Samuel F. Woodbridge IV se
recostó y encendió un puro. El cuero de la butaca crujió levemente. Durante
toda la semana había estado analizando el estado económico de su empresa y sus
compañías filiales. Aquella mañana se había reunido con su abogado para
despachar una serie de cuestiones relacionadas con el crack financiero. La venta no era una solución factible, ya que
había millones de acciones a la baja de diferentes sectores industriales a la
espera de comprador. Los bancos también vendían y la escasez de líquido definía
la economía nacional a finales de 1929. Cuando el abogado abandonó el despacho,
Samuel F. Woodbridge IV, uno de los principales magnates de la siderurgia
estadounidense, echó un último vistazo a los informes que tenía sobre su mesa.
La crisis bursátil, la caída de los títulos, la presión de los accionistas y
los bancos, el estado de sus cuentas, el presupuesto de la empresa que había
creado su abuelo, todo confirmaba un panorama desolador para el negocio del
metal. La industria norteamericana pagaba así un alto precio por la producción
incontrolada de los años anteriores. Samuel F. Woodbridge II había sabido
sortear la crisis de 1873 poco después de la fundación de la empresa, cuando
estableció su sede en Nueva York. Ahora, el patriarca observaba ceñudo a su
nieto desde el retrato que presidía el despacho. La situación era crítica.
Incluso Ford y Rockefeller se verían en dificultades.
Julio Macetas levantó el
cuello de su chaqueta y se caló la gorra antes de salir del comercio. Apretó
con fuerza el paquete envuelto en papel de periódico y abrió la puerta. La
campanilla del establecimiento le despidió al salir a la calle. Hacía mucho
frío. Se avecinaba un invierno difícil para un muchacho negro que había llegado
al país hacía poco más de ocho meses. Pronto llegaría el gélido invierno
neoyorquino. Un minuto después de haber comprado el ajedrez que le había
prometido a Viktor ya se arrepentía de no haber invertido sus primeros ahorros
en la compra de un abrigo. Su sueldo en la construcción daba para poco más que
la comida y el alquiler de una maloliente habitación en un destartalado
edificio de la peor zona de la ciudad. Sin embargo, prefería aquella
precariedad a continuar malviviendo de la caña de azúcar en Cuba, un país
agitado por la represión de Machado, el presidente que iba a forzar su
reelección poco después.
Sacó el reloj de oro del
bolsillo de su chaleco y vio que todavía no era mediodía. Avisó a su secretaria
de que no quería que nadie le molestase en la siguiente media hora. Apartó los
dossieres económicos y abrió el periódico por la página de los pasatiempos encima
de la carpeta de cuero verde que tenía sobre la mesa. Necesitaba tomarse un
respiro y la resolución del problema de ajedrez del diario se le antojó el
remedio ideal. Desde que se hizo cargo de la empresa, hacía once años, tenía la
costumbre de estudiar las posiciones que publicaba el periódico fumando un
habano en su despacho. El problema correspondía a la partida entre Capablanca y
Spielmann, jugada precisamente en el torneo de Nueva York dos años antes.
Recordaba haber visto la partida anteriormente, pero no la secuencia exacta del
desenlace. Ganaban las blancas. Intentó concentrarse en el problema, analizando
las diferentes posibilidades de los dos bandos, pero no conseguía abstraerse de
la desesperada situación del negocio familiar. Así, una parte de sus
pensamientos giraba alrededor de la serenidad y la perfección modélica de las
jugadas del ajedrecista cubano, mientras la otra buscaba una solución al nulo
valor de las acciones de Woodbridge Steel.
Una entrega de alfil, los peones, la dama indefensa, se confundían en su mente
con los títulos, las obligaciones, las deudas. El peón de torre capturaba el
peón negro, si la dama tomaba el alfil, el alfil de casillas blancas comía el
peón central amenazando la torre, la torre negra se desplazaba a la columna de
caballo y el blanco tomaba el peón de torre, logrando un peón pasado en sexta
que decidía la partida. Había pasado un cuarto de hora.
