A petición de Pablo Martínez, del Centro de Tecnificación Ciudad Naranco Ajedrez, el actor Jorge Moré realizó hace dos años una adaptación para teatro del relato "La botella", incluido en la antología Cuentos de ajedrez : alrededor de un tablero, de la editorial Páginas de Espuma. Recientemente, Jorge me hizo llegar el texto adaptado, circunstancia que me ha animado a escribir esta pequeña entrada en el blog.
A pesar de que la aspiración es repetir la experiencia próximamente en diferentes colegios de Oviedo, el monólogo, hasta ahora, se ha representado en una única ocasión, en junio de 2013, durante el acto de entrega de premios del III Torneo Social en la propia sede del club de ajedrez.
Las fotos que ilustran estas líneas son del CTD Naranco.
jueves, 19 de noviembre de 2015
martes, 17 de noviembre de 2015
Teruelidad
Visualicemos cómo Darío siente el impacto de un cuerpo contra su vehículo tras el frenazo. Tratemos de aprehender el silencio líquido, el miedo líquido, la angustia líquida, la tensión líquida que experimenta. Hagamos estas cosas que nos ayudarán a comprender por qué ese gorrión gordo ha interrumpido su alegre vuelo para caer de pronto, muerto, sobre el asfalto de una carretera secundaria de Girona. Y estremezcámonos.
(Con afecto a mi amigo Iván Teruel, con motivo de la presentación, ayer en Barcelona, de su libro de relatos El oscuro relieve del tiempo)
lunes, 9 de noviembre de 2015
Las jugadas intermedias, según Miguel Baquero
Siempre he defendido que, a la hora de escribir, o de “montar”, un libro de cuentos para ser publicado, es fundamental su planificación. Y con esto no me refiero a esa regla “tallerística” de que el autor coloque el que considere mejor primero, oculte o disimule los que crea algo más flojos hacia el medio, y acabe con otro que también tenga en estima, para dejar un buen sabor de boca. No me refiero a esa planificación “táctica”, sino a otra, que podría llamar con bastante pedantería “estratégica”, que contemple el volumen de cuentos como, en efecto, un conjunto cerrado con sus propias reglas, un libro sólido, no un “totum revolutuum” o cajón de sastre donde soltar y apretujar los excedentes del cajón de distintas épocas.
Para ello —siempre a mi gusto, por supuesto—, los cuentos tienen que tener algo que los unifique, ya sea una atmósfera, un tono, una intención… o ya sea que todos tocan un mismo tema o suceden en un mismo lugar o una misma época. De preferir, prefiero lo primero, que los unifique el tono, el ritmo, el clima, y elementos más literarios, que lo segundo, que depende de factores digamos más “externos” o más obvios. Pero es una cuestión quizás subjetiva, porque todo, en último caso, depende de la calidad de la escritura.
A lo que quería ir con todo esto es que el nuevo libro de David Vivancos, en principio, me cogió frío: un libro de treinta relatos sobre un tema tan minúsculo —aunque los aficionados lo alcen a las nubes, pero al fin tan minúsculo— como el ajedrez. Donde, con cuentos de mediana extensión, iban mezclados hiperbreves, modalidad en la que, por cierto, el autor ha participado en varias antologías.
Pese a esa pequeña prevención inicial, marcada por lo restringido del tema, Las jugadas intermedias, pronto lo advierte el lector, es un gran libro. Un gran libro sobre un juego que éste particularmente que reseña, y que apenas si sabe mover las piezas, no sabía pudiera tener tantas aristas, tanto trasfondo, tantas posibilidades narrativas. Vivancos, con un pulso muy firme, va dejando caer sus historias sobre cada una de estas facetas, cada uno de estos escaques, y apretando luego el reloj, para que el lector comience a degustar el relato. Hay cuentos donde se nos habla de viejos jugadores fracasados, de jugadores triunfantes también; otros en que se nos habla de trampas, que también las hay y, por cierto, muy ingeniosas; o de la amistad que puede surgir entre jugadores, así como las inquinas ocultas… por contar, se nos cuenta incluso, siempre con muy gran firmeza y seguridad en la escritura, como deben jugar los grandes maestros, se nos cuenta, decía, los sueños de un jugador, o fantasías sobre plantas en que florecen alfiles, caballos, damas…
Todo un pequeño universo, en resumen, con sus grandes dramas, pero también sus pequeñas anécdotas. Con sitio para el humor, que en general tiñe todos los relatos, pero también para la seriedad. Un microcosmos creado en treinta cuentos, treinta casillas, que cumple con el principal requisito que, en mi opinión, debe tener un texto literario de calidad, y que no es otro que su capacidad para introducir al lector en un universo distinto, extraño, artístico… y fascinante, no sólo para quien sabe y disfruta del juego, sino para cualquier lector que guste de la buena literatura.
