- ¿Acaso ignoráis, fementida y cobarde canalla, que el hi de perro mago Frestón está jugando con nosotros? ¡Las almenadas torres que albergaron los aposentos de nobles damas y princesas se desplazan de aquí para allá a su hechicero antojo! ¡Se alejan, se marchan definitivamente ante mi pasmo y vuestra indolencia! -clama el caballero con los ojos desorbitados y enfebrecidos, el dedo acusador extendido-. ¡A fe mía, bellaco descomulgado y pestífero, que debo evitar que nuestra Castilla haya de ensancharse hasta perderse de vista! ¡Conseguir, aunque tuviera que dejarme la vida en la empresa, que retornen los campos a los peones que los labraron y los caballos a los prados desaparecidos! –continúa, encasquetándose con un gruñido la bacía llena de abolladuras.
Y el extremeño Juan Morán, que para entonces ya se ha arrepentido de haber hecho un alto en su camino a Santander en la venta de Urueña, busca en vano con la mirada la ayuda de Sancho, quien anda enfrascado cortando hogazas de pan para el queso recién sacado del morral. El viajero, algo aturdido, observa al viejo chocho, se mordisquea la yema del pulgar en actitud reflexiva y adelanta, por fin, la torre amenazada por el alfil blanco.
(Relato ganador de la Quedada de ENTC celebrada en Urueña -Valladolid- el 7 de junio de 2014)
martes, 10 de junio de 2014
miércoles, 28 de mayo de 2014
Generación perdida
Los desconcertados marineros se reencuentran en la plaza tras su alocada carrera por las calles del puerto. Se preguntan, jadeantes, dónde estarán las mujeres prometidas por Ulises después de tantos años de travesía. De penurias. Y ellas, las viejas con las cuales han ido tropezando aquí y allá, en las esquinas, en los soportales, sentadas a la puerta de las casas de paredes encaladas, apartan por un instante la vista de las muñecas de madera y cabellos de alga que tienen en sus regazos y cesan de acariciarlas y peinarlas, de jugar con ellas, y fijan sus ojos hundidos en esos hombres esqueléticos de piel de cuero moreno que tanto les recuerdan a quien, décadas atrás, llegara a la isla de las mujeres diciendo ser el rey de Ítaca. Y suspiran. Nostálgicas.
jueves, 22 de mayo de 2014
La mano
Dos moscas corretean, se persiguen ligeras, traviesas, sobre el tapete. El crupier las espanta con un gesto incierto, como acariciando el aire. Entonces el manco de los párpados hinchados, tras una pausa valorativa que se prolonga demasiado, vuelve a mirarme con expresión neutra y descubre, al fin, sus cartas. Yo muestro mi trío de jotas con despego vencedor y gano la mano. La tiro al cubo, con las demás, y se levanta una nube cabreada de moscardones que zumban. A una señal del crupier, el manco abandona desolado la mesa de juego y un hombrecito con aire desafiante lo sustituye.
(El microrrelato La mano es uno de los finalistas del mes de abril de La Microbiblioteca. Podéis leerlos en el siguiente enlace)
(El microrrelato La mano es uno de los finalistas del mes de abril de La Microbiblioteca. Podéis leerlos en el siguiente enlace)
miércoles, 7 de mayo de 2014
Infancia, en Viejos amigos
El pasado mes de abril vio la luz la audioantología Viejos amigos : una aproximación literaria al mundo de la vejez, un proyecto de Pablo Gonz que reúne 69 microrrelatos de 47 autores de Argentina, Chile, Perú, Colombia, México y España. Y que vale la pena conocer y difundir.
Podéis escuchar el audiolibro en el siguiente enlace. Mi colaboración para el mismo, “Infancia”, a partir del minuto 7.58.
INFANCIA
"¿Hay algún cuentista en el tren?” Me levanté con la premura que la voz metálica reclamaba y corrí, siguiendo sus instrucciones, hacia el vagón restaurante. El revisor respiró aliviado al verme llegar y me dejó a cargo del viejecito. El anciano miraba el paisaje con los párpados entornados y recitaba, balbuceante, nombres de colinas y prados de la infancia, sumido en una especie de trance. “Fíjese bien. El trigo maduro, el vuelo del grajo. Y ellos… ellos leen, dormitan. Los pasajeros son insensibles. Ayúdeme, por favor”, rogó apretando con fuerza mi mano. Saqué la libreta apresuradamente y comencé a escribir todo lo que me fue dictando.