Avanzó con paso ágil, quería
coger el tranvía de regreso lo antes posible. Oía el ruido de las piezas al
golpearse entre sí en el interior de la caja. Sus ahorros sólo habían alcanzado
para comprar aquellas sencillas piezas de madera y tuvo que dejar el tablero en
la tienda, a la espera de mejor ocasión. Tenía prisa por ver la cara que iba a
poner su amigo Viktor cuando sustituyesen las rudimentarias piezas hechas con
el barro del callejón trasero por las recién adquiridas. Su vecino e
improvisado profesor de inglés, Viktor Dulfan, la primera persona que le acogió
con los brazos abiertos en un país completamente desconocido para él, era un
sastre ucraniano que había abandonado su tierra junto a su mujer hacía años,
huyendo de los bolcheviques. Desde que Julio Macetas se instaló en el edificio
tomaron la costumbre de compartir sus pitillos jugando al ajedrez todas las tardes
hasta la hora de la cena. Lo hacían en su cuarto porque el del sastre carecía
de ventana y de este modo ahorraban electricidad. A veces tenían que apartar la
ropa tendida de la señora Claudia para aprovechar los últimos rayos de sol.
Pasaban muy buenos ratos y disputaban largas partidas con aquellas miserables
piezas. Por eso le prometió que con sus primeros ahorros compraría un ajedrez
nuevo, de madera, como los que se utilizaban en los campeonatos oficiales, como
aquellos con los que competía el ídolo nacional cubano, el campeón mundial José
Raúl Capablanca. Viktor, entre burlas, no le quiso creer. Además, Julio Macetas
tenía algo que celebrar.
Como tenía por costumbre,
anotó la secuencia de jugadas en una cuartilla, satisfecho. Antes lo hacía en el
margen no impreso del periódico, pero cada vez se utilizaba papel de peor
calidad y el escrito resultaba ilegible. Guardó su elegante estilográfica en el
cajón superior del escritorio. Samuel F. Woodbridge IV se levantó y descolgó la
americana del perchero. Lanzó el puro al fuego de la chimenea y volvió sobre
sus pasos. Se acercó al ventanal que se abría tras la mesa, sentía la necesidad
de mirar la gran avenida, sede de tantas empresas que se habían visto
fatalmente afectadas por la crisis económica. Parecía el orgulloso monarca
blanco de Capablanca pasando revista. La calle estaba inusualmente tranquila,
apenas se veían coches. Los escasos transeúntes embozaban sus rostros
levantando el cuello de sus abrigos y caminaban con rapidez. No recordaba un
mes de noviembre tan frío como aquél.
El señor Parker le había
prometido un buen trabajo en la ferretería. No iba a estar muy bien pagado,
pero siempre sería mejor que la construcción. En cuanto llegase Viktor de la
tienda, le haría partícipe de la buena noticia y le mostraría el ajedrez de
madera. Se sentía muy feliz. Caminaba por la avenida con paso decidido,
sonriéndole al mundo, saltando contento de losa en losa, sintiéndose un jovial
rey negro que se desplaza por un tablero gigante. Saludó alegremente con la
mano al chico que vendía periódicos en la acera de enfrente, que le
correspondió sorprendido. Dentro de poco podría comenzar a ahorrar dinero de
verdad. Quería reunir los dólares suficientes para pagarle el pasaje a Sara, su
negrita, la mujer a la que tanto añoraba. A pesar de la compleja crisis que
parecía sacudir el país, empezaría una nueva vida para ellos. Julio Macetas no
concebía que aquella situación fuese a durar demasiado, los Estados Unidos eran
una potencia mundial que pronto saldría a flote. Sara podría trabajar también
cosiendo, o en una floristería, y en menos de un año irían a vivir a un sitio
mejor. Si todo iba bien, claro. Era consciente de que lo único que había
conseguido hasta entonces era una promesa de trabajo y un paquete que apretaba
con cariño contra su pecho.
Samuel F. Woodbridge IV y
Julio Macetas, dos personas completamente diferentes que se movían en ambientes
distintos, dos extraños en la misma ciudad, dos vidas que no tenían nada en
común, salvo su afición por el ajedrez. Podrían no haber coincidido nunca y si
lo hicieron fue por una caprichosa burla del destino. El azar hizo que se
encontraran aquella fría mañana de noviembre de 1929. Cuando oyó el agudo
grito, Julio Macetas levantó la vista, pero era demasiado tarde para esquivar
el cuerpo de aquel hombre que se precipitaba desde la ventana de su despacho en
el octavo piso de Woodbridge Steel.
El choque fue brutal. El chiquillo de los periódicos cruzó corriendo la calle y
vio los dos cuerpos inmóviles, en medio de un charco de sangre que crecía
lentamente. Los ojos sin vida de Julio Macetas quedaron fijos en el alfil
blanco que había rodado hasta chocar con la cabeza destrozada de Samuel F.
