de creer en los vicarios del Señor y en determinadas liturgias. Aunque de ello no nos diésemos cuenta hasta muchos años más tarde.
jueves, 14 de junio de 2012
Entrevistado por Rosana Alonso en Explorando Lilliput
Poco puedo añadir a un título tan descriptivo. Hoy Rosana Alonso ha estrenado la sección Del blog al papel en su Explorando Lilliput y no se le ha ocurrido mejor modo de hacerlo que entrevistándome.
Para mí es un honor inmenso, qué duda cabe.
Os invito a leer la entrevista y a echarle un vistazo al blog de Rosana.
Os invito a leer la entrevista y a echarle un vistazo al blog de Rosana.
jueves, 7 de junio de 2012
Naturaleza muerta
Paseo entre los caballetes y los lienzos inacabados del estudio de mi amigo. Al poco de entrar en el bufete ya me había confesado su vocación pictórica. Alguna vez lo había sorprendido rescatando un legajo del archivo y garabateando desnudos en el dorso de aquellos papeles. Recuerdo que tomó la decisión tras el hallazgo del cuerpo de Laura, una chica que hacía la pasantía en nuestro despacho, después de semanas de búsqueda en el vertedero. El crimen conmocionó a toda la ciudad. Se convocaron diferentes manifestaciones, una huelga y los carnavales fueron suspendidos. Ese mismo día se despidió y comenzó a pintar.
Curioseo mientras prepara café. En un cajón descubro bocetos, principalmente marinas, escenas de cacería y un bodegón con un pichón y tres faisanes. Dentro de una carpetilla encuentro el bosquejo de lo que parece una joven muerta, entre basuras, fechado en enero del año del asesinato de Laura.
Curioseo mientras prepara café. En un cajón descubro bocetos, principalmente marinas, escenas de cacería y un bodegón con un pichón y tres faisanes. Dentro de una carpetilla encuentro el bosquejo de lo que parece una joven muerta, entre basuras, fechado en enero del año del asesinato de Laura.
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