Mi agradecimiento a todos los que han hecho posible que esta bonita iniciativa sea ya una realidad.
miércoles, 30 de abril de 2014
El estrangulador
Me ha seguido hasta casa y ha conseguido, no sé cómo, vencer la
resistencia de la cerradura y abrir la puerta. El estrangulador ha
apartado el sofá del salón de mala manera creyendo que yo estaba oculta
detrás y ha empujado el colchón al suelo, convencido de encontrarme
aovillada debajo de la cama.
A través de las rendijas de la puerta corredera del armario lo he visto dirigirse hacia mi escondite. Lo ha abierto con violencia y ha mirado en el interior. La penumbra está siendo mi mejor aliada, si bien dudo de que acabe dándose por vencido. Se ha girado, ha echado un vistazo a la colcha, en el suelo, con su quemadura de cigarrillo, y, tras un instante de duda, ha vuelto sobre sus pasos. Ha metido la cabeza en el armario y ha tirado de una de las sábanas del montón bajo el cual me cobijo.
Sin darle oportunidad de retirar ninguna otra más, me he incorporado rápidamente y he corrido, evitándolo con un empujón, hacia la esquina de la página. La he pasado y lo he dejado allí atrás, vociferando y lleno de rabia, en el último párrafo del capítulo nueve.
A través de las rendijas de la puerta corredera del armario lo he visto dirigirse hacia mi escondite. Lo ha abierto con violencia y ha mirado en el interior. La penumbra está siendo mi mejor aliada, si bien dudo de que acabe dándose por vencido. Se ha girado, ha echado un vistazo a la colcha, en el suelo, con su quemadura de cigarrillo, y, tras un instante de duda, ha vuelto sobre sus pasos. Ha metido la cabeza en el armario y ha tirado de una de las sábanas del montón bajo el cual me cobijo.
Sin darle oportunidad de retirar ninguna otra más, me he incorporado rápidamente y he corrido, evitándolo con un empujón, hacia la esquina de la página. La he pasado y lo he dejado allí atrás, vociferando y lleno de rabia, en el último párrafo del capítulo nueve.
miércoles, 2 de abril de 2014
Muy curiosas y notables fábulas para instrucción de jóvenes hipopótamos
La gratitud que se experimenta al recibir la llamada de Las puertas del hacedor sólo es comparable a la alegría que se siente al recibir el producto final: cinco ejemplares de mis Muy curiosas y notables fábulas para instrucción de jóvenes hipopótamos, obra de Norberto Luis Romero, que son artesanía fina. ¡Gracias, maestro!
jueves, 27 de marzo de 2014
Lo peor de que lleve dos días seguidos sin parar de llover
Lo peor de que lleve dos días seguidos sin parar de llover no es lo mal que funciona el transporte público, continuamente interrumpido por la imprevisión de quienes diseñaron el servicio y el dibujo de la ciudad. Lo peor de que lleve dos días seguidos sin parar de llover no son las coladas arruinadas ni las riadas que te dejan perdidos los zapatos y los bajos de los pantalones.
Ni los coches, que da pena verlos. Ni los continuos resfriados.
Lo peor tampoco es que esto ni siquiera le vaya bien a los campos, como en principio pudiera haber parecido. Lo peor de que lleve dos días seguidos sin parar de llover sangre, cosa que no recuerdo haber dicho antes, son los charlatanes y los iluminados y los falsos profetas quienes, vestidos con sus túnicas de mamarracho, han tomado las plazas para anunciarnos, a voz en cuello (qué pesados son y qué entusiasmados se los ve en sus prédicas y en sus fatales preludios), que el fin del mundo está próximo. Y que sólo arrepintiéndonos de los pecados cometidos lograremos salvar nuestras almas del fuego eterno y, acaso, que deje, de una vez por todas, de llover.