Woodbridge IV. Los dos reyes yacían inánimes sobre los escaques del tablero, habían
acabado perdiendo la partida vital, el ajedrez macabro de la vida, el único
juego cuyas azarosas reglas, incomprensibles e inabarcables, permiten que ambos
contendientes sean derrotados simultáneamente.
Comenzaron a caer los primeros copos de nieve.
jueves, 28 de junio de 2012
jueves, 21 de junio de 2012
Una pausa entre clases
La Mayans parecía no haberle dado demasiada importancia al incidente. Había sorprendido al Calderón fisgando debajo de su mesa y él se había excusado mostrando el bolígrafo que acababa de recoger del suelo. Ella le había mirado muy seria. Era así, no sonreía nunca, y por eso no creímos que se hubiese enfadado. La Mayans no era guapa pero era la única profesora que teníamos y su avanzado estado de gestación había despertado nuestra curiosidad de niños de colegio bien. La clase de francés había continuado normalmente y, cuando concluyó, la Mayans nos recordó antes de irse las tareas que nos había puesto para el día siguiente.
Pero vaya si le había dado importancia. Apenas cinco minutos después de que abandonase el aula, entró en ella hecho una hidra el padre Retamero. No era uno de aquellos curas con sotana, tan tristes, que solíamos ver a menudo por la parroquia sino uno más moderno, de los que comenzaban a verse en esa época. Un cura de los de barba y raya a un lado, de los de gafas ahumadas y pantalones vaqueros y jersey grueso de cuello cerrado. Alguien mucho más cercano, tanto que le habíamos conocido de seminarista, cuando todos le llamaban (y le llamábamos) el Richi. Además de continuar dándonos las clases de religión, una vez convertido en el padre Retamero había pasado a ser también el tutor de nuestro grupo. Cerró la puerta de un portazo que hizo retumbar el vidrio del ventanal que daba al pasillo. Llamó al Calderón y le hizo subir a la tarima, donde le esperaba con los brazos en jarras. ¿Qué ha pasado?, le preguntó. El Calderón hizo como que no entendía, como que no sabía a qué se refería. Sonreía con nerviosismo. El padre Retamero le dio un fuerte bofetón en la mejilla, con la mano muy abierta. Di un respingo, nunca antes un profesor había pegado a nadie de mi curso. ¿Qué ha pasado?, repitió rojo de indignación. Se me ha caído el bolígrafo, musitó mi compañero de pupitre. El padre le volvió a dar otro bofetón que le giró la cara. ¿Qué ha pasado?, insistió con la voz quebrada por la ira. Se me ha caído el bolígrafo. La tercera fue una bofetada de ida y vuelta. Al principio del interrogatorio había oído a mi espalda las risillas crueles de algunos de mis amigos, las típicas de los niños que celebran la humillación de sus compañeros. En ese momento, sin embargo, reinaba un silencio tenso, temeroso y cobarde, un silencio sólo interrumpido por el característico sonido del lápiz que rueda sobre una mesa del fondo del aula y algunas toses de garganta seca. El padre Retamero había perdido los papeles y se estaba ensañando con el Calderón. ¿Qué ha pasado?, y vimos cómo se le hinchaban las venas del cuello al formular la pregunta por cuarta vez. Nuestro amigo cerraba los ojos y trataba de protegerse cubriendo el carrillo más castigado con el antebrazo pero el padre Retamero se lo retiraba cada vez de un manotazo. Se me ha caído el bolígrafo, había insistido el Calderón en tantas ocasiones como veces le había sido hecha la misma pregunta. Desde la primera fila yo podía escuchar el sonido de las llaves que chocaban entre sí en el bolsillo del padre Retamero cada vez que éste le sacudía a mi amigo. El Calderón trataba de esquivar los ojos coléricos del cura dirigiendo su mirada a la pizarra, donde todavía podía leerse el presente de subjuntivo del verbo être y el il faut que que tanto se nos resistía a medio borrar. De tanto en tanto lanzaba miradas asustadas al crucifijo que presidía el aula, como implorando clemencia. Gruesos lagrimones caían por sus mejillas. Tenía la derecha cada vez más colorada. El castigo se prolongó aunque no sabría decir durante cuánto tiempo. Demasiado. De repente, oímos cómo se abría la puerta. Entró el padre director y cuchicheó unas palabras al oído del padre Retamero. Ya hablaremos de lo que ha pasado hoy, le dijo nuestro tutor al Calderón antes de que los dos sacerdotes salieran de la clase con semblante serio. El Calderón se fue corriendo al lavabo. Lloraba a moco tendido. No le había visto llorar nunca hasta entonces ni tampoco le vi hacerlo después de ese día.