Gracias, Miguel, por tu generosa reseña publicada en el blog literario La tormenta en un vaso.
Para ello —siempre a mi gusto, por supuesto—, los cuentos tienen que tener algo que los unifique, ya sea una atmósfera, un tono, una intención… o ya sea que todos tocan un mismo tema o suceden en un mismo lugar o una misma época. De preferir, prefiero lo primero, que los unifique el tono, el ritmo, el clima, y elementos más literarios, que lo segundo, que depende de factores digamos más “externos” o más obvios. Pero es una cuestión quizás subjetiva, porque todo, en último caso, depende de la calidad de la escritura.
A lo que quería ir con todo esto es que el nuevo libro de David Vivancos, en principio, me cogió frío: un libro de treinta relatos sobre un tema tan minúsculo —aunque los aficionados lo alcen a las nubes, pero al fin tan minúsculo— como el ajedrez. Donde, con cuentos de mediana extensión, iban mezclados hiperbreves, modalidad en la que, por cierto, el autor ha participado en varias antologías.
Pese a esa pequeña prevención inicial, marcada por lo restringido del tema, Las jugadas intermedias, pronto lo advierte el lector, es un gran libro. Un gran libro sobre un juego que éste particularmente que reseña, y que apenas si sabe mover las piezas, no sabía pudiera tener tantas aristas, tanto trasfondo, tantas posibilidades narrativas. Vivancos, con un pulso muy firme, va dejando caer sus historias sobre cada una de estas facetas, cada uno de estos escaques, y apretando luego el reloj, para que el lector comience a degustar el relato. Hay cuentos donde se nos habla de viejos jugadores fracasados, de jugadores triunfantes también; otros en que se nos habla de trampas, que también las hay y, por cierto, muy ingeniosas; o de la amistad que puede surgir entre jugadores, así como las inquinas ocultas… por contar, se nos cuenta incluso, siempre con muy gran firmeza y seguridad en la escritura, como deben jugar los grandes maestros, se nos cuenta, decía, los sueños de un jugador, o fantasías sobre plantas en que florecen alfiles, caballos, damas…
Todo un pequeño universo, en resumen, con sus grandes dramas, pero también sus pequeñas anécdotas. Con sitio para el humor, que en general tiñe todos los relatos, pero también para la seriedad. Un microcosmos creado en treinta cuentos, treinta casillas, que cumple con el principal requisito que, en mi opinión, debe tener un texto literario de calidad, y que no es otro que su capacidad para introducir al lector en un universo distinto, extraño, artístico… y fascinante, no sólo para quien sabe y disfruta del juego, sino para cualquier lector que guste de la buena literatura.
Gracias, Miguel, por tu generosa reseña publicada en el blog literario La tormenta en un vaso.
jueves, 29 de octubre de 2015
Norman
Gritar descarnadamente ante el epitafio de la madre, arrebatada de forma prematura e injusta, lo que daría porque regresara. Expresar, meses después, idéntico deseo para el año recién estrenado, vacío el estúpido plato de uvas sobre las rodillas. Cerrar los ojos y guardar para sí ese mismo anhelo imposible al soplar las velas del decimosexto cumpleaños: volverla a ver sólo una vez más; poderla estrechar en un formidable abrazo que sintetizara cuánto la echa de menos, cuánto se arrepiente de sus desaires de incipiente hombrecito y del tiempo irremediablemente perdido. Cuánto lamenta no haberle dicho antes lo que la quiso. Lo que la quiere.
Arrepentirse, nada más abrir la puerta y percibir ese olor nauseabundo que impregna la casa. Arrepentirse, con la misma intensidad con que lo deseó, al entrar en la habitación y distinguir ese ruidito, como de papeles arrugados, de la maraña de gusanos hambrientos que se retuercen y porfían y entran y salen y se hunden en la forma probablemente humana que ahora vuelve a ocupar el sillón favorito, aquél donde solía encontrarla, al volver de clase, leyendo y oyendo música. Arrepentirse y parar, sin poder apartar la mirada, el tocadiscos que él nunca puso en marcha.