Ni los coches, que da pena verlos. Ni los continuos resfriados.
Lo peor tampoco es que esto ni siquiera le vaya bien a los campos, como en principio pudiera haber parecido. Lo peor de que lleve dos días seguidos sin parar de llover sangre, cosa que no recuerdo haber dicho antes, son los charlatanes y los iluminados y los falsos profetas quienes, vestidos con sus túnicas de mamarracho, han tomado las plazas para anunciarnos, a voz en cuello (qué pesados son y qué entusiasmados se los ve en sus prédicas y en sus fatales preludios), que el fin del mundo está próximo. Y que sólo arrepintiéndonos de los pecados cometidos lograremos salvar nuestras almas del fuego eterno y, acaso, que deje, de una vez por todas, de llover.
miércoles, 26 de febrero de 2014
El maestro Pallardó
Como tenía la mañana libre me acerqué hasta el campo del Júpiter. Había visto en
el diario deportivo que el Sants, el equipo a cuyos partidos iba acompañando a mi
padre en mi adolescencia, jugaba allí. Me encontré con que el estadio estaba medio
vacío. Recordé con añoranza esas mismas instalaciones llenas a rebosar cuando ambos
conjuntos disputaban los derbies en Tercera. Aquel ambiente de fútbol, aquella pasión
de la rivalidad local. Las gradas, sin embargo, ofrecían ese mediodía un aspecto
desolador. Los dos clubes estaban pasando por una delicada situación, tanto económica
como deportiva. Apenas cuatro viejos aquí y allá, grupos de chiquillos con el chándal
rojinegro de las secciones inferiores del equipo local y familiares y novias ocupando
algunos de los asientos de plástico azul oscuro de tribuna. Imagino que el panorama será similar en la mayoría de campos de las categorías territoriales. Corren malos tiempos para el fútbol modesto.
Dio inicio el partido. Por megafonía se dieron las alineaciones de ambos equipos precipitadamente, ya con el balón en juego. El Sants pronto empezó a trenzar buenos pases en el mediocampo pero en cuanto abría la pelota a la banda las jugadas de ataque se perdían en centros espantosos. Dos esféricos consecutivos fueron a parar a la calle, golpeando con virulencia uno de ellos en el tejadillo de la churrería de la calle Cantabria. Los locales parecían muy desorientados. Se los veía desbordados y sin capacidad de reacción ante las acometidas del Sants. A los diez minutos comenzaron a oírse los primeros murmullos de descontento.
- ¡Ay, mamá! ¡Ay, mamá! –escuché gritar a uno de los vejestorios sentados unas cuantas filas detrás de mí.
Uno de los chavalines en chándal que tenía cerca empezó a imitar la voz del abuelo por lo bajini. Los otros rieron. Un pecoso aplaudió la gracia como un chimpancé al que acaban de obsequiar con un plátano tras un número circense. Alguien a mi derecha chasqueó la lengua. Creí entender que el anciano era un habitual y que sus comentarios no siempre eran demasiado bien recibidos por la propia parroquia local. Un centrocampista grisgrana dio un pase horizontal horripilante, dirigido al lateral derecho, que se perdió fuera de banda. Tan sencillo en apariencia como mal ejecutado.
- ¡El pase de la muerte, tú! ¡Éste tío sí que ha hecho el pase de la muerte! –volvió a protestar la voz del veterano seguidor.
El partido poco a poco fue igualándose, más por demérito del equipo visitante que por mejora en el juego del Júpiter. Chocó un delantero local con el central del Sants, quien cayó al suelo como fulminado y, acto seguido, comenzó a retorcerse sobre el césped artificial agarrándose con la mano el tobillo derecho y chillando como un animal malherido. Nadie lesionado de verdad grita de ese modo. Lo sabíamos todos los espectadores, lo sabían los futbolistas. Quizás incluso también el árbitro quien, a pesar de todo, autorizó la presencia del fisio de los franjiverdes.