No me atreví a preguntarle si era verdad que le había caído el bolígrafo, como sostenía, o si, por el contrario, lo había tirado al suelo intencionadamente para explorar por debajo de la falda premamá de la Mayans. Nadie lo hizo. Ni siquiera el Solana, cuya impertinencia e inoportunidad eran bien conocidas por todos. También ignoro si el padre Retamero y el Calderón volvieron a hablar del asunto o si las palabras amenazantes que utilizó el cura al despedirse fueron sólo dirigidas a su aterrorizado auditorio para darle mayor trascendencia al momento que acabábamos de vivir. Pero sí sé que aquel castigo desproporcionado, que pretendía ser ejemplar, fue el motivo de que muchos de nosotros dejásemos de creer en los vicarios del Señor y en determinadas liturgias. Aunque de ello no nos diésemos cuenta hasta muchos años más tarde.
Pero vaya si le había dado importancia. Apenas cinco minutos después de que abandonase el aula, entró en ella hecho una hidra el padre Retamero. No era uno de aquellos curas con sotana, tan tristes, que solíamos ver a menudo por la parroquia sino uno más moderno, de los que comenzaban a verse en esa época. Un cura de los de barba y raya a un lado, de los de gafas ahumadas y pantalones vaqueros y jersey grueso de cuello cerrado. Alguien mucho más cercano, tanto que le habíamos conocido de seminarista, cuando todos le llamaban (y le llamábamos) el Richi. Además de continuar dándonos las clases de religión, una vez convertido en el padre Retamero había pasado a ser también el tutor de nuestro grupo. Cerró la puerta de un portazo que hizo retumbar el vidrio del ventanal que daba al pasillo. Llamó al Calderón y le hizo subir a la tarima, donde le esperaba con los brazos en jarras. ¿Qué ha pasado?, le preguntó. El Calderón hizo como que no entendía, como que no sabía a qué se refería. Sonreía con nerviosismo. El padre Retamero le dio un fuerte bofetón en la mejilla, con la mano muy abierta. Di un respingo, nunca antes un profesor había pegado a nadie de mi curso. ¿Qué ha pasado?, repitió rojo de indignación. Se me ha caído el bolígrafo, musitó mi compañero de pupitre. El padre le volvió a dar otro bofetón que le giró la cara. ¿Qué ha pasado?, insistió con la voz quebrada por la ira. Se me ha caído el bolígrafo. La tercera fue una bofetada de ida y vuelta. Al principio del interrogatorio había oído a mi espalda las risillas crueles de algunos de mis amigos, las típicas de los niños que celebran la humillación de sus compañeros. En ese momento, sin embargo, reinaba un silencio tenso, temeroso y cobarde, un silencio sólo interrumpido por el característico sonido del lápiz que rueda sobre una mesa del fondo del aula y algunas toses de garganta seca. El padre Retamero había perdido los papeles y se estaba ensañando con el Calderón. ¿Qué ha pasado?, y vimos cómo se le hinchaban las venas del cuello al formular la pregunta por cuarta vez. Nuestro amigo cerraba los ojos y trataba de protegerse cubriendo el carrillo más castigado con el antebrazo pero el padre Retamero se lo retiraba cada vez de un manotazo. Se me ha caído el bolígrafo, había insistido el Calderón en tantas ocasiones como veces le había sido hecha la misma pregunta. Desde la primera fila yo podía escuchar el sonido de las llaves que chocaban entre sí en el bolsillo del padre Retamero cada vez que éste le sacudía a mi amigo. El Calderón trataba de esquivar los ojos coléricos del cura dirigiendo su mirada a la pizarra, donde todavía podía leerse el presente de subjuntivo del verbo être y el il faut que que tanto se nos resistía a medio borrar. De tanto en tanto lanzaba miradas asustadas al crucifijo que presidía el aula, como implorando clemencia. Gruesos lagrimones caían por sus mejillas. Tenía la derecha cada vez más colorada. El castigo se prolongó aunque no sabría decir durante cuánto tiempo. Demasiado. De repente, oímos cómo se abría la puerta. Entró el padre director y cuchicheó unas palabras al oído del padre Retamero. Ya hablaremos de lo que ha pasado hoy, le dijo nuestro tutor al Calderón antes de que los dos sacerdotes salieran de la clase con semblante serio. El Calderón se fue corriendo al lavabo. Lloraba a moco tendido. No le había visto llorar nunca hasta entonces ni tampoco le vi hacerlo después de ese día.
