Puertabierta Editores acaba de publicar Peón envenenado, una nueva antología de cuentos de ajedrez coordinada por Sergio Gaut vel Hartman. Participan en la misma un total de veintisiete autores de México, Argentina, España, Uruguay y Portugal, con cincuenta y dos textos. Colaboro en la antología con cinco cuentos Paridad, El vejete, Un tipo raro, Miguel Strogoff. Capítulo XXXIII y Uno de espías.
martes, 12 de abril de 2016
miércoles, 2 de marzo de 2016
Historias con vida propia
Los relatos, a veces, cobran vida propia y abandonan su hogar de papel para embarcarse en diferentes y atractivos proyectos. En los últimos meses, algunos de ellos han tenido la fortuna de ser reclamados para ese tipo de empresas y aprovecho esta entrada, feliz como una perdiz, para dar cuenta de sus aventuras:
Pastores, venid y El príncipe heredero formaron parte de la recopilación de Microrrelatos navideños de autores latinoamericanos y españoles que publicó, el pasado mes de diciembre, la revista de minificción Brevilla.
Los turistas fue el microrrelato escogido por Eva Díaz Riobello para cerrar su espacio de recomendaciones literarias, dentro de la programación matinal de la Cadena SER Madrid Norte. Lo podéis escuchar a partir del minuto 11.00 en el audio del siguiente enlace.
Por último, dos años y medio después de la primera adaptación teatral del cuento La botella por el actor Jorge Moré, ésta volvió a representarse, y por partida doble, en el marco de las jornadas dedicadas al ajedrez que se celebraron recientemente en el colegio Germán Fernández Ramos, de Oviedo. Las funciones, protagonizadas por el mismo Moré, tuvieron lugar los días 22 y 23 de febrero. La inauguración de las jornadas, organizadas por el propio colegio y el Centro de Tecnificación Ciudad Naranco Ajedrez, se completó con el enfrentamiento entre el GM rumano Mihai Suba y el MF Carlos "Kaká" Suárez. Entre los distintos actos programados, destacaron la conferencia del martes del periodista Leontxo García y la celebración del I Trofeo Nacional de Ajedrez Judit Polgar.
Pastores, venid y El príncipe heredero formaron parte de la recopilación de Microrrelatos navideños de autores latinoamericanos y españoles que publicó, el pasado mes de diciembre, la revista de minificción Brevilla.
Los turistas fue el microrrelato escogido por Eva Díaz Riobello para cerrar su espacio de recomendaciones literarias, dentro de la programación matinal de la Cadena SER Madrid Norte. Lo podéis escuchar a partir del minuto 11.00 en el audio del siguiente enlace.
Por último, dos años y medio después de la primera adaptación teatral del cuento La botella por el actor Jorge Moré, ésta volvió a representarse, y por partida doble, en el marco de las jornadas dedicadas al ajedrez que se celebraron recientemente en el colegio Germán Fernández Ramos, de Oviedo. Las funciones, protagonizadas por el mismo Moré, tuvieron lugar los días 22 y 23 de febrero. La inauguración de las jornadas, organizadas por el propio colegio y el Centro de Tecnificación Ciudad Naranco Ajedrez, se completó con el enfrentamiento entre el GM rumano Mihai Suba y el MF Carlos "Kaká" Suárez. Entre los distintos actos programados, destacaron la conferencia del martes del periodista Leontxo García y la celebración del I Trofeo Nacional de Ajedrez Judit Polgar.
miércoles, 10 de febrero de 2016
Gangs and roses
Me he afeitado en Finnegan’s y he comprado bombones y un ramo de rosas espectacular en la antigua floristería de O’Banion. Le prometí a mi chica una cena romántica por San Valentín. Y eso es lo que va a tener: restaurante con mantel bordado, velitas, arrumacos, champán de contrabando y demás gaitas. Irlandesas.
Antes de acudir a la cita, decido acercarme hasta el almacén de Moran para ver a los muchachos. Escondo a mi espalda el ramo al cruzarme con el poli en la esquina. Es nuevo. Uno tiene un prestigio en la ciudad de Chicago y no quiere que le tomen por un lila. Para los chicos del North Side soy toda una leyenda. Por fortuna, ni siquiera repara en mi persona y continúa con la vista clavada en el reloj de bolsillo cuando lo saludo. Esperará a alguien. Los pantalones, observo, le van anchos. A mí, sin embargo, me sientan estupendos. Visto mi mejor traje y luzco un clavel en la solapa.