- ¡Está malito el nene!, ¡está malito el nene! –se mofó el abuelo. También él se había dado cuenta de que el del Sants había simulado la lesión con intención de forzar una tarjeta para el adversario y detener el juego. El defensa cojeó de manera ostensible hasta alcanzar la línea lateral, ayudado por el fisio. Pidió reincorporarse al campo inmediatamente–. ¡Qué doctor, tú!, ¡qué doctor más bueno!, ¡eso es un médico! –siguió burlándose de la instantánea curación del fornido defensor aquel yayo tan crítico.
Masculló el de mi derecha algo que no conseguí entender. Por el tono no me pareció amable. Dedicó hacía atrás una mirada significativa. Era evidente que ambos eran habituales en la Verneda y que el veterano comentarista no le caía precisamente bien. A mí, sin embargo, el chascarrillo me había hecho gracia y sonreí, buscando identificar entre las últimas filas al ingenioso caballero.
Lo reconocí enseguida. Había perdido bastante pelo y se le veía con algunos, demasiados, kilos de más. Maurici Pallardó parecía el gran gorila blanco, sentado con las piernas separadas y recostado hacia atrás, las manos descansando sobre los muslos. Estaba solo. Parecía como si nadie hubiese querido sentarse cerca de él. Seguía el partido con atención y la boca medio abierta. Tenía el tembleque que le recordaba de los últimos torneos en los que lo había visto, hacía como cosa de año y medio, si bien más exagerado. El maestro Pallardó era una institución en el mundo del ajedrez, un raro caso de jugador admirado por los más veteranos y respetado por quienes hacía poco que se habían iniciado en el juego. Yo nunca había tenido ocasión de hablar con él y jamás un sorteo nos había emparejado delante de un tablero pero había visto cómo grandes maestros y fuertes maestros internacionales siempre tenían una buena excusa para saludarlo entre ronda y ronda o para acercarse hasta su partida, recién acabada, y comentar con él alguna línea. A Pallardó le apasionaba el ajedrez. Podía vérsele a menudo analizando las posiciones de los chicos que empezaban en el club, detalle, o más bien concesión, del todo inusual en alguien de su contrastada categoría. Aunque su nivel había decaído con el paso de los años, todavía podía considerárselo un fuerte ajedrecista, capaz de dar aún algún susto a los primeros del ranking en los torneos en los que participaba.
- ¿Cómo cuelgan balones al área si son todos enanos? Chico, es que no saben más –se mofó Pallardó de los suyos.
- ¡Cállate ya, chalado! El abuelo éste de los cojones… –le increpó mi vecino de localidad.
- ¡Payaso! ¡Estamos hartos, cada semana la misma cantinela! –se oyó a otro. Tenía aspecto del chorizo habitual de estación de autobuses o de cosa mucho peor.
- ¡Quédate en casa, abuelito! –se sumó al linchamiento un tercer descontento desde algún lugar. Me pareció que empleaban una crueldad, una saña excesiva para manifestar su disconformidad con el maestro.
Pallardó los miró con los ojos acuosos. Movía el labio inferior. Le temblaba como una hoja. Su mirada se cruzó con la mía. Ensayé un tímido gesto para llamar su atención por si me reconocía de haberme visto en las salas de juego. O de aquel verano en Benasque, hace ya tantos años, cuando tuve ocasión de verlo analizar por primera vez. Aquel año estuvo jugando siempre en los tableros de arriba del internacional y creo que acabó entre los diez mejores y llevándose el premio de belleza por una partida en la que entregó a un belga una torre y un alfil por dos peones. Un resultado muy meritorio habida cuenta la dureza de una competición de esas características. Dábamos un paseo por los alrededores del pueblo, en el pirineo oscense, y lo vimos, de pie, conversando amigablemente con dos adolescentes, como nosotros, que miraban una partida sentados en una especie de merendero. El maestro preguntaba a uno de ellos por la partida de la ronda de la tarde anterior, por la continuación, ya que había visto que habían llegado a una posición interesante de ataque sobre enroques opuestos. Los chicos parecían abrumados por el interés del maestro en la línea jugada hacía apenas unas horas. El compañero de club que me acompañaba y yo nos acercamos y disfrutamos del modo didáctico en que el maestro Pallardó le explicó al muchacho cómo podría haber seguido para salvar la posición. Lo recuerdo fijando sus ojillos en los escaques, sujetándose la barbilla y golpeando con acompasada suavidad el labio con el dedo índice antes de ejecutar los movimientos en el tablero. Explicando el porqué de cada jugada, la razón por la cual había que descartar la que nos parecía la mejor defensa. Un auténtico placer para todos nosotros, meros aprendices.