No me atreví a preguntarle si era verdad que le había caído el bolígrafo, como sostenía, o si, por el contrario, lo había tirado al suelo intencionadamente para explorar por debajo de la falda premamá de la Mayans. Nadie lo hizo. Ni siquiera el Solana, cuya impertinencia e inoportunidad eran bien conocidas por todos. También ignoro si el padre Retamero y el Calderón volvieron a hablar del asunto o si las palabras amenazantes que utilizó el cura al despedirse fueron sólo dirigidas a su aterrorizado auditorio para darle mayor trascendencia al momento que acabábamos de vivir. Pero sí sé que aquel castigo desproporcionado, que pretendía ser ejemplar, fue el motivo de que muchos de nosotros dejásemos de creer en los vicarios del Señor y en determinadas liturgias. Aunque de ello no nos diésemos cuenta hasta muchos años más tarde.
jueves, 14 de junio de 2012
Entrevistado por Rosana Alonso en Explorando Lilliput
Poco puedo añadir a un título tan descriptivo. Hoy Rosana Alonso ha estrenado la sección Del blog al papel en su Explorando Lilliput y no se le ha ocurrido mejor modo de hacerlo que entrevistándome.
Para mí es un honor inmenso, qué duda cabe.
Os invito a leer la entrevista y a echarle un vistazo al blog de Rosana.
Os invito a leer la entrevista y a echarle un vistazo al blog de Rosana.
jueves, 7 de junio de 2012
Naturaleza muerta
Paseo entre los caballetes y los lienzos inacabados del estudio de mi amigo. Al poco de entrar en el bufete ya me había confesado su vocación pictórica. Alguna vez lo había sorprendido rescatando un legajo del archivo y garabateando desnudos en el dorso de aquellos papeles. Recuerdo que tomó la decisión tras el hallazgo del cuerpo de Laura, una chica que hacía la pasantía en nuestro despacho, después de semanas de búsqueda en el vertedero. El crimen conmocionó a toda la ciudad. Se convocaron diferentes manifestaciones, una huelga y los carnavales fueron suspendidos. Ese mismo día se despidió y comenzó a pintar.
Curioseo mientras prepara café. En un cajón descubro bocetos, principalmente marinas, escenas de cacería y un bodegón con un pichón y tres faisanes. Dentro de una carpetilla encuentro el bosquejo de lo que parece una joven muerta, entre basuras, fechado en enero del año del asesinato de Laura.
Curioseo mientras prepara café. En un cajón descubro bocetos, principalmente marinas, escenas de cacería y un bodegón con un pichón y tres faisanes. Dentro de una carpetilla encuentro el bosquejo de lo que parece una joven muerta, entre basuras, fechado en enero del año del asesinato de Laura.
jueves, 31 de mayo de 2012
Que hable ahora...
"¡Detengan esta boda!", vociferó uno de los invitados desde la última fila. Acompañó la orden con una palabrota que provocó que la abuela de la novia, una venerable dama con un vestido color yema de huevo campero muy poco apropiado, se tapara los oídos con ambas manos. Se giraron los asistentes, indignados. El joven avanzó en dirección al altar esgrimiendo un cuadro, una orla enmarcada desde la cual casi un centenar de jóvenes licenciados con birrete sonreían con orgullo mal disimulado a los presentes. "¡Sepan que este hombre… este hombre es…!", aceleró el discurso, intuyendo su inminente detención, a la vez que señalaba con el dedo al novio, "este hombre es… ¡abogado… de la SGAE!". "¡No!", gritó el cura y se llevó las manos a la cabeza. La novia, entonces, se desmayó. Un ahogado rumor de decepción se adueñó de la iglesia. Desenmascarado el novio, de rodillas, rompió a llorar.