Dudo delante de la puerta. Tampoco me apetece que los muchachos me vean con esta pinta de primo. Así que escondo las rosas, el clavel y la caja de bombones dentro del cubo de la entrada para recuperarlos tras la breve visita. Miro con prevención al polizonte, no vaya a sospechar algo raro en mi conducta, me busque las cosquillas y me pille con el arma encima. Anda ocupado, menos mal, está estrechándoles la mano a otros dos agentes que acaban de llegar. A este par de novatos de semblante tan serio tampoco les paran bien los pantalones y las gorras les vienen grandes.
–Como si todavía durase el Carnaval –me digo al empujar la puerta, tras golpear con los nudillos la señal convenida–, como si esos uniformes no fuesen más que ridículos disfraces… –sonrío.
Antes de acudir a la cita, decido acercarme hasta el almacén de Moran para ver a los muchachos. Escondo a mi espalda el ramo al cruzarme con el poli en la esquina. Es nuevo. Uno tiene un prestigio en la ciudad de Chicago y no quiere que le tomen por un lila. Para los chicos del North Side soy toda una leyenda. Por fortuna, ni siquiera repara en mi persona y continúa con la vista clavada en el reloj de bolsillo cuando lo saludo. Esperará a alguien. Los pantalones, observo, le van anchos. A mí, sin embargo, me sientan estupendos. Visto mi mejor traje y luzco un clavel en la solapa.
Dudo delante de la puerta. Tampoco me apetece que los muchachos me vean con esta pinta de primo. Así que escondo las rosas, el clavel y la caja de bombones dentro del cubo de la entrada para recuperarlos tras la breve visita. Miro con prevención al polizonte, no vaya a sospechar algo raro en mi conducta, me busque las cosquillas y me pille con el arma encima. Anda ocupado, menos mal, está estrechándoles la mano a otros dos agentes que acaban de llegar. A este par de novatos de semblante tan serio tampoco les paran bien los pantalones y las gorras les vienen grandes.
–Como si todavía durase el Carnaval –me digo al empujar la puerta, tras golpear con los nudillos la señal convenida–, como si esos uniformes no fuesen más que ridículos disfraces… –sonrío.
martes, 26 de enero de 2016
Charla en Tordesillas
El taller de creación literaria Mar de incertidumbres me ha invitado a una charla que tendrá lugar el próximo viernes 29 de enero en Tordesillas. El acto, que girará en torno al universo bicolor de Las jugadas intermedias, tendrá lugar en las Casas del Tratado, a partir de las 18 horas. Además de a los miembros del taller y a los socios del Club Ajedrez Reina Juana de Tordesillas, espero contar con vuestra presencia. Porque estáis todos invitados.
Mi más sincero agradecimiento a quienes han hecho posible este encuentro.
Mi más sincero agradecimiento a quienes han hecho posible este encuentro.
miércoles, 23 de diciembre de 2015
Respondiendo el Cuestionario básico de Miguel Sanfeliu
Hace unas semanas me llevé una agradable sorpresa cuando Miguel Sanfeliu me invitó a contestar su Cuestionario básico, entrevista que vio la luz el pasado jueves en su blog Cierta Distancia : vida y literatura. Os invito a leer mi cuestionario en el siguiente enlace y, sobre todo, por lo provechoso, el del resto de los colegas entrevistados por Miguel. ¡Gracias por tenerme en cuenta, amigo!
lunes, 14 de diciembre de 2015
Eolia, en antena
Qué bien suena un microrrelato cuando está bien leído. Y más con la voz de Ana Vidal. En el siguiente enlace podéis escuchar el programa Soles en el Ocaso del pasado viernes, en el cual leyó, a partir de la hora y cinco minutos, un puñado de microrrelatos dedicados a ciudades, firmados por la propia Ana, Fulgencio Susano García, Jorge Fernández-Bermejo, Luisa Hurtado, Elisa de Armas, Rosa Martínez y yo mismo. Aquí tenéis Eolia, mi ciudad imaginaria, que fue leída en el programa conducido por Miguel Ángel Pérez Calero.
EOLIA
No encontrarás en los atlas noticia alguna de la república volandera de Eolia, sencillamente porque ésta no tiene una localización fija y sus coordenadas dependen del capricho de los vientos. La frontera de Eolia se desplaza de aquí para allá, de norte a sur y de este a oeste, varias veces al día, arrastrada por ventiscas y temporales, por huracanes y ventoleras, y a ella van a parar las hojas caídas de los árboles, los envoltorios de los caramelos, las bolsas de plástico y las colillas, el correo comercial dejado en los buzones y las palabras pronunciadas sin convicción y que ha de llevarse el viento. Y aquéllas que el eco jamás devolvió. Y, asimismo, los sombreros y los paraguas rotos en las tormentas. Eolia es como un cementerio de cosas inútiles y de frases y promesas susurradas a la luz de la luna que han acabado olvidándose.