No me vio, sin embargo, el maestro. Seguía atento las evoluciones de los futbolistas, quienes corrían arriba y abajo tratando de coordinar, sin mucho éxito, jugadas con criterio. Decidí acercarme a él al final del partido y saludarlo. Una serie de pases en corto de los jugadores del Júpiter acabó en un corte de los nuestros y un rápido contraataque del Sants que el portero local supo desbaratar con una excelente intervención. Aquello volvió a encresparlo.
- Pero, ¡cámbiala, cámbiala! ¡Tonto de baba! Sólo saben jugar a la sombra de tribuna. Pero, ¿no ves que el chaval está solo en la otra banda? –se cebó en el extremo que había acabado perdiendo el control del balón. Reclamaba un pase en largo que jamás se produjo.
- ¡Tonto de baba!, ¡ha dicho tonto de baba! –volvieron a burlarse los cadetes del Júpiter. Se estaban pasando una bolsa de pipas. Nunca habían oído llamarle así a nadie.
- Abuelo, si no hacen esos cambios de orientación en el juego es porque no dan más de sí. Si supieran hacerlos no estarían jugando en Preferente, ¿no cree? Estarían en Segunda B o en Tercera –se oyó a uno decirle a Pallardó para, a continuación, añadir dirigiéndose a la grada en general–, éste se piensa que aquí va a ver a Schuster o a Platini.
- ¡Qué malos son, qué malos son! –seguía, él a lo suyo, el maestro Pallardó. Y repetía en un susurro– ¡pero qué malos!
- ¡Que te calles, carcamal! Ya me estás calentando. No quiero oírte más, ¿te enteras? A ver si animas un poco, que parece que sólo vengas aquí a desmoralizar a los chavales –se volvió vociferándole como un energúmeno el que supuse sería el padre de uno de los jugadores.
- ¡Hartitas nos tienes ya, abuelo! –aprovechó el revuelo general que había provocado el maestro una novia de futbolista que tenía pinta de fulana con varios trienios, la cual seguía el partido parapetada detrás de unas gafas de sol de agente de tráfico norteamericano.
Sólo entonces pareció Pallardó tener conciencia de la animadversión general del público hacia su persona. Los niños le dirigían gestos burlescos con total impunidad y un hombre que tomaba notas dos asientos más allá, acaso un directivo o un ojeador, también se rió de él abiertamente. Continuaba el veterano ajedrecista con la boca abierta, con expresión desolada, ahora con la mirada concentrada en sus gastados zapatos color marrón. Una pena inmensa se apoderó de mí al ver el cruel declive del gran campeón, convertido en patético bufón, en el tonto del pueblo. Un indescriptible sentimiento de tristeza y de vergüenza, tanta que decidí no decirle nada al término de los noventa minutos. Por él, por mí. El respetadísimo maestro para aquella gente no era más que un viejo chocho, una ruina desquiciada, un pelele del que mofarse. Al cabo, se levantó y se marchó con la cabeza gacha. Nadie le hizo el menor caso.
Se perdió la victoria del Júpiter por dos a uno.
Dio inicio el partido. Por megafonía se dieron las alineaciones de ambos equipos precipitadamente, ya con el balón en juego. El Sants pronto empezó a trenzar buenos pases en el mediocampo pero en cuanto abría la pelota a la banda las jugadas de ataque se perdían en centros espantosos. Dos esféricos consecutivos fueron a parar a la calle, golpeando con virulencia uno de ellos en el tejadillo de la churrería de la calle Cantabria. Los locales parecían muy desorientados. Se los veía desbordados y sin capacidad de reacción ante las acometidas del Sants. A los diez minutos comenzaron a oírse los primeros murmullos de descontento.
- ¡Ay, mamá! ¡Ay, mamá! –escuché gritar a uno de los vejestorios sentados unas cuantas filas detrás de mí.