Arrepentirse, nada más abrir la puerta y percibir ese olor nauseabundo que impregna la casa. Arrepentirse, con la misma intensidad con que lo deseó, al entrar en la habitación y distinguir ese ruidito, como de papeles arrugados, de la maraña de gusanos hambrientos que se retuercen y porfían y entran y salen y se hunden en la forma probablemente humana que ahora vuelve a ocupar el sillón favorito, aquél donde solía encontrarla, al volver de clase, leyendo y oyendo música. Arrepentirse y parar, sin poder apartar la mirada, el tocadiscos que él nunca puso en marcha.
jueves, 17 de septiembre de 2015
Las jugadas intermedias, según Topanaismo
Cortesía de mi amigo David Garrido, llegó por sorpresa este libro de temática ajedrecista, pasión compartida en otra época, y que el tuvo la inteligencia de dejar a tiempo.
Se trata de una buena cantidad de relatos breves y microrrelatos donde destaca la sorpresa, como el patito de la feliz portada, la mayoría de ellos intrahistorias del juego, la competición y los clubs de ajedrez, por lo que sólo el lector que conozca ese mundo tendrá el plus necesario para disfrutar en la lectura de este libro, como en los relatos Los Sordomudos, Zdzislaw Balka Busca Analista, La Mano Inocente, o Diluvio de Ideas, Lección Magistral, o el muy divertido microrrelato El Mamotreto:
Creo haber dado con la solución para aquellas personas que son incapaces de recordar que, para jugar al ajedrez, el cuadro blanco siempre ha de disponerse a la derecha de los contendientes. Y ésta no es otra que el tablero de nueve casillas. En los de nueve por nueve (en lugar de los tradicionales de ocho por ocho), el número impar de cuadros garantizaría que las casillas blancas coparan las cuatro esquinas sin perder ni alterar la esencia escaqueada del tablero por todos conocido.
A mi modo de ver, sólo presentarían un inconveniente, que tendría, lógicamente, que estudiarse: ¿qué nueva pieza habría de incorporarse al juego para ocupar la columna adicional? Se me ocurren, a bote pronto, varias e imaginativas alternativas que expongo, a continuación, por si alguien quisiera tenerlas en consideración: el armatoste, por ejemplo, que movería tres casillas hacia delante y una a la derecha; el mamotreto (este nombre tan sólo es provisional, considerándose el cachivache como una opción viable al mismo), cuyo movimiento sería parecido al del juego de las damas, saltando por encima de las piezas propias; o el chirimbolo, que se desplazaría en diagonal de tres en tres escaques y que únicamente capturaría hacia atrás. Cualquiera de estas piezas, aquí dejo la idea, ocuparía la columna central, la columna e, entre el rey y la dama. Éstas son sólo, insisto, propuestas que habrían de ser sometidas a estudio por parte de una comisión establecida y avalada por la federación internacional porque, como ya dije más arriba, yo el problema que he resuelto es el del tablero. Lo otro lo dejo en manos de los expertos y de los profesionales del ajedrez. Faltaría más.
Pero en mi opinión los mejores momentos del libro están en unos pocos relatos que sólo tocan tangencialmente el juego en sí, como en El Botánico Aficionado, Paridad o en el muy destacable El Método Infalible, que creo gustaría bastante a Monterroso..
Gracias, amigos de Topanaismo, por reseñar el libro en el blog. Y por la mención de Monterroso, del todo halagadora aunque, quizás, un pelín osada...
Se trata de una buena cantidad de relatos breves y microrrelatos donde destaca la sorpresa, como el patito de la feliz portada, la mayoría de ellos intrahistorias del juego, la competición y los clubs de ajedrez, por lo que sólo el lector que conozca ese mundo tendrá el plus necesario para disfrutar en la lectura de este libro, como en los relatos Los Sordomudos, Zdzislaw Balka Busca Analista, La Mano Inocente, o Diluvio de Ideas, Lección Magistral, o el muy divertido microrrelato El Mamotreto:
Creo haber dado con la solución para aquellas personas que son incapaces de recordar que, para jugar al ajedrez, el cuadro blanco siempre ha de disponerse a la derecha de los contendientes. Y ésta no es otra que el tablero de nueve casillas. En los de nueve por nueve (en lugar de los tradicionales de ocho por ocho), el número impar de cuadros garantizaría que las casillas blancas coparan las cuatro esquinas sin perder ni alterar la esencia escaqueada del tablero por todos conocido.