En Eolia los topógrafos se desesperan ya que no hay accidentes geográficos. Y los paisajistas porque no encuentran estampa campestre que pintar donde no se distingan, como mínimo, dos o tres molinos quijotescos. Las brújulas no sirven de nada y, en su lugar, los marinos y los excursionistas, que saben de esto un rato largo, tiran de veleta, preferiblemente de las de gallo silueteado. Porque nadie precisa ir más al norte o más al sur, porque a lo que únicamente todos aspiran, en realidad, es a seguir con docilidad la dirección del viento imperante. A dejarse llevar. Los habitantes del país, de Eolia, gente por lo común liviana y de temperamento voluble, han llegado hasta allí contra su voluntad, empujada por la fuerza implacable del aire en movimiento. Se distinguen con facilidad de los turistas, además de por su peso mínimo, por tener los ojos verdes, que dicen los poetas que es el color del viento. Y por andar siempre mirando hacia arriba, hacia los tejados. Esto último obedece a su obsesiva fijación, ya señalada, a seguir la dirección marcada por las veletas que se recortan en el cielo gris.
Al visitar Eolia conviene, como precaución, llenarse los bolsillos de piedras, concluye R. la lectura y me tiende el folleto. Le brillan los ojos ante la perspectiva de unas vacaciones compartidas en el país del viento. Los tiene verdes, los ojos, como las algas, como las esmeraldas, como los de aquella gente volandera de la que acabamos de saber. Ven volando a Eolia, repito para mí el ridículo eslogan y pienso en que podían haberse esmerado un poquito más los de la agencia. Y también, qué caramba, en que podríamos permitirnos un viaje así.
EOLIA
No encontrarás en los atlas noticia alguna de la república volandera de Eolia, sencillamente porque ésta no tiene una localización fija y sus coordenadas dependen del capricho de los vientos. La frontera de Eolia se desplaza de aquí para allá, de norte a sur y de este a oeste, varias veces al día, arrastrada por ventiscas y temporales, por huracanes y ventoleras, y a ella van a parar las hojas caídas de los árboles, los envoltorios de los caramelos, las bolsas de plástico y las colillas, el correo comercial dejado en los buzones y las palabras pronunciadas sin convicción y que ha de llevarse el viento. Y aquéllas que el eco jamás devolvió. Y, asimismo, los sombreros y los paraguas rotos en las tormentas. Eolia es como un cementerio de cosas inútiles y de frases y promesas susurradas a la luz de la luna que han acabado olvidándose.
En Eolia los topógrafos se desesperan ya que no hay accidentes geográficos. Y los paisajistas porque no encuentran estampa campestre que pintar donde no se distingan, como mínimo, dos o tres molinos quijotescos. Las brújulas no sirven de nada y, en su lugar, los marinos y los excursionistas, que saben de esto un rato largo, tiran de veleta, preferiblemente de las de gallo silueteado. Porque nadie precisa ir más al norte o más al sur, porque a lo que únicamente todos aspiran, en realidad, es a seguir con docilidad la dirección del viento imperante. A dejarse llevar. Los habitantes del país, de Eolia, gente por lo común liviana y de temperamento voluble, han llegado hasta allí contra su voluntad, empujada por la fuerza implacable del aire en movimiento. Se distinguen con facilidad de los turistas, además de por su peso mínimo, por tener los ojos verdes, que dicen los poetas que es el color del viento. Y por andar siempre mirando hacia arriba, hacia los tejados. Esto último obedece a su obsesiva fijación, ya señalada, a seguir la dirección marcada por las veletas que se recortan en el cielo gris.
Al visitar Eolia conviene, como precaución, llenarse los bolsillos de piedras, concluye R. la lectura y me tiende el folleto. Le brillan los ojos ante la perspectiva de unas vacaciones compartidas en el país del viento. Los tiene verdes, los ojos, como las algas, como las esmeraldas, como los de aquella gente volandera de la que acabamos de saber. Ven volando a Eolia, repito para mí el ridículo eslogan y pienso en que podían haberse esmerado un poquito más los de la agencia. Y también, qué caramba, en que podríamos permitirnos un viaje así.
domingo, 13 de diciembre de 2015
Las plañideras
Sentadas en las sillas de respaldo recto de la casa, lloran las plañideras a ambos lados de la cama custodiada por cuatro cirios de misa. Sobre la mesilla, a media luz, un rosario, las copitas mediadas de licor y una taza vacía con unos labios de café perfilados en el borde interior y una cucharita que descansa en el plato. La más chiquita y arrugada entona una triste letanía e intenta ocultar el dolor de su rostro detrás de un pañuelito que huele a lavanda. Una se araña las mejillas y derrama lágrimas con desconsuelo. Otra, gemebunda, se tira de los pelos. Las demás llevan un pañuelo negro en la cabeza y lloran con el corazón roto. Desgarradamente.