Uno de los chavalines en chándal que tenía cerca empezó a imitar la voz del abuelo por lo bajini. Los otros rieron. Un pecoso aplaudió la gracia como un chimpancé al que acaban de obsequiar con un plátano tras un número circense. Alguien a mi derecha chasqueó la lengua. Creí entender que el anciano era un habitual y que sus comentarios no siempre eran demasiado bien recibidos por la propia parroquia local. Un centrocampista grisgrana dio un pase horizontal horripilante, dirigido al lateral derecho, que se perdió fuera de banda. Tan sencillo en apariencia como mal ejecutado.
- ¡El pase de la muerte, tú! ¡Éste tío sí que ha hecho el pase de la muerte! –volvió a protestar la voz del veterano seguidor.
El partido poco a poco fue igualándose, más por demérito del equipo visitante que por mejora en el juego del Júpiter. Chocó un delantero local con el central del Sants, quien cayó al suelo como fulminado y, acto seguido, comenzó a retorcerse sobre el césped artificial agarrándose con la mano el tobillo derecho y chillando como un animal malherido. Nadie lesionado de verdad grita de ese modo. Lo sabíamos todos los espectadores, lo sabían los futbolistas. Quizás incluso también el árbitro quien, a pesar de todo, autorizó la presencia del fisio de los franjiverdes.
- ¡Está malito el nene!, ¡está malito el nene! –se mofó el abuelo. También él se había dado cuenta de que el del Sants había simulado la lesión con intención de forzar una tarjeta para el adversario y detener el juego. El defensa cojeó de manera ostensible hasta alcanzar la línea lateral, ayudado por el fisio. Pidió reincorporarse al campo inmediatamente–. ¡Qué doctor, tú!, ¡qué doctor más bueno!, ¡eso es un médico! –siguió burlándose de la instantánea curación del fornido defensor aquel yayo tan crítico.
Masculló el de mi derecha algo que no conseguí entender. Por el tono no me pareció amable. Dedicó hacía atrás una mirada significativa. Era evidente que ambos eran habituales en la Verneda y que el veterano comentarista no le caía precisamente bien. A mí, sin embargo, el chascarrillo me había hecho gracia y sonreí, buscando identificar entre las últimas filas al ingenioso caballero.
Lo reconocí enseguida. Había perdido bastante pelo y se le veía con algunos, demasiados, kilos de más. Maurici Pallardó parecía el gran gorila blanco, sentado con las piernas separadas y recostado hacia atrás, las manos descansando sobre los muslos. Estaba solo. Parecía como si nadie hubiese querido sentarse cerca de él. Seguía el partido con atención y la boca medio abierta. Tenía el tembleque que le recordaba de los últimos torneos en los que lo había visto, hacía como cosa de año y medio, si bien más exagerado. El maestro Pallardó era una institución en el mundo del ajedrez, un raro caso de jugador admirado por los más veteranos y respetado por quienes hacía poco que se habían iniciado en el juego. Yo nunca había tenido ocasión de hablar con él y jamás un sorteo nos había emparejado delante de un tablero pero había visto cómo grandes maestros y fuertes maestros internacionales siempre tenían una buena excusa para saludarlo entre ronda y ronda o para acercarse hasta su partida, recién acabada, y comentar con él alguna línea. A Pallardó le apasionaba el ajedrez. Podía vérsele a menudo analizando las posiciones de los chicos que empezaban en el club, detalle, o más bien concesión, del todo inusual en alguien de su contrastada categoría. Aunque su nivel había decaído con el paso de los años, todavía podía considerárselo un fuerte ajedrecista, capaz de dar aún algún susto a los primeros del ranking en los torneos en los que participaba.
- ¿Cómo cuelgan balones al área si son todos enanos? Chico, es que no saben más –se mofó Pallardó de los suyos.
- ¡Cállate ya, chalado! El abuelo éste de los cojones… –le increpó mi vecino de localidad.
- ¡Payaso! ¡Estamos hartos, cada semana la misma cantinela! –se oyó a otro. Tenía aspecto del chorizo habitual de estación de autobuses o de cosa mucho peor.