jueves, 24 de mayo de 2012
Premios LIEBSTER BLOG
La semana pasada Pedro Sánchez Negreira, en su bitácora Entre nunca y quién sabe, tuvo la gentileza de otorgar a mis Grimas y leyendas uno de sus cinco premios Liebster Blog, cuyo objeto es la promoción de los blogs pequeñitos de cierto interés. Según las bases de la iniciativa, cada uno de los galardonados ha de premiar, a su vez, a otros tantos blogs. A pesar de que, de esta manera, entiendo, acabará recibiendo tal distinción, y sin remedio, la totalidad de la blogosfera, me apunto a continuar lo que temo acabará siendo otra infinita cadena viral, porque me apetece recomendaros unas cuantas páginas con cuya lectura disfruto de lo lindo. Recordad que las bases están ahí para observarlas y que, por tanto, en mi modesta lista de blogs meritorios ni están todos los que son, ni son todos los que están. He dicho. Ahí van mis propuestas, por riguroso orden aleatorio:
- Explorando Lilliput: Rosana Alonso está de moda y sus Los otros mundos, publicados por Talentura, concitan la atención de todos los amantes del microrrelato. Por ambos motivos tengo la sospecha de que ya habrá recibido alguna vez este honorífico galardón. Y, por ese mismo miedo a repetirme, intentaré que mi lista de nominados sea algo menos predecible a partir de ahora.
- Lo breve, si breve…: la bitácora Spanjaard, de Luis Arribas, quedó en su día finalista en la categoría Blog Deportes de los Premios 20Blogs. Por lo visto, le supo a poco. El autor nos propone ahora Lo breve, si breve… donde poco a poco nos irá dando a conocer sus relatos mínimos, derroche de ironía y agudeza.
- Humor mío: Pedro Herrero es, además de un buen amigo, un excelente narrador. Lo podéis comprobar en Humor mío, el blog donde va publicando sus micros aparecidos en la revista digital En sentido figurado. Muchos ya lo conoceréis y lo estaréis siguiendo, claro.
- El Rojo y el Blanco: el deleite de la crónica deportiva hecha relato. Igual que uno disfrutaba de las crónicas taurinas de Joaquín Vidal tanto si le gustaban los toros como si no, Carlos Fuentes, el creador de El Rojo y el Blanco convierte cada partido del Atleti en una pequeña y divertida joya literaria.
- Cuentos para ebook: cierro este listado tan sui generis con esta propuesta de David Llada, una página donde recuperar cuentos de autores consagrados y noveles, cuidadosamente editados, en PDF, MOBI y EPUB. ¿Que no es, en puridad, un blog? Desde luego que no pero tengo el convencimiento de que será todo un descubrimiento para más de un ávido lector de relatos que suela pasearse por Grimas y leyendas. El genuino blog del autor, porque también tiene, se titula, como no podía ser de otro modo, David Llada’s blog. Y también es muy recomendable.
Las reglas del Liebster son:
- Copiar y pegar el premio en el blog y enlazarlo al blogger que te lo otorgó.
- Señalar tus cinco blogs preferidos con menos de 200 seguidores y escribir comentarios en sus blogs para que conozcan que han recibido el premio
- Y, por último, esperar a que esas bitácoras continúen con la cadena y elijan a sus 5 blogs preferidos.
jueves, 17 de mayo de 2012
¿Qué carrera cursar?
Superada la universal
vocación infantil de ser astronauta, Manuel había repetido infinidad de veces
que de mayor sería ginecólogo, un viejo chiste muy celebrado entre sus amigotes
del instituto. Luego quiso estudiar Historia pero sus padres le aconsejaron
Periodismo. Dudó ante el impreso que debía rellenar. Recordó entonces al joven
abogado del programa emitido el día anterior, apuesto, elegante y de hablar
pausado, argumentando cómo había planteado la defensa del concejal y
justificando una resolución absolutoria del juez que nadie conseguía
explicarse. Los periódicos, tanto los serios de tirada nacional como los
panfletos de distribución gratuita, habían desvelado cómo el político se había
enriquecido desviando en plazos regulares el dinero de los impuestos ciudadanos
durante dos décadas. A Manuel lo había seducido la sólida exposición del
letrado, convincente, sin fisuras, aun sabiéndola fundamentada en una
tergiversación indecente del espíritu de las leyes. Trazó una cruz en la
casilla de Derecho.
miércoles, 9 de mayo de 2012
Partida aplazada
Llegó al aplazamiento diez minutos antes de la hora convenida. Saludó al árbitro y se entretuvo haciendo como que ojeaba las fotografías enmarcadas de los grandes campeones que cubrían las paredes de pintura descascarada del local. Se las sabía de memoria. Ya había tenido ocasión de estudiarlas, incluso con detenimiento, en el transcurso de las cinco horas de partida de la sesión previa.