A mi modo de ver, sólo presentarían un inconveniente, que tendría, lógicamente, que estudiarse: ¿qué nueva pieza habría de incorporarse al juego para ocupar la columna adicional? Se me ocurren, a bote pronto, varias e imaginativas alternativas que expongo, a continuación, por si alguien quisiera tenerlas en consideración: el armatoste, por ejemplo, que movería tres casillas hacia delante y una a la derecha; el mamotreto (este nombre tan sólo es provisional, considerándose el cachivache como una opción viable al mismo), cuyo movimiento sería parecido al del juego de las damas, saltando por encima de las piezas propias; o el chirimbolo, que se desplazaría en diagonal de tres en tres escaques y que únicamente capturaría hacia atrás. Cualquiera de estas piezas, aquí dejo la idea, ocuparía la columna central, la columna e, entre el rey y la dama. Éstas son sólo, insisto, propuestas que habrían de ser sometidas a estudio por parte de una comisión establecida y avalada por la federación internacional porque, como ya dije más arriba, yo el problema que he resuelto es el del tablero. Lo otro lo dejo en manos de los expertos y de los profesionales del ajedrez. Faltaría más.
Pero en mi opinión los mejores momentos del libro están en unos pocos relatos que sólo tocan tangencialmente el juego en sí, como en El Botánico Aficionado, Paridad o en el muy destacable El Método Infalible, que creo gustaría bastante a Monterroso..
Gracias, amigos de Topanaismo, por reseñar el libro en el blog. Y por la mención de Monterroso, del todo halagadora aunque, quizás, un pelín osada...
lunes, 7 de septiembre de 2015
Las jugadas intermedias, según Elena Casero
No voy a ocultar que no entiendo nada de ajedrez. Excepto cuatro clásicos movimientos y el término jaque mate. Del resto de tan insigne y antiguo juego y ejercicio mental sólo me resta añadir que siento envidia.
También es cierto que no hace falta saber música para leer una novela sobre pianistas.
Aparte de estas consideraciones, he leído el libro “Las jugadas intermedias” de David Vivancos Allepuz con agrado y mucho. 30 relatos, algunos micros, que demuestran que sabe de ajedrez y de escritura.
Los relatos, todos basados en este juego, son muy entretenidos, variados, con un magnífico sentido del humor, donde la ironía se hace notar, donde es imposible no esbozar más de una sonrisa, como en el relato El mamotreto. Quiero destacar el de Paridad. Un golpe genial a tanto compañeras y compañeros, colegas y colegos.
Los personajes no suelen ser grandes maestros del ajedrez. En su mayoría son aficionados apasionados, como es el caso del relato de El hombre alfil o el de El botánico aficionado. Gente que vive el ajedrez de manera visceral,
Componentes de clubes, unos rivales y otros amigos, como en el relato Los sordomudos, divertido relato cuyo transfondo preveo real, como sucede en el Mi gin-tonic de media tarde.
Perdedores y tramposos. Un relato divertido el de Zdzislaw Balka busca analista, Trampas, el de La mano inocente o el de Lección magistral.
Ajedrez y literatura combinados de manera excelente y aderezado todo con un toque de ironía. Una combinación muy buena.
Gracias, Elena, por la reseña publicada en De libros y lecturas.
También es cierto que no hace falta saber música para leer una novela sobre pianistas.
Aparte de estas consideraciones, he leído el libro “Las jugadas intermedias” de David Vivancos Allepuz con agrado y mucho. 30 relatos, algunos micros, que demuestran que sabe de ajedrez y de escritura.
Los relatos, todos basados en este juego, son muy entretenidos, variados, con un magnífico sentido del humor, donde la ironía se hace notar, donde es imposible no esbozar más de una sonrisa, como en el relato El mamotreto. Quiero destacar el de Paridad. Un golpe genial a tanto compañeras y compañeros, colegas y colegos.