En el centro del lecho, sobre las sábanas de hilo, ríe, alborozado, un rollizo bebé envuelto en una manta.
(Relato finalista del mes de noviembre de la V edición del concurso de la Microbiblioteca. Aquí podéis leer el microrrelato ganador y los otros finalistas en castellano)
En el centro del lecho, sobre las sábanas de hilo, ríe, alborozado, un rollizo bebé envuelto en una manta.
(Relato finalista del mes de noviembre de la V edición del concurso de la Microbiblioteca. Aquí podéis leer el microrrelato ganador y los otros finalistas en castellano)
jueves, 19 de noviembre de 2015
El relato "La botella", convertido en monólogo
A petición de Pablo Martínez, del Centro de Tecnificación Ciudad Naranco Ajedrez, el actor Jorge Moré realizó hace dos años una adaptación para teatro del relato "La botella", incluido en la antología Cuentos de ajedrez : alrededor de un tablero, de la editorial Páginas de Espuma. Recientemente, Jorge me hizo llegar el texto adaptado, circunstancia que me ha animado a escribir esta pequeña entrada en el blog.
A pesar de que la aspiración es repetir la experiencia próximamente en diferentes colegios de Oviedo, el monólogo, hasta ahora, se ha representado en una única ocasión, en junio de 2013, durante el acto de entrega de premios del III Torneo Social en la propia sede del club de ajedrez.
Las fotos que ilustran estas líneas son del CTD Naranco.
A pesar de que la aspiración es repetir la experiencia próximamente en diferentes colegios de Oviedo, el monólogo, hasta ahora, se ha representado en una única ocasión, en junio de 2013, durante el acto de entrega de premios del III Torneo Social en la propia sede del club de ajedrez.
Las fotos que ilustran estas líneas son del CTD Naranco.
martes, 17 de noviembre de 2015
Teruelidad
Visualicemos cómo Darío siente el impacto de un cuerpo contra su vehículo tras el frenazo. Tratemos de aprehender el silencio líquido, el miedo líquido, la angustia líquida, la tensión líquida que experimenta. Hagamos estas cosas que nos ayudarán a comprender por qué ese gorrión gordo ha interrumpido su alegre vuelo para caer de pronto, muerto, sobre el asfalto de una carretera secundaria de Girona. Y estremezcámonos.
(Con afecto a mi amigo Iván Teruel, con motivo de la presentación, ayer en Barcelona, de su libro de relatos El oscuro relieve del tiempo)
lunes, 9 de noviembre de 2015
Las jugadas intermedias, según Miguel Baquero
Siempre he defendido que, a la hora de escribir, o de “montar”, un libro de cuentos para ser publicado, es fundamental su planificación. Y con esto no me refiero a esa regla “tallerística” de que el autor coloque el que considere mejor primero, oculte o disimule los que crea algo más flojos hacia el medio, y acabe con otro que también tenga en estima, para dejar un buen sabor de boca. No me refiero a esa planificación “táctica”, sino a otra, que podría llamar con bastante pedantería “estratégica”, que contemple el volumen de cuentos como, en efecto, un conjunto cerrado con sus propias reglas, un libro sólido, no un “totum revolutuum” o cajón de sastre donde soltar y apretujar los excedentes del cajón de distintas épocas.
Para ello —siempre a mi gusto, por supuesto—, los cuentos tienen que tener algo que los unifique, ya sea una atmósfera, un tono, una intención… o ya sea que todos tocan un mismo tema o suceden en un mismo lugar o una misma época. De preferir, prefiero lo primero, que los unifique el tono, el ritmo, el clima, y elementos más literarios, que lo segundo, que depende de factores digamos más “externos” o más obvios. Pero es una cuestión quizás subjetiva, porque todo, en último caso, depende de la calidad de la escritura.