Se sentó delante del tablero. Corrigió la ubicación de cada una de las piezas, las propias y las de su oponente, hasta conseguir que ocupasen el centro exacto de sus respectivas casillas con un mimo y una veneración casi litúrgicos. La posición estaba objetivamente ganada. Tenía un peón pasado de más y su alfil era infinitamente mejor que el caballo de su rival. Para anotarse el punto no tendría más que hacer frente a algunos detalles técnicos y evitar los posibles trucos tácticos que El Pistolero pudiese improvisar tras la reanudación del juego. Debían de quedar, cuando menos, tres cuartos de hora más de lucha. El árbitro se levantó de su mesa y se acercó hasta él con el sobre en la mano. El Jugador lo detuvo cuando éste se dispuso a abrirlo. Le rogó que esperase un poco más, tan sólo unos minutos. Conocedor de la profunda animadversión que se profesaban ambos ajedrecistas desde sus primeros enfrentamientos en los campeonatos infantiles, el árbitro dejó el sobre en la mesa con aire sorprendido. “Sólo unos minutos más, no puede tardar”, insistió El Jugador, quien tampoco toleró que el árbitro pusiese en marcha el reloj de las negras. Lo suyo con El Pistolero venía de lejos, efectivamente. Se trataba de un jugador incómodo, sin duda un fuerte ajedrecista, cuya altanería y presunción le habían granjeado un buen número de enemigos entre los cuales se encontraba. De ahí le venía su apodo, un mote con el que alguien con mucho tino lo había bautizado años atrás y por el cual era conocido en el mundillo hasta el punto de que había quienes no sabían cómo se llamaba en verdad. Durante las sesiones de juego solía pasearse entre los tableros con una suficiencia ofensiva y acostumbraba a mirar a sus contrincantes por encima del hombro, al modo y manera de los pistoleros de los westerns rancios, y siempre que podía les dirigía algún comentario prepotente durante los análisis conjuntos de las partidas. Apenas se le conocían amigos. Ni siquiera en su propio club, cuyo local estaba siendo testigo del penúltimo enfrentamiento entre ambos.
Volvió a la carga el árbitro al poco. En su opinión, cinco minutos de cortesía eran suficientes. “Esperemos otros cinco minutitos más, por favor”, le pidió El Jugador, a quien le comenzaba a extrañar la tardanza de su oponente. El árbitro protestó tímidamente y sin demasiado convencimiento. En realidad, la puntualidad en este caso no era más que una formalidad sin sentido y si el afectado había manifestado su predisposición a esperar no había motivo de peso suficiente para no hacerlo. Las restantes partidas habían acabado antes de las ocho y media y el reanudar a una hora u otra el aplazamiento no perjudicaba a terceros. Así que se sentó en la silla que tendría que estar ocupando el ajedrecista de negras y le preguntó por qué no quería abrir aún el sobre que contenía las planillas y la jugada secreta de su rival. El Jugador reconoció que sentía curiosidad por el movimiento que El Pistolero habría anotado al cerrar el sobre. Afianzar el rey delante del peón pasado era la opción menos comprometida mientras que adelantar el peón de torre tratando de conseguir, a su vez, uno pasado parecía precipitado para las negras y, por tanto, perdedor. La mejor opción era mover el caballo para preparar, precisamente, el avance de ese peón, el elegido para conseguir cierto, aunque insuficiente, contrajuego. Confesó que se habría sentido incómodo de haberse abierto ya el sobre, sin la presencia de su rival en la sala. “¿Es que habéis arreglado lo vuestro?”, se atrevió al fin a preguntar el árbitro. El Jugador sonrió. “La verdad es que”, aquí se interrumpió y al otro le pareció que se estremecía delicadamente, como si fuese a tener lugar una confesión inoportuna, para de proseguir, “hoy se ha comportado de un modo totalmente diferente, no sé cómo explicarlo, esta tarde me ha saludado antes de empezar la partida, me ha preguntado por cómo me estaba yendo el por equipos y, después de escribir la jugada secreta en la planilla, me ha felicitado por la partida que le he jugado y me ha deseado suerte en la continuación. Incluso me ha dicho que, como tendríamos que retomar el juego a las once, seguramente perdería el último tren”, el árbitro cabeceó en señal de asentimiento, “y me ha recomendado un bar abierto por aquí cerca donde poder comer un bocadillo”.