Los personajes no suelen ser grandes maestros del ajedrez. En su mayoría son aficionados apasionados, como es el caso del relato de El hombre alfil o el de El botánico aficionado. Gente que vive el ajedrez de manera visceral,
Componentes de clubes, unos rivales y otros amigos, como en el relato Los sordomudos, divertido relato cuyo transfondo preveo real, como sucede en el Mi gin-tonic de media tarde.
Perdedores y tramposos. Un relato divertido el de Zdzislaw Balka busca analista, Trampas, el de La mano inocente o el de Lección magistral.
Ajedrez y literatura combinados de manera excelente y aderezado todo con un toque de ironía. Una combinación muy buena.
Gracias, Elena, por la reseña publicada en De libros y lecturas.
viernes, 21 de agosto de 2015
Las jugadas intermedias, según José Miguel García Torres
De la pluma de David Vivancos Allepuz y la iniciativa de Juan Ramón Jerez López, nace este simpático libro de relatos ajedrecísticos salpimentado con algunos microrrelatos que, no solo dan sentido al título, sino que acentúan el estilo alegre y desenfadado del autor.
Historias completamente verosímiles se entremezclan con otras rebosantes de fantasía, algunas incluso con tintes surrealistas. Se trata, aparentemente, de un libro sin más pretensión que la de entretener al lector, pero entre sus páginas también hay lugar para la ironía y la crítica, que a veces se extiende más allá del ámbito ajedrecístico.
Es inevitable que un libro de estas características tenga sus altibajos, ya que algunos relatos siempre gustan más que otros. Pese a todo, el resultado final es el de un libro entretenido que deja una buena impresión y que, una vez finalizado, invita a revisar algunos de sus relatos como si se tratase del resumen de las mejores jugadas de un partido. Así me pasó con el simpático microrrelato "Lección magistral", ante el que el aficionado con hijos pequeños difícilmente podrá reprimir una sonrisa cómplice. Tampoco me dejó indiferente el sorprendente desenlace de "Zdzislaw Balka busca analista", sin duda un jaque mate en toda regla; ni lo absurdo de “Trampas”, ni la sutil crítica de “La semifinal”, ni la última jugada del Pistolero en “Partida aplazada”, ni la desasosegante versión del Dios los cría y ellos se juntan que se plantea en “El método infalible”.
Entre los logros de esta edición, hay que mencionar la excelente fotografía de portada de David Llada, que resume perfectamente el concepto de los microrrelatos insertados a lo largo del libro a modo de cuerpos extraños. Al igual que la escurridiza jugada intermedia que se esconde en una larga variante, el inesperado patito no solo sorprende con su presencia entre las serias y solemnes piezas de ajedrez, sino que -como la prosa de David Vivancos- aporta un toque alegre y desenfadado al conjunto. Todo un preludio de lo que el lector encontrará entre las páginas del libro.
Si te gusta leer y te gusta el ajedrez, no lo dudes: ¡Adopta un patito!
Gracias, José Miguel, por la reseña publicada en el grupo Viciosos del ajedrez.
Historias completamente verosímiles se entremezclan con otras rebosantes de fantasía, algunas incluso con tintes surrealistas. Se trata, aparentemente, de un libro sin más pretensión que la de entretener al lector, pero entre sus páginas también hay lugar para la ironía y la crítica, que a veces se extiende más allá del ámbito ajedrecístico.
Es inevitable que un libro de estas características tenga sus altibajos, ya que algunos relatos siempre gustan más que otros. Pese a todo, el resultado final es el de un libro entretenido que deja una buena impresión y que, una vez finalizado, invita a revisar algunos de sus relatos como si se tratase del resumen de las mejores jugadas de un partido. Así me pasó con el simpático microrrelato "Lección magistral", ante el que el aficionado con hijos pequeños difícilmente podrá reprimir una sonrisa cómplice. Tampoco me dejó indiferente el sorprendente desenlace de "Zdzislaw Balka busca analista", sin duda un jaque mate en toda regla; ni lo absurdo de “Trampas”, ni la sutil crítica de “La semifinal”, ni la última jugada del Pistolero en “Partida aplazada”, ni la desasosegante versión del Dios los cría y ellos se juntan que se plantea en “El método infalible”.