- ¡Quédate en casa, abuelito! –se sumó al linchamiento un tercer descontento desde algún lugar. Me pareció que empleaban una crueldad, una saña excesiva para manifestar su disconformidad con el maestro.
Pallardó los miró con los ojos acuosos. Movía el labio inferior. Le temblaba como una hoja. Su mirada se cruzó con la mía. Ensayé un tímido gesto para llamar su atención por si me reconocía de haberme visto en las salas de juego. O de aquel verano en Benasque, hace ya tantos años, cuando tuve ocasión de verlo analizar por primera vez. Aquel año estuvo jugando siempre en los tableros de arriba del internacional y creo que acabó entre los diez mejores y llevándose el premio de belleza por una partida en la que entregó a un belga una torre y un alfil por dos peones. Un resultado muy meritorio habida cuenta la dureza de una competición de esas características. Dábamos un paseo por los alrededores del pueblo, en el pirineo oscense, y lo vimos, de pie, conversando amigablemente con dos adolescentes, como nosotros, que miraban una partida sentados en una especie de merendero. El maestro preguntaba a uno de ellos por la partida de la ronda de la tarde anterior, por la continuación, ya que había visto que habían llegado a una posición interesante de ataque sobre enroques opuestos. Los chicos parecían abrumados por el interés del maestro en la línea jugada hacía apenas unas horas. El compañero de club que me acompañaba y yo nos acercamos y disfrutamos del modo didáctico en que el maestro Pallardó le explicó al muchacho cómo podría haber seguido para salvar la posición. Lo recuerdo fijando sus ojillos en los escaques, sujetándose la barbilla y golpeando con acompasada suavidad el labio con el dedo índice antes de ejecutar los movimientos en el tablero. Explicando el porqué de cada jugada, la razón por la cual había que descartar la que nos parecía la mejor defensa. Un auténtico placer para todos nosotros, meros aprendices.
No me vio, sin embargo, el maestro. Seguía atento las evoluciones de los futbolistas, quienes corrían arriba y abajo tratando de coordinar, sin mucho éxito, jugadas con criterio. Decidí acercarme a él al final del partido y saludarlo. Una serie de pases en corto de los jugadores del Júpiter acabó en un corte de los nuestros y un rápido contraataque del Sants que el portero local supo desbaratar con una excelente intervención. Aquello volvió a encresparlo.
- Pero, ¡cámbiala, cámbiala! ¡Tonto de baba! Sólo saben jugar a la sombra de tribuna. Pero, ¿no ves que el chaval está solo en la otra banda? –se cebó en el extremo que había acabado perdiendo el control del balón. Reclamaba un pase en largo que jamás se produjo.
- ¡Tonto de baba!, ¡ha dicho tonto de baba! –volvieron a burlarse los cadetes del Júpiter. Se estaban pasando una bolsa de pipas. Nunca habían oído llamarle así a nadie.
- Abuelo, si no hacen esos cambios de orientación en el juego es porque no dan más de sí. Si supieran hacerlos no estarían jugando en Preferente, ¿no cree? Estarían en Segunda B o en Tercera –se oyó a uno decirle a Pallardó para, a continuación, añadir dirigiéndose a la grada en general–, éste se piensa que aquí va a ver a Schuster o a Platini.
- ¡Qué malos son, qué malos son! –seguía, él a lo suyo, el maestro Pallardó. Y repetía en un susurro– ¡pero qué malos!
- ¡Que te calles, carcamal! Ya me estás calentando. No quiero oírte más, ¿te enteras? A ver si animas un poco, que parece que sólo vengas aquí a desmoralizar a los chavales –se volvió vociferándole como un energúmeno el que supuse sería el padre de uno de los jugadores.
- ¡Hartitas nos tienes ya, abuelo! –aprovechó el revuelo general que había provocado el maestro una novia de futbolista que tenía pinta de fulana con varios trienios, la cual seguía el partido parapetada detrás de unas gafas de sol de agente de tráfico norteamericano.