Así había sido. El Jugador había tenido que llamar a su padre para que viniese en coche a buscarlo porque el último tren pasaba a las diez y media. El pobre hombre todavía no había llegado aunque no debería de tardar demasiado. Y mañana madrugaba. Después de abandonar el local de juego, El Jugador había dado un pequeño paseo por la avenida principal hasta la plaza del ayuntamiento y había vuelto por el río hasta las calles que se encontraban detrás del club de ajedrez. Entró en el bar que le había aconsejado media hora antes El Pistolero. Un local lleno de moscas, pequeño y sucio, cuyas paredes presentaban un sospechoso color tirando a esputo de tabaco mascado. Una chica con cara de virgen pubescente le había servido un bocadillo revenido de chorizo del país con una pepsi tibia porque la nevera funcionaba mal y ya no le quedaban hielos. Dejó pasar el tiempo mirando distraídamente la pantalla del televisor que había encima de la barra. Daban un amistoso de pretemporada entre el Málaga y un equipo saudí de nombre impronunciable. Entretanto, su contrincante se encontraría en casita cenando plácidamente mientras el módulo de análisis de su ordenador estudiaba posibles soluciones para la desesperada posición. A las once menos cuarto se dirigió a la barra y pagó el bocadillo y el refresco. No dejó propina.
El retraso de El Pistolero era ya de quince minutos. El árbitro se decidió finalmente a rasgar con su abrecartas el sobre. “Por cierto, ¿qué bar te ha recomendado?”, preguntó entonces. Cuando El Jugador le contó dónde había cenado, su interlocutor no pudo evitar torcer el gesto. Aquella expresión de contrariedad, o de desánimo, que veló durante apenas una fracción de segundo el rostro huesudo y en declive del árbitro, provocó que un sinfín de pensamientos y recuerdos desagradables se agolparan desordenadamente en su mente, secuencias funestas e imágenes de otros torneos, de tantísimas competiciones anteriores, que se atropellaban unas a otras, siempre con El Pistolero como protagonista, delante de sus ojos. Notó cómo la sangre le hervía y le arrebolaba las mejillas y las orejas. Se sintió ridículo y furioso a la vez. El árbitro le entregó su planilla sin comprender muy bien el cambio súbito de actitud de El Jugador, ciertamente jovial hasta el momento y retraído entonces, y tomó la de El Pistolero para ejecutar en el tablero el movimiento sellado de éste antes de poner en funcionamiento el reloj. Se detuvo y le alargó la planilla de aquél sin atreverse a añadir ningún comentario. El Jugador la acercó a sus ojos con mano temblorosa porque ya sospechaba lo que iba a leer. Lo sabía. Efectivamente, en la casilla correspondiente leyó las palabras “Negras abandonan”, escritas casi tres horas antes con la inconfundible letra de niño de jardín de infancia de El Pistolero.
sábado, 28 de abril de 2012
Contagio
Si tras guardar cama durante días usted ya se siente bien pero observa que el termómetro, al tomarse la temperatura, sigue clavado en los treinta y ocho, no debe preocuparse. Descarte volver a llamar al médico porque, seguramente, le habrá ocurrido lo que a mí: es su termómetro el que tiene fiebre, es usted quien le ha contagiado su enfermedad.
Mi consejo es que evite sacudirlo como hasta ahora porque el mercurio seguirá sin bajar y tanta brusquedad no puede hacerle ningún bien. Reposo, baño María diario y manténgalo alejado de axilas y corrientes de aire. Son muy contraproducentes.
(Este relato ha quedado en octavo lugar del concurso En 99 palabras. Podéis leer el resto de micros galardonados en el siguiente enlace)
Mi consejo es que evite sacudirlo como hasta ahora porque el mercurio seguirá sin bajar y tanta brusquedad no puede hacerle ningún bien. Reposo, baño María diario y manténgalo alejado de axilas y corrientes de aire. Son muy contraproducentes.
(Este relato ha quedado en octavo lugar del concurso En 99 palabras. Podéis leer el resto de micros galardonados en el siguiente enlace)
martes, 24 de abril de 2012
Perry Mason
Perry Mason interrumpió el interrogatorio que ejercía sobre su defendido. El abogado dio un giro de ciento ochenta grados y, dirigiéndose al público, proclamó la inocencia del acusado y declaró que el autor material del crimen era ¡Waldo Jeffers! El ilustre secundario, al verse señalado por el índice delator de Raymond Burr, se levantó del asiento y confesó su culpa entre ridículos sollozos, a pesar de que el letrado no aportaba ninguna prueba en su contra. Dos alguaciles lo condujeron hasta la puerta del plató número tres, donde se había recreado la mayor parte de los juicios de la serie televisiva. Antes de ser introducido en el furgón pudo escuchar cómo el director daba la toma por buena y vio a Mr. Burr secarse el sudor de la frente con una toallita y pedir un café, como tenía por costumbre sobre las once de la mañana, a su asistente personal.
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