Entre los logros de esta edición, hay que mencionar la excelente fotografía de portada de David Llada, que resume perfectamente el concepto de los microrrelatos insertados a lo largo del libro a modo de cuerpos extraños. Al igual que la escurridiza jugada intermedia que se esconde en una larga variante, el inesperado patito no solo sorprende con su presencia entre las serias y solemnes piezas de ajedrez, sino que -como la prosa de David Vivancos- aporta un toque alegre y desenfadado al conjunto. Todo un preludio de lo que el lector encontrará entre las páginas del libro.
Si te gusta leer y te gusta el ajedrez, no lo dudes: ¡Adopta un patito!
Gracias, José Miguel, por la reseña publicada en el grupo Viciosos del ajedrez.
miércoles, 5 de agosto de 2015
Las jugadas intermedias, según Mariano García Díez (Artedrez)
Quienquiera que fuera quien inventara esa forma forzada de hablar que tienen los políticos y las políticas y los progres y las progres, la cual los y las obliga a referirse en sus grandilocuentes parlamentos a los ciudadanos y a las ciudadanas y a los trabajadores y a las trabajadoras y a los desempleados y a las desempleadas y a los pensionistas y a las pensionistas, y así hasta decir basta, cayó en la cuenta, fíjate tú, de que al ajedrez se jugaba con cuatro caballos y con ninguna yegua.
La cita que encabeza esta nota pertenece a Paridad, uno de los relatos de "Las jugadas intermedias" de David Vivancos Allepuz (Editado por "Letras de autor" con el patrocinio del editor, promotor y animador ajedrecístico José Ramón Jerez de "Ideas Deportivas Canarias").
No es "Las jugadas intermedias" la primera incursión del autor en la ficción de temática ajedrecística pues ya publicó en 2004 "Mate en 30" (Ajuntament de Barcelona, 2004) y también lo hizo con cierta regularidad en la tristemente desaparecida revista Jaque. El volumen que nos ocupa reúne otros 30 relatos, algunos más bien microrrelatos, centrados en el mundo del ajedrez. Del ajedrez no profesional, del ajedrez de los aficionados, de los jugadores de club, de sus manías, de sus fobias y filias...
Personalmente, la temática del libro me ha resultado tan familiar como perturbadora. Familiar porque como viejo jugador de club, muchas de las situaciones descritas son tan similares (lo relatado en Los sordomudos me pasó tal cual se describe en el cuento hace mil años en la liga madrileña) a las que yo he vivido que pareciera que el autor me hubiera espiado por encima del hombro. Perturbadora por lo mismo. ¿Somos tan predecibles, tan parecidos, tan tramposos en todas partes? Literatura para ajedrecistas ante todo; me cabe la duda, sin embargo, de si le resultará tan interesante al lector no especializado.
Quien desee seguir la actividad del autor puede visitar su blog Grimas y leyendas.
La fotografía que ilustra la cubierta del libro es de David Llada.
FICHA TÉCNICA
DAVID VIVANCOS ALLEPUZ
LAS JUGADAS INTERMEDIAS
LETRAS DE AUTOR. MADRID, 2015
Gracias, Mariano, por la reseña publicada en Artedrez.
La cita que encabeza esta nota pertenece a Paridad, uno de los relatos de "Las jugadas intermedias" de David Vivancos Allepuz (Editado por "Letras de autor" con el patrocinio del editor, promotor y animador ajedrecístico José Ramón Jerez de "Ideas Deportivas Canarias").
No es "Las jugadas intermedias" la primera incursión del autor en la ficción de temática ajedrecística pues ya publicó en 2004 "Mate en 30" (Ajuntament de Barcelona, 2004) y también lo hizo con cierta regularidad en la tristemente desaparecida revista Jaque. El volumen que nos ocupa reúne otros 30 relatos, algunos más bien microrrelatos, centrados en el mundo del ajedrez. Del ajedrez no profesional, del ajedrez de los aficionados, de los jugadores de club, de sus manías, de sus fobias y filias...
Personalmente, la temática del libro me ha resultado tan familiar como perturbadora. Familiar porque como viejo jugador de club, muchas de las situaciones descritas son tan similares (lo relatado en Los sordomudos me pasó tal cual se describe en el cuento hace mil años en la liga madrileña) a las que yo he vivido que pareciera que el autor me hubiera espiado por encima del hombro. Perturbadora por lo mismo. ¿Somos tan predecibles, tan parecidos, tan tramposos en todas partes? Literatura para ajedrecistas ante todo; me cabe la duda, sin embargo, de si le resultará tan interesante al lector no especializado.