A lo que quería ir con todo esto es que el nuevo libro de David Vivancos, en principio, me cogió frío: un libro de treinta relatos sobre un tema tan minúsculo —aunque los aficionados lo alcen a las nubes, pero al fin tan minúsculo— como el ajedrez. Donde, con cuentos de mediana extensión, iban mezclados hiperbreves, modalidad en la que, por cierto, el autor ha participado en varias antologías.
Pese a esa pequeña prevención inicial, marcada por lo restringido del tema, Las jugadas intermedias, pronto lo advierte el lector, es un gran libro. Un gran libro sobre un juego que éste particularmente que reseña, y que apenas si sabe mover las piezas, no sabía pudiera tener tantas aristas, tanto trasfondo, tantas posibilidades narrativas. Vivancos, con un pulso muy firme, va dejando caer sus historias sobre cada una de estas facetas, cada uno de estos escaques, y apretando luego el reloj, para que el lector comience a degustar el relato. Hay cuentos donde se nos habla de viejos jugadores fracasados, de jugadores triunfantes también; otros en que se nos habla de trampas, que también las hay y, por cierto, muy ingeniosas; o de la amistad que puede surgir entre jugadores, así como las inquinas ocultas… por contar, se nos cuenta incluso, siempre con muy gran firmeza y seguridad en la escritura, como deben jugar los grandes maestros, se nos cuenta, decía, los sueños de un jugador, o fantasías sobre plantas en que florecen alfiles, caballos, damas…
Todo un pequeño universo, en resumen, con sus grandes dramas, pero también sus pequeñas anécdotas. Con sitio para el humor, que en general tiñe todos los relatos, pero también para la seriedad. Un microcosmos creado en treinta cuentos, treinta casillas, que cumple con el principal requisito que, en mi opinión, debe tener un texto literario de calidad, y que no es otro que su capacidad para introducir al lector en un universo distinto, extraño, artístico… y fascinante, no sólo para quien sabe y disfruta del juego, sino para cualquier lector que guste de la buena literatura.
Gracias, Miguel, por tu generosa reseña publicada en el blog literario La tormenta en un vaso.
Para ello —siempre a mi gusto, por supuesto—, los cuentos tienen que tener algo que los unifique, ya sea una atmósfera, un tono, una intención… o ya sea que todos tocan un mismo tema o suceden en un mismo lugar o una misma época. De preferir, prefiero lo primero, que los unifique el tono, el ritmo, el clima, y elementos más literarios, que lo segundo, que depende de factores digamos más “externos” o más obvios. Pero es una cuestión quizás subjetiva, porque todo, en último caso, depende de la calidad de la escritura.
A lo que quería ir con todo esto es que el nuevo libro de David Vivancos, en principio, me cogió frío: un libro de treinta relatos sobre un tema tan minúsculo —aunque los aficionados lo alcen a las nubes, pero al fin tan minúsculo— como el ajedrez. Donde, con cuentos de mediana extensión, iban mezclados hiperbreves, modalidad en la que, por cierto, el autor ha participado en varias antologías.
Pese a esa pequeña prevención inicial, marcada por lo restringido del tema, Las jugadas intermedias, pronto lo advierte el lector, es un gran libro. Un gran libro sobre un juego que éste particularmente que reseña, y que apenas si sabe mover las piezas, no sabía pudiera tener tantas aristas, tanto trasfondo, tantas posibilidades narrativas. Vivancos, con un pulso muy firme, va dejando caer sus historias sobre cada una de estas facetas, cada uno de estos escaques, y apretando luego el reloj, para que el lector comience a degustar el relato. Hay cuentos donde se nos habla de viejos jugadores fracasados, de jugadores triunfantes también; otros en que se nos habla de trampas, que también las hay y, por cierto, muy ingeniosas; o de la amistad que puede surgir entre jugadores, así como las inquinas ocultas… por contar, se nos cuenta incluso, siempre con muy gran firmeza y seguridad en la escritura, como deben jugar los grandes maestros, se nos cuenta, decía, los sueños de un jugador, o fantasías sobre plantas en que florecen alfiles, caballos, damas…
Todo un pequeño universo, en resumen, con sus grandes dramas, pero también sus pequeñas anécdotas. Con sitio para el humor, que en general tiñe todos los relatos, pero también para la seriedad. Un microcosmos creado en treinta cuentos, treinta casillas, que cumple con el principal requisito que, en mi opinión, debe tener un texto literario de calidad, y que no es otro que su capacidad para introducir al lector en un universo distinto, extraño, artístico… y fascinante, no sólo para quien sabe y disfruta del juego, sino para cualquier lector que guste de la buena literatura.
Gracias, Miguel, por tu generosa reseña publicada en el blog literario La tormenta en un vaso.
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