Sólo entonces pareció Pallardó tener conciencia de la animadversión general del público hacia su persona. Los niños le dirigían gestos burlescos con total impunidad y un hombre que tomaba notas dos asientos más allá, acaso un directivo o un ojeador, también se rió de él abiertamente. Continuaba el veterano ajedrecista con la boca abierta, con expresión desolada, ahora con la mirada concentrada en sus gastados zapatos color marrón. Una pena inmensa se apoderó de mí al ver el cruel declive del gran campeón, convertido en patético bufón, en el tonto del pueblo. Un indescriptible sentimiento de tristeza y de vergüenza, tanta que decidí no decirle nada al término de los noventa minutos. Por él, por mí. El respetadísimo maestro para aquella gente no era más que un viejo chocho, una ruina desquiciada, un pelele del que mofarse. Al cabo, se levantó y se marchó con la cabeza gacha. Nadie le hizo el menor caso.
Se perdió la victoria del Júpiter por dos a uno.
lunes, 10 de febrero de 2014
Enmascarados ilustres
Después de firmar unos cuantos autógrafos a los fans que llevan horas esperando en la calle y de atender brevemente a la prensa, saludo al organizador del evento y entro. Los músicos de la orquesta llevan antifaces de fantasía, guiño evidente a los ilustres enmascarados en cuyo honor se celebra la fiesta.
Robin cuchichea algo al oído de Batman. Éste asiente y le da un trago a su combinado. Probablemente hablan de Spiderman quien, acodado en la barra, se mantiene a prudente distancia. No es ningún secreto que ambos superhéroes no pueden ni verse desde el rodaje de su última película. Bailan animadamente El Zorro y El Llanero Solitario. Localizo a El Hombre Elefante con el saco de arpillera habitual. Y a El Hombre Invisible. Estrena vendaje. ¿Dónde estará El Fantasma de la Ópera? Lo busco con la mirada. El Hombre de la Máscara de Hierro se disculpa tras pisarle la capa a El Guerrero del Antifaz. Desde mi posición diría que va medio trompa.
Cuánto tiempo, dichosos los ojos, me alegro de verte, me dice El Hombre Enmascarado y me palmea la espalda. Y yo, incómodo, le pregunto ¿y las chicas?, ¿es que no hay chicas en esta fiesta?
Robin cuchichea algo al oído de Batman. Éste asiente y le da un trago a su combinado. Probablemente hablan de Spiderman quien, acodado en la barra, se mantiene a prudente distancia. No es ningún secreto que ambos superhéroes no pueden ni verse desde el rodaje de su última película. Bailan animadamente El Zorro y El Llanero Solitario. Localizo a El Hombre Elefante con el saco de arpillera habitual. Y a El Hombre Invisible. Estrena vendaje. ¿Dónde estará El Fantasma de la Ópera? Lo busco con la mirada. El Hombre de la Máscara de Hierro se disculpa tras pisarle la capa a El Guerrero del Antifaz. Desde mi posición diría que va medio trompa.
Cuánto tiempo, dichosos los ojos, me alegro de verte, me dice El Hombre Enmascarado y me palmea la espalda. Y yo, incómodo, le pregunto ¿y las chicas?, ¿es que no hay chicas en esta fiesta?
martes, 28 de enero de 2014
Treblinka
Reconocí la mirada de la fotografía en la del anciano que agonizaba. Los ojos que, implorantes, suplicaban el fin de tanto padecimiento no eran sino los del joven oficial de las SS que había posado orgulloso, setenta años atrás, con los cadáveres esqueléticos de cuatro prisioneros. Aturdida, devolví la foto a la mujer que lo había estado velando desde su ingreso.
-Enfermera , prométame que hará cuanto esté en su mano para que viva lo máximo posible... -me rogó.
-El de la imagen no es su padre, ¿verdad? -la interrumpí. Necesitaba confirmar lo que me había dicho el primer día.
Como respuesta únicamente obtuve la vacilante y desdeñosa sonrisa que me dedicó antes de marcharse.
-Enfermera , prométame que hará cuanto esté en su mano para que viva lo máximo posible... -me rogó.
-El de la imagen no es su padre, ¿verdad? -la interrumpí. Necesitaba confirmar lo que me había dicho el primer día.
Como respuesta únicamente obtuve la vacilante y desdeñosa sonrisa que me dedicó antes de marcharse.
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