Quien desee seguir la actividad del autor puede visitar su blog Grimas y leyendas.
La fotografía que ilustra la cubierta del libro es de David Llada.
FICHA TÉCNICA
DAVID VIVANCOS ALLEPUZ
LAS JUGADAS INTERMEDIAS
LETRAS DE AUTOR. MADRID, 2015
Gracias, Mariano, por la reseña publicada en Artedrez.
miércoles, 29 de julio de 2015
Las jugadas intermedias, según Pedro Herrero
Un breve apunte sobre el libro "Las jugadas intermedias", de David Vivancos, para opinar que, sin menoscabo de su declarada admiración por el humor de Hector Hugh Munro (Saki), yo lo veo cercano también al universo de otro gran escritor en lengua inglesa: P. G. Wodehouse.
David habla del ajedrez en sus relatos con tanta pasión como Wodehouse lo hace sobre el golf en los suyos: dando entrada sin ningún tipo de pudor a las características y a la nomenclatura propia del juego, y logrando que se integren en la trama como elementos sin los cuales la historia carecería de interés. Con ello, el autor alcanza dos objetivos: complacer al lector entendido en el juego de Reyes, y abrir el apetito al neófito que, no conforme con disfrutar de los relatos, acaso considere la posibilidad de iniciarse en una actividad intelectual tan atractiva y llena de alicientes.
En este sentido (a la hora de llamar la atención del lector no ilustrado) cabe reseñar que el personaje protagonista de las historias no es un jugador profesional, sino un aficionado ferviente, contumaz, equidistante de quienes conocen las particularidades del juego como de quienes no se han sentado en su vida frente al tablero de 64 casillas. Es a través de ese personaje, de esa mirada ávida de acumular experiencias que sirvan de aprendizaje, como David consigue involucrar a tan amplio espectro de lectores, muchos de los cuales no tendrán más remedio de preguntarse si se hallan frente a un ajedrecista que escribe, o frente a un escritor que juega al ajedrez.
Gracias, Pedro, por la reseña.
David habla del ajedrez en sus relatos con tanta pasión como Wodehouse lo hace sobre el golf en los suyos: dando entrada sin ningún tipo de pudor a las características y a la nomenclatura propia del juego, y logrando que se integren en la trama como elementos sin los cuales la historia carecería de interés. Con ello, el autor alcanza dos objetivos: complacer al lector entendido en el juego de Reyes, y abrir el apetito al neófito que, no conforme con disfrutar de los relatos, acaso considere la posibilidad de iniciarse en una actividad intelectual tan atractiva y llena de alicientes.
En este sentido (a la hora de llamar la atención del lector no ilustrado) cabe reseñar que el personaje protagonista de las historias no es un jugador profesional, sino un aficionado ferviente, contumaz, equidistante de quienes conocen las particularidades del juego como de quienes no se han sentado en su vida frente al tablero de 64 casillas. Es a través de ese personaje, de esa mirada ávida de acumular experiencias que sirvan de aprendizaje, como David consigue involucrar a tan amplio espectro de lectores, muchos de los cuales no tendrán más remedio de preguntarse si se hallan frente a un ajedrecista que escribe, o frente a un escritor que juega al ajedrez.
Gracias, Pedro, por la reseña.
jueves, 16 de julio de 2015
Trampas
Ya en el siglo XIII, Alfonso X, llamado el Sabio, señalaba en su notable tratado Libro de ajedrez, dados y tablas la conveniencia de sentar al ajedrecista rival enfrentado al sol, con el objeto de dificultarle la concentración y perjudicar su rendimiento durante la partida. Las fórmulas ilícitas de sacar ventaja han evolucionado hasta el uso actual de dispositivos electrónicos, de los cuales me confieso auténtico analfabeto. Sin desmerecer la vigencia de los consejos del rey castellano ni la eficacia de la aplicación de las nuevas tecnologías al ajedrez, prefiero jugar con los escaques de mi tablero marcados con unas muescas apenas visibles cuyo significado sólo yo conozco. Y con las piezas cargadas, las mías y las del oponente, como se cargan los dados de los casinos, porque me incomoda y me disgusta dejar nada en manos del azar.
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